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miércoles, 18 de junio de 2014

Tercera parte. Dos. 1

El paisaje desolado pasaba de largo al otro lado de la ventanilla, monótonamente... No había nada que mirar porque no había nada que ver. El sol de noviembre, de un atípico día nevado de noviembre, daba de lleno sobre los campos que se deslizaban, no demasiado deprisa, a ambos lados de la autovía. Sobre la línea del horizonte, cerros blancos delimitaban la tierra que una vez fue hogar para las personas que allí vivían, y donde, de trecho en trecho, más que verse, se adivinaba alguna granja, una finca, una explotación agrícola…
El pequeño convoy de supervivientes había tomado la A-62 en sentido norte. Desde la ciudad, se dirigieron a las afueras por el mismo camino que habían empleado Bea y Toni para acceder a la Zona de Evacuación 47, y de allí a la autovía. Daba lo mismo hacia dónde dirigirse, y, por eso mismo, iban al norte… A Vitoria, si llegaban… La radio del Rebeco repetía de tarde en tarde el mismo mensaje, confirmándose, así, que se trataba de una grabación automática. Las ondas no transmitían nada más, solo ruido de parásitos, y lo que parecían sonidos de ecos, o tal vez mensajes que se habían perdido en el éter, sin llegar a su destino… porque, quizá, ya no había destino alguno.
Toni contemplaba distraído el paisaje, nuevo para él. Nunca había viajado tan al norte. En realidad, nunca había viajado a sitio alguno fuera de Madrid. Toda su vida había discurrido en la capital, en hogares de acogida cuando era un crío, y en reformatorios, después. No conocía el mundo más que a través de una pantalla de ordenador, y aun así, apenas sabía nada de ahí fuera, apenas nada…
Bajó un poco el cristal, el calor sofocante de la calefacción le ahogaba. Asomó por la abertura el cañón del fusil, como si fuera a disparar contra algo… Pero no había nada sobre lo que practicar. Todo estaba absolutamente quieto, muerto… Ni siquiera había pájaros en el cielo. Nada. A lo lejos, alguna figura de incierto color oscuro atrapada en la nieve, braceando al sol… Hasta allí habían llegado, o quizá se tratara de los muertos de la zona, de los propios paisanos muertos…
Circulaban despacio, pero en marcha larga. Bea prefería no cometer errores. No sabían qué iban a encontrar, y tampoco el estado de la carretera. A menor velocidad, menor consumo de combustible… y más tiempo para reaccionar ante cualquier imprevisto. Además, nadie les esperaba. Por suerte, a excepción de la nieve que extendía su manto leve por todas partes, la autovía estaba despejada. De vez en cuando, algún coche detenido en el arcén, ordenadamente, como si hubiera tenido tiempo para parar sin sobresaltos. Solo habían visto un camión atravesado sobre un paso elevado, a la altura del cruce de Cigales, con la cabeza tractora colgando casi en su totalidad sobre la autovía, enganchada a la caja Ni rastro del conductor. Ni de nadie.
Bea sentía bajo el todoterreno cómo la nieve cada vez era menos dura, menos densa…, cómo cedía más blandamente a la presión de los neumáticos. Debía de haber sido una nevada fortuita, imprevisible, porque a medida que avanzaban kilómetros, la capa blanca se abría al ocre de la dura tierra castellana de finales de otoño. Puede que más hacia el noroeste, hacia la montaña leonesa, la nevada hubiera cuajado con intensidad, pero allí ya era historia. Nunca nevaba en Valladolid algo que mereciera llamarse así, por más que esta vez sí había llegado a cuajar, aunque solo hubieran sido dos días escasos…
El gordo viajaba con ellos en el todoterreno. Medio echado en el asiento trasero, lo ocupaba casi en su totalidad. Parecía dormitar tras el episodio de ansiedad que había sufrido antes de salir de la ciudad. Roncaba. La pequeña Sara también dormía, acurrucada entre Toni y Bea. Estaba graciosa vestida de soldado. ¿Cómo afectaría a su mente aún de niña el terrible trauma que había experimentado su frágil cuerpo? Bea no dejaba de preguntárselo mientras la miraba de reojo, acariciándole el cabello con dulzura… En realidad, la enfermera eludía intencionadamente formularse a sí misma esa cruel pregunta.
