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martes, 15 de abril de 2014

Segunda parte. Tres. 1

La vista de la plaza a través de la ventana no era demasiado reconfortante. Si acaso, el hecho de que estuviera protegida por unas sólidas rejas de hierro forjado hacía que Bea se sintiera ligeramente más tranquila, pero en absoluto segura. Tenía la sensación de que aquellos monstruos que se desparramaban afuera ocupando las aceras, la calle, los jardines arruinados…, podrían entrar en cuanto se lo propusieran, tan pronto se dieran cuenta de lo fácil que en realidad era…
–Jehová no ha permitido que murierais hoy, chicos. Damos gracias por ello…
A Toni no le iba nada ese rollo religioso, pero tenía el suficiente conocimiento como para saber que no estaba en condiciones de elegir lo que le gustaría hacer en realidad. Y también la educación justa para no comportarse de forma grosera con quienes les habían salvado la vida. Miró a Bea, que parecía estar diciéndole que tuviera paciencia con esas personas.
Estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina, reposando mientras tomaban café después de comer. Resultaba extraño que en esas dramáticas circunstancias la familia Perea pareciera contar con tan surtidísima despensa, pero lo cierto es que no les faltaba prácticamente de nada.
–¿Cómo han logrado…?
–¿Sobrevivir? –el hombre de la azotea, Antonio Perea, completó la inacabada pregunta de Bea–. Si os dijéramos que es voluntad de Dios, quizá no nos creeríais, porque hoy la juventud parece tener tanta prisa por todo que apenas tiene tiempo para nada, no mira dentro de sí… y vosotros sois tan jóvenes...
Hizo una pausa. Parecía saber de lo que hablaba. Su voz tenía un tono persuasivo innato, propio de las personas que inspiran confianza, que la tienen y la transmiten. Sin ser un hombre demasiado culto, hablaba con seguridad, con aplomo, con ese halo de garantía que tienen los vendedores de éxito, los encargados de convencer a los demás. Probablemente su fuerza radicara en su fe, y sin ella sería un hombre vulgar, sin más propósito en la vida que cumplir con un trabajo rutinario, pasar las tardes de domingo con su familia en cualquier gran superficie comercial, y tumbarse en el sofá con una cerveza a ver un partido. Pero en su camino se encontró con la religión, y eso cambió su vida, y la de su familia. En Dios encontraron cuanto necesitaban, y a él se encomendaron. Lo llamaban Jehová, pero tanto daría nombrarlo de cualquier otra forma. Eran, en definitiva, buenas personas. Antonio, su mujer Carmen, y su hija Sara. Una familia cristiana.
–Pues en realidad gracias a una casualidad –prosiguió Antonio. Estuvo tentado de añadir que propiciada, obviamente, por Dios, pero prefirió no abrumar a los jóvenes. Comprendía que no pensaran como él…
«Parecía una tarde cualquiera de verano. Recuerdo que era lunes, porque los lunes no hay reunión, y los dedicamos a limpiar los salones y a prepararlo todo para la semana. Bueno, no os hemos dicho que estamos al cuidado del edificio, por eso vivimos aquí. Nos acababan de traer el pedido de comida y suministros mensual, y lo habíamos guardado ya todo en la cámara. Serían cerca de las nueve, porque Esther entró en casa después de estar jugando con algunas niñas del vecindario, como siempre…
Antonio Perea se detuvo. Sus ojos se empañaron. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un pañuelo impoluto. Mientras el hombre enjugaba con discreción su silencioso e incipiente llanto, Bea trataba de darse cuenta de la situación, tras haber aparecido un nuevo actor en escena, Esther, una niña, ¿otra hija de los Perea? ¿Dónde estaba? Toni, en cambio, no parecía haberse dado cuenta de ese detalle… Antonio continuó hablando.
«Pero no era como siempre. La niña entró llorando. Muy asustada, contó cosas incomprensibles, y dijo que una de sus amigas le había mordido. Comprobamos que, en efecto, tenía un mordisco en un brazo. Dios santo, no era un mordisco muy grande, pero a la pobrecilla le faltaba incluso un trocito de carne… Como tampoco sangraba mucho, la curamos como pudimos, mientras Carmen –hizo un gesto señalando a su esposa, para la que también resultaba penoso recordar– llamaba a urgencias. Pero las líneas estaban saturadas, así que, me dije, lo mejor sería llevar a la niña al hospital yo mismo.
«La tumbé en el asiento de atrás y fui a abrir la puerta de la valla. Por suerte es automática, y se acciona con un mando a distancia. Digo por suerte porque estaba tan nervioso que ni siquiera acertaba a encontrar el mando dentro del coche, y esa casualidad creo que nos ha mantenido con vida hasta ahora. Con las prisas, ni siquiera nos habíamos dado cuenta de lo que pasaba en la calle. Si hubiera llegado a abrir la puerta… nosotros estaríamos muertos… y vosotros subidos a ese árbol…
«Lo que vimos es indescriptible, y no estoy dispuesto a contarlo. Ni siquiera a recordarlo. Seguro que vosotros estáis al tanto, o tampoco habríais sobrevivido hasta hoy. Me aseguré de que las puertas estuvieran cerradas, recorrí el patio para comprobar el perímetro vallado, y nos sentamos aquí, en la cocina donde estamos ahora, a esperar.
Toni miró uno a uno a los miembros de la familia, y después a Bea. En la mirada que ambos cruzaron flotaba la misma pregunta, y Antonio les dio rápidamente la respuesta.
–La niña murió esa misma noche. Nadie contestaba al teléfono, ni la policía, ni los hospitales, no podíamos conseguir ayuda y no nos atrevíamos a salir afuera, no con las cosas inicuas que estaban ocurriendo… Sufrió convulsiones y vómitos durante horas, luego entró en coma y murió… mi niña… Al final pude hablar con varios hermanos que vivían más cerca del centro de la ciudad. Nos contaron cosas horribles, disparos, incendios… todos parecían haberse vuelto locos… Y después, el teléfono dejó de funcionar.
–Era Armagedón, Antonio –Carmen agarró con fuerza la mano de su marido. Ambos temblaban.
–Sí, era Armagedón… como dicen las Escrituras, cariño –Antonio clavó la mirada en un punto infinito al otro lado del cristal de la ventana; comenzaba a oscurecer. Un ligero matiz de impaciencia y acaso un atisbo imperceptible de ira asomaban a sus labios–. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, y todavía no veo señales del Reino de los Cielos…

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