Bea no podía
dejar de mirar por la ventana, como esperando que, de repente, la multitud de
deambulantes se esfumara para que ellos pudieran salir, montarse en el
todoterreno, y regresar a casa. A casa… ¿a qué casa? Tenía una creciente pero
imprecisa sensación de desasosiego. Aquella familia era realmente amable y
educada, y en general transmitían sensatez y tranquilidad, algo de agradecer en
el nuevo mundo que habitaban. Sin embargo, algo no encajaba, algo perturbaba el
ambiente de calma que parecía reinar en la casa. Se volvió hacia Antonio.
–Eso debió
de ser el día 14 de agosto, ¿no?
El hombre
de la azotea se pasó la mano por la frente, quitándose un sudor inexistente. Se
levantó y caminó hacia el frigorífico. Levantó varias hojas del calendario y
asintió.
–Exactamente.
Lo tengo marcado en rojo. El día del Juicio…
Toni
carraspeó apenas imperceptiblemente. Tenía la garganta seca. Quizá hacía
demasiado calor en la casa. La mujer se apresuró a llenarle un vaso de agua de
la jarra que había sobre la mesa de la cocina, alrededor de la cual estaban
sentados.
–Gracias.
Tengo mucho calor…
–Hace
calor, sí. Es el termostato. Pero no consigo arreglarlo… –dijo Antonio, quien
por un instante había dudado del sentido del gesto del chaval, preguntándose si
en realidad lo habría hecho como descortés respuesta a su referencia al Juicio
Final.
–Quizá yo
pueda echarle un vistazo… –Toni echó atrás su silla y pareció dispuesto a hacer
algo, aunque en realidad su más inmediato deseo, no sabía por qué, era salir de
aquella cocina, donde se sentía agobiado. Ni siquiera sabía dónde estaba el
termostato, ni si sería capaz de solucionar el problema, pero necesitaba salir
de allí...
Antonio
inició la marcha, precediéndole. Salieron a un distribuidor y enfilaron un
amplio vestíbulo acristalado. Afuera, las sombras difuminaban ya las siluetas
de los objetos, y la oscuridad se iba enseñoreando de todo. En el patio del
edificio, no obstante, brillaban algunas luminarias de led casi a ras del
suelo. Mientras atravesaba el vestíbulo detrás del hombre, Toni tuvo la sensación
de que era observado, pero no logró ver nada al otro lado de los enormes
ventanales que iban desde el suelo hasta el techo. Finalmente, entraron en una
gran sala, un auditorio o algo así, con un pequeño escenario con tribuna y
media docena de filas de asientos forrados de tela roja.
–Es aquí.
Antonio
señaló un aparato electrónico que sobresalía ligeramente de la pared, un
cronotermostato digital. Toni empezó a trastear con la carcasa, hasta que logró
desmontar el panel frontal, dejando al descubierto una placa de circuitos
integrados. Vio un punto achicharrado. Seguramente eso había motivado que el
termostato se regulara al máximo.
–Si tiene
usted un estañador creo que podré arreglarlo… –dijo Toni volviéndose hacia
Antonio. Mantuvo sus ojos sobre los del hombre durante un par de segundos, lo
suficiente para que resultara una situación incómoda–. Dígame, ¿no hay nadie más en la casa?
Antonio
pareció acusar un golpe. Comprendió que lo que el chaval realmente le
preguntaba era: «¿Dónde está su hija Esther?».
De pronto, Toni vio a un hombre distinto al de la azotea, uno que ya no parecía
afable y seguro, sino un hombre que intentaba contener el creciente temblor de
su mandíbula y disimular la emoción que le acometía.
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