Rebasaron
la salida de Frandovinez… «BURGOS 16 km», rezaba el indicador de la autovía. Hacía
rato que habían dejado atrás un área de descanso a la altura de Villodrigo, en
la que había un hostal y una gasolinera, pero Bea no había sentido la necesidad
de parar allí. «Demasiados camiones
aparcados», fue su respuesta a la extrañeza de Toni. Tenía sentido. Cuantos
más vehículos, más gente… viva o muerta. Era mejor no correr riesgos innecesarios
Ya no
había rastro de nieve. El sol del atardecer aún calentaba levemente a pesar de
ser noviembre, y llenaba de matices dorados el interior de los vehículos. En el
Rebeco sonaba el ruido de parásitos
de la radio. Bea les había dicho que la mantuvieran abierta, por si llegaba
algún mensaje claro que no fuera la monótona grabación que ya conocían… Por el
retrovisor, vio los destellos de luces que la mujer que conducía el vehículo
militar le hacía: era la señal convenida para parar. Algo sucedía. Detuvo el
todoterreno en medio de la carretera, casi en seco. La inercia les empujó hacia
delante, y el gordo, que viajaba sin cinturón de seguridad, rodó hasta quedar encajado
en el hueco que había entre el asiento trasero y el respaldo de los delanteros.
Bea bajó
del vehículo, con su fusil agarrado fuertemente. El arma, hasta hacía poco un
objeto frío y extraño para ella, se había convertido de improviso en una
extensión más de su cuerpo, en una prótesis que perfeccionaba su brazo, su
mano, sus dedos… Toni, que había descendido también, se situó a su lado. El Rebeco estaba apenas a tres metros, detenido
tras ellos. La conductora bajó. Estaba nerviosa, muy nerviosa.
–Es el
soldado… está raro.
Se
acercaron a la parte trasera. La cabeza de Campos, apoyada en la puerta, cayó
suavemente hasta quedar recostada sobre su propio hombro cuando Toni tiró de la
manilla para abrirla. El soldado deliraba. Tenía fiebre y un hilo de espuma asomaba
por entre sus labios, sin llegar a caer... Ambos jóvenes se miraron. Los dos
niños, asustados, se abrazaban, aplastándose contra el lado opuesto del
asiento.
Cuando
Toni le había observado detenidamente en Valladolid, le había parecido que la
sangre no era suya. Pero solo se lo
había parecido. Ahora, al examinarlo más de cerca, vio que un rastro de esa
sangre no se había secado, sino que seguía húmeda, delatando que su origen no
era externo sino que se encontraba bajo el uniforme de Campos. Le desabrochó la
guerrera y vio la herida. Un mordisco no demasiado grande en la escápula, que
prácticamente no había dejado huella en el camuflaje de la ropa militar, y que
por eso le había pasado inadvertido a Toni. Pero ahí estaba, sangrando.
–Está
infectado… –dijo en voz muy baja, para que solo Bea le oyera.
La
enfermera no movió un solo músculo de su rostro, que semejaba tallado en roca
viva. Se encogió de hombros levemente y accionó el cierre de su fusil.
–Sácalo…
Toni
agarró a Campos por los brazos y tiró de él sin demasiadas contemplaciones. No
era corpulento, ni tenía gran fuerza física, pero, por suerte, el soldado
tampoco era un peso pesado, y logró sacarlo del vehículo. Tendido en el
asfalto, entreabrió los ojos lo suficiente para ver el negro agujero del cañón
del HK que se acercaba a su frente.
–Adiós…
–susurró Bea, aunque solo ella supo que lo había dicho, porque lo que los demás
escucharon fue únicamente la tremenda detonación que produjo el disparo. Su eco
rebotó en ninguna parte, perdiéndose en la inmensidad de la campiña castellana…
La mujer que conducía el blindado intentó una tímida protesta.
–Pero… no
estaba muerto todavía…
Bea desvió
la mirada que hipnóticamente había fijado sobre el cadáver de Campos, como si
esperara verlo incorporarse en cualquier momento, y la posó, con mucha
tranquilidad, en la caníbal. Sonreía con una ligera mueca irónica cuando
contestó.
–Ahora sí.
La
enfermera escupió sobre el cuerpo sin vida de Campos y se volvió hacia el
todoterreno. Toni, aún de pie al lado del vehículo militar, se la quedó mirando
mientras subía al coche, y se preguntó si conocía realmente a aquella mujer a
la que apenas una semana antes había tenido que sacar, paralizada por el miedo,
de debajo de una montaña de muertos putrefactos.
Antes de
subir al coche, se quedó mirando a lo lejos, al frente, donde la autovía
iniciaba una curva a la derecha. Un letrero indicaba el nombre de un pueblo:
Buniel, y la salida para acceder a Burgos oeste. Entre el letrero y la
carretera, en su línea visual horizontal, asomaba el campanario de la iglesia
del pueblo.
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