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jueves, 10 de abril de 2014

Segunda parte. Dos. 5

Durante un instante de tiempo casi eterno, pareció que la escena discurría a cámara lenta. Bea y el hombre de la azotea miraban al suelo como si estuvieran viendo una película, en un estado mental de estupor propio de quien no cree lo que ve, a pesar de saber que está sucediendo... El continuo gemido de la masa de deambulantes les llegaba amortiguado, muy lejano, apenas audible. Bea miró hacia el árbol. Casi no veía a Toni, debido al espeso ramaje. Pero estaba allí. Tan asustado como ella. No había que ser un genio para comprender que sus probabilidades de supervivencia se habían reducido drásticamente, porque, en realidad, estaban próximas a multiplicarse por cero. Era verdad que los deambulantes no sabían trepar al árbol. Pero él tampoco podía bajar. Y no parecía que la plaza se fuera a despejar en mucho, mucho tiempo, pues estaba literalmente expuesto a la vista de todos, sin posibilidad de esconderse a pesar de las ramas que le podían servir de parapeto. Sus armas, incluso aunque hubiera sido un experimentado tirador, ni siquiera le permitirían dar dos pasos entre semejante marea… Estaba jodido. Como tantas veces. Como siempre.
–Hay que ayudarle, hay que hacer algo… –la voz temblorosa de la chica reflejaba claramente su desesperación, su impotencia.
–Claro que sí… –respondió el hombre, pero su tono carecía de la necesaria convicción.
Mientras ambos permanecían en silencio, con la vista perdida en algún punto fijo del suelo, a Toni le habían comenzado a sudar las manos. Se acababa de acordar de que él tenía una cuerda. Salvo que la hubiera dejado en el todoterreno, tenía que estar en la mochila. En su mochila.
Nervioso, se descolgó la mochila de la espalda al segundo intento, tras liberarla de las ramas que le rodeaban. Abrió la cremallera y cerró los ojos, apretándolos con fuerza. Metió la mano. Exhaló de golpe todo el aire de sus pulmones, emitiendo un extraño gorjeo que Bea y el hombre que estaba junto a ella pudieron escuchar claramente. Allí estaba, suave, ligera, resistente, bien enrollada, de apenas medio kilo de peso. Sabía que aguantaría, porque era del tipo empleado por los alpinistas. Ahora solo tenía que sujetar cada uno de los dos extremos a algo firme.
Asomó el brazo entre las ramas con un cabo de la cuerda en la mano, para que Bea pudiera verlo. La chica suspiró de alivio tras el susto que se había dado al oír el resoplido de Toni.
–Tiene una cuerda… –le dijo al hombre.
–Gracias a Dios, porque nosotros no. Fue lo primero que pensé cuando os vi, pero enseguida recordé que no tenemos ninguna de esa longitud. Por eso traje la escalera…
Toni se movía con cuidado para no resbalar ni perder su preciado instrumento. La cuerda tenía un extremo rematado con un mosquetón de escalada. Sujetándose con fuerza de nuevo la mochila y el HK a la espalda, rodeo el tronco del abeto con la cuerda y pasó el cabo libre por el mosquetón, asegurando el anclaje con fuerza. Ahora venía la parte complicada de la misión: conseguir que este cabo llegara hasta la terraza donde estaban Bea y el tipo de la escalera. La cuerda era suficientemente larga, tendría unos diez metros, pero había que llevarla hasta allí.
El chico pensó que debía atar el cabo suelto a algo de suficiente peso que pudiera servir de lastre. La mochila era demasiado voluminosa. Intentó arrancar una rama, pero solo consiguió arañarse las manos y, como mísero botín, obtener delgadas ramillas que no servirían de mucho… Finalmente, sacó el hacha para cortar una rama de suficiente porte que pudiera servir de guía a la cuerda, arrastrándola hasta la terraza. De repente, cuando estaba a punto de iniciar la tarea, se preguntó cómo podía ser tan estúpido. ¿Para qué perder el tiempo cortando una rama cuando tenía en la mano la herramienta que necesitaba? El hacha pesaba lo suficiente como para servir de arrastre a la cuerda, pero no tanto que le imposibilitara lanzarla con garantía de éxito. Ató con fuerza el cabo bajo la cabeza del hacha y se dispuso a lanzarla.
No resultaba fácil en absoluto. Toni tenía que asomarse lo suficiente para que las ramas no le impidieran la maniobra de lanzamiento. Además, tenía que coger impulso, con lo que eso implicaba de pérdida de estabilidad, dada la precariedad de su apoyo. No menos importante era calcular bien la trayectoria y la fuerza. Y, además, acertar a la primera. Hizo señas a Bea para que tuviera cuidado. Cuando la chica comprendió sus intenciones, asintió con la cabeza y se preparó para recibir la cuerda. Toni respiró hondo por enésima vez ese día, sujetó con fuerza el mango. No podía fallar, porque no tenía plan b.

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