El paisaje
desolado pasaba de largo al otro lado de la ventanilla, monótonamente... No había nada que mirar porque no había nada que ver. El sol de noviembre,
de un atípico día nevado de noviembre, daba de lleno sobre los campos que se
deslizaban, no demasiado deprisa, a ambos lados de la autovía. Sobre la línea
del horizonte, cerros blancos delimitaban la tierra que una vez fue hogar para
las personas que allí vivían, y donde, de trecho en trecho, más que verse, se
adivinaba alguna granja, una finca, una explotación agrícola…
El pequeño
convoy de supervivientes había tomado la A-62 en sentido norte. Desde la
ciudad, se dirigieron a las afueras por el mismo camino que habían empleado Bea
y Toni para acceder a la Zona de Evacuación 47, y de allí a la autovía. Daba lo
mismo hacia dónde dirigirse, y, por eso mismo, iban al norte… A Vitoria, si
llegaban… La radio del Rebeco repetía
de tarde en tarde el mismo mensaje, confirmándose, así, que se trataba de una
grabación automática. Las ondas no transmitían nada más, solo ruido de parásitos,
y lo que parecían sonidos de ecos, o tal vez mensajes que se habían perdido en
el éter, sin llegar a su destino… porque, quizá, ya no había destino alguno.
Toni
contemplaba distraído el paisaje, nuevo para él. Nunca había viajado tan al
norte. En realidad, nunca había viajado a sitio alguno fuera de Madrid. Toda su
vida había discurrido en la capital, en hogares de acogida cuando era un crío,
y en reformatorios, después. No conocía el mundo más que a través de una
pantalla de ordenador, y aun así, apenas sabía nada de ahí fuera, apenas nada…
Bajó un
poco el cristal, el calor sofocante de la calefacción le ahogaba. Asomó por la
abertura el cañón del fusil, como si fuera a disparar contra algo… Pero no
había nada sobre lo que practicar. Todo estaba absolutamente quieto, muerto… Ni
siquiera había pájaros en el cielo. Nada. A lo lejos, alguna figura de incierto
color oscuro atrapada en la nieve, braceando al sol… Hasta allí habían llegado,
o quizá se tratara de los muertos de la zona, de los propios paisanos muertos…
Circulaban
despacio, pero en marcha larga. Bea prefería no cometer errores. No sabían qué iban a encontrar, y
tampoco el estado de la carretera. A menor velocidad, menor consumo de
combustible… y más tiempo para reaccionar ante cualquier imprevisto. Además,
nadie les esperaba. Por suerte, a excepción de la nieve que extendía su manto
leve por todas partes, la autovía estaba despejada. De vez en cuando, algún
coche detenido en el arcén, ordenadamente, como si hubiera tenido tiempo para
parar sin sobresaltos. Solo habían visto un camión atravesado sobre un paso
elevado, a la altura del cruce de Cigales, con la cabeza tractora colgando casi
en su totalidad sobre la autovía, enganchada a la caja Ni rastro del conductor.
Ni de nadie.
Bea sentía
bajo el todoterreno cómo la nieve cada vez era menos dura, menos densa…, cómo
cedía más blandamente a la presión de los neumáticos. Debía de haber sido una
nevada fortuita, imprevisible, porque a medida que avanzaban kilómetros, la
capa blanca se abría al ocre de la dura tierra castellana de finales de otoño.
Puede que más hacia el noroeste, hacia la montaña leonesa, la nevada hubiera
cuajado con intensidad, pero allí ya era historia. Nunca nevaba en Valladolid
algo que mereciera llamarse así, por más que esta vez sí había llegado a cuajar,
aunque solo hubieran sido dos días escasos…
El gordo
viajaba con ellos en el todoterreno. Medio echado en el asiento trasero, lo ocupaba
casi en su totalidad. Parecía dormitar tras el episodio de ansiedad que había
sufrido antes de salir de la ciudad. Roncaba. La pequeña Sara también dormía,
acurrucada entre Toni y Bea. Estaba graciosa vestida de soldado. ¿Cómo
afectaría a su mente aún de niña el terrible trauma que había experimentado su
frágil cuerpo? Bea no dejaba de preguntárselo mientras la miraba de reojo,
acariciándole el cabello con dulzura… En realidad, la enfermera eludía
intencionadamente formularse a sí misma esa cruel pregunta.
