Aparte del
ruido de la calle, no se oía nada en el interior del portal. Estaban los tres
petrificados, con la espalda pegada a la pared, sin atreverse aún a hacer el
más mínimo gesto que pudiera delatarlos. Pero todo parecía quieto allí dentro. Media
docena de peldaños separaban el zaguán de entrada del rellano, al que daban dos
puertas cerradas, una a la derecha y otra a la izquierda, una enfrente de la otra;
de allí arrancaba una escalera que conducía a los pisos superiores. Toni permanecía
inmóvil, sin decidirse a iniciar el siguiente movimiento. Solo permanecía
atento, en silencio, escuchando… Cuando más sumergido parecía en su mar de
dudas, la pequeña Sara adelantó su pie derecho sobre el primer escalón,
poniendo fin, así, a su discusión interior.
Tras
ellos, Bea se frotaba el codo, del que brotaba un poco de sangre fruto de la
rozadura con el duro suelo de la acera. A Toni no pareció importarle demasiado,
y lanzó a la chica una mirada más atemorizada que realmente recriminatoria.
–Subamos…
despacio. Desde arriba tendremos mejor perspectiva…
La
mochila, que colgaba de su hombro izquierdo, le pesaba tanto como el fusil que
llevaba en bandolera. Toni había aprendido que, para huir, era mejor hacerlo
con poco equipaje, pero ahora no tenía más remedio que cargar con todo eso,
porque ya no estaba solo: había alguien a quien debía proteger. Aún así, en la
corta distancia, prefería la contundencia del hacha que empuñaba firmemente, o
el bate que sobresalía por lo alto de la mochila. Eran decisivos y además
silenciosos.
Mientras
subía, muy despacio, los escalones, procurando no hacer ruido, le venían a la
memoria escenas salvajes de los últimos meses, a lo largo de los cuales se
había transformado profundamente, sufriendo una metamorfosis brutal que le
había convertido en un hombre prematuro con decenas de muertes sobre su conciencia. No sabía si eso era peor que ser un
ladronzuelo de barrio, ocasional inquilino de reformatorios, pero desde luego
era diferente, sensiblemente diferente…
Llegaron
al rellano. En realidad, como solía pasar en ese tipo de edificios de época, se
trataba de la entreplanta. Una puerta cerrada a cada lado de la escalera. Se
detuvieron. Contenían la respiración, incluso Sara. ¿Habían oído un roce? No…
Solo un olor indescriptible y desagradable, una mezcla dulzona y amarga.
Toni
continuó subiendo, sin prisa. Tras él Bea, y cerrando la comitiva Sara. ¿Sara?
Ahora sí escuchó el ruido, como un arrastrar de pies… y algo más. Giró la
cabeza a tiempo de ver la oscuridad que salía de la entreabierta puerta de la
derecha, por donde intentaba escabullirse un bulto que al principio no supo
identificar, pero que, inmediatamente, retumbó en su cabeza como un mazazo: ¡Sara!
Volvió sobre sus pasos atropellando casi a Bea, que se había pegado, todavía
dolorida, contra la pared.
En el
preciso instante en que la puerta pretendía cerrarse Toni la empujó con toda la
inercia de su cuerpo, golpeando a quien quiera que estuviera al otro lado
intentando cerrarla, derribándolo al suelo. Una luz amortiguada entraba por la
ventana, iluminando apenas la habitación. El joven blandió el hacha dispuesto a
descargar un mortal golpe sobre cualquier cosa que se moviera. Oyó entonces un
leve gemido de Sara. Bea, mientras, desenfundaba la pistola y se colaba en el
interior tras Toni.
Toni,
acostumbrándose a la penumbra, trataba de discernir qué eran esas cosas que
emitían roces y gemidos, pero que se acurrucaban al fondo de la estancia como
conejos asustados, sin intentar hacerle frente. No estaba aún seguro, pero no
parecían deambulantes. Con la enfermera junto a él, apuntando hacia la
semioscuridad, se deslizó por la pared para llegar a la ventana que daba a la
calle. Agarró la contraventana apenas encajada y tiró de ella hacia sí, dejando
que un raudal de luz se vertiera en la habitación. Afuera, los muertos persistían,
ajenos al tiempo, en su vano intento de entrar en el edificio.
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