–Si no la
sueltas, te arranco la cabeza…
Toni había
pronunciado estas palabras intentando reprimir el impulso homicida que le
acometía, y que hacía blanquear los nudillos de su mano derecha alrededor del
mango del hacha.
Uno de
esas cosas todavía agarraba a Sara por el cuello. Eran cinco, y no eran
muertos, aunque lo parecían. Su aspecto era sencillamente escalofriante,
cubiertos de sangre seca, excrementos, y restos indefinidos de otras cosas que
el joven no supo describir. El tipo que sujetaba a Sara por el cuello, la soltó
ante la amenaza de Toni. Cuando se sintió liberada de la brutal presión, la
niña comenzó a toser descompasadamente en tanto se frotaba el cuello,
aliviándose la presión del brazo que hasta un instante antes la había atenazado
hasta casi dejarla sin respiración. La niña se apresuró a ponerse detrás de él,
buscando su protección. Bea encañonaba al grupo entero. Eran cinco: dos
mujeres, el hombre que había agarrado a Sara, y un par de niños. En el suelo,
bajo la ventana a través de la cual la luz exterior pintaba la escena, los
restos sanguinolentos e indefinidos de un cadáver, apenas huesos con jirones de
piel y tendones… y una calavera que les miraba sin ojos, suplicando, desde un
vacío atroz, cualquier muerte más digna…
Toni dio
un paso en dirección al grupo. Todos ellos recularon atemorizados, apretándose
en el rincón opuesto de la habitación. Entonces pudo ver que se trataba, al
parecer, de un despacho u oficina, con una gran mesa de madera oscura junto a
la pared, que estaba a su vez completamente cubierta por una sólida librería
hecha a medida que llegaba hasta el techo. En sus estantes, una colección de
jurisprudencia cuyos volúmenes parecían, entonces, tan contundentes como
absolutamente inútiles. Estaban en un bufete, sin duda. Un sofá de piel de dos
plazas, un sillón de cuero y dos sillas de confidente, también de cuero,
completaban el mobiliario. Una puerta se abría a otra estancia, de la que salía
un nauseabundo olor a alcantarilla.
El joven
dio otro paso, recortándose contra la ventana. Afuera, en la calle, los muertos
clamaban, con los brazos levantados, por un poco de comida. Clamaban por él, y
parecían no entender que no pudieran cogerle y comérselo, estando a la vista, a
su alcance tan solo con que se encaramaran a la ventana y rompieran el cristal…
–¿Qué
significa esto?
La
pregunta de Bea resonó entre las cuatro paredes como un tiro. La enfermera, sin
dejar de apuntarles, se había puesto al lado de Toni, protegiendo entre ambos a
Sara. El sujeto que había intentado secuestrar a la niña, con voz grosera y
cavernosa, respondió.
–Teníamos
hambre…
No daban
crédito a lo que oían, y mucho menos a lo que veían. Era como si sus cerebros,
para protegerlos de tanta abominación, fueran incapaces de procesar la
información que los ojos tan clara como repugnantemente enviaba. Al fin, Bea
reaccionó.
–¿Y por
eso habéis matado a, a…? –no supo concluir la frase, porque sencillamente no
sabía si los restos del suelo correspondían a un hombre o a una mujer, aunque,
a juzgar por el tamaño de la calavera, debía de ser de corta edad.
Los
integrantes del siniestro grupo humano se fusionaron aún más con la pared.
Intuían que su vida, en manos de aquellos jóvenes recién llegados, corría
verdadero peligro, tanto como si la habitación se hubiera llenado de pronto de
muertos.
–No la
hemos matado –respondió de nuevo el hombre–. La pobre Julia murió hace tres
días… y entonces… no pudimos aguantar más… –pareció que sollozaba, o algo
semejante, al menos.
–¿Murió?
¿Cómo murió? –Bea trataba de atar cabos que le dieran una idea de la situación
a la que se estaban enfrentando. Necesitaba hacerse una composición de lo que
había sucedido allí en la última semana…
–La
mordieron... Perdió mucha sangre… Apenas tardó un día en morir… y ya no
podíamos hacer nada por ella… Tienen que entenderlo… teníamos hambre,
llevábamos cuatro días sin comer…
Bea
trataba de comprender lo sucedido, reagrupando en cierto orden el torbellino de
ideas: ¿los muertos habían mordido a una
niña, murió, y los supervivientes se la habían comido después porque tenían
hambre?
–¿La
mordieron? ¿Y no se transformó después de morir?
–No…, no
sé… ¿qué quiere decir? Fue todo muy rápido. No tardamos demasiado en vencer
nuestros escrúpulos. Murió… y comenzamos a comérnosla. Tienen que entenderlo,
estábamos aquí encerrados, teníamos hambre, y todos esos seres ahí afuera… No
había adónde ir…
Toni
estaba asqueado. Sintió una arcada y vomitó con la cara vuelta hacia el rincón la
poca bilis que contenía su estómago. Se derrumbó en el sillón giratorio de cuero,
mareado. Le temblaban las manos. Quería pensar que ya lo había visto todo, que
no podía haber nada peor que enfrentarse a una horda de muertos, pero esto…
Sara no se separaba de su lado, agarrada a la mochila.
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