En el
suelo, la marea de muertos emitía un incesante gimoteo. «Parecen niños lloriqueando por un caramelo», pensó Bea, mientras
les lanzaba una mirada de hastío. Toda la plaza estaba llena de ellos. Debía de
haber cientos, quizá más de un millar… Y no se iban. Sabían que estaban allí,
los estaban viendo. Mientras los tuvieran en su círculo visual no se darían por
vencidos. Lo mejor para que dejaran de molestar era ocultarse a su mirada de
pescado. Así, pasado un tiempo, lo que fuera que tuvieran en lugar de cerebro
se olvidaba del motivo por el que estaban en cualquier lugar, y regresaban a su
sitio, si es que tenían alguno…
Un
chirrido metálico hizo que levantara los ojos. Por encima del borde de la
terraza del edificio asomaba una escalera metálica, de aluminio, supuso, que
poco a poco dejaba ver más y más peldaños. ¿Qué distancia habría hasta el
árbol? ¿Cinco, seis metros? El hombre apareció, sujetando la escalera. Era de
cuatro tramos, de unos dos metros y medio cada uno, calculó Bea. Parecía
resistente y suficientemente larga, pero a medida que se alejaba de la vertical
del edificio comenzó a oscilar. El hombre no parecía muy ducho en la tarea, y a
duras penas podía sujetar la escalera, que parecía irremediablemente destinada a
caer al suelo cuan larga era, y amenazaba con dejar a los jóvenes sin medio de sustraerse
a la muerte segura que les esperaba abajo…
–¡Nooo…!
–gritó Bea al sentir el golpe de la escalera
contra las ramas, por encima de su cabeza. Afortunadamente, en la trayectoria
de caída libre de la escalera hacia el suelo, se había interpuesto el ramaje
del árbol, que había evitado la catástrofe que hubiera supuesto perder ese
medio de escape. Pero eso precisamente era lo que buscaba el tipo de la azotea,
trabar el extremo de la escalera extendida con las ramas. Solo que por poco se
había ido todo a la mierda al no poder sujetar ya la escalera, cuyo peso
comenzaba a cumplir, lenta pero progresivamente, la básica ley de la gravedad.
La
enfermera alargó el brazo. Casi tocaba con las puntas de los dedos el primer
peldaño. Un pequeño esfuerzo y… ya. Agarró con fuerza el peldaño y tiró,
armando un pequeño revuelo de ramas, hasta que la escalera se encajó entre el
tronco del abeto y el ramaje. Bea comprobó la solidez del anclaje jalando hacia
ella. Parecía resistente.
–¿Crees
que aguantará? –Toni la miraba con ansiedad, pero también con temor. No tenía
muy claro que aquello tuviera la suficiente solidez…
–Tendrá
que hacerlo.
–De
acuerdo. Yo te seguiré cuando hayas pasado. No creo que aguante el peso de los
dos a la vez…
Bea se
afianzó sobre el primer tramo y comenzó a gatear. Miró adelante. Además de
recorrer los cinco o seis metros hasta el edificio, tenía que salvar un
desnivel de otro par de ellos, por lo menos, ya que se encontraba en un plano
inferior respecto al borde de la terraza, donde el hombre sujetaba la escalera
usando su propio cuerpo como contrapeso para evitar que se desplazara. Suspiró
y comenzó a subir. Un peldaño, otro… Los bordes metálicos se le clavaban en las
rodillas produciéndole un agudo dolor, pero no podía parar. A mitad del
recorrido, se atrevió a mirar abajo. Decenas de brazos clamaban al cielo
intentando agarrarla. Cuando estaba a punto de alcanzar la azotea, oyó un
crujido estremecedor. Notó que la escalera cedía bajo su peso. ¡Se ponía
vertical! Levantó la vista. Apenas a un metro de ella, el hombre de la azotea
intentaba inútilmente evitar la tragedia… Con un golpe sordo, la escalera se
desenganchó del árbol y empezó a desplomarse. El hombre no pudo hacer otra cosa
que soltarla para evitar un latigazo.
Presa del
pánico, Bea ni siquiera pudo emitir un grito. Se veía ya en el suelo, cuando
otro golpe seco la obligó a aferrarse con los brazos, rodeando un peldaño. La
escalera se había apoyado en el suelo y, milagrosamente, no se había girado ni
ladeado, de modo que quedó vertical, formando un pequeño ángulo respecto a la
fachada del edificio. Con el aspecto que tenía, y cargada con su mochila, Bea
más parecía un antenista a punto de hacer una reparación que una pobre chica rodeada
de muertos.
–¡Rápido,
déme la mano!
No supo
cómo, pero de repente se encontró resoplando sobre el suelo de grava de la
azotea, junto al hombre de la escalera. Abajo, los muertos se agolpaban
alrededor de la escalera, excitados por la escena de la chica. Parecían a punto
de subir, y Bea, con una incipiente histeria, empujó el tramo de escalera que
sobresalía por el borde de la terraza. No pudo en un primer intento, y volvió a
empujar. Entonces, el hombre le sujetó el brazo. Su tacto transmitía
tranquilidad, y su aliento olía a cacahuetes. Bea se relajó de inmediato.
–Espere.
No saben subir…
La chica,
tratando de dominar su miedo, miró por encima del antepecho. En efecto, los
deambulantes, que no habían sido capaces de trepar al árbol tras ellos, tampoco
sabían qué hacer con la escalera, salvo zarandearla con tal fuerza, que no
tardarían en tirarla.
–Podemos
intentar subirla para que su amigo llegue hasta aquí.
Agarraron la
escalera cada uno por un lado, pero su intento de subirla se vio pronto
frustrado, porque eran demasiadas las manos que la aferraban por abajo. Sin
desistir del empeño, Bea comenzó a llorar de rabia, tirando hacia sí con toda
su energía de la escalera de aluminio que significaba la salvación de Toni.
Finalmente, sin que pudieran evitarlo, la escalera se les escapó de las manos y
cayó sobre la masa de insensibles muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario