Páginas

domingo, 4 de mayo de 2014

Segunda parte. Cinco. 3

Las vistas desde lo alto del puente que cruzaba sobre la A-62 eran espléndidas. Desde allí se tenía una visión panorámica de trescientos sesenta grados sobre el valle donde se levantaba Valladolid y de los cerros que lo circundaban. Se podía ver casi completamente toda el área metropolitana. Toni incluso podía vislumbrar, perfiladas contra el horizonte del sur, las cumbres ya nevadas de Guadarrama. Allí estaba Madrid… Prácticamente todas las calles y avenidas de Arroyo, y las calles de Valladolid que se veían desde allí arriba, estaban asombrosamente despejadas de vehículos. Solo la autovía presentaba un aspecto sobrecogedoramente congestionado que les recordaba a ambos jóvenes los informativos de la tele al inicio o fin de las vacaciones de verano, cuando miles, millones de vehículos, abarrotaban las autopistas. Eso únicamente podía significar que todo había sido terriblemente rápido. Tanto que no parecía que la población hubiera tenido tiempo para intentar huir. Probablemente ni siquiera se habían enterado de qué era lo que estaba pasando en realidad. De hecho, Bea no recordaba que ninguna cadena hubiera informado al respecto ni con antelación suficiente para tomar medidas ni con alguna claridad. Tan solo vagas informaciones de disturbios callejeros y alguna alusión a una extraña y virulente epidemia salpicaron los canales de noticias el día anterior a la precipitada y sangrienta evacuación… La mayor parte de la gente había muerto como cucarachas en el nido.
A medida que avanzaban lentamente por la avenida, atentos a cualquier posible señal, las nubes habían ido cerrando de nuevo el cielo con un manto grisáceo. No llovía, pero no tardaría mucho en hacerlo. Y pronto anochecería. Detuvieron el vehículo en lo alto del puente. Era un buen lugar para controlar el entorno, despejado y con fácil huida en caso necesario. No tenían a la vista cosa alguna que les inquietara, ni vehículos ni muertos ni vivos, y los edificios más cercanos, de los que podría surgir alguna amenaza, estaban a cierta distancia, salpicando la avenida.
–Deberíamos pasar aquí la noche…
Bea asintió silenciosamente. Buscó en el enorme maletero durante unos instantes. Finalmente, asomó de nuevo con un par de mantas en las manos.
–Sí. No es buena idea adentrarse en la ciudad de noche. Y meterme en alguna casa a estas horas, casi sin luz… me da miedo lo que podríamos encontrar.
Mientras arropaba a la pequeña Sara con una de las mantas, Toni la agarró por el brazo suavemente, indicándole con un movimiento de cabeza el asiento trasero.
–¿No estaríais mejor las dos ahí? Solo tenemos dos mantas…
–¿Y tú?
–Me quedaré aquí delante, vigilando. Si me dejas la manta pequeña…
No habían probado bocado en todo el día, así que comieron en silencio atún enlatado y unos higos secos. Por suerte, contaban con una buena reserva de agua embotellada en el maletero. Toni echó una última ojeada a los alrededores y regresó al coche, escalofriado. Había comenzado a caer esa persistente llovizna que poco a poco cala los huesos. Comprobó el bloqueo de las puertas y se acurrucó en el asiento del conductor, envuelto en la manta. Las chicas hacían lo mismo en el asiento de atrás, dándose calor mutuamente. El agua resbalaba por el parabrisas, dificultando la visión exterior, justo en el momento en que la noche se cernía sobre ellos. Además, la humedad y la propia respiración de los tres hacían que comenzaran a empañarse progresivamente los cristales.
–¿Y si encendemos el motor para poder poner la calefacción? –la pregunta salía del bulto pardo que formaban Bea y Sara, apenas distinguibles ya más que como forma inconcreta.
–No sé, Bea… Gastaríamos mucho combustible, y mañana podríamos lamentarlo… Habrá que aguantarse.
Toni miraba fijamente a través del parabrisas, tanto, que los ojos le dolían por el esfuerzo y la tensión. Pero no lograba ver nada, más allá del reflejo de la tenue luz nocturna sobre el capó. El repiqueteo de la lluvia sobre la carrocería del todoterreno no contribuía a tranquilizarlo, todo lo contrario, a cada momento creía oír suspiros, gemidos y roces provenientes de un cada vez mayor número de deambulantes que comenzaban a rodear el vehículo, que pegaban sus asquerosas caras descompuestas contra las ventanillas y que intentaban aferrar cualquier saliente del coche para desencajarlo, para destrozarlo, para entrar y morder la carne fresca y tierna… Lo que Toni no sabía era que estaba soñando.


No hay comentarios:

Publicar un comentario