Páginas

martes, 13 de mayo de 2014

Segunda parte. Siete. 2

No había nadie. Todo estaba vacío. Hasta donde habían llegado, tras avanzar a lo largo de García Morato, no se habían encontrado con ser alguno, al menos vivo. La acera derecha marcaba el límite sur de la zona segura, con los edificios bloqueados y los accesos de las calles adyacentes protegidos con los grandes bloques de hormigón. Tras girar a la izquierda, Bea condujo por el Paseo de Zorrilla, la principal arteria de la ciudad, con más de cuatro kilómetros de longitud, de los que en la Zona de Evacuación apenas contaba con seiscientos metros, los que iban desde García Morato hasta la Plaza de Zorrilla. El panorama era deprimente. Contribuía a ello el día plomizo que había amanecido, pero sobre todo el aspecto de las calles, cuajadas de cuerpos, cientos de cadáveres medio deshechos, desmembrados, acribillados… y miles de casquillos que salían disparados al ser presionados por las ruedas del todoterreno, produciendo un silbido parecido al que, no mucho antes, habían hecho al salir de las bocas de las armas que los dispararon.
Se habían detenido en la Plaza de Zorrilla, fin del trayecto y donde el acceso a la zona segura aparecía tan devastado como el de García Morato, con uno de los grandes bloques de hormigón apartado a un lado, y gran cantidad de muertos sembrando la plaza. A la izquierda, se erigía el edificio de la Academia de Caballería, donde los militares que controlaban la ciudad habían establecido su puesto de mando. Ahora, la puerta principal abierta de par en par y los cuerpos esparcidos por la amplia acera indicaban a Bea que no había ya gran cosa que controlar… Habían dejado atrás, a su derecha, el Campo Grande, un gran parque de estilo romántico inglés que era al mismo tiempo pulmón del centro de Valladolid, y que se había convertido durante el aislamiento en frontera frente al horror exterior gracias a sus altas y resistentes verjas de hierro. Pero también había sido referente y punto de encuentro de los supervivientes de la zona segura, lo mismo que antes lo fue de parejas de enamorados, jubilados despreocupados y niños con sus progenitores las tardes de domingo.
–¿Aquí acaba la Zona de Evacuación? No parece gran cosa…
Toni miraba expectante a su alrededor. Había bajado la ventanilla de su puerta. El aire acre le hizo de inmediato arrugar la nariz. Olía a muerto, sin duda, y a pólvora, y a metal engrasado…
–Al principio era bastante más grande –Bea señaló con el brazo al otro lado de los bloques de hormigón–. Llegaba por ahí hasta la Plaza de España, y por detrás del Campo Grande hasta la estación, para controlar el acceso por ferrocarril… Pero a los pocos días los militares se dieron cuenta de que era un perímetro demasiado extenso para poderlo asegurar, así que redujeron drásticamente la zona. Además, tampoco éramos tantos evacuados, no creo que llegáramos a tres mil…
–Bueno, y ahora, ¿adónde vamos? –preguntó el chico, mientras asentía cabizbajo a las explicaciones de Bea.
–No lo sé… Mira, ahí estaba el puesto de mando de los militares… ¿Qué habrá pasado? –Bea señalaba hacia el edificio de la Academia de Caballería, a su izquierda.
–Esto está desierto… No sé si habrá alguien vivo.
–No lo parece. ¿Qué hacemos, Toni?
El chaval se quedó mirando a Bea. Vio en los ojos de la enfermera tristeza, hastío y asco, pero ni rastro de miedo. Había dejado atrás todo sentimiento que no se pudiera permitir en su situación. Y eso incluía la lástima hacia sus semejantes.
–Te lo he preguntado yo primero. Es tu ciudad…
Bea esbozó una sarcástica sonrisa que apenas estiró sus músculos faciales. No sabía por qué, pero en esos momentos se habría fumado un cigarrillo. O se habría comido un caramelo, o un buen cocido, o no le habría importado abrirle la cabeza a tiros a cualquiera que hubiera aparecido entre los coches que estaban aparcados delante de ellos…
–Mi ciudad… ¡Esta es la ciudad de los muertos!
–Pues aun así…, tendrás que decidirte. Algún sitio habrá que conozcas… Necesitamos un lugar para pasar la noche a resguardo, porque no me gusta la idea de dormir en el coche otra vez, y menos en medio de estos edificios.
Sara levantó entonces el brazo y lo extendió, señalando hacia la derecha. Cuando los dos jóvenes siguieron la dirección que indicaba la niña, les pareció revivir una situación ya conocida, una suerte de tétrico déjà vu que les perseguía inmisericordemente desde hacía unos cuantos días… El grupo de muertos avanzaba a trompicones por la explanada de la plaza. Parecían haber salido del Campo Grande, porque un instante antes, cuando ellos habían detenido el coche en la plaza, no estaban allí. Pronto alcanzarían la fuente, cuyos chorros ya no proyectaban agua, y después rebasarían la estatua de José Zorrilla, vigilante atento de su plaza homónima durante los últimos cien años. Entre los muertos distinguió Toni algunos uniformes de camuflaje…
–Ahí tienes lo que ha pasado, Bea. Ahí están tus soldados…

No hay comentarios:

Publicar un comentario