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martes, 24 de junio de 2014

Tercera parte. Dos. 4

Bea maldijo entre dientes. Se había metido en una ratonera. Ella solita. Y ahora había que salir. Ya. Puso la marcha atrás y aceleró. El parachoques trasero del todoterreno golpeó con fuerza contra el delantero del Rebeco. ¿Qué pasaba? ¿Por qué ese estúpido montón de chatarra militar no se movía? Se giró completamente en su asiento, al igual que Toni, mirando con desesperación hacia el otro vehículo. A través del cristal vieron a la mujer al volante con la cabeza hundida entre los hombros, intentando conectar la marcha atrás en la caja de cambios automática del Rebeco.
La enfermera contaba desesperadamente los segundos, mientras los muertos se esforzaban por acceder al interior de los vehículos. Pegaban sus asquerosas caras a las ventanillas, lamían el cristal llenándolo de repugnantes babas, de fluidos sanguinolentos, de restos orgánicos inclasificables, gimiendo sin cesar… Algunos habían conseguido encaramarse al capó de ambos coches, pisoteando al montón de deambulantes que caían tras tropezar torpe e incesantemente entre sí, formando en el suelo un amasijo indescriptible de cuerpos. El Rebeco estaba blindado, pero el todoterreno no. Era mejor mantener la calma... Pero, en el asiento de atrás, el hombre gordo parecía a punto de perderla…
Pugnaba con la manilla de la puerta, intentando abrirla. Tenía un ataque de pánico, y era capaz de arrastrarlos a todos al infierno con su estupidez. Bea, nerviosa, conectó el seguro de puertas y de cristales, bloqueando la posible apertura manual. De todas formas, el gordo, sin capacidad para razonar, seguía intentando salir. Toni le hundió el cañón de su fusil en la mejilla, ocultándolo entre la carne hasta tapar casi la bocacha, empujando la cabeza entera del tipo contra el asiento.
–Si no se está muy quieto, se arrepentirá de no haber muerto cuando le tocaba…
Bea aceleraba, pero ni toda la potencia del motor del todoterreno era capaz de mover un solo centímetro la masa metálica del blindado. Por fin, con ambos vehículos cubiertos literalmente de muertos, la conductora del vehículo militar consiguió colocar la palanca en la posición de marcha atrás, y el Rebeco comenzó a moverse muy despacio, debido a la gran cantidad de cuerpos que iba atropellando a medida que avanzaba hacia atrás.
Los segundos se volvieron eternos, les parecían a los jóvenes horas por la exasperante lentitud con que discurrían, mientras los chasquidos de huesos rotos y vísceras fluyendo se mezclaban con el eterno gemir de la masa de deambulantes que plagaba la autopista. Por fin, consiguieron retroceder lo suficiente para poder maniobrar los vehículos, aún rodeados de muertos, pero ya sin el estorbo de los demás coches que les habían obstaculizado el paso. Bea puso primera y derrapó, buscando la salida de la autopista hacia la carretera de Santander que habían sobrepasado un rato antes, cuando estaban apenas a doscientos metros del peaje. Por suerte, la mujer que conducía el Rebeco no había perdido del todo los nervios, y pudo conducir el vehículo sin más problemas.
Atrás quedaban la autopista, el peaje, y los muertos. Bea los veía desaparecer del retrovisor a medida que el coche descendía por la cerrada curva para tomar una nueva dirección. Ya estaba anocheciendo.
* * *
Bea estaba perdida. Y enfadada. No sabía por dónde tenía que ir ahora. Siguió adelante, indecisa, pero sin poder elegir. Por fortuna para todo el grupo, al poco de coger el desvío a Santander, un cartel les anunció de nuevo la ruta para Vitoria por la A-1. Solo debían seguir la carretera. No parecía que hubiera obstáculos. Pero necesitaban encontrar un lugar para pasar la noche… ¿Es que no había ningún puto hostal de carretera?
–¡Ahí, ahí, Bea! Salida 251 a 750 m –Toni había dado un brinco en su asiento cuando se acercaron lo suficiente para poder leer el cartel que anunciaba la próxima área de servicio, con gasolinera, alojamiento y restaurante. Ahora, solo había que esperar que estuviera despejada…
Bea evaluó rápidamente la situación. Si continuaban por donde iban, enseguida la A-1 se convertiría en N-1, es decir, la autovía se quedaría en simple carretera de un carril en cada dirección, y eso podía complicarles el viaje en caso de surgir algún problema. En cambio, si tomaban la salida que Toni le indicaba, además de poder pasar la noche, con suerte, en el área de servicio, podrían enlazar de nuevo con la autopista por la mañana a través del peaje de Rubena, si no estaba colapsado, claro. En la práctica, si elegía la segunda opción, lo que habrían hecho sería dar un amplio rodeo para volver a la autopista…
Tardó en decidirse exactamente el mismo tiempo que necesitaron para llegar a la altura de la salida 251 a Villafría y Rubena. La tomó con un suave giro de volante. Aún no era totalmente de noche, pero el sol se estaba ocultando por encima de los cerros burgaleses… Cuando llegó a lo alto de la rotonda que coronaba la salida de la autovía, giró a la derecha y se detuvo tras recorrer una docena de metros: a su izquierda se erigía la mole enorme de un hotel, Salida 2, rezaba el letrero; de frente, el acceso al peaje de la autopista; a su derecha, el área de servicio propiamente dicho, con restaurante y gasolinera… ¿Cuál elegir?
–¿Qué te parece, Toni?
El joven también dudaba. El aspecto sólido del hotel parecía más seguro que las instalaciones dispersas del área de servicio, pero, en cambio, se dio cuenta de que había muchos más coches estacionados. Y si había coches habría gente, viva o muerta.
–Creo que tendremos más oportunidades allí… –dijo, finalmente, señalando con su mano derecha en dirección al complejo de gasolinera, alojamiento y restaurante–. Ojalá no me equivoque –añadió cuando Bea giró el volante suavemente y emprendió de nuevo la marcha.
–Ni yo… –respondió ella.

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