¿Por qué
se iban los muertos? Bea contemplaba, desde detrás del cristal de la ventana
del bufete de abogados, la intensa nevada que estaba cubriendo la calle. No era
en absoluto inusual que nevara en noviembre, aunque no era tampoco frecuente,
pero sí que lo hiciera con tanta intensidad, pues la nieve apenas solía cuajar
en Valladolid más allá de unas horas o un día.
La onda de
la explosión sacudió el edificio, y todos los cristales vibraron de una manera
peligrosa. Sin duda, eso había hecho que los deambulantes se pusieran en camino
hacia el origen de tanto ruido. Pero, incluso antes de escucharse el atronador
sonido, los muertos parecían haber iniciado una tácita retirada, o esa
sensación tuvo Bea al contemplarlos a través de la ventana. Inexplicablemente,
los monstruosos seres que una vez fueron sus paisanos, sus vecinos, e incluso
sus amigos, se desperdigaban por las calles adyacentes, como si no les gustara
la nieve y retornaran a sus agujeros inmundos. Pero eso carecía de todo
sentido. Los muertos no se comportaban como personas, eso era evidente, ¿lo
harían, acaso, como animales? Hasta donde ella sabía, carecían de cualquier
clase de organización, por primitiva que fuera. No formaban un grupo, ni una
manada, ni nada que respondiera a una forma pautada de comportamiento, ya fuera
desde el punto de vista antropológico o desde el simplemente etológico. Ni
siquiera la etiología podría aventurarse a realizar una descripción racional
del fenómeno. Sencillamente, eran muertos caminando, por inverosímil que
pudiera parecerle a uno, una locura imposible de razonar.
Por eso, y
porque carecía de referencias previas, Bea no comprendía el motivo que parecía
impulsar a los deambulantes a huir de
la nieve. Los pocos que en ese momento estaban en su campo de visión tenían, de
hecho, serias dificultades para moverse, aun cuando la capa de nieve apenas alcanzaba
unos centímetros de espesor. Era como si sus pies tuvieran que vencer una gran
resistencia para dar cada paso, como si hubieran untado las suelas de sus
zapatos con pegamento…
Se
preguntaba, también, si Toni se habría dado cuenta de eso desde allá arriba… y
si estaría escuchando, como ella, el sonido que producía el vehículo militar
que acababa de detenerse frente al edificio, golpeando imperceptiblemente el
todoterreno con la inercia de la frenada.
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