Día
noventa. Bea había puesto especial cuidado en no adentrase demasiado en el
núcleo urbano de La Flecha, donde sus calles largas y estrechas podían
convertirse en trampas mortales. Antes de llegar, giró a la derecha para bajar
desde la avenida de Aranzana hacia la de Salamanca, arteria amplia que les
conduciría directamente al corazón de Valladolid con solo cruzar cualquiera de
los puentes que atravesaban el Pisuerga. El camino parecía tranquilo, incluso
despejado, de no ser por algunos indicios claros de lo que había pasado desde
el verano: coches cruzados, abandonados y con las puertas abiertas; cuerpos
destrozados pudriéndose al sol, tendidos en las más inverosímiles posiciones;
infinidad de trozos de cristal de todos los tamaños esparcidos por la acera… El
paisaje ofrecía un aspecto general de ciudad fantasma, de decadencia urbana, al
que contribuía la tierra acumulada en los bordes de la avenida, llevada allí
por el viento sin que ningún servicio de limpieza se ocupara ya de mantener las
calles aseadas ni de cuidar la vegetación de los pequeños parques que se
encontraban a lo largo de su camino, que crecían completamente salvajes.
Avanzaban
lentamente por la avenida, como le gustaba a la joven enfermera hacer, en parte
para poder reaccionar a tiempo ante cualquier eventualidad, y en parte para
tratar de hacer el menor ruido posible con el motor del potente todoterreno. En
esas condiciones, podía parecer que Toni estaba disfrutando de una visita
turística a la ciudad, dado el tiempo que tenía a su disposición para
contemplar con tranquilidad el paisaje. Sin embargo, lo que el chaval hacía en
realidad era fijarse atentamente en cualquier detalle que le resultara
sospechoso.
Al pasar
junto a un centro comercial, se encontraron a un numeroso grupo de muertos
andantes que estaban como aletargados entre los vehículos del aparcamiento, pero
que enseguida se pusieron en movimiento al oír el ruido, estorbándose unos a
otros en su afán de agarrar el vehículo con sus engarfiados dedos. Bea no
perdió la serenidad. No aceleró. Sabía que no podían hacer nada contra el coche,
pero, aun así, ni siquiera les dio tiempo a acercarse lo suficiente para
suponer un peligro real. Pronto los dejaron atrás, manada de depredadores tras
el rastro de la presa... Por el retrovisor, la enfermera les observaba mientras
se hacían más pequeños, diminutos, hasta que la curva de la avenida los quitó
de su campo de visión.
Pronto
llegarían a la zona clave donde tendrían que tomar la decisión de entrar
finalmente al centro urbano o pasar de largo, en camino hacia no sabían dónde.
Bea parecía dispuesta por fin a llegar al Centro, lo mismo que Toni, quien
desde el principio tuvo esa opción muy clara. Pero, en definitiva, la joven
tendría la última palabra. Tampoco sabían, por supuesto, qué se iban a
encontrar, porque nadie les aseguraba que las cosas siguieran como hacía una
semana, cuando Bea salió de la ciudad camino de Viana, o, por el contrario,
todo había cambiado radicalmente.
–¿Sigues
queriendo ir?
Toni,
atento al exterior, lo estaba de igual modo al rostro de Bea, tratando de
interpretar su expresión, de ver en cualquier gesto un indicio de determinación,
o de todo lo contrario.
–Claro.
¿Qué otra cosa podemos hacer?
–Largarnos…
–¿Adónde,
Bea? ¿Tienes algún plan que no me hayas contado?
La
enfermera estaba pálida. Había dormido mal dentro del coche, y el frío de la
noche aún se aferraba a sus huesos, pese a que la calefacción estaba ahora
encendida.
–No tengo
planes, Toni. Lo único que tengo es miedo, mucho miedo… y unas ganas enormes de
volver a casa… a mi casa… –dos gruesas lágrimas rodaron mejillas abajo, hasta
mojar el borde de su jersey de cuello alto. A su lado, Sara la miraba con
atención, en silencio, esperando el estallido de incontenida rabia–. ¡Quiero ir
a mi casa!
Sara le
puso una tibia mano en la rodilla, que temblaba sobre el acelerador haciendo
que el todoterreno avanzara a trompicones. Bea no se tranquilizó completamente
por ello, pero sí volvió a tener control sobre sus destrozados nervios. Toni se
había vuelto hacia la ventanilla, con la mirada perdida en el paisaje urbano,
que poco a poco, pero sin interrupción, se hacía cada vez más denso. Su tono de
voz resultó desagradable, hostil incluso para él mismo.
–A la
mierda tu casa, tía… a la mierda todo. ¿Crees que eres la única que ha perdido
su casa, su familia…? ¿Crees que los demás somos de goma y vamos tan tranquilos
aquí o allí? ¿Eso crees? –Toni sabía de sobra que él no había perdido nada, que
el fin del puto mundo para él, en realidad, era un nuevo comienzo, una
oportunidad, aunque todavía no había decidido para qué, pero castigaba con
dureza a Bea para que dejara de compadecerse y reaccionara, porque lo último
que necesitaban era una compañera inerme y una conductora histérica–. Mira esta
niña, ¿la ves llorar, la oyes quejarse? Ayer tenía un hogar, unos padres… y
ahora está sola, con dos perfectos desconocidos como único consuelo… ¡Bah, no
me hables de casas ni de hostias…!
Por un
instante, pareció que Bea iba a rendirse, que iba a darse por vencida ante la
contundencia de las palabras de Toni. Si bien estaba dispuesta a tranquilizarse,
a ser coherente, a ir al puto centro de Valladolid aunque solo fuera para
asistir a su propio entierro, ella misma no había dudado en pensar que
así sería y así lo haría, entonces, incomprensiblemente, pisó con tanta fuerza
el freno que el todoterreno se quedó clavado en el asfalto polvoriento. De
haber ido a más velocidad, habrían acabado todos contra el parabrisas.
Miró a
Toni con una rabia infinita y dio un puñetazo sobre el volante, haciendo sonar
estruendosamente el claxon. Con un gesto furioso, abrió la puerta y saltó a la
carretera. Toni y la pequeña Sara se habían quedado petrificados, incapaces de
prever una reacción tan iracunda. El de Malasaña hizo un gesto a Sara
poniéndose el dedo índice sobre los labios y salió a su vez del coche, mirando
con un ojo a Bea, que se había alejado unos metros, y con el otro a los
alrededores del vehículo, tratando de detectar cualquier movimiento sospechoso.
Sabía que estaban muy expuestos, con todo el jaleo que habían montado, y eran
en ese momento sumamente vulnerables.
Se acercó
a la enfermera, intentando calmarla.
–Vamos,
Bea…
–¡Déjame,
cabrón! ¿Quién te pidió que me sacaras de debajo de todos esos hijoputas
putrefactos, eh? ¿Por qué tuviste que aparecer? –se había desasido de la mano
de Toni, y le miraba queriendo traspasarlo de parte a parte. Masticaba cada palabra, y en sus ojos no brillaban lágrimas sino una ira de
fuego–. Maldito cabrón… ¡tú mataste a mi madre!
Toni oía a
Bea sin escucharla con la necesaria atención para que sus palabras hicieran el
efecto que ella pretendía, porque tenía cosas más importantes en qué ocupar su
atención. Por ejemplo, el grupo de media docena de deambulantes que acababan de
asomar por detrás de los coches aparcados en el lateral de la avenida, a poco
más de una docena de metros.
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