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domingo, 22 de junio de 2014

Tercera parte. Dos. 3

–Habrá que parar a pasar la noche…
–Prefiero estar más cerca de Burgos.
–¿Para qué?, no nos convienen las aglomeraciones: cuanto más grande la ciudad, más muertos habrá…
Bea frunció el ceño, obstinada. No estaba de humor para discutir. Le dolía horriblemente la vagina, y ni siquiera se había tomado un analgésico. No volvió la cabeza cuando le contestó a Toni.
–No he dicho que vayamos a ir a Burgos, solo que prefiero estar más cerca.
Al lado izquierdo de la autovía, a contraluz, se perfilaban ya las siluetas de la ciudad contra el firmamento raso de poniente y los cerros que cerraban el horizonte, por donde el sol se pondría en un rato. Por encima de los edificios, dominándolos aunque por poco, se erguía la estructura de la catedral, testigo mudo del horror que habrían vivido las calles a sus pies, que todavía padecerían quienes tuvieran la suerte de seguir vivos…
Toni concentró su atención a partir de ese momento en los indicadores de la autovía, con la vista fija en las salidas, buscando la palabra Vitoria en todos ellos. Por suerte, la ruta estaba perfectamente señalizada. El fin del mundo había sido lo suficientemente ordenado como para dejar intactos la mayor parte de los logros de la civilización. El chaval le iba indicando a Bea el contenido de cada panel, aunque la joven no le respondía, quizá porque se sabía demasiado bien el camino.
–A Vitoria todo seguido, Bea, de frente por la AP-1… –se volvió a tiempo de ver pasar el panel indicador sobre el todoterreno, y se quedó mirando a la enfermera con cara de no entender–. Ahí ponía también Logroño…
–No te preocupes, Toni. Iremos por la autopista a Vitoria, tranquilo… pero eso será mañana. Ahora vamos a parar aquí cerca a pasar la noche…
–¿Dónde?
Bea no contestó. En realidad, no tenía ni idea del lugar al que se acababa de referir con tan contundente como falso aplomo. ¿Dónde pasarían la noche? ¿Qué lugar encontrarían para resguardarse de la oscuridad con las suficientes garantías de seguridad? Probablemente ninguno, pero no podía decírselo a los demás. A Toni quizá sí, aunque el chaval no lo necesitara, pero al resto de las personas cuya protección habían asumido sin proponérselo, no, de ninguna manera…
Se estaban acercando al peaje. A medida que devoraban metros, el paisaje cambiaba. No sabía a qué se debía, pero los tres carriles, que al poco fueron cuatro, se iban llenando más y más de todo tipo de coches y camiones…, incluso autocares. Era como si, de repente, a todo el mundo se le hubiera ocurrido salir de Burgos a la vez, pero en dirección norte, ya que en sentido contrario no habían notado en ningún momento la presencia de demasiados coches parados a lo largo de la autovía… No podía explicarlo, tan solo describirlo. Si había allí tanta acumulación de vehículos solo podía significar una cosa: habría, también, un montón de muertos. Seguro. Solo había que darles tiempo...
–Esto no me gusta nada, Bea…
Conducía con sumo cuidado por entre las filas de vehículos parados. Había oído lo que Toni dijo, pero tampoco contestó esta vez. Cuanto más se acercaban a la zona de taquillas, más se amontonaban los coches. Muchos tenían las puertas completamente abiertas… ¿dónde estaban los deambulantes? Miró de reojo al asiento, hacia donde estaba el fusil, sin sentir que su visión contribuyera, no obstante, a tranquilizarla lo más mínimo. Entonces frenó. Se quedó mirando fijamente hacia delante, a los vehículos que estaban por todas partes, rodeándoles, impidiéndoles avanzar más. Pasaron unos segundos interminables… no sucedía nada. No se oía nada, solo el ronroneo de los dos poderosos motores. Pero fue suficiente. De repente, sin que supieran cómo ni de donde habían salido, todo se llenó de muertos, absolutamente todo.

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