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viernes, 23 de mayo de 2014

Segunda parte. Ocho. 1

Toni no quería dejar cabos sueltos. Pensaba que ya tenía por delante una tarea harto complicada, como para estar continuamente pensando en lo que sucediera tras él. Habían decidido que si querían salir de allí debían poder contar con toda la información posible. No conocía la ciudad, y aunque Bea sí, en las circunstancias en que se encontraban, recordar el simple trazado del plano urbano poco significaba cuando la calle estaba más transitada que un lunes en hora punta.
Por lo tanto, necesitaban una perspectiva más amplia, y Toni solo conocía una manera de obtenerla: subir lo más arriba posible. No recordaba cuántos pisos tenía el edificio. Deseó que fueran muchos, y que tuviera incluso terraza, porque eso aumentaría sus probabilidades de encontrar una salida. Pero esos pisos antiguos no solían ser demasiado elevados… Tenía que subir.
Como ir todos, es decir, Bea, Sara y él mismo, sin saber qué iban a encontrar, sería ponerse en peligro innecesariamente, resolvieron que solo Toni subiría. Sin embargo, a Bea le pareció un juego de palabras irónico: ¿se pondrían en peligro porque no sabían a qué se iban a enfrentar? ¿Acaso no era eso precisamente lo que llevaban haciendo ocho largos días? De todas formas, el chico no se dejó convencer. Pero aún restaba un pequeño detalle: los caníbales. ¿Qué harían con ellos? A Toni no le agradaba tener que marcharse dejando a Bea y a Sara en compañía de esa gente tan especial… ¿Entonces? Le pareció buena la idea de encerrarlos a todos en el cuarto de baño mientras exploraba el resto del edificio, pero Bea se opuso frontalmente a ello, porque eso implicaría un padecimiento excesivo para los dos niños, que apenas contaban ocho o nueve años. Llegaron por fin a un acuerdo: los adultos al baño y los niños con ella y con Sara en el despacho. Hacerse cargo de una par de críos no sería muy complicado…
Toni salió al rellano. Iba armado solamente con el hacha, para tener mayor libertad de movimientos. Subió lentamente los peldaños hasta el primer piso. Una puerta cerrada flanqueaba cada lado de la escalera. Se detuvo a escuchar. Nada. Si había alguien al otro lado, o estaba muerto del todo o se lo hacía muy bien. En la segunda planta, una de las puertas estaba medio abierta. La empujó suavemente con la bota hasta que pudo atisbar el interior. No parecía haber nadie. Echó un rápido vistazo, solo para asegurarse de no dejar enemigos a su espalda. Repitió la operación en la tercera planta, donde otra puerta abierta le permitió descubrir dos cuerpos semidevorados tendidos en el suelo. Siguió subiendo… No había más plantas, y tan solo una claraboya sucia que apenas dejaba pasar la luz indicaba que había llegado al tejado.
Aunque la cerradura estaba endurecida por la falta de uso, tras un pequeño forcejeo, logró soltarla, y empujó la trampilla hacia fuera. Una fresca bocanada de aire alivió el incipiente sudor de su frente, que inmediatamente comenzó a cuajarse de motas blancas. Nevaba.
Asomó la cabeza. A ambos lados, las paredes de los edificios vecinos, más altos, le indicaban que por allí no había salida. Las tejas ya apenas dibujaban su forma curva bajo el manto de nieve que las cubría. ¿Cuándo había empezado a nevar? ¿Nevaba en Valladolid? Salió completamente al tejado, comprobando cuidadosamente dónde ponía los pies. Toni sabía que tenía la agilidad de un gato, pero dudaba de que tuviera también siete vidas. Y tres plantas son muchas para caer hasta el suelo… En cuclillas, intentó asomarse con cuidado, y, entonces, el ruido atronador de una tremenda explosión hizo que su atención se desviara de lo que realmente le importaba en esos momentos… Comenzó a deslizarse, sin poder agarrarse a nada que le ayudara a detener su caída. Cuando todo parecía perdido, su cuerpo golpeó con una artística balaustrada de obra que remataba el borde del tejado, y que impidió que siguiera resbalando sobre la nieve y cayera, finalmente, al vacío.
Respirando aliviado, con el corazón acelerado, contempló la calle, que estaba bastante más despejada que cuando llegaron. Quizá los muertos se habían aburrido de esperar la comida…, aunque, más probablemente, era el sonido de la explosión lo que les estaba empujando a abandonar el lugar. Pudo ver el techo del todoterreno, completamente cubierto de nieve, y a varios deambulantes dispersos a su alrededor, más torpes que de costumbre, sin embargo… Escuchó un ruido, un sonido que al principio no supo interpretar. Cada segundo se hacía más audible… y cercano. Toni giró la cabeza y vio, al principio de la calle, en el lado opuesto por donde habían llegado ellos, un vehículo blindado que se acercaba despacio, dejando tras sí sobre la nieve las marcas de sus seis enormes ruedas. 

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