Bea miraba
a la calle, pensativa. No había enfundado la pistola, pero ya no apuntaba al
grupo con ella. Parecían tan asustados como ellos, incluso más. ¿Podía
culparlos por haberse comido a una niña recién muerta? ¿Podía? Prefirió no
juzgarlos, quiso pensar en otra cosa, pero no pudo. Era lógico: ¿en qué podía
pensar, en medio de una habitación que compartía con un delincuente juvenil,
una niña testigo de Jehová y cinco caníbales, probablemente infectados al haber
comido carne contaminada con lo que quiera que fuera que había acabado con la
humanidad? Todo eso sin contar con que ellos mismos se habían librado por poco
de acabar también en su mesa…
–¿Qué
pasó? –preguntó al fin, exhalando un suspiro.
–¿Qué pasó?
¿Qué quiere decir…?
–Qué pasó
aquí, en la Zona de Evacuación…
El hombre
miró a las mujeres, Dio la impresión de que no comprendían la pregunta. No
sabían de dónde venían los tres recién llegados, pero no parecían haber estado
en la ciudad últimamente…
–Los
soldados abrieron los accesos. Dijeron que se había terminado la cuarentena,
que el peligro había pasado…
Bea
interrumpió con impaciencia a la mujer que había comenzado a explicarle lo
sucedido. Su gesto de ira asustó incluso a Toni.
–¡Ya lo
sé, ya lo sé, yo estaba aquí también…! ¡Quiero decir después!
–Pues…
salimos de la zona segura. Los militares trazaron un plan, comenzaron a
organizar rutas para inspeccionar el resto de la ciudad, la gente quería
regresar a sus casas… Pero, entonces, todo volvió a empezar, los muertos se
levantaron, y fue una masacre, porque nadie estaba prevenido… Los soldados no
pudieron hacer nada… fue todo muy rápido… mucho más que cuando la evacuación…
¡Oh, Dios…!
Los
sollozos de la mujer parecían sinceros. Eran reales. ¿Por qué habría de fingir?
Bea sabía que el hecho de comer carne humana no altera las creencias de la
gente, ni su percepción de los valores éticos. Simplemente amortigua las
emociones para autoproteger al individuo de un sentimiento implícito de culpa
por el reprobable acto cometido. Crea un estado de sugestión inducido por el
deseo de supervivencia que excluye cualquier otra consideración, al menos hasta
enfrentar socialmente sus consecuencias. Pero, en un mundo sin ley, sin
sociedad, ¿a quién habrían de rendir cuentas?
Los muertos se habían levantado… ¿Habían
estado muertos realmente alguna vez, es decir, la primera vez? Pero, ¿cómo
muertos? Los muertos no caminan, ni muerden, ni nada… Era para volverse locos.
Su formación sanitaria era insuficiente para comprender lo sucedido, no ya durante
esa supuesta resurrección, sino cuando se produjo la primera, hacía tres meses.
¿Qué podía producir la muerte de un ser humano en cuestión de horas, entre
espantosas convulsiones, y resucitarlo apenas fallecido, transformado en un
monstruo? ¿Y qué era lo que les había matado una segunda vez? ¿Y por qué habían
vuelto a reanimarse de nuevo? Ella solo era enfermera, pero dudaba de que ni
siquiera el último Nobel de medicina hubiera sido capaz de ofrecer una
explicación científica verosímil... ni tampoco todos los premios Nobel juntos…
Un virus, era la versión oficiosa que circuló por Valladolid durante todo el
tiempo que duró la cuarentena. Un virus… Pero, ¿qué virus podía ser capaz de
semejante cosa?
Bea lanzó
a los cinco, incluidos los dos niños, una pregunta en absoluto amistosa, mientras
los escrutaba inquisidoramente, tratando de apreciar en ellos algo, un síntoma
de que podían convertirse en muertos, cualquier cosa que le sirviera de excusa
para acribillarlos a balazos en ese mismo instante…
–¿Han
notado algo extraño desde que… desde que se… comieron a la niña?
–¿Extraño?
–Sí…,
mareos, fiebre, visión borrosa, alucinaciones, dolor, vómitos, diarreas, llagas
purulentas… –trataba de repasar mentalmente el cuadro clínico que había
observado en los infectados ingresados en el hospital durante las horas previas
al fin del mundo.
Se miraron
unos a otros, asustados. Cada uno trataba de ver en los demás, inducidos por
las palabras de la enfermera, la exacta muestra de cuanto acababa de decir.
Finalmente, lo único que pudieron observar era el asqueroso y sucio aspecto que
tenían. La respuesta fue tan lacónica como concisa.
–No…
Bea se
acercó a Toni, que seguía en el sillón. La pequeña Sara aún temblaba, sentada
en el suelo, a su lado, agarrándolo con fuerza por la mano. El chico preguntaba
a la enfermera con la mirada.
–No lo
entiendo, Toni –su voz era apenas un susurro, como si no quisiera que nadie más
que su destinatario pudiera oír lo que tenía que decir–. Si la niña murió a
consecuencia de las heridas por mordedura de los muertos, ¿por qué no resucitó?
–Quizá no
le dieron tiempo. Ya los has oído, tenían hambre…
–Pero,
entonces, ¿por qué ninguno de ellos
ha desarrollado síntomas al comer su carne infectada? No me fío…
Toni no
estaba para muchas disquisiciones médicas o científicas. Tenía cosas más
urgentes en qué pensar. Por ejemplo, qué iban a hacer con esa gente; y, sobre
todo, cómo iban a salir de allí, con todos los muertos de Valladolid
esperándoles a la puerta. Le hizo un gesto a Bea para que acercara la cabeza.
–Habría
que pensar en largarse…
–¿Con
todos esos ahí afuera? Estás loco, niño…
Toni,
presa de los nervios, golpeaba el borde del sillón con el filo del hacha,
meciéndose a ambos lados. La calle estaba infestada de muertos, ellos no podían
salir, y además compartían el bufete con cinco antropófagos potencialmente
peligrosos…
–Escucha,
en un par de horas se hará de noche, y no me gustaría estar aquí dentro con
éstos… –se quedó mirando al grupo asustado que formaban los caníbales. Estaban
realmente asustados. No sabría decir si de ellos o de los de la calle…, o de
ambos al mismo tiempo. No parecían gran cosa, cinco seres humanos que apenas
podían llamarse ya así, hundidos moralmente en los sótanos de la especie. ¿Qué
iban a hacer?
No hay comentarios:
Publicar un comentario