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viernes, 6 de junio de 2014

Segunda parte. Nueve. 2

No quería hacer ruido, de modo que dejó para el final la preparación del medio de huida. Lo más urgente era sacar a Bea y a las demás de allí. Cruzó rápidamente el patio hasta llegar al pabellón del gimnasio, en cuyos vestuarios se habían encerrado los soldados, junto con las mujeres. Empujó la puerta lentamente... Estaba abierta. Un ligero chirrido inundó la estancia, débilmente iluminada por la luz matutina que se filtraba a través de los altos huecos de las ventanas. Parecía un paisaje surrealista, una naturaleza muerta grotesca y atroz, salida de los pinceles de algún pintor loco. Todas las mujeres estaban juntas, en un rincón del vestuario, al lado de las taquillas metálicas. ¿Todas? Bea no...
La mirada de Toni se dirigió entonces, directamente, a la escena central, que focalizó toda su atención. La enfermera, de espaldas a él, desnuda y ensangrentada, estaba sentada a horcajadas sobre el cuerpo inerte de un soldado tendido en el suelo. Los demás, cumpliendo el vaticinio de Fiti, estaban inconscientes, totalmente borrachos, despatarrados sobre los bancos de madera o directamente en el suelo, entre toallas sucias y botellas de alcohol vacías… Parecían depravados faunos, exhibiendo sus inmundos atributos tras una orgiástica noche en el bosque… Toni avanzó hacia el centro del vestuario.
–¿Bea…?
La joven no se volvió. Sus oídos oyeron perfectamente la voz de Toni, pero su mente estaba en otro lugar, en otro asunto... Sabía que del chaval no iba a venir nada malo. Hasta la noche anterior quiso creer que incluso podía esperar algo bueno de él. Pero, de todas formas, sabía que no tenía por qué temerle. Por eso, no se giró cuando le oyó llamarla; por eso, no se movió. Siguió sujetando con ambas manos el cuchillo que acababa de hundir hasta la empuñadura en el estómago del sargento, recreándose en la reacción del despreciable tipo. Miraba como hipnotizada la expresión que estaba dibujándose en el rostro del militar a medida que recobraba el sentido… Cuando fue por fin consciente del enorme boquete que el giro del cuchillo provocaba en su cuerpo, desgarrando sus vísceras, matándolo, la borrachera desapareció de golpe, y fue sustituida por una mezcla de rabia, dolor, y horror infinito, ante la certeza de lo que le esperaba, de lo que ya le estaba ocurriendo…
–Bea, joder…
Toni quería hablarle, deseaba decirle cuánto lo sentía, cómo él mismo se despreciaba por no haberla podido ayudar la noche pasada… quería decirle todo eso, pero no encontró palabras. Pasó de largo a su lado, y cogió de la mano a Sara, que estaba semiinconsciente, apenas tapada por una toalla de color indefinido que un día fue caqui, sujetada por una de las dos mujeres caníbales. Le costó incorporarla, pero lo consiguió. Después espabiló a las mujeres, y les rogó que se dirigieran a la salida sin hacer ruido. De camino a la puerta, recogió las armas, que los soldados habían dejado descuidadamente en el suelo.
Cuando se aseguró de que todas estaban fuera, volvió al interior, a por Bea. La chica seguía sobre el cuerpo del sargento, contemplando impasible cómo se le escapaba la vida, mientras seguía haciendo fuerza sobre el mango del cuchillo de combate, cuya punta, después de atravesar completamente todos los órganos y tejidos, arañaba el suelo de madera tras asomar por la espalda del militar.
Uno de los soldados abrió entonces los ojos, y a través del velo aguardentoso de la noche, pareció, por un instante, darse cuenta de la situación. Intentó incorporarse, pero Toni, con los nervios a flor de piel, cerró su dedo índice sobre el gatillo del fusil que empuñaba. La bala de grueso calibre impactó en el hombro del soldado, tumbándolo y sumiéndolo de nuevo en la inconsciencia. Pero el efecto de la detonación, convertida en tremendo cañonazo en el interior de aquel espacio cerrado, fue justo el que Toni no quería. Los demás soldados comenzaron a salir, aunque a cámara lenta, de su coma etílico. El chaval agarró a Bea por el brazo, tratando desesperadamente de transmitirle la urgencia de la situación.
–¿Qué? –gritó, casi ladró secamente, la joven con rabia, al sentir el tirón de Toni.
Bea giró la cabeza, volviéndose amenazadoramente hacia Toni con el cuchillo ensangrentado que acababa de extraer del cuerpo ya sin vida del militar. Al ver el rostro implorante del joven, salió del aparente estado de estupefacción en que estaba, y comprendió, entonces, lo que ocurría a su alrededor. Se levantó, escupió al sargento en la cara, y se dirigió junto a Toni hacia la puerta.
En el corto recorrido que había hasta la salida, Bea, sin saber por qué, recordó confusamente un par de casos de fallecimiento en la Zona de Evacuación 47 no debidos, al menos en principio, a la enfermedad que había exterminado a casi todo el mundo. Ella, como enfermera, había asistido al terrible proceso: el primer caso fue una mujer con obesidad mórbida que había muerto por un infarto, y el segundo, un pobre diablo depresivo que se suicidó metiéndose bajo las ruedas de un camión militar. Siguiendo el estricto protocolo preventivo, ambos cadáveres habían sido puestos en cuarentena, aislados y custodiados por soldados armados. Pero, en los dos casos, ni siquiera hubo tiempo a hacerles la autopsia, porque, cuando el equipo médico del que Bea formaba parte se preparaba, sin haber transcurrido situiera una hora desde el fallecimiento, los muertos regresaron. No habían sido mordidos, no estaban aparentemente contagiados, sus fallecimientos podían considerarse normales, dadas las circunstancias, y, sin embargo, resucitaron… Nadie supo explicarlo, y no volvió a morir nadie más en la Zona 47.
Esos recuerdos tenía Bea en la cabeza mientras atrancaban la pesada puerta desde fuera, impidiendo que nadie pudiera salir del vestuario. Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de la enfermera cuando, finalmente, fue consciente del significado de esos episodios que habían acudido a su pensamiento... No era mal plan: seis tipos medio borrachos, aterrorizados e incapaces de defenderse, en compañía de un sargento que en pocos minutos regresaría para darse un festín, y luego todos juntos gimiendo allí dentro hasta el fin de los tiempos…


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