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sábado, 26 de abril de 2014

Segunda parte. Cuatro. 2

–¡Oh, Dios mío, oh, Dios mío!
Desde lo alto de la escalera, los jóvenes no acertaban a ver la totalidad de la escena que tenía lugar en el vestíbulo, pero comprendieron inmediatamente la gravedad de la situación por el tono de derrota con que Antonio había hecho la última exclamación.
–¡Huid, chicos, huid! –repitió Perea con insistencia, mientras contemplaba atónito, incapaz de moverse de donde estaba, cómo el patio se llenaba de muertos a decenas, a cientos…– ¡Por favor, llevaos a mi Sara… trataré de retrasarlos!
Toni ya se había puesto los pantalones y la cazadora, y agarraba con una mano la mochila y con la otra a la hija de los Perea.
–¡Vamos, Bea, coge tus cosas, rápido!
Si el acceso inferior estaba colapsado por la muchedumbre de deambulantes, que además no tardarían en desparramarse por todo el edificio, eso significaba que solo podían salir por alguna ventana del piso superior o por la terraza, porque pensar en bajar y coger el coche de los Perea era tanto como suicidarse con alevosía. Pero, ¿podían salir? Antes de lanzarse hacia la puerta de la terraza, Toni echó una mirada por la ventana de su cuarto, que daba a la fachada del edificio de apartamentos de Bea. Aunque pareciera increíble, el alboroto que el matrimonio había montado sirvió para despejar toda esa zona, atrayendo a los muertos hacia el otro lado del recinto, de modo que el chaval pudo ver nítidamente el todoterreno, libre de molestos vecinos, allí cerca, apenas a una veintena de metros, al alcance de la mano.
Bea, con Sara junto a ella, estaba ya abriendo la puerta que comunicaba el distribuidor con la terraza inferior, desde la que podrían saltar a la calle. El día amanecía claro, sin nubes, y aunque aún no había despuntado el sol por encima de los tejados del otro lado de la plaza, había buena visibilidad. El espectáculo que acontecía abajo, en el patio del recinto, era dantesco. Cientos de muertos fluían por la abierta verja corredera en dirección al vestíbulo donde había tenido lugar la fatídica discusión del matrimonio Perea. Sin poderlo evitar, la joven se inclinó sobre el borde, pero apenas consiguió ver algo más que las cabezas de los deambulantes y sus brazos clamando hacia ella, una vez que la descubrieron.
Toni asomó la cabeza por el quicio de la puerta. Parecía aturdido, y Bea no habría sido capaz de decir si estaba cruzándola en un sentido o en otro, tal era el movimiento de vaivén que producía el chico en el umbral. Bea se impacientó, y en dos pasos se plantó ante él.
–¿Por qué tardas tanto? Esto se va a poner muy concurrido…
–Ya están subiendo… –dijo Toni apenas en un murmullo.
Sara se tapó la cara con ambas manos, en un vano esfuerzo por no  romper a llorar. Toni la agarró desconsideradamente del brazo y la arrastró hasta el borde de la terraza que daba a los apartamentos.
–No es momento de lloriqueos, niña…
–Mi padre…, mi madre…
Toni no contestó. Tiró de ella con fuerza y casi la incrustó contra el parapeto metálico que hacía de pretil, mientras sus pies pisaban con pesadez sobre el suelo de la terraza, cuajado de cantos rodados que facilitaban el drenaje del agua de lluvia. Bea intentaba en vano atrancar la puerta. Todo lo más que podía hacer era empujar hacia el interior, pero eso no los detendría mucho rato. Solo era cuestión de tiempo que alguno de esos descerebrados, o la presión de todos ellos, la abriera de par en par. Entonces, cuando ya se disponía a ir hacia donde Toni y Sara estaban, la hoja de la puerta comenzó a abrirse. Bea se lanzó con desesperación sobre ella, empujando con su cuerpo.
–¡Toni, Toni, ya están aquí…!
Toni corrió hacia ella, pero antes de que pudiera llegar, la enfermera salió despedida a causa del fuerte empujón que recibió la puerta desde dentro. Estupefactos, ambos se quedaron mirando a la figura que apareció en el umbral. Era Antonio, con las piernas chorreando sangre. Apenas pudo balbucear unas palabras.
–¡Chicos… están muy rabiosos…! –miró a su hija con cariño– Sara, niña…
–¡Vamos, Antonio, aún hay tiempo…! –Toni trataba de animar a Perea, pero en absoluto creía lo que estaba diciendo: se había convertido en un condenado mentiroso.
–No, Toni, ya no lo hay… mírame. ¿Cuánto crees que aguantaría, con estos mordiscos? Además, esta puerta solo se cierra por dentro… Que Dios os bendiga y os acompañe.
