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miércoles, 30 de abril de 2014

Segunda parte. Cinco. 1

Bea aún no comprendía por qué había salido de la ciudad. No lograba explicarse el motivo por el cual, una vez en la rotonda, había girado a la derecha, hacia las afueras, en vez de coger la Carretera de Rueda para acceder al centro de Valladolid. Ni se lo explicaba ella, ni tampoco Toni, que se le quedó mirando perplejo tan pronto se dio cuenta de que el vehículo giraba a la derecha para, nada más dejar atrás los últimos edificios que indicaban el límite urbano, incorporarse a la VA-30, la ronda exterior, en dirección oeste, en un suave pero prolongado descenso desde la rotonda de acceso.
–¿Adónde se supone que vas, tía? –el chico no podía disimular el enfado en el tono de su voz, pero tampoco lo intentaba. Bea no contestó; solo conducía no demasiado deprisa por la ronda, asombrosamente despejada de vehículos salvo por alguno que salpicaba el arcén muy espaciadamente… y otros que se encontraban en medio de la calzada, con las puertas abiertas, como invitando a un acogedor y confortable descanso, o a ponerse al volante para salir tan deprisa que ni siquiera el propio diablo tuviera ganas de ir tras él... ¡Quién sabía lo que habría allí dentro…! En medio de ambos jóvenes, hipando cadenciosamente, Sara miraba por encima del parabrisas, con los ojos clavados en un horizonte que no alcanzaba a comprender.
No encontraron el menor rastro de movimiento. El asfalto, invadido a trozos por la tierra y los restos vegetales que el viento había arrastrado, reflejaba la luz apagada del cielo encapotado que brillaba sobre la fina capa de agua que lo cubría, y que la lluvia suavemente, una y otra vez, se empeñaba en extender… Enseguida rebasaron el indicador azul que señalaba el desvío a la derecha, hacia el centro de la ciudad, a través del Camino Viejo de Simancas. Toni botó en el asiento.
–¡Bea, joder, no te saltes el desvío…!
Sara, entonces, pareció salir de su letargo, como si su cerebro se hubiera activado, de repente, al oír el taco pronunciado por Toni. Le recriminó suavemente, con su voz dulce y educada de preadolescente.
–No debes decir palabras blasfemas…
Toni, con los ojos empequeñecidos hasta parecer rendijas por las que se asomaba un fuego encendido, se la quedó mirando como si se tratara de un pez con dos cabezas. Tardó algunos segundos en buscar las palabras adecuadas para su respuesta, intentando no herir a Sara, pero, al final, soltó lo que él sabía que diría:
–¿Por qué no te comes los mocos un rato, niña?
La joven enfermera no hizo caso al exasperado chico, que se revolvía nerviosamente, moviendo la cabeza con rapidez de un lado a otro mientras veía que el coche rebasaba la salida de la ronda en su marcha sin rumbo aparente. Entonces, pareció salir de su ensimismamiento y miró a Toni de soslayo, sin apartar los ojos de la carretera.
–No creo que sea buena idea, Toni…
–¿El qué no crees que sea buena idea?
–Ir a Valladolid.
–Pero, ¿no era ese el plan, llegar hasta la Zona de Evacuación? ¿Entonces…?
De nuevo el silencio de la enfermera por toda respuesta, como un ritual no escrito pero perfectamente escenificado, en el que ambos jóvenes, muda la voz, se escrutaban con miradas asombradas, pausadas, por encima de la cabeza de la pequeña hija del desafortunado matrimonio Perea.
–No lo sé, no lo sé…, pero no tengo buenos presentimientos… ¿No viste la cantidad de ellos que había en mi barrio, y eso que está prácticamente a las afueras? Imagina cuántos de esos seres infestarán el centro de la ciudad… Quizá sea un suicidio intentar llegar hasta allí.
–Pero allí es donde está la ayuda... ¿Pretendes que nos quedemos a vivir en el coche haciendo turismo rural por ahí?