Ella era
una mujer adulta, y su cuerpo reaccionaría de forma más rápida a la agresión,
pero el efecto psicológico era lo que podía retrasar una supuesta y deseable
curación total, si es que esa utopía era posible… Además, el subconsciente muy
bien podía camuflar las secuelas traumáticas a expensas del estado anímico
general. Eso lo sabía… A pesar de todos los estudios realizados al respecto, y
de las medidas terapéuticas aconsejadas para las víctimas de violación, que
tendían a minimizar el impacto psicosocial de la agresión, puede que solo se
tratara de una cierta adaptación al esquema previsible general, a lo
objetivamente deseado y esperado de la víctima en relación con su entorno… Y
tales medidas, a juicio de Bea, fracasaban rotundamente, porque lo único que
lograban era reducir el problema al ámbito estrictamente personal, obviando las
repercusiones sociales y, en consecuencia, distorsionado el verdadero trasfondo
del asunto.
Claro que,
por otra parte, y desde un punto de vista estrictamente clínico, una violación
no dejaba de ser un trauma físico que, una vez superadas las secuelas curables,
cicatrizaba de la misma forma que lo hacía un hueso roto, la amputación
traumática de un miembro, o las quemaduras de primer grado. Pero se obviaba el
hecho de que, en todo proceso traumático, existen unas consecuencias
psicológicas imposibles de soslayar, aunque no, como era habitual en las
terapias hospitalarias, de ocultar o invisibilizar al máximo.
Al final, tras
todas las consideraciones de carácter profesional que se le ocurrieron, y en
cuyo análisis la enfermera se recreó adrede, Bea tuvo que concluir que estaban
jodidas. Ella, la pequeña Sara y las dos mujeres caníbales. En un mundo en el
que ya no existía ninguna forma de organización social, ni red de protección sanitaria,
una violación no tendría mayor repercusión que cualquier otro incidente
relacionado con la saludu, incluyendo, por duro que pudiera parecer, una muerte
violenta: a nadie le importaría, salvo a la mujer violada. Porque estaban en
guerra, y como en cualquier guerra, son las mujeres y los niños quienes sufren
las peores consecuencias. No habría castigo para los violadores, porque no
serían considerados culpables, ni tan siquiera responsables. Solo sería una
parte integrante más de su vida, de su cotidianeidad. Y, por supuesto, no
habría ningún sentimiento de culpa por parte no ya de los violadores sino,
incluso, del resto de individuos que asistieran, de grado o por fuerza, impasibles
o no, a tales espectáculos…
No había
ley a la que acudir en busca de auxilio, ni justicia que estuviera disponible
para ser impartida, solo estaban ellos, los supervivientes, y el resto, los
muertos. En tanto no fueran capaces de cimentar nuevos principios, nuevas
reglas, cada cual debía cuidar de sí mismo y tomarse la justicia por su mano,
si podía. Y, si no, morir.
En todo
esto pensaba Bea, mientras afloraba a sus labios la característica sonrisa
irónica que lucía desde hacía unas horas. Toni la miraba sin atreverse a abrir
la boca, porque intuyó que la joven no parecía estar pensando nada bueno. Ella
también le miró un segundo, sin apartar del todo la vista de la carretera. Allí
estaba el chaval, joven delincuente obligado por las circunstancias a ser
hombre, soldado, incluso héroe improvisado para defender a un grupo de mujeres…
Bea siguió sonriendo, sin poder dejar de pensar en eso. Eran héroes… A partir
de ese momento, se dijo, se acabaron las contemplaciones, se acabó la
paciencia, la misericordia y el deber profesional. Se acabó su carrera de
enfermera, y la que podía haber iniciado como médico. Desde ese justo instante,
en vez de salvar vidas, debería quitarlas, porque la única manera de sobrevivir
sería matando.
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