A oscuras, en el salón de la planta superior, parados junto a la ventana, miraban hacia la
entrada del recinto vallado, situada justo enfrente, allá abajo, apenas a una
docena de metros. Al principio, Toni no notó nada extraordinario, si considerar
que los muertos habían vuelto a caminar por millares, era algo normal que
ocurría en el mundo a diario… Quizá fuera la creciente penumbra que extendía el
atardecer, o quizá la falta de pericia de su mirada. Al otro lado de la puerta
corredera, formada por sólidos tubos metálicos, decenas de manos se extendían,
aferrando con desasosegante insistencia el aire interior del patio. Poco a
poco, a medida que sus ojos se adaptaban al ambiente, fue sin embargo dándose
cuenta de un detalle que se resistía a entrar en su cabeza.
Allí, en
la puerta, perfilándose contra la muchedumbre de deambulantes gimientes, una
figura parecía estar por delante de las demás. Envuelta aún en las sombras,
daba la sensación de que esa figura, de alguna manera inconcebible, había logrado
traspasar los barrotes y se movía titubeante a lo largo de la puerta, dentro del recinto. Al cabo de unos
angustiosos instantes, durante los cuales Antonio temblaba a su lado entre
sollozos, ya no le cupo ninguna duda. Toni pasó un brazo sobre los hombros de
Antonio. La figura, entonces, se volvió hacia ellos, con su mirada vacía
clavada en la ventana, como si estuviera observándolos atentamente, como si
supiera que estaban allí. Comenzó a caminar hacia la casa.
–Es Esther,
es mi niña…
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