Habían rebasado también la siguiente salida, que a través de Arroyo conducía al centro de Valladolid. Bea no sabía qué hacer. Solo conducía de manera automática e inercial, sin tener claro ni adónde iban ni por qué. Le rondaba por la cabeza la nefasta idea de que Valladolid era un inmenso cementerio en el que los muertos caminaban por sus calles sin importarles si llovía o lucía el sol, si era noviembre o pleno verano… Entonces, se dio cuenta, o mejor dicho, recordó, que la ronda terminaba solo un poco más adelante. Ante ella, a un centenar de metros, la VA-30 se bifurcaba. Debía elegir el camino que iba a seguir, pues aunque ambos conectaban con la misma vía, la A-62, a la derecha seguía dirección norte, con varias salidas hacia Valladolid, mientras que si elegía el acceso de la izquierda, la autovía les llevaría hacia el sur y el oeste. Sin pensarlo, o quizá sí, condujo el vehículo por la salida de la izquierda, en un instintivo empeño en alejarse de la ciudad.
Toni se dio por vencido, aparentemente. Cruzó los brazos con enfado y apretó el cuerpo contra el respaldo del asiento. Bufaba cuando, sin ninguna consideración, espetó la pregunta a Bea.
–¿Ahora vamos a Madrid?
Apenas terminó la frase, vio cómo, de un coche semivolcado en el arcén, salía un deambulante, atraído por el ruido del todoterreno. Parecía que el oído lo tenían fino… Bea, en un instintivo gesto reflejo al intentar evitar atropellarlo, dio un volantazo brusco y pisó el freno, provocando que el coche hiciera un trompo. En su giro, golpeó al muerto, que cayó al suelo. Durante un instante, todo permaneció en silencio, y ni siquiera la persistente lluvia parecía producir el menor ruido al empapar el vehículo y la carretera... Los tres jóvenes contuvieron la respiración, envueltos en una sensación de espectral ilusión óptica, pues el vaho de su acelerada respiración comenzó a empañar los cristales del todoterreno... Entonces, un roce en el exterior del coche, un macabro gemido y una mano subiendo por el cristal de la ventanilla de Bea, les devolvieron al mundo real. El horrible rostro surgió de pronto al incorporarse el pesado cuerpo de lo que una vez fue un hombre robusto, obeso, vestido con un traje oscuro cubierto de sangre seca. Las dos chicas, presas del pánico, soltaron casi al unísono un ahogado grito.
Toni, que al principio se estuvo tan quieto como ellas, de repente, en un arranque de ira, abrió la puerta de su lado y saltó a la carretera jurando, mientras agarraba con las dos manos y toda la rabia que pudo el mango del hacha. Bea trató de sujetarle por el brazo, pero ya era tarde. El chico rodeó el todoterreno por la parte delantera mientras Bea pisaba el freno, pues el peso del vehículo hacía que empezara a deslizarse hacia abajo, ya que se encontraban en plena subida de la curva cerrada que conducía a la incorporaración a la autovía.
El muerto desvió la atención del interior del vehículo hacia Toni, que se aproximaba a él con tanta decisión como imprudencia. Ni siquiera había dirigido la mirada al coche del que había salido el deambulante. Y habría hecho bien en echar un vistazo, porque una segunda figura se incorporaba desde el asiento del copiloto. Toni clavó el hacha en medio de la cara del tipo corpulento, que cayó sin emitir un sonido, y la volvió a clavar una y otra vez, hasta que su mano chorreó la negra sangre que le salpicaba con cada golpe... Ciego por la rabia y el miedo, solo se detuvo al escuchar el estampido del disparo, que retumbó inmisericorde en sus oídos. Durante un instante, no oyó nada. Miró alrededor, sin tener todavía conciencia exacta de lo que había sucedido.
Solo cuando vio a Bea empuñando con su mano temblorosa la pistola, se dio cuenta de que la joven le acababa de salvar la vida, porque tras él, apenas a un par de metros, el cuerpo inerme de la mujer tendida boca arriba con un orificio en la frente le recordó lo cerca que había estado de que su imprudencia y ofuscación terminaran trágicamente.
Miró a la enfermera con una mezcla de alivio, ternura y dureza. La chica se había portado, pensó. Por fin había salido de su concha y se había atrevido a actuar para defenderse, para defenderlo a él, en este caso. Limpió la sangre del hacha y la que impregnaba su mano con las ropas del muerto y rodeó de nuevo el coche para acomodarse en el asiento del copiloto.
–Vamos. Esta salida es una ratonera.

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