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martes, 6 de mayo de 2014

Segunda parte. Seis. 1

Día noventa. Bea había puesto especial cuidado en no adentrase demasiado en el núcleo urbano de La Flecha, donde sus calles largas y estrechas podían convertirse en trampas mortales. Antes de llegar, giró a la derecha para bajar desde la avenida de Aranzana hacia la de Salamanca, arteria amplia que les conduciría directamente al corazón de Valladolid con solo cruzar cualquiera de los puentes que atravesaban el Pisuerga. El camino parecía tranquilo, incluso despejado, de no ser por algunos indicios claros de lo que había pasado desde el verano: coches cruzados, abandonados y con las puertas abiertas; cuerpos destrozados pudriéndose al sol, tendidos en las más inverosímiles posiciones; infinidad de trozos de cristal de todos los tamaños esparcidos por la acera… El paisaje ofrecía un aspecto general de ciudad fantasma, de decadencia urbana, al que contribuía la tierra acumulada en los bordes de la avenida, llevada allí por el viento sin que ningún servicio de limpieza se ocupara ya de mantener las calles aseadas ni de cuidar la vegetación de los pequeños parques que se encontraban a lo largo de su camino, que crecían completamente salvajes.
Avanzaban lentamente por la avenida, como le gustaba a la joven enfermera hacer, en parte para poder reaccionar a tiempo ante cualquier eventualidad, y en parte para tratar de hacer el menor ruido posible con el motor del potente todoterreno. En esas condiciones, podía parecer que Toni estaba disfrutando de una visita turística a la ciudad, dado el tiempo que tenía a su disposición para contemplar con tranquilidad el paisaje. Sin embargo, lo que el chaval hacía en realidad era fijarse atentamente en cualquier detalle que le resultara sospechoso.
Al pasar junto a un centro comercial, se encontraron a un numeroso grupo de muertos andantes que estaban como aletargados entre los vehículos del aparcamiento, pero que enseguida se pusieron en movimiento al oír el ruido, estorbándose unos a otros en su afán de agarrar el vehículo con sus engarfiados dedos. Bea no perdió la serenidad. No aceleró. Sabía que no podían hacer nada contra el coche, pero, aun así, ni siquiera les dio tiempo a acercarse lo suficiente para suponer un peligro real. Pronto los dejaron atrás, manada de depredadores tras el rastro de la presa... Por el retrovisor, la enfermera les observaba mientras se hacían más pequeños, diminutos, hasta que la curva de la avenida los quitó de su campo de visión.
Pronto llegarían a la zona clave donde tendrían que tomar la decisión de entrar finalmente al centro urbano o pasar de largo, en camino hacia no sabían dónde. Bea parecía dispuesta por fin a llegar al Centro, lo mismo que Toni, quien desde el principio tuvo esa opción muy clara. Pero, en definitiva, la joven tendría la última palabra. Tampoco sabían, por supuesto, qué se iban a encontrar, porque nadie les aseguraba que las cosas siguieran como hacía una semana, cuando Bea salió de la ciudad camino de Viana, o, por el contrario, todo había cambiado radicalmente.
–¿Sigues queriendo ir?
Toni, atento al exterior, lo estaba de igual modo al rostro de Bea, tratando de interpretar su expresión, de ver en cualquier gesto un indicio de determinación, o de todo lo contrario.
–Claro. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
–Largarnos…
–¿Adónde, Bea? ¿Tienes algún plan que no me hayas contado?
La enfermera estaba pálida. Había dormido mal dentro del coche, y el frío de la noche aún se aferraba a sus huesos, pese a que la calefacción estaba ahora encendida.
–No tengo planes, Toni. Lo único que tengo es miedo, mucho miedo… y unas ganas enormes de volver a casa… a mi casa… –dos gruesas lágrimas rodaron mejillas abajo, hasta mojar el borde de su jersey de cuello alto. A su lado, Sara la miraba con atención, en silencio, esperando el estallido de incontenida rabia–. ¡Quiero ir a mi casa!
Sara le puso una tibia mano en la rodilla, que temblaba sobre el acelerador haciendo que el todoterreno avanzara a trompicones. Bea no se tranquilizó completamente por ello, pero sí volvió a tener control sobre sus destrozados nervios. Toni se había vuelto hacia la ventanilla, con la mirada perdida en el paisaje urbano, que poco a poco, pero sin interrupción, se hacía cada vez más denso. Su tono de voz resultó desagradable, hostil incluso para él mismo.
–A la mierda tu casa, tía… a la mierda todo. ¿Crees que eres la única que ha perdido su casa, su familia…? ¿Crees que los demás somos de goma y vamos tan tranquilos aquí o allí? ¿Eso crees? –Toni sabía de sobra que él no había perdido nada, que el fin del puto mundo para él, en realidad, era un nuevo comienzo, una oportunidad, aunque todavía no había decidido para qué, pero castigaba con dureza a Bea para que dejara de compadecerse y reaccionara, porque lo último que necesitaban era una compañera inerme y una conductora histérica–. Mira esta niña, ¿la ves llorar, la oyes quejarse? Ayer tenía un hogar, unos padres… y ahora está sola, con dos perfectos desconocidos como único consuelo… ¡Bah, no me hables de casas ni de hostias…!
Por un instante, pareció que Bea iba a rendirse, que iba a darse por vencida ante la contundencia de las palabras de Toni. Si bien estaba dispuesta a tranquilizarse, a ser coherente, a ir al puto centro de Valladolid aunque solo fuera para asistir a su propio entierro, ella misma no había dudado en pensar que así sería y así lo haría, entonces, incomprensiblemente, pisó con tanta fuerza el freno que el todoterreno se quedó clavado en el asfalto polvoriento. De haber ido a más velocidad, habrían acabado todos contra el parabrisas.
Miró a Toni con una rabia infinita y dio un puñetazo sobre el volante, haciendo sonar estruendosamente el claxon. Con un gesto furioso, abrió la puerta y saltó a la carretera. Toni y la pequeña Sara se habían quedado petrificados, incapaces de prever una reacción tan iracunda. El de Malasaña hizo un gesto a Sara poniéndose el dedo índice sobre los labios y salió a su vez del coche, mirando con un ojo a Bea, que se había alejado unos metros, y con el otro a los alrededores del vehículo, tratando de detectar cualquier movimiento sospechoso. Sabía que estaban muy expuestos, con todo el jaleo que habían montado, y eran en ese momento sumamente vulnerables.
Se acercó a la enfermera, intentando calmarla.
–Vamos, Bea…
–¡Déjame, cabrón! ¿Quién te pidió que me sacaras de debajo de todos esos hijoputas putrefactos, eh? ¿Por qué tuviste que aparecer? –se había desasido de la mano de Toni, y le miraba queriendo traspasarlo de parte a parte. Masticaba cada palabra, y en sus ojos no brillaban lágrimas sino una ira de fuego–. Maldito cabrón… ¡tú mataste a mi madre!
Toni oía a Bea sin escucharla con la necesaria atención para que sus palabras hicieran el efecto que ella pretendía, porque tenía cosas más importantes en qué ocupar su atención. Por ejemplo, el grupo de media docena de deambulantes que acababan de asomar por detrás de los coches aparcados en el lateral de la avenida, a poco más de una docena de metros.

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