No había nadie.
Todo estaba vacío. Hasta donde habían llegado, tras avanzar a lo largo de
García Morato, no se habían encontrado con ser alguno, al menos vivo. La acera
derecha marcaba el límite sur de la zona segura, con los edificios bloqueados y
los accesos de las calles adyacentes protegidos con los grandes bloques de
hormigón. Tras girar a la izquierda, Bea condujo por el Paseo de Zorrilla, la
principal arteria de la ciudad, con más de cuatro kilómetros de longitud, de
los que en la Zona de Evacuación apenas contaba con seiscientos metros, los que
iban desde García Morato hasta la Plaza de Zorrilla. El panorama era
deprimente. Contribuía a ello el día plomizo que había amanecido, pero sobre
todo el aspecto de las calles, cuajadas de cuerpos, cientos de cadáveres medio
deshechos, desmembrados, acribillados… y miles de casquillos que salían
disparados al ser presionados por las ruedas del todoterreno, produciendo un
silbido parecido al que, no mucho antes, habían hecho al salir de las bocas de
las armas que los dispararon.
Se habían
detenido en la Plaza de Zorrilla, fin del trayecto y donde el acceso a la zona
segura aparecía tan devastado como el de García Morato, con uno de los grandes
bloques de hormigón apartado a un lado, y gran cantidad de muertos sembrando la
plaza. A la izquierda, se erigía el edificio de la Academia de Caballería,
donde los militares que controlaban la ciudad habían establecido su puesto de
mando. Ahora, la puerta principal abierta de par en par y los cuerpos esparcidos
por la amplia acera indicaban a Bea que no había ya gran cosa que controlar…
Habían dejado atrás, a su derecha, el Campo Grande, un gran parque de estilo
romántico inglés que era al mismo tiempo pulmón del centro de Valladolid, y que
se había convertido durante el aislamiento en frontera frente al horror
exterior gracias a sus altas y resistentes verjas de hierro. Pero también había
sido referente y punto de encuentro de los supervivientes de la zona segura, lo
mismo que antes lo fue de parejas de enamorados, jubilados despreocupados y niños con
sus progenitores las tardes de domingo.
–¿Aquí
acaba la Zona de Evacuación? No parece gran cosa…
Toni
miraba expectante a su alrededor. Había bajado la ventanilla de su puerta. El
aire acre le hizo de inmediato arrugar la nariz. Olía a muerto, sin duda, y a
pólvora, y a metal engrasado…
–Al
principio era bastante más grande –Bea señaló con el brazo al otro lado de los
bloques de hormigón–. Llegaba por ahí hasta la Plaza de España, y por detrás
del Campo Grande hasta la estación, para controlar el acceso por ferrocarril…
Pero a los pocos días los militares se dieron cuenta de que era un perímetro
demasiado extenso para poderlo asegurar, así que redujeron drásticamente la
zona. Además, tampoco éramos tantos evacuados, no creo que llegáramos a tres
mil…
–Bueno, y
ahora, ¿adónde vamos? –preguntó el chico, mientras asentía cabizbajo a las
explicaciones de Bea.
–No lo sé…
Mira, ahí estaba el puesto de mando de los militares… ¿Qué habrá pasado? –Bea
señalaba hacia el edificio de la Academia de Caballería, a su izquierda.
–Esto está
desierto… No sé si habrá alguien vivo.
–No lo
parece. ¿Qué hacemos, Toni?
El chaval
se quedó mirando a Bea. Vio en los ojos de la enfermera tristeza, hastío y
asco, pero ni rastro de miedo. Había dejado atrás todo sentimiento que no se
pudiera permitir en su situación. Y eso incluía la lástima hacia sus
semejantes.
–Te lo he
preguntado yo primero. Es tu ciudad…
Bea esbozó
una sarcástica sonrisa que apenas estiró sus músculos faciales. No sabía por
qué, pero en esos momentos se habría fumado un cigarrillo. O se habría comido
un caramelo, o un buen cocido, o no le habría importado abrirle la cabeza a
tiros a cualquiera que hubiera aparecido entre los coches que estaban aparcados
delante de ellos…
–Mi
ciudad… ¡Esta es la ciudad de los muertos!
–Pues aun
así…, tendrás que decidirte. Algún sitio habrá que conozcas… Necesitamos un
lugar para pasar la noche a resguardo, porque no me gusta la idea de dormir en
el coche otra vez, y menos en medio de estos edificios.
Sara
levantó entonces el brazo y lo extendió, señalando hacia la derecha. Cuando los
dos jóvenes siguieron la dirección que indicaba la niña, les pareció revivir una
situación ya conocida, una suerte de tétrico déjà vu que les perseguía inmisericordemente desde hacía unos
cuantos días… El grupo de muertos avanzaba a trompicones por la explanada de la
plaza. Parecían haber salido del Campo Grande, porque un instante antes, cuando
ellos habían detenido el coche en la plaza, no estaban allí. Pronto alcanzarían
la fuente, cuyos chorros ya no proyectaban agua, y después rebasarían la estatua
de José Zorrilla, vigilante atento de su plaza homónima durante los últimos
cien años. Entre los muertos distinguió Toni algunos uniformes de camuflaje…
–Ahí
tienes lo que ha pasado, Bea. Ahí están tus soldados…
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