–¡Oh, Dios
mío, oh, Dios mío!
Desde lo
alto de la escalera, los jóvenes no acertaban a ver la totalidad de la escena
que tenía lugar en el vestíbulo, pero comprendieron inmediatamente la gravedad
de la situación por el tono de derrota con que Antonio había hecho la última
exclamación.
–¡Huid,
chicos, huid! –repitió Perea con insistencia, mientras contemplaba atónito,
incapaz de moverse de donde estaba, cómo el patio se llenaba de muertos a
decenas, a cientos…– ¡Por favor, llevaos a mi Sara… trataré de retrasarlos!
Toni ya se
había puesto los pantalones y la cazadora, y agarraba con una mano la mochila y
con la otra a la hija de los Perea.
–¡Vamos,
Bea, coge tus cosas, rápido!
Si el
acceso inferior estaba colapsado por la muchedumbre de deambulantes, que además
no tardarían en desparramarse por todo el edificio, eso significaba que solo
podían salir por alguna ventana del piso superior o por la terraza, porque
pensar en bajar y coger el coche de los Perea era tanto como suicidarse con
alevosía. Pero, ¿podían salir? Antes
de lanzarse hacia la puerta de la terraza, Toni echó una mirada por la ventana
de su cuarto, que daba a la fachada del edificio de apartamentos de Bea. Aunque
pareciera increíble, el alboroto que el matrimonio había montado sirvió para
despejar toda esa zona, atrayendo a los muertos hacia el otro lado del recinto,
de modo que el chaval pudo ver nítidamente el todoterreno, libre de molestos
vecinos, allí cerca, apenas a una veintena de metros, al alcance de la mano.
Bea, con Sara
junto a ella, estaba ya abriendo la puerta que comunicaba el distribuidor con
la terraza inferior, desde la que podrían saltar a la calle. El día amanecía
claro, sin nubes, y aunque aún no había despuntado el sol por encima de los
tejados del otro lado de la plaza, había buena visibilidad. El espectáculo que
acontecía abajo, en el patio del recinto, era dantesco. Cientos de muertos
fluían por la abierta verja corredera en dirección al vestíbulo donde había
tenido lugar la fatídica discusión del matrimonio Perea. Sin poderlo evitar, la
joven se inclinó sobre el borde, pero apenas consiguió ver algo más que las
cabezas de los deambulantes y sus brazos clamando hacia ella, una vez que la
descubrieron.
Toni asomó
la cabeza por el quicio de la puerta. Parecía aturdido, y Bea no habría sido
capaz de decir si estaba cruzándola en un sentido o en otro, tal era el
movimiento de vaivén que producía el chico en el umbral. Bea se impacientó, y
en dos pasos se plantó ante él.
–¿Por qué tardas
tanto? Esto se va a poner muy concurrido…
–Ya están subiendo… –dijo Toni apenas en
un murmullo.
Sara se
tapó la cara con ambas manos, en un vano esfuerzo por no romper a llorar. Toni la agarró
desconsideradamente del brazo y la arrastró hasta el borde de la terraza que
daba a los apartamentos.
–No es
momento de lloriqueos, niña…
–Mi padre…,
mi madre…
Toni no
contestó. Tiró de ella con fuerza y casi la incrustó contra el parapeto
metálico que hacía de pretil, mientras sus pies pisaban con pesadez sobre el
suelo de la terraza, cuajado de cantos rodados que facilitaban el drenaje del
agua de lluvia. Bea intentaba en vano atrancar la puerta. Todo lo más que podía
hacer era empujar hacia el interior, pero eso no los detendría mucho rato. Solo
era cuestión de tiempo que alguno de esos descerebrados, o la presión de todos
ellos, la abriera de par en par. Entonces, cuando ya se disponía a ir hacia
donde Toni y Sara estaban, la hoja de la puerta comenzó a abrirse. Bea se lanzó
con desesperación sobre ella, empujando con su cuerpo.
–¡Toni,
Toni, ya están aquí…!
Toni
corrió hacia ella, pero antes de que pudiera llegar, la enfermera salió
despedida a causa del fuerte empujón que recibió la puerta desde dentro.
Estupefactos, ambos se quedaron mirando a la figura que apareció en el umbral.
Era Antonio, con las piernas chorreando sangre. Apenas pudo balbucear unas
palabras.
–¡Chicos…
están muy rabiosos…! –miró a su hija con cariño– Sara, niña…
–¡Vamos,
Antonio, aún hay tiempo…! –Toni trataba de animar a Perea, pero en absoluto
creía lo que estaba diciendo: se había convertido en un condenado mentiroso.
–No, Toni,
ya no lo hay… mírame. ¿Cuánto crees que aguantaría, con estos mordiscos?
Además, esta puerta solo se cierra por
dentro… Que Dios os bendiga y os acompañe.
