El alarido
parecía provenir de todas partes al mismo tiempo. No era posible, pero lo
parecía. Había dejado de nevar, y el cielo estaba cuajado de estrellas, como
nunca antes se había podido ver desde la ciudad, un cielo limpio, inmaculado,
impávido, inmensamente triste... En medio de la noche, fantasmagóricamente iluminada
por el reflejo de la luna sobre el manto blanco que cubría Valladolid, parecía
que nada malo podía pasar. Pero entonces, rasgando el silencioso rumor que el
agua del Pisuerga sembraba a su paso por el tranquilo cauce, el terrorífico
grito erizó los pelos en los cuerpos frágiles de todos los que permanecían a resguardo
en la Academia.
Intentando
no pensar en la pobre mujer que había lanzado el desesperado aullido de pánico,
inclinada sobre el cuerpo que yacía en el catre, en medio de la enfermería, Bea
intentaba disimular su reacción ante el sargento. Le habían facilitado
instrumental quirúrgico, como si ella fuera ya médica titulada. Se dio cuenta
de que al pobre diablo que tenía delante apenas le quedaba un hilo de vida.
A Bea le
contaron que el mismo día que se levantó la cuarentena –el mismo día que ella
salió rumbo a El Coto–, cuando parecía que los muertos lo estaban realmente, al
teniente Cañete le encomendaron la misión de patrullar las inmediaciones de la
Plaza Mayor con su pelotón. Apenas llevaban un par de horas inspeccionando la
zona, tratando de asegurarla, cuando volvió a desatarse el infierno en la
ciudad. Recibió por radio la orden de regresar inmediatamente al perímetro de
evacuación. No le dijeron más. Cuando estaban a medio camino, en plena calle
Santiago, una horda de muertos apareció por la esquina del Atrio y se lanzó
sobre ellos. Casi todos sus hombres cayeron inmediatamente, y solo pudo salvar
a un par de ellos. Pero él resultó herido. Fue solo un rasguño, y ni siquiera
lo notó inmediatamente. De hecho, continuó todo ese largo día matando muertos
mientras se replegaba de regreso a la Academia de CAballería.
Cuando los
supervivientes del pelotón por fin pudieron resguardarse tras los muros de la
Academia, se dio cuenta de que el brazo izquierdo le ardía. Entonces, vio el
arañazo. Y entonces se dio cuenta del balance de la dura batalla que habían
librado. En el recinto que hasta ese día era la sede del mando militar de la ciudad,
o de lo que quedaba de ella, el teniente se había convertido de pronto en la
máxima autoridad, al mando de una tropa formada por la escasa docena de
soldados que habían permanecido a salvo en el interior del recinto y los dos
que habían logrado volver con él.
Bea no necesitaba ser médica para comprender que no podía hacer nada por él. Estaba
sentenciado. Lo único que no sabía, a esas alturas, era predecir cuándo
moriría, porque lo que le resultaba realmente extraordinario era que hubiera
logrado sobrevivir infectado durante tantos días, más de una semana, según sus
cuentas. Con el sargento mirando por encima de su hombro, solo pudo cambiarle
el vendaje, procurando que el pobre tipo no se diera cuenta del lamentable
estado que presentaba la herida, y suministrarle una ampolla de morfina.
Apenas
pudo terminar. El sargento la agarró con fuerza por el brazo, obligándola a
incorporarse.
–¡Vamos,
éste ya está listo! Hay que desinfectaros…
Salieron
de la enfermería. Afuera, ateridos de frío, el grupo de supervivientes
aguardaba resignadamente lo que quiera que fuera a ocurrir. Toni intentaba
sujetar contra sí a la pequeña Sara, protegiéndola de la noche. El cielo se
había abierto, y la helada estaba asegurada.
Les condujeron
por el interior de las instalaciones hasta un pabellón anexo, donde unas pocas
bombillas de escasa potencia aportaban más sombra que claridad al lugar.
Parecía un gimnasio. A empujones, fueron obligados a entrar en otra estancia
más pequeña y completamente diáfana. Del techo colgaba una instalación de
tubería circular de un par de metros de diámetro, a lo largo de la cual se
abrían varias bocas de agua protegidas por rejillas.
–¡Vamos, a
la ducha, vamos…!
Toni no
comprendía. ¿Para qué querían que se ducharan? Miró a Bea, buscando comprensión
en sus ojos. La enfermera intentó tranquilizarle clavando suavemente sus
pupilas en él.
–¡Venga,
desnudaos, desnudaos…! –ante la falta de reacción del grupo, los soldados se
impacientaron–. ¡En pelotas, joder!
