Las vistas
desde lo alto del puente que cruzaba sobre la A-62 eran espléndidas. Desde allí
se tenía una visión panorámica de trescientos sesenta grados sobre el valle
donde se levantaba Valladolid y de los cerros que lo circundaban. Se podía ver
casi completamente toda el área metropolitana. Toni incluso podía vislumbrar,
perfiladas contra el horizonte del sur, las cumbres ya nevadas de Guadarrama. Allí
estaba Madrid… Prácticamente todas las calles y avenidas de Arroyo, y las
calles de Valladolid que se veían desde allí arriba, estaban asombrosamente
despejadas de vehículos. Solo la autovía presentaba un aspecto
sobrecogedoramente congestionado que les recordaba a ambos jóvenes los
informativos de la tele al inicio o fin de las vacaciones de verano, cuando
miles, millones de vehículos, abarrotaban las autopistas. Eso únicamente podía
significar que todo había sido terriblemente rápido. Tanto que no parecía que
la población hubiera tenido tiempo para intentar huir. Probablemente ni
siquiera se habían enterado de qué era lo que estaba pasando en realidad. De
hecho, Bea no recordaba que ninguna cadena hubiera informado al respecto ni con
antelación suficiente para tomar medidas ni con alguna claridad. Tan solo vagas
informaciones de disturbios callejeros y alguna alusión a una extraña y
virulente epidemia salpicaron los canales de noticias el día anterior a la
precipitada y sangrienta evacuación… La mayor parte de la gente había muerto
como cucarachas en el nido.
A medida
que avanzaban lentamente por la avenida, atentos a cualquier posible señal, las
nubes habían ido cerrando de nuevo el cielo con un manto grisáceo. No llovía,
pero no tardaría mucho en hacerlo. Y pronto anochecería. Detuvieron el vehículo
en lo alto del puente. Era un buen lugar para controlar el entorno, despejado y
con fácil huida en caso necesario. No tenían a la vista cosa alguna que les
inquietara, ni vehículos ni muertos ni vivos, y los edificios más cercanos, de
los que podría surgir alguna amenaza, estaban a cierta distancia, salpicando la
avenida.
–Deberíamos
pasar aquí la noche…
Bea
asintió silenciosamente. Buscó en el enorme maletero durante unos instantes.
Finalmente, asomó de nuevo con un par de mantas en las manos.
–Sí. No es
buena idea adentrarse en la ciudad de noche. Y meterme en alguna casa a estas
horas, casi sin luz… me da miedo lo que podríamos encontrar.
Mientras
arropaba a la pequeña Sara con una de las mantas, Toni la agarró por el brazo suavemente,
indicándole con un movimiento de cabeza el asiento trasero.
–¿No
estaríais mejor las dos ahí? Solo tenemos dos mantas…
–¿Y tú?
–Me
quedaré aquí delante, vigilando. Si me dejas la manta pequeña…
No habían
probado bocado en todo el día, así que comieron en silencio atún enlatado y
unos higos secos. Por suerte, contaban con una buena reserva de agua
embotellada en el maletero. Toni echó una última ojeada a los alrededores y regresó
al coche, escalofriado. Había comenzado a caer esa persistente llovizna que
poco a poco cala los huesos. Comprobó el bloqueo de las puertas y se acurrucó
en el asiento del conductor, envuelto en la manta. Las chicas hacían lo mismo
en el asiento de atrás, dándose calor mutuamente. El agua resbalaba por el
parabrisas, dificultando la visión exterior, justo en el momento en que la
noche se cernía sobre ellos. Además, la humedad y la propia respiración de los
tres hacían que comenzaran a empañarse progresivamente los cristales.
–¿Y si
encendemos el motor para poder poner la calefacción? –la pregunta salía del
bulto pardo que formaban Bea y Sara, apenas distinguibles ya más que como forma
inconcreta.
–No sé,
Bea… Gastaríamos mucho combustible, y mañana podríamos lamentarlo… Habrá que
aguantarse.
Toni
miraba fijamente a través del parabrisas, tanto, que los ojos le dolían por el
esfuerzo y la tensión. Pero no lograba ver nada, más allá del reflejo de la
tenue luz nocturna sobre el capó. El repiqueteo de la lluvia sobre la
carrocería del todoterreno no contribuía a tranquilizarlo, todo lo contrario, a
cada momento creía oír suspiros, gemidos y roces provenientes de un cada vez
mayor número de deambulantes que comenzaban a rodear el vehículo, que pegaban
sus asquerosas caras descompuestas contra las ventanillas y que intentaban
aferrar cualquier saliente del coche para desencajarlo, para destrozarlo, para
entrar y morder la carne fresca y tierna… Lo que Toni no sabía era que estaba
soñando.
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