Bea aún no
comprendía por qué había salido de la ciudad. No lograba explicarse el motivo
por el cual, una vez en la rotonda, había girado a la derecha, hacia las
afueras, en vez de coger la Carretera de Rueda para acceder al centro de
Valladolid. Ni se lo explicaba ella, ni tampoco Toni, que se le quedó mirando
perplejo tan pronto se dio cuenta de que el vehículo giraba a la derecha para,
nada más dejar atrás los últimos edificios que indicaban el límite urbano,
incorporarse a la VA-30, la ronda exterior, en dirección oeste, en un suave
pero prolongado descenso desde la rotonda de acceso.
–¿Adónde
se supone que vas, tía? –el chico no podía disimular el enfado en el tono de su
voz, pero tampoco lo intentaba. Bea no contestó; solo conducía no demasiado
deprisa por la ronda, asombrosamente despejada de vehículos salvo por alguno
que salpicaba el arcén muy espaciadamente… y otros que se encontraban en medio
de la calzada, con las puertas abiertas, como invitando a un acogedor y
confortable descanso, o a ponerse al volante para salir tan deprisa que ni
siquiera el propio diablo tuviera ganas de ir tras él... ¡Quién sabía lo que
habría allí dentro…! En medio de ambos jóvenes, hipando cadenciosamente, Sara
miraba por encima del parabrisas, con los ojos clavados en un horizonte que no
alcanzaba a comprender.
No encontraron
el menor rastro de movimiento. El asfalto, invadido a trozos por la tierra y
los restos vegetales que el viento había arrastrado, reflejaba la luz apagada
del cielo encapotado que brillaba sobre la fina capa de agua que lo cubría, y que
la lluvia suavemente, una y otra vez, se empeñaba en extender… Enseguida rebasaron
el indicador azul que señalaba el desvío a la derecha, hacia el centro de la ciudad, a través del Camino Viejo de Simancas. Toni botó en el asiento.
–¡Bea,
joder, no te saltes el desvío…!
Sara,
entonces, pareció salir de su letargo, como si su cerebro se hubiera activado,
de repente, al oír el taco pronunciado por Toni. Le recriminó suavemente, con
su voz dulce y educada de preadolescente.
–No debes
decir palabras blasfemas…
Toni, con los
ojos empequeñecidos hasta parecer rendijas por las que se asomaba un fuego encendido, se
la quedó mirando como si se tratara de un pez con dos cabezas. Tardó algunos
segundos en buscar las palabras adecuadas para su respuesta, intentando no
herir a Sara, pero, al final, soltó lo que él sabía que diría:
–¿Por qué
no te comes los mocos un rato, niña?
La joven
enfermera no hizo caso al exasperado chico, que se revolvía nerviosamente,
moviendo la cabeza con rapidez de un lado a otro mientras veía que el coche
rebasaba la salida de la ronda en su marcha sin rumbo aparente. Entonces,
pareció salir de su ensimismamiento y miró a Toni de soslayo, sin apartar los
ojos de la carretera.
–No creo
que sea buena idea, Toni…
–¿El qué
no crees que sea buena idea?
–Ir a
Valladolid.
–Pero, ¿no
era ese el plan, llegar hasta la Zona de Evacuación? ¿Entonces…?
De nuevo
el silencio de la enfermera por toda respuesta, como un ritual no escrito pero
perfectamente escenificado, en el que ambos jóvenes, muda la voz, se escrutaban con miradas asombradas, pausadas, por encima de la cabeza de la
pequeña hija del desafortunado matrimonio Perea.
–No lo sé,
no lo sé…, pero no tengo buenos presentimientos… ¿No viste la cantidad de ellos
que había en mi barrio, y eso que está prácticamente a las afueras? Imagina
cuántos de esos seres infestarán el centro de la ciudad… Quizá sea un suicidio
intentar llegar hasta allí.
–Pero allí
es donde está la ayuda... ¿Pretendes que nos quedemos a vivir en el coche
haciendo turismo rural por ahí?
