El
todoterreno estaba de nuevo parado. Esta vez, en medio de la rotonda de entrada
a la ciudad. Bea pensó que no parecía que hubiera pasado nada extraordinario
Todo estaba en orden. Los coches aparcados a lo largo de las aceras, los
árboles jalonando la carretera de Rueda, los bancos, las señales de tráfico…
Todo tal y como lo recordaba, salvo por un pequeño detalle: el silencio. Había
una ausencia total de movimiento en las calles. No circulaban coches, ni había
gente en las aceras, ni funcionaban los semáforos…
Bea no
sabía qué hacer. Dudaba. Una vez más. Si se adentraban en la ciudad, llegarían
hasta la Zona de Evacuación, a salvo. Al menos así lo creía. Pero no podía
estar completamente segura. Además, muy cerca de allí, apenas a una manzana,
estaba su apartamento, en un edificio entero de apartamentos de alquiler. Quizá
podrían acercarse a ver qué encontraban... Era todo tan extraño…
–¿No
estarás esperando a que se ponga verde, eh?
La voz de
Toni la sacó de su ensimismamiento. Debía decidirse. El chico escudriñaba
atentamente el panorama. Hasta el momento nada le había llamado especialmente
la atención: calles, coches, edificios, lo mismo que en cualquier ciudad del
país… solo que sin gente, ni viva ni muerta, de momento. Pero no había que
descuidarse. Solamente le llamó la atención el enorme complejo que aparecía a
la derecha de la rotonda, un gran espacio ajardinado rodeado por un muro de granito
rosa de algo más de un metro de altura; al otro lado de las sólidas verjas de
hierro que se erigían sobre el muro, ancladas entre gruesos pilares cada varios
metros, algunos edificios se dibujaban a lo lejos, entre los árboles, pero no
había ni rastro de actividad..
–No sé qué hacer. ¿Te importaría que paremos un momento en mi apartamento?
–¿Tu
apartamento? Creía que la zona segura estaba en el centro de Valladolid…
–No, es mi
apartamento de antes de que empezara todo, donde vivía con una compañera. Está
aquí al lado…
Toni se
encogió de hombros. Tanto daba llegar media hora antes que después, con tal de
que no se les echara la noche encima. Y cada vez faltaba menos.
Bea avanzó
con el coche por la rotonda y tomó la salida de Miguel Delibes. Giró en el
siguiente cruce a la izquierda. Estaba prohibido, pero no creyó que fueran a
multarla ese día… Al llegar a la esquina se abría la amplísima plaza de
Torrente Ballester, donde estaba el edificio de su apartamento. Detuvo el todoterreno
antes de llegar a la plaza. A la derecha, al fondo de un estacionamiento resguardado,
se alzaba el lateral del edificio de cuatro alturas con tejado de pizarra
negra, sobre cuyo alero, en grandes letras verdes, podía leerse el letrero Aragón.
–Es aquí.
Bajaron
del coche. El aire fresco les lamió el rostro con breves ráfagas. Bloquearon
las puertas y comenzaron a caminar. Toni llevaba el fusil y la pistola, más por
la sensación de confianza que le producía que por la seguridad efectiva que pudiera
proporcionarles, porque aún no habían tenido ocasión de practicar con las
armas... Sabía que, en caso de necesidad, lo primero de lo que echaría mano sería
del bate o del hacha, con los que estaba mucho más familiarizado.
El
parquecillo que se extendía ante el edificio estaba completamente descuidado, y
la maleza invadía bancos y pérgolas de piedra. Cuando llegaron ante la puerta,
Bea se detuvo en seco. Estaba abierta y, además, diminutos pedazos del cristal
salpicaban tanto la acera como el vestíbulo. Con precaución, dio un paso hacia
el interior. Allí estaban el mostrador y el sillón donde se sentaba el
conserje, Basilio. Salvo el cristal roto, todo parecía en orden. A la derecha,
cuatro escalones daban paso al espacio de los ascensores y al arranque de las escaleras.
–¿Dónde?
–preguntó Toni en un susurro.
–En el
tercero…
–Joder…
Empezaron
a subir, despacio, parándose a escuchar en cada rellano. En la primera planta
creyeron oír un roce, como el que producen unas uñas arañando madera..., como
el que Bea se vio obligada a escuchar durante días en su chalé… A la enfermera se
le erizó el vello de la nuca y un escalofrío de terror recorrió su cuerpo. De
pronto, al subir el tramo de escaleras que arrancaba en el segundo piso, lo vieron.
Era grande, de aspecto sólido. Un hombre de mediana edad, sentado en el suelo, con
la barbilla hundida en el pecho y recostado contra la pared del descansillo. La
claridad cenital del tragaluz de la escalera lo iluminaba difusamente.
–¿Basilio?
–la voz de Bea apenas fue un susurro. El tipo, que parecía dormido, levantó
entonces la cabeza, y los dos jóvenes pudieron ver la horrible herida que tenía
en la cara, de donde prácticamente había desaparecido la nariz y parte de la
boca, que mostraba una doble fila de amenazadores dientes entre negruzcos y
amarillentos. Lo habían despertado.
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