Toni no
quería dejar cabos sueltos. Pensaba que ya tenía por delante una tarea harto complicada,
como para estar continuamente pensando en lo que sucediera tras él. Habían
decidido que si querían salir de allí debían poder contar con toda la
información posible. No conocía la ciudad, y aunque Bea sí, en las
circunstancias en que se encontraban, recordar el simple trazado del plano
urbano poco significaba cuando la calle estaba más transitada que un lunes en hora punta.
Por lo
tanto, necesitaban una perspectiva más amplia, y Toni solo conocía una manera
de obtenerla: subir lo más arriba posible. No recordaba cuántos pisos tenía el
edificio. Deseó que fueran muchos, y que tuviera incluso terraza, porque eso
aumentaría sus probabilidades de encontrar una salida. Pero esos pisos antiguos
no solían ser demasiado elevados… Tenía que subir.
Como ir
todos, es decir, Bea, Sara y él mismo, sin saber qué iban a encontrar, sería
ponerse en peligro innecesariamente, resolvieron que solo Toni subiría. Sin
embargo, a Bea le pareció un juego de palabras irónico: ¿se pondrían en peligro
porque no sabían a qué se iban a enfrentar? ¿Acaso no era eso precisamente lo
que llevaban haciendo ocho largos días? De todas formas, el chico no se dejó
convencer. Pero aún restaba un pequeño detalle: los caníbales. ¿Qué harían con
ellos? A Toni no le agradaba tener que marcharse dejando a Bea y a Sara en
compañía de esa gente tan especial…
¿Entonces? Le pareció buena la idea de encerrarlos a todos en el cuarto de baño
mientras exploraba el resto del edificio, pero Bea se opuso frontalmente a
ello, porque eso implicaría un padecimiento excesivo para los dos niños, que
apenas contaban ocho o nueve años. Llegaron por fin a un acuerdo: los adultos
al baño y los niños con ella y con Sara en el despacho. Hacerse cargo de una
par de críos no sería muy complicado…
Toni salió
al rellano. Iba armado solamente con el hacha, para tener mayor libertad de
movimientos. Subió lentamente los peldaños hasta el primer piso. Una puerta
cerrada flanqueaba cada lado de la escalera. Se detuvo a escuchar. Nada. Si
había alguien al otro lado, o estaba muerto del todo o se lo hacía muy bien. En la segunda planta, una de las puertas
estaba medio abierta. La empujó suavemente con la bota hasta que pudo atisbar
el interior. No parecía haber nadie. Echó un rápido vistazo, solo para asegurarse
de no dejar enemigos a su espalda. Repitió la operación en la tercera planta,
donde otra puerta abierta le permitió descubrir dos cuerpos semidevorados tendidos
en el suelo. Siguió subiendo… No había más plantas, y tan solo una claraboya
sucia que apenas dejaba pasar la luz indicaba que había llegado al tejado.
Aunque la
cerradura estaba endurecida por la falta de uso, tras un pequeño forcejeo,
logró soltarla, y empujó la trampilla hacia fuera. Una fresca bocanada de aire
alivió el incipiente sudor de su frente, que inmediatamente comenzó a cuajarse
de motas blancas. Nevaba.
Asomó la
cabeza. A ambos lados, las paredes de los edificios vecinos, más altos, le
indicaban que por allí no había salida. Las tejas ya apenas dibujaban su forma
curva bajo el manto de nieve que las cubría. ¿Cuándo había empezado a nevar? ¿Nevaba
en Valladolid? Salió completamente al tejado, comprobando cuidadosamente dónde
ponía los pies. Toni sabía que tenía la agilidad de un gato, pero dudaba de que
tuviera también siete vidas. Y tres plantas son muchas para caer hasta el
suelo… En cuclillas, intentó asomarse con cuidado, y, entonces, el ruido
atronador de una tremenda explosión hizo que su atención se desviara de lo que
realmente le importaba en esos momentos… Comenzó a deslizarse, sin poder agarrarse
a nada que le ayudara a detener su caída. Cuando todo parecía perdido, su
cuerpo golpeó con una artística balaustrada de obra que remataba el borde del
tejado, y que impidió que siguiera resbalando sobre la nieve y cayera,
finalmente, al vacío.
Respirando
aliviado, con el corazón acelerado, contempló la calle, que estaba bastante más
despejada que cuando llegaron. Quizá los muertos se habían aburrido de esperar
la comida…, aunque, más probablemente, era el sonido de la explosión lo que les
estaba empujando a abandonar el lugar. Pudo ver el techo del todoterreno,
completamente cubierto de nieve, y a varios deambulantes dispersos a su
alrededor, más torpes que de costumbre, sin embargo… Escuchó un ruido, un
sonido que al principio no supo interpretar. Cada segundo se hacía más audible…
y cercano. Toni giró la cabeza y vio, al principio de la calle, en el lado
opuesto por donde habían llegado ellos, un vehículo blindado que se acercaba
despacio, dejando tras sí sobre la nieve las marcas de sus seis enormes ruedas.
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