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domingo, 25 de mayo de 2014

Segunda parte. Ocho. 2

¿Por qué se iban los muertos? Bea contemplaba, desde detrás del cristal de la ventana del bufete de abogados, la intensa nevada que estaba cubriendo la calle. No era en absoluto inusual que nevara en noviembre, aunque no era tampoco frecuente, pero sí que lo hiciera con tanta intensidad, pues la nieve apenas solía cuajar en Valladolid más allá de unas horas o un día.
La onda de la explosión sacudió el edificio, y todos los cristales vibraron de una manera peligrosa. Sin duda, eso había hecho que los deambulantes se pusieran en camino hacia el origen de tanto ruido. Pero, incluso antes de escucharse el atronador sonido, los muertos parecían haber iniciado una tácita retirada, o esa sensación tuvo Bea al contemplarlos a través de la ventana. Inexplicablemente, los monstruosos seres que una vez fueron sus paisanos, sus vecinos, e incluso sus amigos, se desperdigaban por las calles adyacentes, como si no les gustara la nieve y retornaran a sus agujeros inmundos. Pero eso carecía de todo sentido. Los muertos no se comportaban como personas, eso era evidente, ¿lo harían, acaso, como animales? Hasta donde ella sabía, carecían de cualquier clase de organización, por primitiva que fuera. No formaban un grupo, ni una manada, ni nada que respondiera a una forma pautada de comportamiento, ya fuera desde el punto de vista antropológico o desde el simplemente etológico. Ni siquiera la etiología podría aventurarse a realizar una descripción racional del fenómeno. Sencillamente, eran muertos caminando, por inverosímil que pudiera parecerle a uno, una locura imposible de razonar.
Por eso, y porque carecía de referencias previas, Bea no comprendía el motivo que parecía impulsar a los deambulantes a huir de la nieve. Los pocos que en ese momento estaban en su campo de visión tenían, de hecho, serias dificultades para moverse, aun cuando la capa de nieve apenas alcanzaba unos centímetros de espesor. Era como si sus pies tuvieran que vencer una gran resistencia para dar cada paso, como si hubieran untado las suelas de sus zapatos con pegamento…
Se preguntaba, también, si Toni se habría dado cuenta de eso desde allá arriba… y si estaría escuchando, como ella, el sonido que producía el vehículo militar que acababa de detenerse frente al edificio, golpeando imperceptiblemente el todoterreno con la inercia de la frenada.


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