–Tía, si
no te metes en el coche ya, estamos todos muertos…
Bea, de
espaldas a los deambulantes, y en medio de la ira que aún la consumía, pareció
durante un instante infinito no comprender lo que Toni le decía. Solo cuando el
joven tiró con fuerza de su brazo, arrastrándola hacia el todoterreno, se dio
cuenta de la situación. El chaval la hizo entrar en el coche por la puerta del conductor,
empujando a su vez a Sara, que se apretó contra la otra puerta, y nada más
lanzarse él mismo, literalmente, tras Bea, sintió cómo el primero de los
muertos le rozaba la manga de la cazadora.
No pudo
cerrar la puerta, porque el tipo había logrado meter un brazo por el hueco.
Toni, muy nervioso, tiraba de la manilla hacia sí, pero no podía cerrar, y,
pese a sus repetidos intentos, tampoco ejercía tanta presión como para
seccionarle el miembro al deambulante… Si los demás conseguían hacerse un hueco
por la portezuela a medio cerrar, estaban perdidos. Entonces, tuvo una idea: si
no podía cerrar, esperaba poder abrir… Soltó de repente el agarrador y, al
mismo tiempo, cargó contra la puerta con el hombro, haciendo que el muerto
recibiera el fortísimo impacto en plena cabeza. El deambulante salió rebotado
hacia atrás, entorpeciendo los movimientos del resto, y dando tiempo a Toni a
cerrar por fin la puerta. Se frotó el
dolorido hombro con manos temblorosas, y miró a Bea y a Sara. Ambas estaban
completamente quietas, calladas, sin reaccionar todavía…
Los
muertos comenzaron a arañar la dura carrocería del todoterreno, babeando sus
apestosos fluidos en el cristal de la ventanilla del conductor, donde parecían
haber concentrado sus esfuerzos. Toni intentó arrancar el vehículo
instintivamente, pero algo no estaba donde debía… Con un aire de aparente tranquilidad
que no parecía fingido, Bea esgrimió las llaves de contacto, balanceándolas
suavemente entre dos dedos ante la cara del chaval.
–¿Buscas
esto?
Toni,
temblando aún, no podía dejar de mirar a la joven, cuyo rostro había pasado de
la ira a una expresión de contenida calma. Todos sus rasgos faciales estaban
fuertemente tensados, marcando aún más los prominentes pómulos. Sin embargo,
pese al esfuerzo y a la tensión del rostro, su voz había sonado increíblemente
tranquila, incluso dulce, acariciando cada sílaba. Un par de muertos se habían
dado cuenta de que había más vida en el interior del vehículo además de Toni, y
ya estaban completando el giro para aferrarse a la puerta del copiloto, justo
donde la pequeña Sara, acurrucada contra el cuerpo de Bea, lo contemplaba todo
con los ojos enormemente abiertos.
Bea,
entonces, pasó con sumo cuidado por encima de Sara mientras la desplazaba bajo
ella hacia el otro lado, junto a Toni, quien no alcanzaba a comprender qué se
proponía la joven. Un instante antes de que los dos deambulantes pusieran sus
nauseabundas manos en la puerta, Bea la abrió de un fuerte empujón,
desbloqueando el cierre, sin que Toni, sin tiempo para reaccionar ante el
rápido movimiento de la joven, pudiera impedirlo. No se hubiera imaginado
nunca, nunca, que la enfermera pudiera ser capaz de una acción semejante.
–¡Nooooooo…
estás loca…!
Pero Bea
ya había puesto su pie derecho en el suelo, dispuesta a… ¿qué?, se preguntó fugazmente Toni. Comprendió de inmediato, sin
embargo, que nada de cuanto pudiera pensar, decir o hacer, detendría a la
chica, de modo que decidió, aun sabiendo que era algo completamente irracional
en ese momento, salir a su vez del coche. Era un suicidio colectivo, no podía
quitarse esa idea de la cabeza. ¿Dónde tenía el fusil? No lograba encontrarlo…
De todas formas, a esa distancia no le iba a servir más que como palo,
seguramente... Pareció multiplicarse de repente, porque, al igual que Bea un
instante antes, salió del todoterreno empujando la puerta con fuerza para
derribar a los muertos que estaban fuera, mientras aún tenía tiempo para indicarle
a Sara un punto muy concreto del panel de mandos a la derecha del volante.
–Ssssh…,
tranquila, cuando salga, aprieta este botón y no mires.
Nada más
poner el pie en la carretera, notó el asqueroso aliento de los muertos en su
nariz. Todo estaba ocurriendo muy deprisa, aunque a él se le figuraba justo lo
contrario. Cerró la puerta, como Bea había hecho apenas un par de segundos
antes, y sacó el hacha de entre su cinturón al tiempo que oía el chasquido del
bloqueo del coche al ser accionado. Empuñándolo con fuerza, logró clavarlo en
medio de la frente del primer muerto, justo el que antes estaba más pegado al
coche y que ahora, de rodillas tras el fuerte empujón que había recibido,
pugnaba aún por incorporarse. Apenas podía ver, a través de los tintados
cristales del todoterreno, qué sucedía al otro lado, y no era tan alto como para
salvar la línea visual que el techo del coche interrumpía. Pero entonces
escuchó la voz entrecortada de la chica, acompañada del ruido que hacen los
huesos al ser fracturados.
–¡Estoy…
harta… de tener… que esconderme, malditos… engendros… del infierno!
Mascullaba
cada palabra, arrastrándolas entre los dientes con inusitada fiereza, y, entre
una y otra, asestaba culatazos en el cráneo de los dos muertos que habían
llegado hasta ese lado del coche. Jamás imaginó ella que fuera capaz de un acto
así. Sentía tanta rabia, mezclada con asco y miedo, que, aunque había intentado
disparar dos veces con su pistola contra los deambulantes, ni siquiera se dio
cuenta de que tenía el seguro puesto, por lo que decidió emprenderla a golpes
con ellos en una demostración tan heroica como estúpida.
Toni sabía
que el estado anímico de la chica era el responsable directo de su actitud,
pero, en el fondo, se alegraba de la decisión que había tomado, aun cuando eso implicara
jugarse la vida de una manera suicida frente a unos pobres diablos que no
suponían ninguna amenaza para ellos, a salvo en el interior del coche. Bea se
había deshecho de los dos tipos, y avanzaba resuelta hacia donde Toni se las
veía ahora con tres, que le tenían arrinconado contra el capó. Descargó un
hachazo contra el de su izquierda, pero solo consiguió clavarle la hoja entre
el hombro y el cuello, inutilizando los tendones del músculo, pero sin que eso
impidiera al muerto alargar su otro brazo y aferrar al chaval por la manga,
mientras intentaba arrimar su boca babeante al cuello caliente, apetecible y
vivo de Toni…
El joven
resbaló entonces a lo largo de la chapa del coche, y eso le salvó la vida en
ese instante, porque los dientes encontraron el aire justo donde una fracción
de segundo antes estaba la carne palpitante… Mientras caía, Toni pensaba que
Bea estaba tardando demasiado. Solo eran un par de metros hasta allí… Desde el
suelo le propinó tan tremendo hachazo al tipo, que se llevó prácticamente toda
la pierna hasta la rodilla, derribándolo a tierra. Aun así, todavía trataba de
agarrar al chaval con el brazo sano, hasta que Toni, por fin, pudo golpearlo
repetidas veces en el cráneo con el envés del hacha, haciendo que el frontal
reventara hacia adentro de su podrida cabeza.
Sonaron
dos disparos muy seguidos. Cuando Toni logró enfocar la mirada, pudo ver a los
muertos que quedaban en pie derrumbarse pesadamente sin un gemido, con las
cabezas atravesadas. Por fin Bea había logrado quitar el seguro de la pistola
mientras se dirigía a ayudarle… La joven se quedó quieta, de pie ante él,
contemplándolo desde la altura. Parecía completamente tranquila. No hizo ademán
de ayudarle a levantarse. Solo se limpiaba los restos de sesos, sangre y
esquirlas de hueso que impregnaban el arma y su mano derecha con un pañuelo que
luego tiró al suelo, al lado de Toni. Guardó la pistola en el bolso de la
cazadora, apretó el mando de la llave para desbloquear el coche, y abrió la
puerta del conductor para ponerse al volante.
–Vámonos.
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