No pudieron
evitar que entrara en la casa, ni que cerrara la puerta tras él. Bea ni
siquiera había tenido tiempo aún de levantarse del suelo. Al otro lado de la
puerta sonaron roces, golpes, gruñidos sordos, amortiguados, enfadados… pero no
hubo gritos. No hubo lamentos, ni súplicas.
Había que
saltar. Pero eran más de tres metros hasta el suelo de la acera, y en las
circunstancias en que se encontraban, una mala caída podía significar la muerte.
Toni miró alrededor con prisa. Pero fue Bea quien le señaló la solución: su
brazo extendido apuntaba hacia la terraza superior.
–¡La
cuerda, Toni!
El día
anterior, después de ponerse a salvo, ni siquiera se habían preocupado de
recuperar la cuerda por la que trepó hasta la terraza, y allí seguía, atada al
mástil de la antena, pero también al tronco del abeto. Toni subió
aceleradamente por la escalera de aluminio hasta la terraza, y agarró con una
mano la cuerda, acariciándola hasta el borde del edificio. Procurando no mirar
abajo para no llamar la atención de los pocos deambulantes que aún permanecían
rondando el árbol, sacó su cuchillo y cortó la cuerda. El trozo que recuperara
les serviría, pues, por fortuna, el mástil estaba bastante retirado del borde,
de modo que el cabo útil tendría la longitud suficiente para descolgarse hasta
la calle.
Entonces,
como a cámara lenta, contempló cómo el otro cabo de la cuerda recién cortada
caía casi a plomo, con tan mala suerte que en su camino hasta el tronco del
abeto golpeó en la cabeza a un deambulante, un sujeto con cara de cretino que
en vida no habría tenido mucho más cerebro del que ahora le tocaba. El pobre
tipo, que ni siquiera se había molestado en seguir a los demás hasta la entrada
corredera del edificio de los Testigos de Jehová, miró extrañado la cuerda, y
luego a ambos lados. Por suerte no se le ocurrió levantar la cabeza. Toni, por
si acaso, retrocedió rápidamente y desató el cabo del mástil de la antena. Bajó
de nuevo a la terraza inferior, y al pasar junto a la puerta sintió un
estremecimiento recordando a Perea. Al otro lado se escuchaban un sinfín de
roces y gemidos.
Bea
esperaba junto a la barandilla de barrotes, con la hija viva de los Perea en
estado de ausencia absoluta, desconectada del mundo. Entre los dos ataron la
cuerda a uno de los barrotes y lanzaron el cabo hacia abajo. Se quedaron
mirándose un instante, pensando lo mismo. No llegaba hasta el suelo… pero tendría
que servir.
–Baja
–Toni le susurraba a Bea–. Tienes las llaves del coche, ¿no?
La
enfermera asintió al tiempo que se descolgaba ya por la cuerda, agarrada con
ambas manos y tanteando con los pies la pared. Por suerte, justo debajo había
una ventana enrejada que le sirvió de apoyo. Aun así, sentía las manos arder
por la fricción de la piel con la cuerda de nylon al ejercer la gravedad su
efecto y tener que soportar la mayor parte del peso de su cuerpo mientras se
deslizaba la cuerda entre sus manos. Llegó al suelo en apenas cinco segundos.
Arriba, Toni se esforzaba en hacer comprender a Sara que debía agarrarse a la
cuerda con todas sus fuerzas. Ya había logrado pasarla al otro lado de la
barandilla, pero la niña no parecía dispuesta a colaborar. Se aferraba a los
barrotes con desesperación, mirando a Toni sin entender lo que le decía. El
chico, comprendiendo que no conseguiría hacerle entrar en razón, le ató la
cuerda por debajo de los brazos con un nudo corredizo que no se estrangulara al
recibir el peso del cuerpo.
Con
esfuerzo, consiguió por fin soltarla de los barrotes, y la empujó suavemente
para hacerle perder el equilibrio. Sin embargo, la niña, al sentirse sin apoyo,
se agarró a la cuerda con el pánico reflejado en su mirada, y se golpeó la
cabeza con la barandilla al iniciar el descenso. Un metro y medio antes de
llegar al suelo, la cuerda se acabó y el nudo se deshizo solo, y Bea, aunque
estaba prevenida, no pudo evitar caer bajo el peso de Sara. Mientras rodaban
por la acera, Toni pasó su cuerpo por encima de la barandilla. Agarrado a la
cuerda, de espaldas al edificio de apartamentos, ahora miraba de frente hacia
el interior del recinto. Un instante antes de empezar a descender, pudo ver a
los primeros muertos irrumpir en la terraza. Alguno había conseguido abrir la
puerta. Pero, ¿qué demonios había pasado? ¿Acaso Perea no había tenido tiempo
de cerrarla?
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