Páginas

martes, 22 de abril de 2014

Segunda parte. Tres. 5

En la calle había un leve resplandor lunar que dibujaba las figuras con incierta nitidez, aunque nadie hubiera podido decir con exactitud cuáles de las sombras que continuamente se proyectaban aquí y allá eran reales y cuáles no, porque la marea imparable de deambulantes no cesaba en su continuo fluir hacia el Salón del Reino, como tampoco paraba su omnipresente gemir, que parecía levitar por encima de ellos como si tuviera entidad propia, más tangible que la podrida sustancia física en que se estaban convirtiendo.
La habitación era pequeña. O eso le pareció a Bea. Y más todavía al tenerla que compartir con Toni. No sabía muy bien cómo habían acabado ellos dos, tan juntos, en el mismo cuarto. La conversación había sido confusa, y Carmen, la mujer de Antonio, no parecía muy dispuesta a permitirles dormir juntos, invocando ciertos pasajes bíblicos… Antonio, en cambio, era más proclive a abrir nuevos horizontes, o quizá todo cuanto había visto en los últimos tres meses estaba haciendo mella en sus profundas convicciones religiosas… En todo caso, incluso sin que ninguno de los dos jóvenes tuviera que decir nada, el hombre había dado por supuesto que eran pareja. Y ni Toni ni Bea tuvieron ganas ni fuerzas para deshacer el malentendido. Además, de alguna forma sí que eran pareja, o algo parecido. De modo que allí estaban, iluminados apenas por una bombilla led para no descubrir su presencia ante los siniestros ojos de los muertos…
–Si lo prefieres, puedo dormir en el suelo…
Bea miró a Toni con afecto, aunque su voz reflejó, cuando le contestó, un tono quizá excesivamente condescendiente.
–Bueno, no creo que estemos para muchas tonterías. Además, ya hemos dormido juntos, ¿no? –lanzó una mirada a la pequeña cama, a las paredes pintadas de rosa pálido, a las muñecas que descansaban en los estantes de la pared…; sin duda estaban en la habitación de Esther–. Claro que esta cama es más pequeña, pero…
Toni asintió. Como si fuera un ritual ya secular, repasó sus pertenencias, pasando la mano por el fusil, el cuchillo, el hacha, la pistola… Había sido realmente un milagro que Antonio hubiera accedido a permitirles quedarse con las armas dentro de la casa, porque su primera idea fue que debían dejarlas en el patio. Ellos eran una familia cristiana, y la violencia no estaba de ninguna manera contemplada en su particular código moral. Les costó mucho convencerlo, y no lo habrían logrado a no ser porque le hicieron ver que, en un mundo que se desmoronaba, era necesario anteponer su seguridad a cualquier otra consideración, porque cada vida que se perdiera podía ser ya irreemplazable. Y ello a pesar de las reticencias de Perea, que no cesó de recordarles el pasaje de Mateo 26, 51-52, en el que Jesús enseñaba a sus discípulos que todos los que toman la espada perecerán por la espada.
–¿Qué haremos, Toni?
El chico miró a Bea desde la semioscuridad del rincón donde se había acuclillado, junto a un caballo de madera con balancín, seguramente hecho en China, que pretendía imitar a los antiguos caballitos que la gente acomodada regalaba a sus hijos en épocas pasadas, en un mundo diferente, quizá mejor... Esa pregunta le sonaba. ¿Cuántas veces se la había hecho en los últimos días?
–Sobrevivir –dijo con tono grave y solemne, tanto que no pudo evitar echarse a reír inmediatamente después, al ver, a la claridad de la luna, la expresión de la cara de Bea–. No, en serio, ahora dormir, y mañana… espero que se nos ocurra algo. No sé, no tengo buenas sensaciones…
–¿No te fías de ellos? Nos han salvado la vida…
–An-to-nio-nos-ha-sal-va-do –recalcó Toni, arrastrando las sílabas una a una–. La mujer…, no sé, no me acaba de gustar. Preferiría salir de aquí cuanto antes…
–Hasta que no se despeje la calle... Igual tardamos días en poder salir. Hay muchos deambulantes afuera… No tenía ni idea de que viviera tanta gente en el barrio…
Toni trasteaba con el fusil, tratando de comprender su mecanismo, para desmontarlo. Se había asegurado antes de quitar el cargador y revisar la recámara. Miró a Bea de nuevo, muy tranquilo.
–¿Te has parado a pensar que si hay tantos aquí es porque quizá no tienen nada que hacer en otro sitio?
Bea comenzó a dar vueltas a la pregunta. Sabía que Toni, que no hablaba demasiado, cuando lo hacía solía responderse al mismo tiempo que preguntaba, de modo que no le costó asimilar toda la información que el chico pretendía transmitir...
–¿Quieres decir que somos los únicos vivos en toda la ciudad?
–Ni idea. Pero si hubiera más gente por ahí, seguro que estos capullos andarían detrás de ellos… En cambio, parece que todo el puto Valladolid ha venido a darnos la bienvenida. ¿No es extraño? No había ninguno cuando llegamos y, de repente, todo lleno con solo el ruido de un motor...
La chica se agarró el pelo con una mano demasiado temblorosa para controlar el movimiento. Se sentó en la cama, que cedió blandamente bajo su peso.
–Hay que largarse, Toni.


No hay comentarios:

Publicar un comentario