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jueves, 15 de mayo de 2014

Segunda parte. Siete. 3

No había mucho tiempo para pensar. En un primer impulso, Bea quiso reaccionar girando el vehículo para regresar de nuevo por el Paseo de Zorrilla, pero, antes de que pudiera siquiera intentarlo, la calle se convirtió en un hormiguero de cadáveres andantes acercándose al todoterreno. Solo les quedaba una salida.
–¡Adelante, Bea, adelante, por el muro…!
No hizo falta que Toni lo repitiera. Bea pisó a fondo el pedal del acelerador y el coche respondió con un salto brusco que les empujó a los tres contra el respaldo de sus respectivos asientos. Sorteó unos cuantos muertos que ya estaban prácticamente encima del vehículo, y se lanzó por la abertura que dejaban los bloques de hormigón, arrancando chispas metálicas cuando el lateral derecho del todoterreno rozó contra uno de ellos debido a lo angosto del hueco. Al otro lado, el panorama era cuando menos tan desolador como en el interior de la zona segura, quizá más. Algunos muertos se desperezaban en las aceras ante el inesperado ruido, alargando sus repugnantes brazos hacia ellos. Mientras, a sus espaldas, el numeroso grupo de deambulantes que había surgido de no sabían dónde, pugnaba por seguirlos, formando, al principio, una gran montonera en el estrecho paso.
Al llegar a la Plaza de España, pudieron contemplar los restos de la primitiva barrera por la que se accedía a la zona segura, la misma que Bea había atravesado tres meses antes montada en un autobús. La joven dudó al principio sobre el camino que debía coger. En realidad, no debía seguir ninguno, ¿qué más daba uno que otro? Y, sin embargo, algo le decía que sus vidas dependían de la elección que hiciera. “A” no es nunca igual a “B”... Una vez más, las circunstancias tuvieron la llave de su futuro, porque, tras un segundo vistazo, supo que solo podían girar a la derecha: a su izquierda, un blindado, sobre el que los cuerpos de dos soldados medio comidos parecían descansar, les cortaba el paso; y de frente, dos de los autocares en los que los evacuados del Hospital Clínico había llegado a la zona, estaban volcados, impidiendo seguir adelante.
El todoterreno giró con un chirrido de gomas y, tras avanzar unos metros, saltó el bordillo y avanzó por la acera, junto a una fuente completamente seca de agua pero llena de los asquerosos fluidos de cadáveres en descomposición. Hacia cualquier sitio que miraran, todo era desolación, muerte y podredumbre… Las fachadas de los edificios estaban cuajadas de impactos de balas de todos los calibres imaginables, y una miríada de cristales cubría amplias zonas de la calle. Siguieron de frente, de nuevo por la calzada tras bajar de la acera. Costaba creer que aquello hubiera sido, en otro tiempo, el centro financiero y comercial de la ciudad…
La situación se volvía más complicada por momentos. Lo que hacía unos pocos minutos era un goteo, se convirtió de pronto en auténtico chorro abierto. De todas partes salían muertos que comenzaron a llenar el espacio libre entre los coches, ocupando casi completamente cualquier salida que pudieran tomar por las calles adyacentes. Enseguida, ni siquiera pudieron seguir avanzando, porque, cuando ya vislumbraban al fondo el final de la calle, que se abría a la Plaza de Colón y a la estación de ferrocarril, un numeroso grupo de deambulantes avanzaba desde esa dirección. Estaban rodeados.
Toni intentó mantener la suficiente serenidad para que su cabeza pensara algo coherente sin dejarse llevar por el pánico. Bea le miraba con insistencia, como si esperara oír de sus labios la palabra mágica que les transportara lejos, que pusiera fin al hechizo que estaban padeciendo, que les despertara de la pesadilla tan grande en la que se ahogaban… Pero Toni no decía nada. Solo miraba a su alrededor, girando la cabeza como si fuera un tornillo mientras agarraba la mochila que estaba en el asiento trasero con una mano y a Sara con la otra. Al fin reaccionó.
–¡Para, para, joder!
El fuerte frenazo, pese a la poca velocidad a la que circulaban, casi les proyectó contra el parabrisas, porque ninguno llevaba puesto el cinturón. Bea había detenido el todoterreno justo delante de un edificio con fachada de piedra y ladrillo, cuyo portal en penumbras parecía, en esos momentos, la cálida entrada hacia la salvación. Toni abrió de golpe la puerta del coche y arrastró literalmente a Sara tras él, lanzándose desesperadamente hacia el portal. Se volvió al mismo tiempo hacia Bea, que estaba intentando abrir su puerta.
–¡No, sal por aquí!
La chica reptó entre los dos asientos delanteros y cayó al suelo de bruces. Los muertos estaban apenas a media docena de metros en ambos sentidos de la calle. Toni empujó a la niña hacia la puerta del edificio y estiró el brazo lo suficiente para coger a Bea, para agarrarla por cualquier sitio… Nunca supo cómo lo hizo, pero tuvo tiempo suficiente para sujetarla por un brazo, tirar de ella hacia el interior del portal y, a la vez, dar una patada a la puerta del todoterreno para cerrarla.
Con un golpe que retumbó las tres plantas del edificio, Toni atrancó la hoja abierta de la doble puerta, una pesada puerta de madera artesanalmente labrada pintada de verde, con dos cristaleras protegidas con rejas y, coronándola, un arco de medio punto igualmente acristalado y enrejado. Al otro lado, en la calle, decenas de muertos golpeaban la puerta, como llamando para que les dejaran entrar…

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