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jueves, 8 de mayo de 2014

Segunda parte. Seis. 2

–Tía, si no te metes en el coche ya, estamos todos muertos…
Bea, de espaldas a los deambulantes, y en medio de la ira que aún la consumía, pareció durante un instante infinito no comprender lo que Toni le decía. Solo cuando el joven tiró con fuerza de su brazo, arrastrándola hacia el todoterreno, se dio cuenta de la situación. El chaval la hizo entrar en el coche por la puerta del conductor, empujando a su vez a Sara, que se apretó contra la otra puerta, y nada más lanzarse él mismo, literalmente, tras Bea, sintió cómo el primero de los muertos le rozaba la manga de la cazadora.
No pudo cerrar la puerta, porque el tipo había logrado meter un brazo por el hueco. Toni, muy nervioso, tiraba de la manilla hacia sí, pero no podía cerrar, y, pese a sus repetidos intentos, tampoco ejercía tanta presión como para seccionarle el miembro al deambulante… Si los demás conseguían hacerse un hueco por la portezuela a medio cerrar, estaban perdidos. Entonces, tuvo una idea: si no podía cerrar, esperaba poder abrir… Soltó de repente el agarrador y, al mismo tiempo, cargó contra la puerta con el hombro, haciendo que el muerto recibiera el fortísimo impacto en plena cabeza. El deambulante salió rebotado hacia atrás, entorpeciendo los movimientos del resto, y dando tiempo a Toni a cerrar por fin la puerta.  Se frotó el dolorido hombro con manos temblorosas, y miró a Bea y a Sara. Ambas estaban completamente quietas, calladas, sin reaccionar todavía…
Los muertos comenzaron a arañar la dura carrocería del todoterreno, babeando sus apestosos fluidos en el cristal de la ventanilla del conductor, donde parecían haber concentrado sus esfuerzos. Toni intentó arrancar el vehículo instintivamente, pero algo no estaba donde debía… Con un aire de aparente tranquilidad que no parecía fingido, Bea esgrimió las llaves de contacto, balanceándolas suavemente entre dos dedos ante la cara del chaval.
–¿Buscas esto?
Toni, temblando aún, no podía dejar de mirar a la joven, cuyo rostro había pasado de la ira a una expresión de contenida calma. Todos sus rasgos faciales estaban fuertemente tensados, marcando aún más los prominentes pómulos. Sin embargo, pese al esfuerzo y a la tensión del rostro, su voz había sonado increíblemente tranquila, incluso dulce, acariciando cada sílaba. Un par de muertos se habían dado cuenta de que había más vida en el interior del vehículo además de Toni, y ya estaban completando el giro para aferrarse a la puerta del copiloto, justo donde la pequeña Sara, acurrucada contra el cuerpo de Bea, lo contemplaba todo con los ojos enormemente abiertos.
Bea, entonces, pasó con sumo cuidado por encima de Sara mientras la desplazaba bajo ella hacia el otro lado, junto a Toni, quien no alcanzaba a comprender qué se proponía la joven. Un instante antes de que los dos deambulantes pusieran sus nauseabundas manos en la puerta, Bea la abrió de un fuerte empujón, desbloqueando el cierre, sin que Toni, sin tiempo para reaccionar ante el rápido movimiento de la joven, pudiera impedirlo. No se hubiera imaginado nunca, nunca, que la enfermera pudiera ser capaz de una acción semejante.
–¡Nooooooo… estás loca…!
Pero Bea ya había puesto su pie derecho en el suelo, dispuesta a… ¿qué?, se preguntó fugazmente Toni. Comprendió de inmediato, sin embargo, que nada de cuanto pudiera pensar, decir o hacer, detendría a la chica, de modo que decidió, aun sabiendo que era algo completamente irracional en ese momento, salir a su vez del coche. Era un suicidio colectivo, no podía quitarse esa idea de la cabeza. ¿Dónde tenía el fusil? No lograba encontrarlo… De todas formas, a esa distancia no le iba a servir más que como palo, seguramente... Pareció multiplicarse de repente, porque, al igual que Bea un instante antes, salió del todoterreno empujando la puerta con fuerza para derribar a los muertos que estaban fuera, mientras aún tenía tiempo para indicarle a Sara un punto muy concreto del panel de mandos a la derecha del volante.
