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lunes, 28 de abril de 2014

Segunda parte. Cuatro. 3

Bea temblaba de frío y de miedo. Sentía su espalda fundirse, completamente empapada por el sudor, con la pared de piedra del edificio de los Testigos de Jehová. A su lado, la pequeña Sara se agarraba a su mano con tanta fuerza que le hacía daño, mientras hipaba convulsamente. La enfermera miraba hacia el todoterreno con una mezcla de tristeza y desesperación, sabiendo que allí estaba su salvación, pero sintiendo que en realidad, aunque el coche estaba apenas a una veintena de metros, era como si estuviera al otro lado del mundo, cerrado, y ella no tuviera las llaves. Pensó que la vida tenía paradojas curiosas… El día anterior se encontraron en una situación casi idéntica, solo que se resguardaban de la mirada de los muertos justo en la pared de enfrente, la de los apartamentos…
Toni asomó muy despacio la cabeza por la esquina. Vio un revuelo tremendo al final de la larga pared del edificio del Salón del Reino… Una gran muchedumbre de deambulantes, todos los del barrio, al parecer, ya que no había a la vista ningún otro por los alrededores, intentaban entrar al recinto donde ellos mismos habían estado hasta hacía unos instantes. Pensó que si estaban ocupados en eso, probablemente les daría tiempo a llegar al coche y largarse... De pronto, escuchó gemidos: los oía allí mismo, pero era imposible, no veía ningún deambulante... No comprendía que sonaran tan cerca, si estaban todos al otro lado del edificio. Y entonces, cuando Bea le tiró de la manga y volvió la vista hacia arriba, recordó que acababan de dejar a un montón de muertos saliendo a la terraza de los Perea… El joven, durante un instante, tuvo una imagen horrible: los muertos saltaban al vacío, rebotaban en el suelo como si fueran de goma, y les rodeaban formando una tenaza de horror y desolación. Por suerte, los deambulantes no parecían dispuestos a saltar, o al menos no se daban cuenta de que esa opción estaba a su alcance. ¿Qué podía pasarles, matarse?
Docenas de cabezas de mil formas y estados se asomaban por encima de la barandilla, extendiendo sus asquerosos brazos hacia abajo, hacia ellos. Instintivamente, se separaron de la pared, tratando de evitar que las babas y otros fluidos nauseabundos que salían de los putrefactos cuerpos les alcanzaran. De repente, sin que hubieran tenido aún tiempo de decidirse a cruzar la acera para llegar al coche, uno de los muertos se precipitó desde la terraza.
Aterrados, escucharon con extraordinaria claridad el ruido que hizo al golpear contra el suelo. Había caído de cabeza, y quedó completamente quieto, en una inverosímil posición. La presión que el grupo de la terraza, cada vez más numeroso, ejercía sobre los que estaban asomados, finalmente había provocado la caída de uno de ellos. Pero solo fue el primero. En cuestión de segundos, dos muertos más golpearon contra el suelo. Uno se rompió las dos piernas a pesar de la escasa altura desde la terraza, y comenzó a arrastrarse penosamente hacia ellos. El otro rebotó en el cuerpo inerte del que había caído en primer lugar, y se incorporó con lentitud pero aparentemente indemne. Enseguida cayeron más, y pronto aquello se convertiría en otra antesala del infierno.
–¡Vamos, chicas, a toda leche!
Corrieron hasta el vehículo. Bea, con el mando en la mano libre, accionó la apertura. Dos rápidos parpadeos de los intermitentes y un sonido característico, y las puertas se desbloquearon. Por si no tuvieran bastante con los deambulantes que se estaban despeñando desde la terraza, algunos de los cuales, que no se habían hecho demasiado daño, se incorporaban para ir detrás de ellos, desgraciadamente la luz y el ruido del coche al abrirse atrajo también la atención de los muertos que, al otro lado del edificio, se encontraban rezagados pugnando por acceder al patio de los Perea.
Solamente habían sido unos segundos, pero a los chicos les parecieron horas corriendo frenéticamente. Llegaron al todoterreno con el corazón justo detrás de los dientes. Subieron los tres por la misma puerta, con tanto apresuramiento que la pequeña Sara se encontró de pronto al volante. A su lado, Bea trataba de cambiarse de sitio con ella, mientras Toni mantenía la suficiente serenidad para bloquear las puertas. Los primeros y asquerosos dedos arañaban ya los cristales del coche. Un muerto especialmente desagradable al que le faltaba media cara pegó el resto de su cráneo contra la ventanilla, enseñando al joven una ristra de dientes amenazadores. Si no se largaban ya, era probable que se vieran rodeados por una horda abrumadora de deambulantes.
Bea consiguió por fin colocarse en el asiento del conductor, gracias a la amplitud del habitáculo y a la extrema delgadez de Sara, quien, de todas formas, no ayudaba demasiado, pues se había convertido en un paquete prácticamente inane.
–¡Arranca, Bea, por lo que más quieras!
–¡Ya, ya…! –Bea no atinaba a meter la llave. Le temblaban las manos. Lo último que quería era perder los nervios, sufrir un conato de histeria. Ella era enfermera, sabía cómo controlar esas situaciones, lo sabía, debía hacerlo…
Al fin, con un poderoso zumbido, todos los caballos del vehículo resonaron al unísono, y sendos chorros de humo negro salieron por los dos tubos de escape. Bea metió la marcha y aceleró sin misericordia. Las grandes ruedas saltaron por encima de varios cuerpos, y el todoterreno dio un brinco que le hizo recorrer varios metros de golpe, mientras la joven giraba el volante para no saltar a la acera. Lo último que necesitaban en esos momentos era perder el control del vehículo: estarían perdidos.
Conforme avanzaban por la calle de regreso a la rotonda por la que habían accedido el día anterior, Toni contemplaba la masa parduzca de deambulantes en movimiento, intentando, ya vanamente, alcanzar con sus manos engarfiadas como garras, las puertas del coche, sus cristales, los paragolpes… Bea conducía con cuidado, acelerando paulatinamente para dejar atrás a sus perseguidores, pero sin coger excesiva velocidad. En su estado de excitación, un fallo al volante tendría unas consecuencias devastadoras. Sara lloraba casi silenciosamente, con la cabeza vuelta y la mirada clavada en el edificio que un día fue su hogar.
Toni miró su reloj: marcaba las quince y diecisiete, justo la hora en que se le agotó la pila. Ni siquiera sabía cuánto tiempo hacía de eso. Tampoco sabía por qué seguía llevándolo en la muñeca. En realidad, no tenía ni idea de qué hora sería, y tampoco le importaba. Solo sabía que el cielo estaba gris, pesado, y que la claridad era escasa. Caía fina la lluvia.


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