Bea
maldijo entre dientes. Se había metido en una ratonera. Ella solita. Y ahora
había que salir. Ya. Puso la marcha atrás y aceleró. El parachoques trasero del
todoterreno golpeó con fuerza contra el delantero del Rebeco. ¿Qué pasaba? ¿Por qué ese estúpido montón de chatarra
militar no se movía? Se giró completamente en su asiento, al igual que Toni, mirando
con desesperación hacia el otro vehículo. A través del cristal vieron a la
mujer al volante con la cabeza hundida entre los hombros, intentando conectar
la marcha atrás en la caja de cambios automática del Rebeco.
La
enfermera contaba desesperadamente los segundos, mientras los muertos se
esforzaban por acceder al interior de los vehículos. Pegaban sus asquerosas
caras a las ventanillas, lamían el cristal llenándolo de repugnantes babas, de
fluidos sanguinolentos, de restos orgánicos inclasificables, gimiendo sin
cesar… Algunos habían conseguido encaramarse al capó de ambos coches, pisoteando al montón de
deambulantes que caían tras tropezar torpe e incesantemente entre sí, formando en el suelo un amasijo indescriptible de cuerpos. El Rebeco estaba blindado, pero el
todoterreno no. Era mejor mantener la calma... Pero, en el asiento de atrás, el
hombre gordo parecía a punto de perderla…
Pugnaba
con la manilla de la puerta, intentando abrirla. Tenía un ataque de pánico, y
era capaz de arrastrarlos a todos al infierno con su estupidez. Bea, nerviosa,
conectó el seguro de puertas y de cristales, bloqueando la posible apertura
manual. De todas formas, el gordo, sin capacidad para razonar, seguía
intentando salir. Toni le hundió el cañón de su fusil en la mejilla,
ocultándolo entre la carne hasta tapar casi la bocacha, empujando la cabeza
entera del tipo contra el asiento.
–Si no se
está muy quieto, se arrepentirá de no haber muerto cuando le tocaba…
Bea
aceleraba, pero ni toda la potencia del motor del todoterreno era capaz de
mover un solo centímetro la masa metálica del blindado. Por fin, con ambos
vehículos cubiertos literalmente de muertos, la conductora del vehículo militar
consiguió colocar la palanca en la posición de marcha atrás, y el Rebeco comenzó a moverse muy despacio,
debido a la gran cantidad de cuerpos que iba atropellando a medida que avanzaba
hacia atrás.
Los
segundos se volvieron eternos, les parecían a los jóvenes horas por la
exasperante lentitud con que discurrían, mientras los chasquidos de huesos
rotos y vísceras fluyendo se mezclaban con el eterno gemir de la masa de
deambulantes que plagaba la autopista. Por fin, consiguieron retroceder lo
suficiente para poder maniobrar los vehículos, aún rodeados de muertos, pero ya
sin el estorbo de los demás coches que les habían obstaculizado el paso. Bea
puso primera y derrapó, buscando la salida de la autopista hacia la carretera
de Santander que habían sobrepasado un rato antes, cuando estaban apenas a
doscientos metros del peaje. Por suerte, la mujer que conducía el Rebeco no había perdido del todo los
nervios, y pudo conducir el vehículo sin más problemas.
Atrás
quedaban la autopista, el peaje, y los muertos. Bea los veía desaparecer del
retrovisor a medida que el coche descendía por la cerrada curva para tomar una
nueva dirección. Ya estaba anocheciendo.
* * *
Bea estaba
perdida. Y enfadada. No sabía por dónde tenía que ir ahora. Siguió adelante,
indecisa, pero sin poder elegir. Por fortuna para todo el grupo, al poco de
coger el desvío a Santander, un cartel les anunció de nuevo la ruta para
Vitoria por la A-1. Solo debían seguir la carretera. No parecía que hubiera
obstáculos. Pero necesitaban encontrar un lugar para pasar la noche… ¿Es que no
había ningún puto hostal de carretera?
–¡Ahí,
ahí, Bea! Salida 251 a 750 m –Toni había dado un brinco en su asiento cuando se
acercaron lo suficiente para poder leer el cartel que anunciaba la próxima área
de servicio, con gasolinera, alojamiento y restaurante. Ahora, solo había que
esperar que estuviera despejada…
Bea evaluó
rápidamente la situación. Si continuaban por donde iban, enseguida la A-1 se
convertiría en N-1, es decir, la autovía se quedaría en simple carretera de un
carril en cada dirección, y eso podía complicarles el viaje en caso de surgir
algún problema. En cambio, si tomaban la salida que Toni le indicaba, además de
poder pasar la noche, con suerte, en el área de servicio, podrían enlazar de
nuevo con la autopista por la mañana a través del peaje de Rubena, si no estaba
colapsado, claro. En la práctica, si elegía la segunda opción, lo que habrían
hecho sería dar un amplio rodeo para volver a la autopista…
Tardó en
decidirse exactamente el mismo tiempo que necesitaron para llegar a la altura
de la salida 251 a Villafría y Rubena. La tomó con un suave giro de volante.
Aún no era totalmente de noche, pero el sol se estaba ocultando por encima de
los cerros burgaleses… Cuando llegó a lo alto de la rotonda que coronaba la salida
de la autovía, giró a la derecha y se detuvo tras recorrer una docena de metros:
a su izquierda se erigía la mole enorme de un hotel, Salida 2, rezaba el letrero; de frente, el acceso al peaje de la
autopista; a su derecha, el área de servicio propiamente dicho, con restaurante
y gasolinera… ¿Cuál elegir?
–¿Qué te
parece, Toni?
El joven
también dudaba. El aspecto sólido del hotel parecía más seguro que las
instalaciones dispersas del área de servicio, pero, en cambio, se dio cuenta de
que había muchos más coches estacionados. Y si había coches habría gente, viva
o muerta.
–Creo que
tendremos más oportunidades allí… –dijo, finalmente, señalando con su mano
derecha en dirección al complejo de gasolinera, alojamiento y restaurante–.
Ojalá no me equivoque –añadió cuando Bea giró el volante suavemente y emprendió
de nuevo la marcha.
–Ni yo… –respondió
ella.
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