Habían
rebasado también la siguiente salida, que a través de Arroyo conducía al centro
de Valladolid. Bea no sabía qué hacer. Solo conducía de manera automática e
inercial, sin tener claro ni adónde iban ni por qué. Le rondaba por la cabeza
la nefasta idea de que Valladolid era un inmenso cementerio en el que los
muertos caminaban por sus calles sin importarles si llovía o lucía el sol, si
era noviembre o pleno verano… Entonces, se dio cuenta, o mejor dicho, recordó,
que la ronda terminaba solo un poco más adelante. Ante ella, a un centenar de
metros, la VA-30 se bifurcaba. Debía elegir el camino que iba a seguir, pues
aunque ambos conectaban con la misma vía, la A-62, a la derecha seguía
dirección norte, con varias salidas hacia Valladolid, mientras que si elegía el
acceso de la izquierda, la autovía les llevaría hacia el sur y el oeste. Sin
pensarlo, o quizá sí, condujo el vehículo por la salida de la izquierda, en un
instintivo empeño en alejarse de la ciudad.
Toni se
dio por vencido, aparentemente. Cruzó los brazos con enfado y apretó el cuerpo
contra el respaldo del asiento. Bufaba cuando, sin ninguna consideración,
espetó la pregunta a Bea.
–¿Ahora
vamos a Madrid?
Apenas
terminó la frase, vio cómo, de un coche semivolcado en el arcén, salía un
deambulante, atraído por el ruido del todoterreno. Parecía que el oído lo
tenían fino… Bea, en un instintivo gesto reflejo al intentar evitar atropellarlo,
dio un volantazo brusco y pisó el freno, provocando que el coche hiciera un
trompo. En su giro, golpeó al muerto, que cayó al suelo. Durante un instante,
todo permaneció en silencio, y ni siquiera la persistente lluvia parecía
producir el menor ruido al empapar el vehículo y la carretera... Los tres jóvenes
contuvieron la respiración, envueltos en una sensación de espectral ilusión óptica,
pues el vaho de su acelerada respiración comenzó a empañar los cristales del
todoterreno... Entonces, un roce en el exterior del coche, un macabro gemido y
una mano subiendo por el cristal de la ventanilla de Bea, les devolvieron al mundo
real. El horrible rostro surgió de pronto al incorporarse el pesado cuerpo de
lo que una vez fue un hombre robusto, obeso, vestido con un traje oscuro cubierto
de sangre seca. Las dos chicas, presas del pánico, soltaron casi al unísono un
ahogado grito.
Toni, que
al principio se estuvo tan quieto como ellas, de repente, en un arranque de
ira, abrió la puerta de su lado y saltó a la carretera jurando, mientras
agarraba con las dos manos y toda la rabia que pudo el mango del hacha. Bea
trató de sujetarle por el brazo, pero ya era tarde. El chico rodeó el
todoterreno por la parte delantera mientras Bea pisaba el freno, pues el peso
del vehículo hacía que empezara a deslizarse hacia abajo, ya que se encontraban
en plena subida de la curva cerrada que conducía a la incorporaración a la
autovía.
El muerto
desvió la atención del interior del vehículo hacia Toni, que se aproximaba a él
con tanta decisión como imprudencia. Ni siquiera había dirigido la mirada al
coche del que había salido el deambulante. Y habría hecho bien en echar un
vistazo, porque una segunda figura se incorporaba desde el asiento del
copiloto. Toni clavó el hacha en medio de la cara del tipo corpulento, que cayó
sin emitir un sonido, y la volvió a clavar una y otra vez, hasta que su mano
chorreó la negra sangre que le salpicaba con cada golpe... Ciego por la rabia y
el miedo, solo se detuvo al escuchar el estampido del disparo, que retumbó
inmisericorde en sus oídos. Durante un instante, no oyó nada. Miró alrededor,
sin tener todavía conciencia exacta de lo que había sucedido.
Solo
cuando vio a Bea empuñando con su mano temblorosa la pistola, se dio cuenta de
que la joven le acababa de salvar la vida, porque tras él, apenas a un par de
metros, el cuerpo inerme de la mujer tendida boca arriba con un orificio en la
frente le recordó lo cerca que había estado de que su imprudencia y ofuscación
terminaran trágicamente.
Miró a la
enfermera con una mezcla de alivio, ternura y dureza. La chica se había
portado, pensó. Por fin había salido de su concha y se había atrevido a actuar
para defenderse, para defenderlo a él, en este caso. Limpió la sangre del hacha
y la que impregnaba su mano con las ropas del muerto y rodeó de nuevo el coche
para acomodarse en el asiento del copiloto.
–Vamos.
Esta salida es una ratonera.
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