Páginas

viernes, 20 de junio de 2014

Tercera parte. Dos. 2

Rebasaron la salida de Frandovinez… «BURGOS 16 km», rezaba el indicador de la autovía. Hacía rato que habían dejado atrás un área de descanso a la altura de Villodrigo, en la que había un hostal y una gasolinera, pero Bea no había sentido la necesidad de parar allí. «Demasiados camiones aparcados», fue su respuesta a la extrañeza de Toni. Tenía sentido. Cuantos más vehículos, más gente… viva o muerta. Era mejor no correr riesgos innecesarios
Ya no había rastro de nieve. El sol del atardecer aún calentaba levemente a pesar de ser noviembre, y llenaba de matices dorados el interior de los vehículos. En el Rebeco sonaba el ruido de parásitos de la radio. Bea les había dicho que la mantuvieran abierta, por si llegaba algún mensaje claro que no fuera la monótona grabación que ya conocían… Por el retrovisor, vio los destellos de luces que la mujer que conducía el vehículo militar le hacía: era la señal convenida para parar. Algo sucedía. Detuvo el todoterreno en medio de la carretera, casi en seco. La inercia les empujó hacia delante, y el gordo, que viajaba sin cinturón de seguridad, rodó hasta quedar encajado en el hueco que había entre el asiento trasero y el respaldo de los delanteros.
Bea bajó del vehículo, con su fusil agarrado fuertemente. El arma, hasta hacía poco un objeto frío y extraño para ella, se había convertido de improviso en una extensión más de su cuerpo, en una prótesis que perfeccionaba su brazo, su mano, sus dedos… Toni, que había descendido también, se situó a su lado. El Rebeco estaba apenas a tres metros, detenido tras ellos. La conductora bajó. Estaba nerviosa, muy nerviosa.
–Es el soldado… está raro.
Se acercaron a la parte trasera. La cabeza de Campos, apoyada en la puerta, cayó suavemente hasta quedar recostada sobre su propio hombro cuando Toni tiró de la manilla para abrirla. El soldado deliraba. Tenía fiebre y un hilo de espuma asomaba por entre sus labios, sin llegar a caer... Ambos jóvenes se miraron. Los dos niños, asustados, se abrazaban, aplastándose contra el lado opuesto del asiento.
Cuando Toni le había observado detenidamente en Valladolid, le había parecido que la sangre no era suya. Pero solo se lo había parecido. Ahora, al examinarlo más de cerca, vio que un rastro de esa sangre no se había secado, sino que seguía húmeda, delatando que su origen no era externo sino que se encontraba bajo el uniforme de Campos. Le desabrochó la guerrera y vio la herida. Un mordisco no demasiado grande en la escápula, que prácticamente no había dejado huella en el camuflaje de la ropa militar, y que por eso le había pasado inadvertido a Toni. Pero ahí estaba, sangrando.
–Está infectado… –dijo en voz muy baja, para que solo Bea le oyera.
La enfermera no movió un solo músculo de su rostro, que semejaba tallado en roca viva. Se encogió de hombros levemente y accionó el cierre de su fusil.
–Sácalo…
Toni agarró a Campos por los brazos y tiró de él sin demasiadas contemplaciones. No era corpulento, ni tenía gran fuerza física, pero, por suerte, el soldado tampoco era un peso pesado, y logró sacarlo del vehículo. Tendido en el asfalto, entreabrió los ojos lo suficiente para ver el negro agujero del cañón del HK que se acercaba a su frente.
–Adiós… –susurró Bea, aunque solo ella supo que lo había dicho, porque lo que los demás escucharon fue únicamente la tremenda detonación que produjo el disparo. Su eco rebotó en ninguna parte, perdiéndose en la inmensidad de la campiña castellana… La mujer que conducía el blindado intentó una tímida protesta.
–Pero… no estaba muerto todavía…
Bea desvió la mirada que hipnóticamente había fijado sobre el cadáver de Campos, como si esperara verlo incorporarse en cualquier momento, y la posó, con mucha tranquilidad, en la caníbal. Sonreía con una ligera mueca irónica cuando contestó.
–Ahora sí.
La enfermera escupió sobre el cuerpo sin vida de Campos y se volvió hacia el todoterreno. Toni, aún de pie al lado del vehículo militar, se la quedó mirando mientras subía al coche, y se preguntó si conocía realmente a aquella mujer a la que apenas una semana antes había tenido que sacar, paralizada por el miedo, de debajo de una montaña de muertos putrefactos.
Antes de subir al coche, se quedó mirando a lo lejos, al frente, donde la autovía iniciaba una curva a la derecha. Un letrero indicaba el nombre de un pueblo: Buniel, y la salida para acceder a Burgos oeste. Entre el letrero y la carretera, en su línea visual horizontal, asomaba el campanario de la iglesia del pueblo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario