Tras
rodear el Campo Grande por el Paseo de Filipinos y enfilar a continuación el
Paseo de Zorrilla, el pequeño convoy giró por la calle San Ildefonso, lateral a
la Academia de Caballería, que era el lugar al que se dirigían los militares.
–Papa Eco
Tres a Bravo Tango Uno. Responda, Bravo Tango. Cambio.
La radio,
plagada de parásitos, sonaba lejana, impersonal e irreal en un mundo ya
inexistente. Aun así, sonaba, es decir, funcionaba. La respuesta llegó hasta el
blindado apenas dos segundos después.
–Aquí
Bravo Tango Uno. Recibido, Papa Eco Tres. Informen situación. Cambio.
–El pájaro
está en el nido, Bravo Tango. Repito: el pájaro está en el nido. Cambio.
–Recibido,
Papa Eco Tres. Cambio y corto.
La calle
estaba despejada, y solo las rodadas de los propios blindados, marcadas sobre
la nieve que cubría el asfalto un rato antes, cuando habían salido de la
Academia, denotaban que allí había actividad humana. Ni rastro de los muertos.
Bea
conducía el todoterreno sin más opción que seguir el camino ya trazado,
embutida prácticamente entre los dos vehículos militares. Ignoraba qué les
esperaba al otro lado de las puertas que se abrían en el alto muro de piedra y
ladrillo protegido con sólidas verjas, pero comenzaba a dudar de que fuera
mejor que lo que dejaban atrás, en la ciudad plagada de deambulantes. Dentro
del coche, y a pesar de la calefacción, los desdichados pasajeros temblaban sin
cesar, de miedo más que de frío. Toni, con los ojos entrecerrados, sentía un tupido velo rojo sobre ellos. Apretaba los dientes y agarraba el mango del hacha con
inusitada obstinación, como si en ese gesto desesperado estuviera su salvación.
–¿Adónde
vamos, Bea?
La joven
se sorprendió por la pregunta que le hacía la pequeña Sara. La niña llevaba
tanto tiempo en silencio que incluso se le había olvidado cómo sonaba su voz.
–Ssssssh,
no pasa nada, cariño… –le acarició el pelo con la mano derecha, intentando
infundirle tranquilidad–. Estos soldados nos van a dar ropa y comida, sssssh…
Entraron en
el recinto militar. Tras rodear el edificio de la izquierda, desembocaron en
una gran explanada plagada de todo tipo de restos, desde vehículos militares a
medio desmontar hasta bidones de varios tamaños, llenos y vacíos. Con un
chirrido, el BMR se detuvo. El soldado de la torreta saltó a tierra y les hizo
indicaciones para que bajaran, acompañando sus gestos con una especie de
ladrido.
–¡Todo el
mundo abajo, vamos, vamos!
Bajaron
del todoterreno, y esperaron junto a él las siguientes instrucciones. La capa
de nieve tenía ya tanto espesor que les costaba moverse. El patio aparecía
bastante concurrido. A la media docena de soldados que formaban las tripulaciones
de los blindados se habían unido tres más que salieron del edificio. Nueve en
total, todos fuertemente armados. Uno de ellos tanteó con el cañón de su fusil
a los recién llegados.
–Estos
apestan, ¿de dónde los habéis sacado?
El de la
torreta del BMR se acercó un poco más y comprobó lo que decía su compañero. Los
caníbales olían realmente mal.
–Estaban
en un piso de la calle Muro, adonde nos llevó el rastro que dejaron estos
otros… –dijo, señalando a Bea, Sara y Toni, y concluyó:–. Serán supervivientes
de la cuarentena… Habrá que desinfectarlos…
Flanqueados
por los soldados, el grupo fue conducido al interior de uno de los edificios de
las instalaciones militares. Bea, emparejada con un soldado de rostro aniñado,
no pudo reprimir sus ganas de saber, de comprender qué había pasado… En voz muy
baja, le preguntó.
–¿Cómo han
sobrevivido?
