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lunes, 19 de mayo de 2014

Segunda parte. Siete. 5

–Si no la sueltas, te arranco la cabeza…
Toni había pronunciado estas palabras intentando reprimir el impulso homicida que le acometía, y que hacía blanquear los nudillos de su mano derecha alrededor del mango del hacha.
Uno de esas cosas todavía agarraba a Sara por el cuello. Eran cinco, y no eran muertos, aunque lo parecían. Su aspecto era sencillamente escalofriante, cubiertos de sangre seca, excrementos, y restos indefinidos de otras cosas que el joven no supo describir. El tipo que sujetaba a Sara por el cuello, la soltó ante la amenaza de Toni. Cuando se sintió liberada de la brutal presión, la niña comenzó a toser descompasadamente en tanto se frotaba el cuello, aliviándose la presión del brazo que hasta un instante antes la había atenazado hasta casi dejarla sin respiración. La niña se apresuró a ponerse detrás de él, buscando su protección. Bea encañonaba al grupo entero. Eran cinco: dos mujeres, el hombre que había agarrado a Sara, y un par de niños. En el suelo, bajo la ventana a través de la cual la luz exterior pintaba la escena, los restos sanguinolentos e indefinidos de un cadáver, apenas huesos con jirones de piel y tendones… y una calavera que les miraba sin ojos, suplicando, desde un vacío atroz, cualquier muerte más digna…
Toni dio un paso en dirección al grupo. Todos ellos recularon atemorizados, apretándose en el rincón opuesto de la habitación. Entonces pudo ver que se trataba, al parecer, de un despacho u oficina, con una gran mesa de madera oscura junto a la pared, que estaba a su vez completamente cubierta por una sólida librería hecha a medida que llegaba hasta el techo. En sus estantes, una colección de jurisprudencia cuyos volúmenes parecían, entonces, tan contundentes como absolutamente inútiles. Estaban en un bufete, sin duda. Un sofá de piel de dos plazas, un sillón de cuero y dos sillas de confidente, también de cuero, completaban el mobiliario. Una puerta se abría a otra estancia, de la que salía un nauseabundo olor a alcantarilla.
El joven dio otro paso, recortándose contra la ventana. Afuera, en la calle, los muertos clamaban, con los brazos levantados, por un poco de comida. Clamaban por él, y parecían no entender que no pudieran cogerle y comérselo, estando a la vista, a su alcance tan solo con que se encaramaran a la ventana y rompieran el cristal…
–¿Qué significa esto?
La pregunta de Bea resonó entre las cuatro paredes como un tiro. La enfermera, sin dejar de apuntarles, se había puesto al lado de Toni, protegiendo entre ambos a Sara. El sujeto que había intentado secuestrar a la niña, con voz grosera y cavernosa, respondió.
–Teníamos hambre…
No daban crédito a lo que oían, y mucho menos a lo que veían. Era como si sus cerebros, para protegerlos de tanta abominación, fueran incapaces de procesar la información que los ojos tan clara como repugnantemente enviaba. Al fin, Bea reaccionó.
–¿Y por eso habéis matado a, a…? –no supo concluir la frase, porque sencillamente no sabía si los restos del suelo correspondían a un hombre o a una mujer, aunque, a juzgar por el tamaño de la calavera, debía de ser de corta edad.
Los integrantes del siniestro grupo humano se fusionaron aún más con la pared. Intuían que su vida, en manos de aquellos jóvenes recién llegados, corría verdadero peligro, tanto como si la habitación se hubiera llenado de pronto de muertos.
–No la hemos matado –respondió de nuevo el hombre–. La pobre Julia murió hace tres días… y entonces… no pudimos aguantar más… –pareció que sollozaba, o algo semejante, al menos.
–¿Murió? ¿Cómo murió? –Bea trataba de atar cabos que le dieran una idea de la situación a la que se estaban enfrentando. Necesitaba hacerse una composición de lo que había sucedido allí en la última semana…
–La mordieron... Perdió mucha sangre… Apenas tardó un día en morir… y ya no podíamos hacer nada por ella… Tienen que entenderlo… teníamos hambre, llevábamos cuatro días sin comer…
Bea trataba de comprender lo sucedido, reagrupando en cierto orden el torbellino de ideas: ¿los muertos habían mordido a una niña, murió, y los supervivientes se la habían comido después porque tenían hambre?
–¿La mordieron? ¿Y no se transformó después de morir?
–No…, no sé… ¿qué quiere decir? Fue todo muy rápido. No tardamos demasiado en vencer nuestros escrúpulos. Murió… y comenzamos a comérnosla. Tienen que entenderlo, estábamos aquí encerrados, teníamos hambre, y todos esos seres ahí afuera… No había adónde ir…
Toni estaba asqueado. Sintió una arcada y vomitó con la cara vuelta hacia el rincón la poca bilis que contenía su estómago. Se derrumbó en el sillón giratorio de cuero, mareado. Le temblaban las manos. Quería pensar que ya lo había visto todo, que no podía haber nada peor que enfrentarse a una horda de muertos, pero esto… Sara no se separaba de su lado, agarrada a la mochila.

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