Día ochenta
y nueve. Las brumas se agolpaban de repente enfrente de él, impidiéndole ver
nada. Entonces, un viento helado sopló con fuerza, disipándolas, pero tampoco
lograba ver qué tenía delante. Se notaba blando, flojo, pesado. Apenas podía
mantenerse sobre las piernas. Estaba a punto de caerse… De nuevo volvió la
bruma, esta vez entre un amortiguado murmullo. Quizá el viento soplaba otra vez,
con más fuerza…
–¡Toni,
Toni… despierta, coño!
Abrió los ojos de golpe. Estaba en la cama, desmadejado y sudoroso, y Bea le tiraba del
brazo tratando de despertarle.
–¿Oyes? ¿Lo oyes? Escucha… –la joven estaba muy inquieta, pero intentaba aguzar el oído.
Entonces,
Toni se dio cuenta, en medio del estupor y el susto, de que una tenue luz de
amanecer comenzaba a entrar por los cristales. Y también oyó aquello sobre lo
que Bea le alertaba. Provenía del piso de abajo, y parecía una discusión en
toda regla. Se levantó y se asomó con precaución a la ventana. Los muertos
estaban muy activos, se movían temblorosos y agitaban los brazos, al menos en
ese lado de la calle. Los gritos les habían excitado.
–Ssssh…
–se puso un dedo en los labios indicando a Bea que no hablara, mientras salían
con sigilo al pasillo. Allí, en pijama, inmóvil y muy asustada, la hija de los
Perea, Sara, temblaba visiblemente sin atreverse a bajar pero tampoco a
regresar a su cuarto. Los dos jóvenes se asomaron a la barandilla. Los gritos
se oían ahora con claridad.
–¡…no,
mujer, no son muertos, son criaturas del infierno…!
–¡No te
atrevas a blasfemar…! Nuestro Señor nos prometió que Jesús vencería a la muerte,
y eso es lo que está ocurriendo, ¿no lo ves? ¡Oh, Señor Jehová…, Salmo 37, 29!
–No sabes
lo que dices, has perdido el juicio… ¡ésa no es tu hija, ya no! Solo es un
pobre cuerpo sin conocimiento de Dios… ¡Oh, mi pequeña!
Carmen
parecía en estado de trance, recitaba versículos de la Biblia de memoria en un
desesperado intento de encontrar justificación a sus anhelos más íntimos, a sus
deseos de creyente y a su desesperación de madre. Forcejeaba con Antonio, que
trataba de sujetarla, delante de la puerta acristalada del amplio vestíbulo que
daba al patio.
Al otro
lado, con la cara pegada al frío cristal y en actitud de creciente ansiedad, Esther
los miraba con sus ojos abismales, mientras afuera, en la calle, cientos de
deambulantes se agolpaban contra los barrotes de la puerta corredera. El tono
elevado de la discusión del matrimonio les había puesto en la pista de un
desenlace incierto pero prometedor: comida.
–«¡Los muertos resucitarán», dijo Juan 5,
28-29, y lo han hecho…! ¡Incrédulo! ¡Quiero a mi niña, la quiero…!
La mujer
estaba fuera de sí. Pese a su aspecto frágil, la fuerza que desarrollaba en
aquellos momentos de fanática inspiración hizo que se zafase de los brazos de
su marido. Agarró el picaporte de la sólida hoja de cristal y quitó el seguro.
La puerta se entreabrió… unas pequeñas y casi podridas manitas tantearon el
aire. Ante la mirada horrorizada de Antonio, Carmen cayó de rodillas con los
brazos extendidos, esperando el reencuentro con su hijita. En su estado, ni
siquiera percibió el intenso dolor que le provocaban los diminutos dientes que
se hincaban en su garganta, destrozando el músculo, los vasos, las arterias,
haciendo que la vida se le escapara agónicamente... Antonio quiso separarla del
pequeño monstruo que la mordía, pero Carmen cayó de lado, tirando la mesita
donde descansaban las llaves de las puertas de acceso al recinto y el mando
electrónico de apertura de la verja corredera. El peso de su cuerpo inerme cayó
como una losa sobre el mando, y después de un ligero chasquido metálico, la
puerta corredera comenzó a deslizarse.
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