Ella era una mujer adulta, y su cuerpo reaccionaría de forma más rápida a la agresión, pero el efecto psicológico era lo que podía retrasar una supuesta y deseable curación total, si es que esa utopía era posible… Además, el subconsciente muy bien podía camuflar las secuelas traumáticas a expensas del estado anímico general. Eso lo sabía… A pesar de todos los estudios realizados al respecto, y de las medidas terapéuticas aconsejadas para las víctimas de violación, que tendían a minimizar el impacto psicosocial de la agresión, puede que solo se tratara de una cierta adaptación al esquema previsible general, a lo objetivamente deseado y esperado de la víctima en relación con su entorno… Y tales medidas, a juicio de Bea, fracasaban rotundamente, porque lo único que lograban era reducir el problema al ámbito estrictamente personal, obviando las repercusiones sociales y, en consecuencia, distorsionado el verdadero trasfondo del asunto.
Claro que, por otra parte, y desde un punto de vista estrictamente clínico, una violación no dejaba de ser un trauma físico que, una vez superadas las secuelas curables, cicatrizaba de la misma forma que lo hacía un hueso roto, la amputación traumática de un miembro, o las quemaduras de primer grado. Pero se obviaba el hecho de que, en todo proceso traumático, existen unas consecuencias psicológicas imposibles de soslayar, aunque no, como era habitual en las terapias hospitalarias, de ocultar o invisibilizar al máximo.
Al final, tras todas las consideraciones de carácter profesional que se le ocurrieron, y en cuyo análisis la enfermera se recreó adrede, Bea tuvo que concluir que estaban jodidas. Ella, la pequeña Sara y las dos mujeres caníbales. En un mundo en el que ya no existía ninguna forma de organización social, ni red de protección sanitaria, una violación no tendría mayor repercusión que cualquier otro incidente relacionado con la saludu, incluyendo, por duro que pudiera parecer, una muerte violenta: a nadie le importaría, salvo a la mujer violada. Porque estaban en guerra, y como en cualquier guerra, son las mujeres y los niños quienes sufren las peores consecuencias. No habría castigo para los violadores, porque no serían considerados culpables, ni tan siquiera responsables. Solo sería una parte integrante más de su vida, de su cotidianeidad. Y, por supuesto, no habría ningún sentimiento de culpa por parte no ya de los violadores sino, incluso, del resto de individuos que asistieran, de grado o por fuerza, impasibles o no, a tales espectáculos…
No había ley a la que acudir en busca de auxilio, ni justicia que estuviera disponible para ser impartida, solo estaban ellos, los supervivientes, y el resto, los muertos. En tanto no fueran capaces de cimentar nuevos principios, nuevas reglas, cada cual debía cuidar de sí mismo y tomarse la justicia por su mano, si podía. Y, si no, morir.
En todo esto pensaba Bea, mientras afloraba a sus labios la característica sonrisa irónica que lucía desde hacía unas horas. Toni la miraba sin atreverse a abrir la boca, porque intuyó que la joven no parecía estar pensando nada bueno. Ella también le miró un segundo, sin apartar del todo la vista de la carretera. Allí estaba el chaval, joven delincuente obligado por las circunstancias a ser hombre, soldado, incluso héroe improvisado para defender a un grupo de mujeres… Bea siguió sonriendo, sin poder dejar de pensar en eso. Eran héroes… A partir de ese momento, se dijo, se acabaron las contemplaciones, se acabó la paciencia, la misericordia y el deber profesional. Se acabó su carrera de enfermera, y la que podía haber iniciado como médico. Desde ese justo instante, en vez de salvar vidas, debería quitarlas, porque la única manera de sobrevivir sería matando.


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