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martes, 1 de abril de 2014

Segunda parte. Dos. 1

–Creo que no ha sido buena idea…
–No. No lo ha sido… –Toni estaba inmóvil, pegado a la pared de la fachada principal del edificio Aragón, intentando que los deambulantes que se acercaban al todoterreno no los vieran. Tras él, Bea procuraba incluso contener la respiración.
Un instante antes de dar la vuelta a la esquina del edificio para subir al coche, aparcado en el lateral, se habían dado cuenta de que al menos dos docenas de muertos deambulaban en las inmediaciones del vehículo. Toni estaba seguro de que el sonido del motor al llegar los había… activado, dondequiera que estuvieran metidos, y se habían aproximado al origen del ruido. No se atrevía a mover ni un dedo por miedo a ser descubiertos, porque entonces no les quedaría más remedio que retroceder hasta la entrada del edificio en busca de protección. Pero no le hacía ninguna gracia meterse de nuevo en un lugar lleno de esas cosas, por muy encerrados que estuvieran en los apartamentos… ¿Quién les podía asegurar que todos estaban bajo llave?
Tampoco podían esperar allí indefinidamente, confiando en que los muertos se largaran. En cualquier momento uno de ellos los podía ver, u oler, si es que a estos muertos urbanos las narices les funcionaban aún, como a los de Viana... De modo que algo debían hacer si querían llegar al coche sin un mordisco en el cuello.
Bea agarró a Toni por la manga de la cazadora. Cuando el chaval volvió la cabeza, ella le indicó con un gesto el fusil que agarraba con ambas manos, tras habérselo descolgado de la espalda. Toni, con un hilo de voz, lo desaprobó.
–¿Estás loca? No sabemos bien todavía cómo funcionan estos chismes, ni tenemos puta idea de disparar. Lo más probable es que no lográramos matar a uno solo de esos cabrones antes de que nos acorralaran…
Bea negó con la cabeza enérgicamente, perdiendo la paciencia con el joven de Malasaña.
–No quiero dispararle a ninguno de ésos… pero me dijiste que este trasto puede lanzar granadas, ¿no? Pues con tirar una hacia allá –señaló a lo lejos, a los edificios que había al otro lado de la plaza–, el estruendo los atraerá y podremos irnos…
Toni se sonrojó por su soberbia y estupidez. La enfermera tenía razón. Podía funcionar. Ahora solo quedaba saber cómo se activaba el lanzapepinos. Y, sobre todo, ver si había uno dentro del tubo o estaban todos en el coche, con el resto de las municiones. ¿Por qué no se había ocupado de esos pequeños detalles antes?
Cogió el HK y lo examinó con mucha más atención de lo que lo había hecho en El Coto el día antes. El lanzagranadas tenía su propia empuñadura, de modo que dispararlo no sería difícil. Y en ella había un botón con las letras S y F. Pese a su escaso nivel de inglés, supuso que significarían safe y fire, o sea, seguro y fuego, de modo que ya había encontrado el bloqueo del arma. Trasteó con el tubo, intentando abrirlo, pero no vio ninguna palanca o resorte. De pronto, sus dedos se deslizaron por un rebaje del metal, como una pestaña. Estaba prieto. Sacó el cuchillo y lo introdujo en el rebaje. Toda la longitud del tubo lanzagranadas se deslizó hacia la izquierda, abriéndose. Instintivamente, cerró los ojos y pensó: «Ahora solo falta que tenga una granada y todo. Sería la leche». Sabía que era poco probable, pues esos trastos no se suelen guardar cargados. Pero el abuelo de Olga era militar, y todas las armas que habían encontrado en su casa estaban cargadas y listas para disparar. Sin duda el fin del mundo no le había pillado tan por sorpresa que no le hubiera dado tiempo a prepararse… Cuando abrió los ojos de nuevo, y vio el culote perfectamente redondo de la granada que llenaba el tubo, con el pistón intacto en el medio, casi dio un salto de alegría.
–Creo que esto va a funcionar. ¿Adónde tiro?
Bea miró a su alrededor. Justo enfrente tenían el edificio del Salón del Reino de los Testigos de Jehová, un cubo de dos plantas que les tapaba la visión de gran parte de la plaza. Y hacia atrás, a su derecha, no era sensato hacer ruido, porque los deambulantes, por fuerza, deberían pasar por donde estaban ellos, de modo que esa opción también estaba descartada, a menos que se escondieran en el portal del edificio hasta que hubieran pasado de largo y después podrían salir y correr hasta llegar al coche y… Demasiado complicado. Y arriesgado. Solo quedaba un camino: lanzar la granada hacia la izquierda, a los bloques que cerraban el lateral de la plaza.
–Allí, contra aquel edificio verde…, siempre le tuve manía…
–Pues allá va…
Toni levantó ligeramente el fusil, para que el disparo realizara una parábola, y apretó el gatillo del lanzagranadas. Nada. Sorprendido, miró el arma. Habría jurado que el seguro no estaba puesto… Lo accionó un par de veces, colocándolo en la posición fire, y volvió a apuntar. Esta vez sí hubo respuesta. Sorprendentemente, el disparo no hizo apenas ruido y tampoco sintió un excesivo retroceso. Una buena arma, sí señor. Siguió la trayectoria de la granada, que no parecía tener demasiada prisa. Pero no habían pasado ni dos segundos cuando impactó contra la fachada del edificio verde. El estallido sí sonó. Y mucho. Era precisamente lo que ellos querían.
Comenzó a contar mentalmente. No había llegado a tres cuando pudo ver a los deambulantes dirigirse con paso inseguro hacia el origen del ruido. Había bastantes más que hacía tan solo unos minutos. Lo increíble era que no les hubieran descubierto aún y, sobre todo, que ninguno se hubiera acercado desde detrás de donde ellos estaban, porque había edificios y chalés de sobra rodeando toda la plaza como para que hubiera gente en ellos...
La granada había impactado contra el cristal de una de las ventanas del primer piso, estallando a continuación. Cuando los primeros deambulantes llegaban a las cercanías, intensas llamaradas surgieron por el hueco de la ventana. Habían provocado un incendio sin proponérselo. Pero el plan estaba dando resultado. Los muertos se alejaban del todoterreno. No sería por mucho tiempo, de modo que debían aprovechar su oportunidad.

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