Durante un
instante de tiempo casi eterno, pareció que la escena discurría a cámara
lenta. Bea y el hombre de la azotea miraban al suelo como si estuvieran viendo
una película, en un estado mental de estupor propio de quien no cree lo que ve,
a pesar de saber que está sucediendo... El continuo gemido de la masa de deambulantes
les llegaba amortiguado, muy lejano, apenas audible. Bea miró hacia el árbol.
Casi no veía a Toni, debido al espeso ramaje. Pero estaba allí. Tan asustado
como ella. No había que ser un genio para comprender que sus probabilidades de
supervivencia se habían reducido drásticamente, porque, en realidad, estaban próximas
a multiplicarse por cero. Era verdad que los deambulantes no sabían trepar al árbol.
Pero él tampoco podía bajar. Y no parecía que la plaza se fuera a despejar en mucho,
mucho tiempo, pues estaba literalmente expuesto a la vista de todos, sin posibilidad
de esconderse a pesar de las ramas que le podían servir de parapeto. Sus armas,
incluso aunque hubiera sido un experimentado tirador, ni siquiera le permitirían
dar dos pasos entre semejante marea… Estaba jodido. Como tantas veces. Como
siempre.
–Hay que
ayudarle, hay que hacer algo… –la voz temblorosa de la chica reflejaba
claramente su desesperación, su impotencia.
–Claro que
sí… –respondió el hombre, pero su tono carecía de la necesaria convicción.
Mientras
ambos permanecían en silencio, con la vista perdida en algún punto fijo del
suelo, a Toni le habían comenzado a sudar las manos. Se acababa de acordar de
que él tenía una cuerda. Salvo que la
hubiera dejado en el todoterreno, tenía
que estar en la mochila. En su
mochila.
Nervioso,
se descolgó la mochila de la espalda al segundo intento, tras liberarla de las
ramas que le rodeaban. Abrió la cremallera y cerró los ojos, apretándolos con
fuerza. Metió la mano. Exhaló de golpe todo el aire de sus pulmones, emitiendo
un extraño gorjeo que Bea y el hombre que estaba junto a ella pudieron escuchar
claramente. Allí estaba, suave, ligera, resistente, bien enrollada, de apenas
medio kilo de peso. Sabía que aguantaría, porque era del tipo empleado por los
alpinistas. Ahora solo tenía que sujetar cada uno de los dos extremos a algo
firme.
Asomó el
brazo entre las ramas con un cabo de la cuerda en la mano, para que Bea pudiera
verlo. La chica suspiró de alivio tras el susto que se había dado al oír el
resoplido de Toni.
–Tiene una
cuerda… –le dijo al hombre.
–Gracias a
Dios, porque nosotros no. Fue lo primero que pensé cuando os vi, pero enseguida
recordé que no tenemos ninguna de esa longitud. Por eso traje la escalera…
Toni se
movía con cuidado para no resbalar ni perder su preciado instrumento. La cuerda
tenía un extremo rematado con un mosquetón de escalada. Sujetándose con fuerza
de nuevo la mochila y el HK a la espalda, rodeo el tronco del abeto con la
cuerda y pasó el cabo libre por el mosquetón, asegurando el anclaje con fuerza.
Ahora venía la parte complicada de la misión: conseguir que este cabo llegara
hasta la terraza donde estaban Bea y el tipo de la escalera. La cuerda era
suficientemente larga, tendría unos diez metros, pero había que llevarla hasta allí.
El chico
pensó que debía atar el cabo suelto a algo de suficiente peso que pudiera
servir de lastre. La mochila era demasiado voluminosa. Intentó arrancar una
rama, pero solo consiguió arañarse las manos y, como mísero botín, obtener delgadas
ramillas que no servirían de mucho… Finalmente, sacó el hacha para cortar una
rama de suficiente porte que pudiera servir de guía a la cuerda, arrastrándola
hasta la terraza. De repente, cuando estaba a punto de iniciar la tarea, se
preguntó cómo podía ser tan estúpido. ¿Para qué perder el tiempo cortando una
rama cuando tenía en la mano la herramienta que necesitaba? El hacha pesaba lo
suficiente como para servir de arrastre a la cuerda, pero no tanto que le
imposibilitara lanzarla con garantía de éxito. Ató con fuerza el cabo bajo la
cabeza del hacha y se dispuso a lanzarla.
No
resultaba fácil en absoluto. Toni tenía que asomarse lo suficiente para que las
ramas no le impidieran la maniobra de lanzamiento. Además, tenía que coger
impulso, con lo que eso implicaba de pérdida de estabilidad, dada la
precariedad de su apoyo. No menos importante era calcular bien la trayectoria y
la fuerza. Y, además, acertar a la primera. Hizo señas a Bea para que tuviera
cuidado. Cuando la chica comprendió sus intenciones, asintió con la cabeza y se
preparó para recibir la cuerda. Toni respiró hondo por enésima vez ese día,
sujetó con fuerza el mango. No podía fallar, porque no tenía plan b.
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