La vista
de la plaza a través de la ventana no era demasiado reconfortante. Si acaso, el
hecho de que estuviera protegida por unas sólidas rejas de hierro forjado hacía
que Bea se sintiera ligeramente más tranquila, pero en absoluto segura. Tenía
la sensación de que aquellos monstruos que se desparramaban afuera ocupando las
aceras, la calle, los jardines arruinados…, podrían entrar en cuanto se lo
propusieran, tan pronto se dieran cuenta de lo fácil que en realidad era…
–Jehová no
ha permitido que murierais hoy, chicos. Damos gracias por ello…
A Toni no
le iba nada ese rollo religioso, pero tenía el suficiente conocimiento como
para saber que no estaba en condiciones de elegir lo que le gustaría hacer en
realidad. Y también la educación justa para no comportarse de forma grosera con
quienes les habían salvado la vida. Miró a Bea, que parecía estar diciéndole
que tuviera paciencia con esas personas.
Estaban
sentados alrededor de la mesa de la cocina, reposando mientras tomaban café
después de comer. Resultaba extraño que en esas dramáticas circunstancias la
familia Perea pareciera contar con tan surtidísima despensa, pero lo cierto es
que no les faltaba prácticamente de nada.
–¿Cómo han
logrado…?
–¿Sobrevivir?
–el hombre de la azotea, Antonio Perea, completó la inacabada pregunta de Bea–.
Si os dijéramos que es voluntad de Dios, quizá no nos creeríais, porque hoy la
juventud parece tener tanta prisa por todo que apenas tiene tiempo para nada,
no mira dentro de sí… y vosotros sois tan jóvenes...
Hizo una
pausa. Parecía saber de lo que hablaba. Su voz tenía un tono persuasivo innato,
propio de las personas que inspiran confianza, que la tienen y la transmiten.
Sin ser un hombre demasiado culto, hablaba con seguridad, con aplomo, con ese
halo de garantía que tienen los vendedores de éxito, los encargados de
convencer a los demás. Probablemente su fuerza radicara en su fe, y sin ella
sería un hombre vulgar, sin más propósito en la vida que cumplir con un trabajo
rutinario, pasar las tardes de domingo con su familia en cualquier gran
superficie comercial, y tumbarse en el sofá con una cerveza a ver un partido.
Pero en su camino se encontró con la religión, y eso cambió su vida, y la de su
familia. En Dios encontraron cuanto necesitaban, y a él se encomendaron. Lo
llamaban Jehová, pero tanto daría nombrarlo de cualquier otra forma. Eran, en
definitiva, buenas personas. Antonio, su mujer Carmen, y su hija Sara. Una
familia cristiana.
–Pues en
realidad gracias a una casualidad –prosiguió Antonio. Estuvo tentado de añadir
que propiciada, obviamente, por Dios, pero prefirió no abrumar a los jóvenes. Comprendía
que no pensaran como él…
«Parecía
una tarde cualquiera de verano. Recuerdo que era lunes, porque los lunes no hay
reunión, y los dedicamos a limpiar los salones y a prepararlo todo para la
semana. Bueno, no os hemos dicho que estamos al cuidado del edificio, por eso
vivimos aquí. Nos acababan de traer el pedido de comida y suministros mensual,
y lo habíamos guardado ya todo en la cámara. Serían cerca de las nueve, porque Esther
entró en casa después de estar jugando con algunas niñas del vecindario, como
siempre…
Antonio
Perea se detuvo. Sus ojos se empañaron. Se metió la mano en el bolsillo del
pantalón y sacó un pañuelo impoluto. Mientras el hombre enjugaba con discreción
su silencioso e incipiente llanto, Bea trataba de darse cuenta de la situación,
tras haber aparecido un nuevo actor en escena, Esther, una niña, ¿otra hija de
los Perea? ¿Dónde estaba? Toni, en cambio, no parecía haberse dado cuenta de
ese detalle… Antonio continuó hablando.
«Pero no
era como siempre. La niña entró llorando. Muy asustada, contó cosas
incomprensibles, y dijo que una de sus amigas le había mordido. Comprobamos
que, en efecto, tenía un mordisco en un brazo. Dios santo, no era un mordisco
muy grande, pero a la pobrecilla le faltaba incluso un trocito de carne… Como
tampoco sangraba mucho, la curamos como pudimos, mientras Carmen –hizo un gesto
señalando a su esposa, para la que también resultaba penoso recordar– llamaba a
urgencias. Pero las líneas estaban saturadas, así que, me dije, lo mejor sería
llevar a la niña al hospital yo mismo.
«La tumbé en el asiento de atrás y fui a abrir la puerta de la valla. Por suerte es
automática, y se acciona con un mando a distancia. Digo por suerte porque
estaba tan nervioso que ni siquiera acertaba a encontrar el mando dentro del coche,
y esa casualidad creo que nos ha mantenido con vida hasta ahora. Con las
prisas, ni siquiera nos habíamos dado cuenta de lo que pasaba en la calle. Si
hubiera llegado a abrir la puerta… nosotros estaríamos muertos… y vosotros subidos
a ese árbol…
«Lo que
vimos es indescriptible, y no estoy dispuesto a contarlo. Ni siquiera a
recordarlo. Seguro que vosotros estáis al tanto, o tampoco habríais sobrevivido
hasta hoy. Me aseguré de que las puertas estuvieran cerradas, recorrí el patio
para comprobar el perímetro vallado, y nos sentamos aquí, en la cocina donde
estamos ahora, a esperar.
Toni miró
uno a uno a los miembros de la familia, y después a Bea. En la mirada que ambos
cruzaron flotaba la misma pregunta, y Antonio les dio rápidamente la respuesta.
–La niña
murió esa misma noche. Nadie contestaba al teléfono, ni la policía, ni los
hospitales, no podíamos conseguir ayuda y no nos atrevíamos a salir afuera, no
con las cosas inicuas que estaban ocurriendo… Sufrió convulsiones y vómitos
durante horas, luego entró en coma y murió… mi niña… Al final pude hablar con
varios hermanos que vivían más cerca del centro de la ciudad. Nos contaron
cosas horribles, disparos, incendios… todos parecían haberse vuelto locos… Y
después, el teléfono dejó de funcionar.
–Era
Armagedón, Antonio –Carmen agarró con fuerza la mano de su marido. Ambos
temblaban.
–Sí, era Armagedón…
como dicen las Escrituras, cariño –Antonio clavó la mirada en un punto infinito
al otro lado del cristal de la ventana; comenzaba a oscurecer. Un ligero matiz
de impaciencia y acaso un atisbo imperceptible de ira asomaban a sus labios–.
Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, y todavía no veo señales del
Reino de los Cielos…
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