Páginas

jueves, 29 de mayo de 2014

Segunda parte. Ocho. 4

Tras rodear el Campo Grande por el Paseo de Filipinos y enfilar a continuación el Paseo de Zorrilla, el pequeño convoy giró por la calle San Ildefonso, lateral a la Academia de Caballería, que era el lugar al que se dirigían los militares.
–Papa Eco Tres a Bravo Tango Uno. Responda, Bravo Tango. Cambio.
La radio, plagada de parásitos, sonaba lejana, impersonal e irreal en un mundo ya inexistente. Aun así, sonaba, es decir, funcionaba. La respuesta llegó hasta el blindado apenas dos segundos después.
–Aquí Bravo Tango Uno. Recibido, Papa Eco Tres. Informen situación. Cambio.
–El pájaro está en el nido, Bravo Tango. Repito: el pájaro está en el nido. Cambio.
–Recibido, Papa Eco Tres. Cambio y corto.
La calle estaba despejada, y solo las rodadas de los propios blindados, marcadas sobre la nieve que cubría el asfalto un rato antes, cuando habían salido de la Academia, denotaban que allí había actividad humana. Ni rastro de los muertos.
Bea conducía el todoterreno sin más opción que seguir el camino ya trazado, embutida prácticamente entre los dos vehículos militares. Ignoraba qué les esperaba al otro lado de las puertas que se abrían en el alto muro de piedra y ladrillo protegido con sólidas verjas, pero comenzaba a dudar de que fuera mejor que lo que dejaban atrás, en la ciudad plagada de deambulantes. Dentro del coche, y a pesar de la calefacción, los desdichados pasajeros temblaban sin cesar, de miedo más que de frío. Toni, con los ojos entrecerrados, sentía un tupido velo rojo sobre ellos. Apretaba los dientes y agarraba el mango del hacha con inusitada obstinación, como si en ese gesto desesperado estuviera su salvación.
–¿Adónde vamos, Bea?
La joven se sorprendió por la pregunta que le hacía la pequeña Sara. La niña llevaba tanto tiempo en silencio que incluso se le había olvidado cómo sonaba su voz.
–Ssssssh, no pasa nada, cariño… –le acarició el pelo con la mano derecha, intentando infundirle tranquilidad–. Estos soldados nos van a dar ropa y comida, sssssh…
Entraron en el recinto militar. Tras rodear el edificio de la izquierda, desembocaron en una gran explanada plagada de todo tipo de restos, desde vehículos militares a medio desmontar hasta bidones de varios tamaños, llenos y vacíos. Con un chirrido, el BMR se detuvo. El soldado de la torreta saltó a tierra y les hizo indicaciones para que bajaran, acompañando sus gestos con una especie de ladrido.
–¡Todo el mundo abajo, vamos, vamos!
Bajaron del todoterreno, y esperaron junto a él las siguientes instrucciones. La capa de nieve tenía ya tanto espesor que les costaba moverse. El patio aparecía bastante concurrido. A la media docena de soldados que formaban las tripulaciones de los blindados se habían unido tres más que salieron del edificio. Nueve en total, todos fuertemente armados. Uno de ellos tanteó con el cañón de su fusil a los recién llegados.
–Estos apestan, ¿de dónde los habéis sacado?
El de la torreta del BMR se acercó un poco más y comprobó lo que decía su compañero. Los caníbales olían realmente mal.
–Estaban en un piso de la calle Muro, adonde nos llevó el rastro que dejaron estos otros… –dijo, señalando a Bea, Sara y Toni, y concluyó:–. Serán supervivientes de la cuarentena… Habrá que desinfectarlos…
Flanqueados por los soldados, el grupo fue conducido al interior de uno de los edificios de las instalaciones militares. Bea, emparejada con un soldado de rostro aniñado, no pudo reprimir sus ganas de saber, de comprender qué había pasado… En voz muy baja, le preguntó.
–¿Cómo han sobrevivido?
El soldado pareció sorprenderse por la pregunta de la joven enfermera. Se encogió de hombros y dio otra bocanada a su cigarrillo.
–Supongo que teniendo mucho cuidado… Puestos a elegir entre salir ahí afuera a matar bichos o quedarnos aquí dentro, el sargento decidió que no teníamos bastante munición. ¿Para qué arriesgarse, si todos estaban muertos?
–Pero no todos habían muerto… Esta gente que encontramos…
–Muertos, no muertos, vivos…, ¡qué más da! Hoy estamos vivos y mañana muertos, ¿no? A vosotros os vimos pasar esta mañana, pero, cuando íbamos a salir, la plaza se llenó de bichos… ¡Qué jaleo montasteis, tía! Hasta que no se puso a nevar y los muertos comenzaron a dispersarse, no pudimos salir… Claro que entonces les ayudamos un poco a la espantada con un buen cañonazo, pero ellos solitos ya se iban… ¡No hay quién los entienda!
Bea no sabía qué pensar. Dudaba de las intenciones de los soldados. Dudaba de que quisieran ayudarlos. Pero, si no, ¿por qué se habían tomado la molestia de ir a buscarlos, arriesgándose en la salida? Entonces, el que parecía llevar la iniciativa, el de la torreta, debió de perder la poca paciencia que le quedaba, y, con un ojo entrecerrado a causa del humo que ascendía desde la colilla que prácticamente estaba masticando, les increpó:
–¿Qué coño habláis?
La enfermera no se arredró por el tono amenazador del militar. Fijándose mejor, se dio cuenta de que, en realidad, era sargento, si no recordaba mal las diferencias de galones. Se atrevió a preguntar.
–¿No hay nadie al mando, sargento?
–¿Yo no te parezco suficiente, guapa? –pareció que el militar iba a encolerizarse aún más ante la pregunta de Bea, pero, en cambio, adoptó una pose que pretendía ser condescendiente pero que, en realidad, tan solo consiguió acentuar la burda imagen que representaba–. Bueno, entonces… vamos a ver: tenemos a todo un general de división ahí dentro, pero, claro, no creo que tenga gran cosa que decir después de cómo le rellenamos la cabeza de plomo… A ver…, el coronel y el comandante corrían que se cagaban…, y los dos capitanes que nos quedaban murieron muy heroicamente… y muy estúpidamente también, por cierto… –el sargento arqueó las cejas, en un burdo gesto que pretendía parodiar el esfuerzo de recordar algo muy importante–. ¿Entonces…? Bueno, creo que solo quedo yo al mando, señorita sabelotodo…
El soldado que había estado hablando con Bea se apresuró entonces a recordarle al sargento, aunque en voz baja, como si temiera una reacción airada por su parte:
–El teniente Cañete, mi sargento…
–¡Ah, sí, coño! El teniente Cañete. ¿Cómo se me habrá olvidado? Pobre tipo, justo recibe el despacho de teniente después de acabar los cinco años de Academia, y va y se encuentra con este marrón, atrapado en esta puta Valladolid sin poder volver a su casa… Puta suerte, sí, señor… Lo malo para él es que, aunque no está muerto todavía, lo estará no tardando… –se rascó la mejilla, cubierta de pelos tan cortos y duros que habría podido encenderse un fósforo en ella. Parecía estar devanándose los sesos, tratando de encontrar las palabras justas que expresaran sus filosóficos pensamientos en ese momento. Finalmente, tuvo un acceso de tos, escupió la colilla aún humeante que colgaba de su labio inferior, y pronunció un pequeño discurso–. Un soldado vive deprisa, pero, a veces, muere lentamente, el muy cabrón…
Bea se volvió hacia el sargento.
–Si está herido puedo echarle un vistazo…
La reacción del sargento fue tan dura como seca, brutal y falta de cualquier consideración hacia Bea.
–¿Qué cojones eres, un puto médico o algo así?
La enfermera asintió.
–Algo así.


No hay comentarios:

Publicar un comentario