El
todoterreno avanzaba despacio por el carril de incorporación a la A-62 en
sentido Madrid. Aunque hubieran querido ir allí, les habría resultado muy
difícil, porque la autovía estaba colapsada de vehículos detenidos, sin que se
percibiera movimiento alguno en ellos. Un vistazo a las matrículas de los
coches le sirvió a Bea para deducir lo sucedido, más o menos: La mayoría de las
placas eran francesas, otras portuguesas, y las menos, españolas. Dado que la
epidemia se desató a mediados de agosto, debió de atrapar a miles y miles de
magrebíes, junto con unos cuantos peninsulares, en el anual viaje de vacaciones
a su país, y la A-62 era la principal ruta de tránsito por tierras castellanas
para llegar al Estrecho de Gibraltar... Sin duda, ante los primeros síntomas de
la enfermedad, o quizá debido a los avisos por radio que tan poco tiempo habían
durado y que, de todas formas, probablemente solo habían servido para crear más
pánico y confusión, la gente había detenido sus vehículos a la espera de
información o ayuda por parte de las autoridades. Por desgracia, ninguna
institución, salvo, quizá, el ejército, tuvo tiempo de activar un plan de
emergencia…
Todo esto
pensaba Bea mientras conducía. De haber decidido ir a Madrid, probablemente no
habrían podido, pues la incorporación a la autovía resultaba muy complicada, a
pesar de que la inmensa mayoría de los vehículos, incluidos muchos camiones
portugueses, estaban ordenadamente detenidos en los distintos carriles. Además,
dedujo, esos coches estarían llenos de gente, seguramente muerta… Por suerte para ellos, no tenían que incorporarse a la A-62
para coger la salida de Cigüñuela, porque el carril en que estaban era a la vez
de aceleración y de desaceleración, por lo que podían continuar por él, ya que
no había más que algún coche orillado en la cuneta que no les impedía el paso.
Toni
miraba desolado a su izquierda, contemplando el paisaje de la autovía
colapsada. Si alguna vez albergó la esperanza de regresar a su casa, seguro que por ese camino no
podría. Solo les quedaba una salida, ir a Valladolid.
–Podríamos
buscar ayuda en algún pueblo de los alrededores… –las palabras de Bea
interrumpieron al joven en mitad de sus pensamientos, justo cuando estaba
centrado en la idea que la enfermera se empeñaba en desmontar.
–No
entiendo tu insistencia en alejarte de Valladolid. Yo creo que es, ahora mismo,
el único sitio adonde podemos ir con alguna garantía. Allí tendrá que haber
gente viva, ¿no?
–No lo
tengo tan claro como tú, Toni. ¿No viste lo que pasó en Covaresa? No quiero ni
pensar cómo estará el centro…
–No
tenemos alternativa, Bea. Estamos dando vueltas sin ir a ningún sitio, solos…
con esta niña –le puso la mano en la cabeza a Sara en un gesto que quizá quiso
ser amistoso pero que ella interpretó de otra manera, porque esquivó la
caricia–. ¿Cuánto más crees que aguantaremos sin ayuda?
–¿Ayuda?
¿Qué ayuda, de quién? Hasta ahora no nos ha ido tan mal solos, estamos vivos…
–Te
olvidas de los Perea, tía. Estoy seguro de que lo haces adrede, para no asumir
la realidad de nuestra situación Si no hubiera sido por ellos…
–…de
alguna manera habríamos salido. Estábamos en el árbol, a salvo y armados, ¿no?
Ya se nos habría ocurrido algo…
–Seguro
que sí…
Incomprensiblemente,
en contra de sus propias ideas, Bea se desvió a la derecha en la rotonda, hacia
Arroyo de la Encomienda, población que estaba unida físicamente a Valladolid.
Parecía que desistía de su deseo de alejarse de la ciudad. Toni se dio cuenta,
pero ya no quiso incidir en el asunto, ni siquiera para agradecérselo. Pensaba
que nada bueno podría salir de cabrear a Bea.
Siguiendo
una ruta que ascendía sin cesar, avanzaban muy lentamente por la amplia calle,
como si Bea intentara hacer el menor ruido posible, y así era, en efecto. A la
derecha, una fila de edificios de cuatro o cinco alturas, con amplios espacios
y anchas aceras. A la izquierda un campo de golf, y detrás una urbanización de
chalés. Ni rastro de personas o animales. Ni un sonido, ni un movimiento que no
fueran los producidos por ellos mismos. Al llegar al final de la calle, una
rotonda. Bea conocía esa zona. Tenía un amigo allí mismo, al que alguna vez
había visitado. Dio una vuelta a la rotonda y detuvo el coche. Esperaron. Toni
pudo contemplar, a lo lejos, la inmensa llanura vallisoletana. El sol no tenía
mucha fuerza, pero el cielo se había despejado por completo al disipar el suave
viento las nubes de mediados de otoño.
–Me hago
pis…
La voz de
la niña les sacó a ambos de su ensimismamiento. Toni abrió la puerta del coche
y salió muy despacio, con el fusil en bandolera. Rodeó el todoterreno,
inspeccionado los alrededores. No parecía haber peligro. Le hizo un gesto a Bea.
Ésta bajó del vehículo llevando de la mano a Sara, y, tras echar una rápida
mirada, se decidió por lo más práctico: detrás de los setos que crecían sin
cuidado en la propia rotonda. La niña se alivió mientras Bea vigilaba. Después,
de improviso, la propia Bea sintió su vejiga demasiado llena para aguantar más
rato. Indicó a la pequeña que volviera al coche, se bajó los pantalones, y se
acuclilló. Entonces, levantó la cabeza: algo la había alertado. Toni empuñó el
HK con fuerza.
Un sonido, apagado por la distancia y el viento, les
llegaba desde algún lugar que no podían identificar. Pero, pese a no poder
decir de dónde provenía, sí sabían qué lo producía. Era el continuo gemir de
los muertos. En algún sitio debía de haber una ululante marea de putrefactos
seres, amenazadores, insensibles al frío y a cualquier tipo de sentimiento… Quizá
les habían olido y en ese mismo instante se dirigían hacia allí para darse un
festín… Subieron apresuradamente al coche. Bea condujo de nuevo, ahora por la
avenida Aranzana, que llegaba directamente hasta La Flecha, justo donde estaba
la divisoria entre Arroyo y Valladolid.
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