Páginas

jueves, 24 de abril de 2014

Segunda parte. Cuatro. 1

Día ochenta y nueve. Las brumas se agolpaban de repente enfrente de él, impidiéndole ver nada. Entonces, un viento helado sopló con fuerza, disipándolas, pero tampoco lograba ver qué tenía delante. Se notaba blando, flojo, pesado. Apenas podía mantenerse sobre las piernas. Estaba a punto de caerse… De nuevo volvió la bruma, esta vez entre un amortiguado murmullo. Quizá el viento soplaba otra vez, con más fuerza…
–¡Toni, Toni… despierta, coño!
Abrió los ojos de golpe. Estaba en la cama, desmadejado y sudoroso, y Bea le tiraba del brazo tratando de despertarle.
–¿Oyes? ¿Lo oyes? Escucha… –la joven estaba muy inquieta, pero intentaba aguzar el oído.
Entonces, Toni se dio cuenta, en medio del estupor y el susto, de que una tenue luz de amanecer comenzaba a entrar por los cristales. Y también oyó aquello sobre lo que Bea le alertaba. Provenía del piso de abajo, y parecía una discusión en toda regla. Se levantó y se asomó con precaución a la ventana. Los muertos estaban muy activos, se movían temblorosos y agitaban los brazos, al menos en ese lado de la calle. Los gritos les habían excitado.
–Ssssh… –se puso un dedo en los labios indicando a Bea que no hablara, mientras salían con sigilo al pasillo. Allí, en pijama, inmóvil y muy asustada, la hija de los Perea, Sara, temblaba visiblemente sin atreverse a bajar pero tampoco a regresar a su cuarto. Los dos jóvenes se asomaron a la barandilla. Los gritos se oían ahora con claridad.
–¡…no, mujer, no son muertos, son criaturas del infierno…!
–¡No te atrevas a blasfemar…! Nuestro Señor nos prometió que Jesús vencería a la muerte, y eso es lo que está ocurriendo, ¿no lo ves? ¡Oh, Señor Jehová…, Salmo 37, 29!
–No sabes lo que dices, has perdido el juicio… ¡ésa no es tu hija, ya no! Solo es un pobre cuerpo sin conocimiento de Dios… ¡Oh, mi pequeña!
Carmen parecía en estado de trance, recitaba versículos de la Biblia de memoria en un desesperado intento de encontrar justificación a sus anhelos más íntimos, a sus deseos de creyente y a su desesperación de madre. Forcejeaba con Antonio, que trataba de sujetarla, delante de la puerta acristalada del amplio vestíbulo que daba al patio.
Al otro lado, con la cara pegada al frío cristal y en actitud de creciente ansiedad, Esther los miraba con sus ojos abismales, mientras afuera, en la calle, cientos de deambulantes se agolpaban contra los barrotes de la puerta corredera. El tono elevado de la discusión del matrimonio les había puesto en la pista de un desenlace incierto pero prometedor: comida.
–«¡Los muertos resucitarán», dijo Juan 5, 28-29, y lo han hecho…! ¡Incrédulo! ¡Quiero a mi niña, la quiero…!
La mujer estaba fuera de sí. Pese a su aspecto frágil, la fuerza que desarrollaba en aquellos momentos de fanática inspiración hizo que se zafase de los brazos de su marido. Agarró el picaporte de la sólida hoja de cristal y quitó el seguro. La puerta se entreabrió… unas pequeñas y casi podridas manitas tantearon el aire. Ante la mirada horrorizada de Antonio, Carmen cayó de rodillas con los brazos extendidos, esperando el reencuentro con su hijita. En su estado, ni siquiera percibió el intenso dolor que le provocaban los diminutos dientes que se hincaban en su garganta, destrozando el músculo, los vasos, las arterias, haciendo que la vida se le escapara agónicamente... Antonio quiso separarla del pequeño monstruo que la mordía, pero Carmen cayó de lado, tirando la mesita donde descansaban las llaves de las puertas de acceso al recinto y el mando electrónico de apertura de la verja corredera. El peso de su cuerpo inerme cayó como una losa sobre el mando, y después de un ligero chasquido metálico, la puerta corredera comenzó a deslizarse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario