Solo estaban
alimentándose. Cinco figuras recortadas a contraluz, bajo el ventanal del
bufete de abogados de la calle Muro. Las
cinco arrodilladas en el suelo, tomando cada una su porción de proteínas,
comiendo… Emitían sordos y pequeños ruidos al masticar con ansia la carne y los
tendones, y al roer los huesos hasta dejarlos completamente mondos. Entre las
figuras, inerme, un cuerpo tendido sobre la tarima, con el paquete intestinal
fuera del abdomen, servía al mismo tiempo de mesa y de alimento para el pequeño
grupo de comensales, trágicamente concentrados en tan provechosa tarea, sin
levantar la cabeza, sin mirarse, absortos en el proceso de ingesta.
No cabía
duda de que el sujeto con las tripas al aire estaba completamente muerto. En el
resto, en el grupo que participaba en tan tétrico banquete, quizá un observador
imaginativo habría podido intuir, pese a la atmósfera en penumbras en que se
desarrollaba la escena, rasgos de la más absoluta inhumanidad, teniendo en
cuenta, sobre todo, que ninguno de ellos estaba aún muerto. ¿O tal vez sí?
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