–Habrá que
parar a pasar la noche…
–Prefiero
estar más cerca de Burgos.
–¿Para qué?,
no nos convienen las aglomeraciones: cuanto más grande la ciudad, más muertos
habrá…
Bea
frunció el ceño, obstinada. No estaba de humor para discutir. Le dolía
horriblemente la vagina, y ni siquiera se había tomado un analgésico. No volvió
la cabeza cuando le contestó a Toni.
–No he
dicho que vayamos a ir a Burgos, solo que prefiero estar más cerca.
Al lado
izquierdo de la autovía, a contraluz, se perfilaban ya las siluetas de la ciudad
contra el firmamento raso de poniente y los cerros que cerraban el horizonte,
por donde el sol se pondría en un rato. Por encima de los edificios,
dominándolos aunque por poco, se erguía la estructura de la catedral, testigo
mudo del horror que habrían vivido las calles a sus pies, que todavía
padecerían quienes tuvieran la suerte
de seguir vivos…
Toni
concentró su atención a partir de ese momento en los indicadores de la autovía,
con la vista fija en las salidas, buscando la palabra Vitoria en todos ellos. Por suerte, la ruta estaba perfectamente
señalizada. El fin del mundo había sido lo suficientemente ordenado como para
dejar intactos la mayor parte de los logros de la civilización. El chaval le
iba indicando a Bea el contenido de cada panel, aunque la joven no le
respondía, quizá porque se sabía demasiado bien el camino.
–A Vitoria
todo seguido, Bea, de frente por la AP-1… –se volvió a tiempo de ver pasar el
panel indicador sobre el todoterreno, y se quedó mirando a la enfermera con
cara de no entender–. Ahí ponía también Logroño…
–No te
preocupes, Toni. Iremos por la autopista a Vitoria, tranquilo… pero eso será
mañana. Ahora vamos a parar aquí cerca a pasar la noche…
–¿Dónde?
Bea no
contestó. En realidad, no tenía ni idea del lugar al que se acababa de referir
con tan contundente como falso aplomo. ¿Dónde pasarían la noche? ¿Qué lugar
encontrarían para resguardarse de la oscuridad con las suficientes garantías de
seguridad? Probablemente ninguno, pero no podía decírselo a los demás. A Toni
quizá sí, aunque el chaval no lo necesitara, pero al resto de las personas cuya
protección habían asumido sin proponérselo, no, de ninguna manera…
Se estaban
acercando al peaje. A medida que devoraban metros, el paisaje cambiaba. No
sabía a qué se debía, pero los tres carriles, que al poco fueron cuatro, se
iban llenando más y más de todo tipo de coches y camiones…, incluso autocares.
Era como si, de repente, a todo el mundo se le hubiera ocurrido salir de Burgos
a la vez, pero en dirección norte, ya que en sentido contrario no habían notado
en ningún momento la presencia de demasiados coches parados a lo largo de la
autovía… No podía explicarlo, tan solo describirlo. Si había allí tanta
acumulación de vehículos solo podía significar una cosa: habría, también, un
montón de muertos. Seguro. Solo había que darles tiempo...
–Esto no
me gusta nada, Bea…
Conducía
con sumo cuidado por entre las filas de vehículos parados. Había oído lo que
Toni dijo, pero tampoco contestó esta vez. Cuanto más se acercaban a la zona de
taquillas, más se amontonaban los coches. Muchos tenían las puertas completamente
abiertas… ¿dónde estaban los deambulantes? Miró de reojo al asiento, hacia
donde estaba el fusil, sin sentir que su visión contribuyera, no obstante, a
tranquilizarla lo más mínimo. Entonces frenó. Se quedó mirando fijamente hacia
delante, a los vehículos que estaban por todas partes, rodeándoles,
impidiéndoles avanzar más. Pasaron unos segundos interminables… no sucedía
nada. No se oía nada, solo el ronroneo de los dos poderosos motores. Pero fue
suficiente. De repente, sin que supieran cómo ni de donde habían salido, todo
se llenó de muertos, absolutamente todo.
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