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sábado, 29 de marzo de 2014

Segunda parte. Uno. 2

El todoterreno estaba de nuevo parado. Esta vez, en medio de la rotonda de entrada a la ciudad. Bea pensó que no parecía que hubiera pasado nada extraordinario Todo estaba en orden. Los coches aparcados a lo largo de las aceras, los árboles jalonando la carretera de Rueda, los bancos, las señales de tráfico… Todo tal y como lo recordaba, salvo por un pequeño detalle: el silencio. Había una ausencia total de movimiento en las calles. No circulaban coches, ni había gente en las aceras, ni funcionaban los semáforos…
Bea no sabía qué hacer. Dudaba. Una vez más. Si se adentraban en la ciudad, llegarían hasta la Zona de Evacuación, a salvo. Al menos así lo creía. Pero no podía estar completamente segura. Además, muy cerca de allí, apenas a una manzana, estaba su apartamento, en un edificio entero de apartamentos de alquiler. Quizá podrían acercarse a ver qué encontraban... Era todo tan extraño…
–¿No estarás esperando a que se ponga verde, eh?
La voz de Toni la sacó de su ensimismamiento. Debía decidirse. El chico escudriñaba atentamente el panorama. Hasta el momento nada le había llamado especialmente la atención: calles, coches, edificios, lo mismo que en cualquier ciudad del país… solo que sin gente, ni viva ni muerta, de momento. Pero no había que descuidarse. Solamente le llamó la atención el enorme complejo que aparecía a la derecha de la rotonda, un gran espacio ajardinado rodeado por un muro de granito rosa de algo más de un metro de altura; al otro lado de las sólidas verjas de hierro que se erigían sobre el muro, ancladas entre gruesos pilares cada varios metros, algunos edificios se dibujaban a lo lejos, entre los árboles, pero no había ni rastro de actividad..
–No sé qué hacer. ¿Te importaría que paremos un momento en mi apartamento?
–¿Tu apartamento? Creía que la zona segura estaba en el centro de Valladolid…
–No, es mi apartamento de antes de que empezara todo, donde vivía con una compañera. Está aquí al lado…
Toni se encogió de hombros. Tanto daba llegar media hora antes que después, con tal de que no se les echara la noche encima. Y cada vez faltaba menos.
Bea avanzó con el coche por la rotonda y tomó la salida de Miguel Delibes. Giró en el siguiente cruce a la izquierda. Estaba prohibido, pero no creyó que fueran a multarla ese día… Al llegar a la esquina se abría la amplísima plaza de Torrente Ballester, donde estaba el edificio de su apartamento. Detuvo el todoterreno antes de llegar a la plaza. A la derecha, al fondo de un estacionamiento resguardado, se alzaba el lateral del edificio de cuatro alturas con tejado de pizarra negra, sobre cuyo alero, en grandes letras verdes, podía leerse el letrero Aragón.
–Es aquí.
Bajaron del coche. El aire fresco les lamió el rostro con breves ráfagas. Bloquearon las puertas y comenzaron a caminar. Toni llevaba el fusil y la pistola, más por la sensación de confianza que le producía que por la seguridad efectiva que pudiera proporcionarles, porque aún no habían tenido ocasión de practicar con las armas... Sabía que, en caso de necesidad, lo primero de lo que echaría mano sería del bate o del hacha, con los que estaba mucho más familiarizado.
El parquecillo que se extendía ante el edificio estaba completamente descuidado, y la maleza invadía bancos y pérgolas de piedra. Cuando llegaron ante la puerta, Bea se detuvo en seco. Estaba abierta y, además, diminutos pedazos del cristal salpicaban tanto la acera como el vestíbulo. Con precaución, dio un paso hacia el interior. Allí estaban el mostrador y el sillón donde se sentaba el conserje, Basilio. Salvo el cristal roto, todo parecía en orden. A la derecha, cuatro escalones daban paso al espacio de los ascensores y al arranque de las escaleras.
–¿Dónde? –preguntó Toni en un susurro.
–En el tercero…
–Joder…
Empezaron a subir, despacio, parándose a escuchar en cada rellano. En la primera planta creyeron oír un roce, como el que producen unas uñas arañando madera..., como el que Bea se vio obligada a escuchar durante días en su chalé… A la enfermera se le erizó el vello de la nuca y un escalofrío de terror recorrió su cuerpo. De pronto, al subir el tramo de escaleras que arrancaba en el segundo piso, lo vieron. Era grande, de aspecto sólido. Un hombre de mediana edad, sentado en el suelo, con la barbilla hundida en el pecho y recostado contra la pared del descansillo. La claridad cenital del tragaluz de la escalera lo iluminaba difusamente.
–¿Basilio? –la voz de Bea apenas fue un susurro. El tipo, que parecía dormido, levantó entonces la cabeza, y los dos jóvenes pudieron ver la horrible herida que tenía en la cara, de donde prácticamente había desaparecido la nariz y parte de la boca, que mostraba una doble fila de amenazadores dientes entre negruzcos y amarillentos. Lo habían despertado.

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