En esa
situación, poco importaba ya la vergüenza, el pudor o la natural inhibición
entre sexos. Se imponía la supervivencia. Toni se despojó rápidamente de su
ropa. Los demás le imitaron, aún con vacilaciones y una absoluta falta de
seguridad… Bea ayudó a Sara, y a su vez se desnudó, intentando dejar sus ropas
con cierto orden. En vano, uno de los soldados lanzó las vestimentas lejos con el
cañón de su fusil.
–Hay que
desinfectar… –pareció excusarse cuando dirigió a los pechos de Bea una mirada
asquerosa, mirada que después clavó, ávidamente, sobre los incipientes senos de
Sara.
El
sargento accionó una llave, y el agua comenzó a salir por las bocas de la
tubería circular, salpicando de improviso a los integrantes del grupo. Soltó
una sonora carcajada, tuvo otro acceso de tos, y encendió un cigarrillo.
–¿Está
fresca, eh? Tendrán que disculpar que no funcione el calentador… –les apuntó
con su fusil, empujándolos hacia atrás, hacia los chorros de agua helada que
provenía directamente del rió a través de una toma que los militares realizaron
al comienzo de la cuarentena para abastecer a los supervivientes–. ¡Todos al
agua, vamos! ¡Separen los brazos y las piernas y giren lentamente sobre sus
pies sin moverse del sitio!
Bea sabía
que les estaban obligando a cumplir el protocolo de prevención y desinfección
al mismo tiempo. Durante sus primeros días en la Zona 47, lo había visto hacer
varias veces con todos los supervivientes que lograban acceder por su cuenta al
recinto de evacuación. Ella misma había participado en ellos como personal
sanitario. De esa forma, comprobaban si sus cuerpos presentaban lesiones,
mordeduras o cualquier otro signo de haber estado en contacto demasiado estrecho con los deambulantes.
Sin
embargo, siempre se habían observado unas normas indispensables de respeto y
pudor…; pero ahora, en cambio, el comportamiento obsceno y brutal de los
soldados indicaba que ya no había reglamento a qué atenerse, salvo el de la propia,
egoísta y atroz supervivencia.
De
repente, uno de los soldados lanzó un grito, al tiempo que se llevaba su HK a
la cara apuntando decididamente al grupo. Su dedo se curvaba peligrosamente
sobre el sensible gatillo del fusil.
–¡Ése, mi
sargento! ¡El hombre! ¡Tiene una herida en el costado, debajo del brazo
izquierdo!
En un
instante, media docena de armas encañonaron al pobre diablo, el hombre que se
había refugiado junto a dos mujeres y tres niños en el bufete de abogados de la
calle Muro, y que se había visto obligado a comer carne humana para sobrevivir.
Comenzó a temblar, ahora más de terror que de frío. La orina que se le escapó
de su incontrolada vejiga se mezcló con el agua helada que resbalaba por sus
piernas hacia el sumidero del suelo. Gemía, imploraba...
–¡No, no…
escuchen… no me han mordido…! –cayó de rodillas, golpeándose con violencia
contra el suelo–. ¡Es un golpe que me di cuando huíamos… solo sangró un poco…
lo juro… no me han mordido…!
Nadie, en
aquel momento, podía saber si lo que el tipo decía era verdad o no. Ni siquiera
Bea o Toni habrían apostado por creerle... y mucho menos los soldados, acostumbrados
al efecto devastador que la epidemia tenía sobre la carne mortal. El hecho de
que no se hubieran cargado al teniente se había convertido para la enfermera, a
esas alturas, en un auténtico misterio.
–¡Maldito
cabrón mentiroso…!
El soldado
que estaba más cerca le propinó un culatazo al pobre tipo que lo tumbó de
espaldas. Era el mismo que golpeó a Toni sobre la nieve. Se regodeaba en su sadismo…
El de Malasaña le miró aviesamente. Ya no sentía la vergüenza de estar desnudo
ante aquella gente. No le importaba la humillación de saberse indefenso frente
a los militares. Le daba igual el agua helada que resbalaba por su erizada
piel… El único deseo que le devoraba en ese momento era matar. Matar a los
soldados. Matarlos a todos…
En el
mismo momento en que abrían fuego sobre el caníbal, Toni se lanzó contra el
sargento. Pero era un tipo demasiado curtido para el joven, aún inexperto a
pesar de sus vivencias callejeras, y de todas formas poco hecho físicamente
frente a un hombre de treinta y tantos años, fornido y en forma. Con un
movimiento muchas veces practicado, el sargento recibió a Toni con el lateral
de su fusil, justo sobre la sien izquierda. El joven cayó a tierra sin un
gemido, pero todavía intentó incorporarse. Una tremenda patada en las costillas
le volvió a tumbar. Quedó inerme, semiinconsciente, a las botas del militar,
que le metió con saña la punta del fusil en la boca, como si se tratara de un
terrible juego en la consulta del dentista.
–Dame una
buena razón para que no te vuele los sesos ahora mismo, chaval…
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