No pudieron evitar que entrara en la casa, ni que cerrara la puerta tras él. Bea ni siquiera había tenido tiempo aún de levantarse del suelo. Al otro lado de la puerta sonaron roces, golpes, gruñidos sordos, amortiguados, enfadados… pero no hubo gritos. No hubo lamentos, ni súplicas.
Había que saltar. Pero eran más de tres metros hasta el suelo de la acera, y en las circunstancias en que se encontraban, una mala caída podía significar la muerte. Toni miró alrededor con prisa. Pero fue Bea quien le señaló la solución: su brazo extendido apuntaba hacia la terraza superior.
–¡La cuerda, Toni!
El día anterior, después de ponerse a salvo, ni siquiera se habían preocupado de recuperar la cuerda por la que trepó hasta la terraza, y allí seguía, atada al mástil de la antena, pero también al tronco del abeto. Toni subió aceleradamente por la escalera de aluminio hasta la terraza, y agarró con una mano la cuerda, acariciándola hasta el borde del edificio. Procurando no mirar abajo para no llamar la atención de los pocos deambulantes que aún permanecían rondando el árbol, sacó su cuchillo y cortó la cuerda. El trozo que recuperara les serviría, pues, por fortuna, el mástil estaba bastante retirado del borde, de modo que el cabo útil tendría la longitud suficiente para descolgarse hasta la calle.
Entonces, como a cámara lenta, contempló cómo el otro cabo de la cuerda recién cortada caía casi a plomo, con tan mala suerte que en su camino hasta el tronco del abeto golpeó en la cabeza a un deambulante, un sujeto con cara de cretino que en vida no habría tenido mucho más cerebro del que ahora le tocaba. El pobre tipo, que ni siquiera se había molestado en seguir a los demás hasta la entrada corredera del edificio de los Testigos de Jehová, miró extrañado la cuerda, y luego a ambos lados. Por suerte no se le ocurrió levantar la cabeza. Toni, por si acaso, retrocedió rápidamente y desató el cabo del mástil de la antena. Bajó de nuevo a la terraza inferior, y al pasar junto a la puerta sintió un estremecimiento recordando a Perea. Al otro lado se escuchaban un sinfín de roces y gemidos.
Bea esperaba junto a la barandilla de barrotes, con la hija viva de los Perea en estado de ausencia absoluta, desconectada del mundo. Entre los dos ataron la cuerda a uno de los barrotes y lanzaron el cabo hacia abajo. Se quedaron mirándose un instante, pensando lo mismo. No llegaba hasta el suelo… pero tendría que servir.
–Baja –Toni le susurraba a Bea–. Tienes las llaves del coche, ¿no?
La enfermera asintió al tiempo que se descolgaba ya por la cuerda, agarrada con ambas manos y tanteando con los pies la pared. Por suerte, justo debajo había una ventana enrejada que le sirvió de apoyo. Aun así, sentía las manos arder por la fricción de la piel con la cuerda de nylon al ejercer la gravedad su efecto y tener que soportar la mayor parte del peso de su cuerpo mientras se deslizaba la cuerda entre sus manos. Llegó al suelo en apenas cinco segundos. Arriba, Toni se esforzaba en hacer comprender a Sara que debía agarrarse a la cuerda con todas sus fuerzas. Ya había logrado pasarla al otro lado de la barandilla, pero la niña no parecía dispuesta a colaborar. Se aferraba a los barrotes con desesperación, mirando a Toni sin entender lo que le decía. El chico, comprendiendo que no conseguiría hacerle entrar en razón, le ató la cuerda por debajo de los brazos con un nudo corredizo que no se estrangulara al recibir el peso del cuerpo.
Con esfuerzo, consiguió por fin soltarla de los barrotes, y la empujó suavemente para hacerle perder el equilibrio. Sin embargo, la niña, al sentirse sin apoyo, se agarró a la cuerda con el pánico reflejado en su mirada, y se golpeó la cabeza con la barandilla al iniciar el descenso. Un metro y medio antes de llegar al suelo, la cuerda se acabó y el nudo se deshizo solo, y Bea, aunque estaba prevenida, no pudo evitar caer bajo el peso de Sara. Mientras rodaban por la acera, Toni pasó su cuerpo por encima de la barandilla. Agarrado a la cuerda, de espaldas al edificio de apartamentos, ahora miraba de frente hacia el interior del recinto. Un instante antes de empezar a descender, pudo ver a los primeros muertos irrumpir en la terraza. Alguno había conseguido abrir la puerta. Pero, ¿qué demonios había pasado? ¿Acaso Perea no había tenido tiempo de cerrarla?

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