–Ssssh…, tranquila, cuando salga, aprieta este botón y no mires.
Nada más poner el pie en la carretera, notó el asqueroso aliento de los muertos en su nariz. Todo estaba ocurriendo muy deprisa, aunque a él se le figuraba justo lo contrario. Cerró la puerta, como Bea había hecho apenas un par de segundos antes, y sacó el hacha de entre su cinturón al tiempo que oía el chasquido del bloqueo del coche al ser accionado. Empuñándolo con fuerza, logró clavarlo en medio de la frente del primer muerto, justo el que antes estaba más pegado al coche y que ahora, de rodillas tras el fuerte empujón que había recibido, pugnaba aún por incorporarse. Apenas podía ver, a través de los tintados cristales del todoterreno, qué sucedía al otro lado, y no era tan alto como para salvar la línea visual que el techo del coche interrumpía. Pero entonces escuchó la voz entrecortada de la chica, acompañada del ruido que hacen los huesos al ser fracturados.
–¡Estoy… harta… de tener… que esconderme, malditos… engendros… del infierno!
Mascullaba cada palabra, arrastrándolas entre los dientes con inusitada fiereza, y, entre una y otra, asestaba culatazos en el cráneo de los dos muertos que habían llegado hasta ese lado del coche. Jamás imaginó ella que fuera capaz de un acto así. Sentía tanta rabia, mezclada con asco y miedo, que, aunque había intentado disparar dos veces con su pistola contra los deambulantes, ni siquiera se dio cuenta de que tenía el seguro puesto, por lo que decidió emprenderla a golpes con ellos en una demostración tan heroica como estúpida.
Toni sabía que el estado anímico de la chica era el responsable directo de su actitud, pero, en el fondo, se alegraba de la decisión que había tomado, aun cuando eso implicara jugarse la vida de una manera suicida frente a unos pobres diablos que no suponían ninguna amenaza para ellos, a salvo en el interior del coche. Bea se había deshecho de los dos tipos, y avanzaba resuelta hacia donde Toni se las veía ahora con tres, que le tenían arrinconado contra el capó. Descargó un hachazo contra el de su izquierda, pero solo consiguió clavarle la hoja entre el hombro y el cuello, inutilizando los tendones del músculo, pero sin que eso impidiera al muerto alargar su otro brazo y aferrar al chaval por la manga, mientras intentaba arrimar su boca babeante al cuello caliente, apetecible y vivo de Toni…
El joven resbaló entonces a lo largo de la chapa del coche, y eso le salvó la vida en ese instante, porque los dientes encontraron el aire justo donde una fracción de segundo antes estaba la carne palpitante… Mientras caía, Toni pensaba que Bea estaba tardando demasiado. Solo eran un par de metros hasta allí… Desde el suelo le propinó tan tremendo hachazo al tipo, que se llevó prácticamente toda la pierna hasta la rodilla, derribándolo a tierra. Aun así, todavía trataba de agarrar al chaval con el brazo sano, hasta que Toni, por fin, pudo golpearlo repetidas veces en el cráneo con el envés del hacha, haciendo que el frontal reventara hacia adentro de su podrida cabeza.
Sonaron dos disparos muy seguidos. Cuando Toni logró enfocar la mirada, pudo ver a los muertos que quedaban en pie derrumbarse pesadamente sin un gemido, con las cabezas atravesadas. Por fin Bea había logrado quitar el seguro de la pistola mientras se dirigía a ayudarle… La joven se quedó quieta, de pie ante él, contemplándolo desde la altura. Parecía completamente tranquila. No hizo ademán de ayudarle a levantarse. Solo se limpiaba los restos de sesos, sangre y esquirlas de hueso que impregnaban el arma y su mano derecha con un pañuelo que luego tiró al suelo, al lado de Toni. Guardó la pistola en el bolso de la cazadora, apretó el mando de la llave para desbloquear el coche, y abrió la puerta del conductor para ponerse al volante.
–Vámonos.

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