El soldado
pareció sorprenderse por la pregunta de la joven enfermera. Se encogió de
hombros y dio otra bocanada a su cigarrillo.
–Supongo
que teniendo mucho cuidado… Puestos a elegir entre salir ahí afuera a matar
bichos o quedarnos aquí dentro, el sargento decidió que no teníamos bastante
munición. ¿Para qué arriesgarse, si todos estaban muertos?
–Pero no
todos habían muerto… Esta gente que encontramos…
–Muertos,
no muertos, vivos…, ¡qué más da! Hoy estamos vivos y mañana muertos, ¿no? A
vosotros os vimos pasar esta mañana, pero, cuando íbamos a salir, la plaza se
llenó de bichos… ¡Qué jaleo montasteis, tía! Hasta que no se puso a nevar y los
muertos comenzaron a dispersarse, no pudimos salir… Claro que entonces les
ayudamos un poco a la espantada con un buen cañonazo, pero ellos solitos ya se
iban… ¡No hay quién los entienda!
Bea no
sabía qué pensar. Dudaba de las intenciones de los soldados. Dudaba de que
quisieran ayudarlos. Pero, si no, ¿por qué se habían tomado la molestia de ir a
buscarlos, arriesgándose en la salida? Entonces, el que parecía llevar la
iniciativa, el de la torreta, debió de perder la poca paciencia que le quedaba,
y, con un ojo entrecerrado a causa del humo que ascendía desde la colilla que
prácticamente estaba masticando, les increpó:
–¿Qué coño
habláis?
La
enfermera no se arredró por el tono amenazador del militar. Fijándose mejor, se
dio cuenta de que, en realidad, era sargento, si no recordaba mal las diferencias
de galones. Se atrevió a preguntar.
–¿No hay
nadie al mando, sargento?
–¿Yo no te
parezco suficiente, guapa? –pareció que el militar iba a encolerizarse aún más
ante la pregunta de Bea, pero, en cambio, adoptó una pose que pretendía ser
condescendiente pero que, en realidad, tan solo consiguió acentuar la burda
imagen que representaba–. Bueno, entonces… vamos a ver: tenemos a todo un general
de división ahí dentro, pero, claro, no creo que tenga gran cosa que decir
después de cómo le rellenamos la cabeza de plomo… A ver…, el coronel y el
comandante corrían que se cagaban…, y los dos capitanes que nos quedaban
murieron muy heroicamente… y muy estúpidamente también, por cierto… –el sargento
arqueó las cejas, en un burdo gesto que pretendía parodiar el esfuerzo de
recordar algo muy importante–. ¿Entonces…? Bueno, creo que solo quedo yo al
mando, señorita sabelotodo…
El soldado
que había estado hablando con Bea se apresuró entonces a recordarle al sargento,
aunque en voz baja, como si temiera una reacción airada por su parte:
–El
teniente Cañete, mi sargento…
–¡Ah, sí,
coño! El teniente Cañete. ¿Cómo se me habrá olvidado? Pobre tipo, justo recibe
el despacho de teniente después de acabar los cinco años de Academia, y va y se
encuentra con este marrón, atrapado en esta puta Valladolid sin poder volver a
su casa… Puta suerte, sí, señor… Lo malo para él es que, aunque no está muerto
todavía, lo estará no tardando… –se rascó la mejilla, cubierta de pelos tan
cortos y duros que habría podido encenderse un fósforo en ella. Parecía estar
devanándose los sesos, tratando de encontrar las palabras justas que expresaran
sus filosóficos pensamientos en ese
momento. Finalmente, tuvo un acceso de tos, escupió la colilla aún humeante que
colgaba de su labio inferior, y pronunció un pequeño discurso–. Un soldado vive
deprisa, pero, a veces, muere lentamente, el muy cabrón…
Bea se
volvió hacia el sargento.
–Si está
herido puedo echarle un vistazo…
La
reacción del sargento fue tan dura como seca, brutal y falta de cualquier consideración
hacia Bea.
–¿Qué
cojones eres, un puto médico o algo así?
La
enfermera asintió.
–Algo así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario