–Creo que
no ha sido buena idea…
–No. No lo
ha sido… –Toni estaba inmóvil, pegado a la pared de la fachada principal del
edificio Aragón, intentando que los deambulantes que se acercaban al
todoterreno no los vieran. Tras él, Bea procuraba incluso contener la respiración.
Un
instante antes de dar la vuelta a la esquina del edificio para subir al coche,
aparcado en el lateral, se habían dado cuenta de que al menos dos docenas de
muertos deambulaban en las inmediaciones del vehículo. Toni estaba seguro de
que el sonido del motor al llegar los había… activado, dondequiera que estuvieran metidos, y se habían
aproximado al origen del ruido. No se atrevía a mover ni un dedo por miedo a
ser descubiertos, porque entonces no les quedaría más remedio que retroceder
hasta la entrada del edificio en busca de protección. Pero no le hacía ninguna
gracia meterse de nuevo en un lugar lleno de esas cosas, por muy encerrados que
estuvieran en los apartamentos… ¿Quién les podía asegurar que todos estaban bajo llave?
Tampoco
podían esperar allí indefinidamente, confiando en que los muertos se largaran.
En cualquier momento uno de ellos los podía ver, u oler, si es que a estos
muertos urbanos las narices les funcionaban aún, como a los de Viana... De modo
que algo debían hacer si querían llegar al coche sin un mordisco en el cuello.
Bea agarró
a Toni por la manga de la cazadora. Cuando el chaval volvió la cabeza, ella le
indicó con un gesto el fusil que agarraba con ambas manos, tras habérselo descolgado
de la espalda. Toni, con un hilo de voz, lo desaprobó.
–¿Estás
loca? No sabemos bien todavía cómo funcionan estos chismes, ni tenemos puta
idea de disparar. Lo más probable es que no lográramos matar a uno solo de esos
cabrones antes de que nos acorralaran…
Bea negó
con la cabeza enérgicamente, perdiendo la paciencia con el joven de Malasaña.
–No quiero
dispararle a ninguno de ésos… pero me dijiste que este trasto puede lanzar
granadas, ¿no? Pues con tirar una hacia allá –señaló a lo lejos, a los edificios
que había al otro lado de la plaza–, el estruendo los atraerá y podremos irnos…
Toni se
sonrojó por su soberbia y estupidez. La enfermera tenía razón. Podía funcionar.
Ahora solo quedaba saber cómo se activaba el lanzapepinos. Y, sobre todo, ver si había uno dentro del tubo o
estaban todos en el coche, con el resto de las municiones. ¿Por qué no se había
ocupado de esos pequeños detalles
antes?
Cogió el HK
y lo examinó con mucha más atención de lo que lo había hecho en El Coto el día
antes. El lanzagranadas tenía su propia empuñadura, de modo que dispararlo no
sería difícil. Y en ella había un botón con las letras S y F. Pese a su escaso
nivel de inglés, supuso que significarían safe
y fire, o sea, seguro y fuego, de modo
que ya había encontrado el bloqueo del arma. Trasteó con el tubo, intentando
abrirlo, pero no vio ninguna palanca o resorte. De pronto, sus dedos se
deslizaron por un rebaje del metal, como una pestaña. Estaba prieto. Sacó el
cuchillo y lo introdujo en el rebaje. Toda la longitud del tubo lanzagranadas
se deslizó hacia la izquierda, abriéndose. Instintivamente, cerró los ojos y
pensó: «Ahora solo falta que tenga una granada
y todo. Sería la leche». Sabía que era poco probable, pues esos trastos no
se suelen guardar cargados. Pero el abuelo de Olga era militar, y todas las
armas que habían encontrado en su casa estaban cargadas y listas para disparar.
Sin duda el fin del mundo no le había pillado tan por sorpresa que no le
hubiera dado tiempo a prepararse… Cuando abrió los ojos de nuevo, y vio el
culote perfectamente redondo de la granada que llenaba el tubo, con el pistón
intacto en el medio, casi dio un salto de alegría.
–Creo que
esto va a funcionar. ¿Adónde tiro?
Bea miró a
su alrededor. Justo enfrente tenían el edificio del Salón del Reino de los
Testigos de Jehová, un cubo de dos plantas que les tapaba la visión de gran
parte de la plaza. Y hacia atrás, a su derecha, no era sensato hacer ruido,
porque los deambulantes, por fuerza, deberían pasar por donde estaban ellos, de
modo que esa opción también estaba descartada, a menos que se escondieran en el
portal del edificio hasta que hubieran pasado de largo y después podrían salir
y correr hasta llegar al coche y… Demasiado complicado. Y arriesgado. Solo quedaba
un camino: lanzar la granada hacia la izquierda, a los bloques que cerraban el
lateral de la plaza.
–Allí,
contra aquel edificio verde…, siempre le tuve manía…
–Pues allá
va…
Toni
levantó ligeramente el fusil, para que el disparo realizara una parábola, y
apretó el gatillo del lanzagranadas. Nada. Sorprendido, miró el arma. Habría
jurado que el seguro no estaba puesto… Lo accionó un par de veces, colocándolo
en la posición fire, y volvió a
apuntar. Esta vez sí hubo respuesta. Sorprendentemente, el disparo no hizo
apenas ruido y tampoco sintió un excesivo retroceso. Una buena arma, sí señor.
Siguió la trayectoria de la granada, que no parecía tener demasiada prisa. Pero
no habían pasado ni dos segundos cuando impactó contra la fachada del edificio
verde. El estallido sí sonó. Y mucho. Era precisamente lo que ellos querían.
Comenzó a
contar mentalmente. No había llegado a tres cuando pudo ver a los deambulantes
dirigirse con paso inseguro hacia el origen del ruido. Había bastantes más que
hacía tan solo unos minutos. Lo increíble era que no les hubieran descubierto
aún y, sobre todo, que ninguno se hubiera acercado desde detrás de donde ellos
estaban, porque había edificios y chalés de sobra rodeando toda la plaza como
para que hubiera gente en ellos...
La granada
había impactado contra el cristal de una de las ventanas del primer piso,
estallando a continuación. Cuando los primeros deambulantes llegaban a las cercanías,
intensas llamaradas surgieron por el hueco de la ventana. Habían provocado un
incendio sin proponérselo. Pero el plan estaba dando resultado. Los muertos se
alejaban del todoterreno. No sería por mucho tiempo, de modo que debían
aprovechar su oportunidad.
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