Bea estaba
completamente aturdida por los brutales golpes, se había hecho un ovillo en posición
fetal, sentada en el suelo contra la pared. Sara gemía a su lado. Ambas,
desnudas, temblaban de frío y de miedo. Toni fue recuperando la consciencia
poco a poco. Inmovilizado por la presa que le había hecho uno de los soldados,
con la cabeza aplastada contra las duras baldosas, no podía apartar sus ojos de
las dos. Sentía el asqueroso aliento del militar golpeándole la nuca,
resbalando por su mejilla hasta las fosas nasales, provocándole arcadas que no
sabía repremir… Pese a ello, y quizá por efecto de la paliza recibida, notaba
su cuerpo en parte insensible, esponjoso, blando… Tenía la sensación de encontrarse
en un estado en cierto modo ausente, tanto como Bea, tanto como era posible…
–Bueno, es
tu día de suerte, chico. De no ser por tu enfermera particular, ahora no
estarías ahí, escuchándome con cara de tonto…
El
sargento se dirigió lentamente hacia las chicas, bebiendo un largo trago de la
botella de ginebra y bajándose la bragueta. Hizo un imperceptible gesto al
soldado que retenía a Toni. El joven sintió que la presión aflojaba. Se
incorporó como si su cuerpo no le perteneciera. Lo sentía blando, lejano… Las
voces de los militares le llegaban desde muy lejos. Incapaz de reaccionar, de
hablar, de sentir siquiera, se quedó inmóvil en medio de la habitación. El
soldado lo empujó con violencia hacia la puerta. Trastabillando, Toni consiguió
a duras penas mantener el equilibrio, mientras los demás soldados que estaban
en la habitación, perceptiblemente bebidos, le daban blandas y humillantes bofetadas.
El sargento, deteniéndose un instante, ya con su pene fuera de los pantalones,
le dijo:
–Lárgate,
chaval, no querrás ver esto… ¿o sÍ?
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