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jueves, 17 de abril de 2014

Segunda parte. Tres. 2

Bea no podía dejar de mirar por la ventana, como esperando que, de repente, la multitud de deambulantes se esfumara para que ellos pudieran salir, montarse en el todoterreno, y regresar a casa. A casa… ¿a qué casa? Tenía una creciente pero imprecisa sensación de desasosiego. Aquella familia era realmente amable y educada, y en general transmitían sensatez y tranquilidad, algo de agradecer en el nuevo mundo que habitaban. Sin embargo, algo no encajaba, algo perturbaba el ambiente de calma que parecía reinar en la casa. Se volvió hacia Antonio.
–Eso debió de ser el día 14 de agosto, ¿no?
El hombre de la azotea se pasó la mano por la frente, quitándose un sudor inexistente. Se levantó y caminó hacia el frigorífico. Levantó varias hojas del calendario y asintió.
–Exactamente. Lo tengo marcado en rojo. El día del Juicio…
Toni carraspeó apenas imperceptiblemente. Tenía la garganta seca. Quizá hacía demasiado calor en la casa. La mujer se apresuró a llenarle un vaso de agua de la jarra que había sobre la mesa de la cocina, alrededor de la cual estaban sentados.
–Gracias. Tengo mucho calor…
–Hace calor, sí. Es el termostato. Pero no consigo arreglarlo… –dijo Antonio, quien por un instante había dudado del sentido del gesto del chaval, preguntándose si en realidad lo habría hecho como descortés respuesta a su referencia al Juicio Final.
–Quizá yo pueda echarle un vistazo… –Toni echó atrás su silla y pareció dispuesto a hacer algo, aunque en realidad su más inmediato deseo, no sabía por qué, era salir de aquella cocina, donde se sentía agobiado. Ni siquiera sabía dónde estaba el termostato, ni si sería capaz de solucionar el problema, pero necesitaba salir de allí...
Antonio inició la marcha, precediéndole. Salieron a un distribuidor y enfilaron un amplio vestíbulo acristalado. Afuera, las sombras difuminaban ya las siluetas de los objetos, y la oscuridad se iba enseñoreando de todo. En el patio del edificio, no obstante, brillaban algunas luminarias de led casi a ras del suelo. Mientras atravesaba el vestíbulo detrás del hombre, Toni tuvo la sensación de que era observado, pero no logró ver nada al otro lado de los enormes ventanales que iban desde el suelo hasta el techo. Finalmente, entraron en una gran sala, un auditorio o algo así, con un pequeño escenario con tribuna y media docena de filas de asientos forrados de tela roja.
–Es aquí.
Antonio señaló un aparato electrónico que sobresalía ligeramente de la pared, un cronotermostato digital. Toni empezó a trastear con la carcasa, hasta que logró desmontar el panel frontal, dejando al descubierto una placa de circuitos integrados. Vio un punto achicharrado. Seguramente eso había motivado que el termostato se regulara al máximo.
–Si tiene usted un estañador creo que podré arreglarlo… –dijo Toni volviéndose hacia Antonio. Mantuvo sus ojos sobre los del hombre durante un par de segundos, lo suficiente para que resultara una situación incómoda–. Dígame, ¿no hay nadie más en la casa?
Antonio pareció acusar un golpe. Comprendió que lo que el chaval realmente le preguntaba era: «¿Dónde está su hija Esther?». De pronto, Toni vio a un hombre distinto al de la azotea, uno que ya no parecía afable y seguro, sino un hombre que intentaba contener el creciente temblor de su mandíbula y disimular la emoción que le acometía.

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