Bea miraba
hacia abajo con ansiedad. Había sido pura casualidad que hubiera tenido la idea
de trepar al abeto. Lo había hecho instintivamente, mientras su mano izquierda
agarraba con tanta fuerza una de las ramas que se había clavado sus afiladas hojas
con forma de aguja. Quizá el conato de dolor le había hecho reaccionar, y por
eso había comenzado a subir. Gracias a ese dolor seguían vivos…
Tantas
veces como había mirado ese abeto, apenas a treinta metros en línea recta desde
la ventana de su apartamento, mientras contemplaba el atardecer en el horizonte,
y ahora estaba encaramada a él, al lado de un chaval de oscuro pasado que
agarraba un fusil ametrallador… Ella misma había empuñado un arma… Si le
hubieran dicho hacía unos meses que esa escena se produciría, seguramente se
habría sonrojado. Pero allí estaba. A cuatro o cinco metros sobre el suelo y
tiritando de frío. O quizá fuera, simplemente, miedo.
Intentó
seguir subiendo. Se agarró a la rama que tenía sobre su cabeza y se impulsó. Un
pie se balanceó en el aire durante un instante, sin encontrar apoyo... hasta
que pisó la dura madera. Lo último que deseaba Bea en ese momento era resbalar…
Miró hacia arriba. El árbol no tendría más allá de una decena de metros, pero
se estrechaba demasiado a medida que ascendía, y las ramas ya no servirían de
soporte seguro para el peso de una persona, ni aunque pesara cuarenta y cinco
kilos, como ella. Miró a sus pies, y vio a Toni intentando trepar, atascado por
el bulto de la mochila y las armas. Pensó que el chico estaba incluso más
delgado que ella… Más abajo, la masa de rostros indefinidos de los deambulantes
formaba una multitud gimiente de brazos extendidos al cielo, como oferentes de
alguna maligna religión a la espera de las víctimas del sacrificio.
El sol de noviembre
ya estaba alto, y apenas arrojaba sobre la calle sombras nítidas, bien
definidas. Solo claridad y el rumor de los que esperaban la comida. Y algo más,
sin embargo.
Bea giró
la cabeza. Solo había sido un susurro. O quizá su imaginación, que le jugaba
una mala pasada haciéndola partícipe del anhelo de su propio subconsciente.
Miró alrededor en todas direcciones. Solo veía el verde de las ramas del árbol,
y entre ellas, al fondo, las paredes de los edificios.
El
incendio al otro lado de la plaza seguía activo, cobrando fuerza a medida que
devoraba cuanto había en el interior del piso, pero ya nadie le prestaba
atención. Un olor intenso a humo iba poco a poco esparciéndose. Lo oyó otra
vez. No había sido su imaginación. Alguien hablaba, pero, ¿dónde?
–Señorita,
señorita… –la voz queda, en un tono apenas audible, era el susurro que había
oído. Bea miró a Toni, y el chaval le indicó la dirección de donde venía la
voz–, aquí, arriba…
Entonces
le vio. Un hombre de pelo corto y canoso, con un rostro sereno pero retraído,
tímido, incluso. Parecía tener una edad indefinida, perdida en la noche del
tiempo. Y, sin embargo, había algo jovial en su mirada, que parecía clara,
sincera. Le hacía señas desde lo alto del edificio que tenían al lado. Hablaba
en voz baja, con ese tono que parece estar disculpándose por molestar, aunque,
en realidad, Bea supuso que era para no atraer demasiado la atención de los muertos.
En el fondo, sin embargo, quizá el motivo de su prudencia y timidez era ese, no
molestarles.
–¿Eh…?
–Gracias a
Dios que están bien. Nos habíamos preocupado mucho…
Toni
intentó trepar un poco más, pero Bea estaba inmediatamente encima de él, y ocupaba
el poco espacio disponible, de modo que se afianzó donde estaba, trabó bien la
mochila y el fusil a su espalda, y se dirigió al hombre.
–¿Puede
ayudarnos desde ahí?
–Por
favor, no grite tanto... El ruido les asusta mucho, se enfurecen, se descontrolan…
Toni
estaba alucinando. El mundo, todo el
mundo, se había esfumado, llevaba tres meses prácticamente sin cambiarse de
calcetines ni dormir más de dos horas de un tirón, no hacía ni cinco minutos
que provocaron una tremenda explosión, un incendio y una avalancha de
deambulantes, y aquel individuo le decía que hablara en voz baja, que los putos
muertos se descontrolaban… Habría
soltado una carcajada si no fuera porque las bocas abiertas de los deambulantes
que tenía más cerca parecían pronunciar su nombre… Aun así, procuró no elevar mucho
el tono.
–Oiga,
jefe, a lo mejor conoce usted alguna manera de que podamos hablar en voz bajita
todos juntos, ahí dentro, ¿eh?
Ahora que
sabían que había alguien en el edificio, Bea inspiró un par de veces
profundamente, tratando de relajar el ritmo cardiaco. Sería difícil llegar a la
azotea, pero con ayuda, la empresa no parecía ya imposible. Quizá ese tipo
tuviera una soga o algo parecido. En ese momento, la cabeza del hombre
desapareció de encima de la terraza. Ambos jóvenes se miraron perplejos. Se
había ido sin decir nada. Eso podía significar que estaba buscando la forma de
ayudarles a llegar hasta allí, pero también que se lo había pensado mejor y los
abandonaba a su suerte, refugiándose en la seguridad de los muros del edificio,
las rejas de las ventanas y la valla que protegía el acceso al recinto. Pero
esto carecía de sentido, porque, entonces, ¿para qué había entablado conversación
con ellos?
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