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miércoles, 26 de marzo de 2014

Segunda parte. Uno. 1

–¿Por qué paras? Los tenemos oliendo el tubo de escape…
Toni miraba hacia atrás, inquieto, sintiendo que un conato de ansiedad se abría paso en su estómago tras los quince últimos e intensos minutos. Bea le miró con ternura, pero había rastros de amargura en su voz cuando le contestó.
–Creí que teníamos un plan. Pero ahora, sinceramente, no lo sé… ¿Adónde quieres ir?
El todoterreno brillaba al sol en el cruce donde Bea se había detenido. El ruido del motor al ralentí, unido a los antiguos restos de memoria que anidaban en los deshechos cerebros de los deambulantes, les impulsaba a continuar caminando tras el vehículo, sin importarles la velocidad, ni la distancia, ni otra cosa que la comida… ¿Acaso la muerte tuvo alguna vez prisa?
Varias docenas de muertos perseguían, incansables, al todoterreno durante todo el recorrido que iba desde el estacionamiento frente al chalé de Bea hasta el lugar en que se encontraban, adonde no tardarían en llegar. El vehículo se había dirigido muy despacio, en segunda, hacia la salida del Coto. Algunos deambulantes, los más torpes o debilitados, en su afán por asirse al coche, habían caído bajo sus enormes ruedas, y habían muerto por segunda vez con las cabezas aplastadas, manchando los neumáticos de una mezcla asquerosa de sangre y sesos. Pero el resto, quizá más de un centenar, seguía la marcha del coche como una espeluznante comitiva fúnebre.
–¿Que adónde quiero ir? Y yo qué sé, tía…, Bea. Tú eres la jefa. Tú conoces esto, es tu casa. ¿Cómo quieres que te diga adónde ir? –reflexionó un instante, mientras anotaba mentalmente cada paso que la avanzada de los deambulantes daba. En un par de minutos volverían a rodear el coche, si no salían antes zumbando–. Pensaba que a Valladolid, ¿no?
Bea miró por el retrovisor. Después al frente. Al otro lado de la carretera estaba el pueblo, el núcleo principal de Viana. Dudó. A su derecha la carretera conducía hasta la N-601, que entraba en Valladolid por el sur cruzando Boecillo y Laguna de Duero. A la izquierda la CL-600 llegaba hasta Puente Duero, donde enlazaba con la CL-610, que también iba a Valladolid, y entraba en la ciudad al oeste de la N-601, por Covaresa. Miró de nuevo por el espejo retrovisor. Sus reflexiones acerca del mapa de carreteras de la provincia le habían llevado casi dos minutos. Los muertos prácticamente rozaban con sus afilados brazos la rueda de repuesto del todoterreno, enganchada al portón trasero. Desembragó y salió disparada hacia delante para, acto seguido, haciendo un amago de trompo, girar rápidamente a la izquierda. Por Puente Duero, pues.
Toni la miró sin decir nada. Pensó que la chica sabía lo que hacía. Y esperó que supiera dominar la mole de dos toneladas sobre la que estaban cabalgando, porque era, en esos momentos, lo único que les podía mantener a este lado de la fina línea donde empezaba el más allá.
* * *
Bea no era una experta conductora. Ni siquiera conducía de manera habitual, porque, durante la semana laboral, compartía un apartamento con otra compañera de trabajo, y solía coger el autobús. El coche lo usaba, sobre todo, para ir al Coto a ver a sus padres los días de descanso. Si había decidido regresar a Valladolid por la carretera de Puente Duero era porque ese recorrido es el que hacía normalmente y que mejor conocía, y por donde había ido con Jon al Coto hacía una semana ya. Lo que no entendía es por qué se había detenido en el cruce y había dudado, de repente, por cuál carretera volver.
No fue difícil dejar atrás Viana, sobre todo después de pasar la vía del ferrocarril y salir del casco urbano. Los deambulantes que se encontraban por el camino no podían seguir el ritmo cada vez más rápido del vehículo, que Bea conducía con precaución mientras se familiarizaba con los pedales y la dirección. Hasta ese momento no había conducido más que coches pequeños… La carretera estaba desierta. Solo de tarde en tarde se encontraban algún coche medio volcado en la cuneta, o estorbando en la calzada. Entonces, Bea tenía que disminuir la velocidad para esquivarlo. Por supuesto, no pararon en ningún momento. No querían más sorpresas que las imprescindibles…
Llegaron a Puente Duero en apenas diez minutos, sin ir a demasiada velocidad. En realidad, desde el chalé de Bea hasta la entrada de Valladolid apenas había una docena de kilómetros, de modo que no sería un viaje largo, salvo imprevistos. Por suerte no tenían que cruzar el pueblo, ya que la carretera lo bordeaba por el este. Sabían ya, a esas alturas, que la principal amenaza iban a encontrarla en los lugares habitados… antes por personas y ahora por deambulantes. Por eso, mientras el viaje discurriera a través del campo, podían estar más despreocupados. O no…
El frenazo hizo que un fuerte olor a goma quemada invadiera el interior del todoterreno. Bea se sujetaba al volante con los nudillos blancos, mirando fijamente hacia delante, lo mismo que Toni. Ninguno había reparado en las figuras que cruzaban la carretera hasta que estuvieron casi encima de ellas.
Desde poco más de veinte metros, media docena de militares les observaban impasibles. De pronto, como si hubieran recibido una orden, todos al mismo tiempo comenzaron a caminar en su dirección. Más de cerca, era fácilmente visible su lamentable estado físico, y el de sus uniformes de camuflaje, que presentaban un indefinido color debido a la sangre seca que se mezclaba con otros fluidos de más dudoso origen. A uno de ellos le faltaba completamente el antebrazo izquierdo, y otro portaba todavía su HK reglamentario aunque enganchado al correaje del cinturón, por lo que lo arrastraba insensiblemente y tropezaba con él a cada paso.
–¿Qué hago? –Bea estaba empezando a ponerse nerviosa.
–Tranquila, actúa como en El Coto. Avanza suavemente hasta que los dejemos atrás…
Toni se aseguró de que el bloqueo de las puertas estaba activado. Inició el movimiento instintivo de sacar el hacha del cinto, pero se dio cuenta de que no le hacía ninguna falta, a menos que quisiera salir a tener unas palabras con aquellos tipos…
El coche comenzó a rodar al encuentro de los soldados. Golpeó a dos con el parachoques. Cayeron al suelo y las ruedas pasaron por encima de ambos. Los demás solo pudieron rozar con sus fríos miembros la carrocería. Toni se volvió en el asiento. Venían tras ellos… Al pasar una señal de prohibición de velocidad a setenta antes del cruce, se dio cuenta de que el largo muro blanco que discurría a la derecha de la carretera pertenecía a un acuartelamiento, en cuya entrada ondeaba la bandera española ya deslucida por las inclemencias atmosféricas… Una idea se abrió paso en su cabeza.
–Quizá deberíamos haber parado a coger sus fusiles…
–Ya tenemos demasiadas armas –Bea lanzó de refilón una mirada dura a Toni. El tono de su voz no parecía admitir contestación alguna.
En silencio, siguieron avanzando por la CL-610. Enseguida dejaron atrás el cruce del Pinar, un barrio del extrarradio de Valladolid. Al poco, otro acuartelamiento, a la izquierda; otra bandera ajada al viento… Después un gran edificio vallado y ajardinado: «Colegio Ave María», leyó Toni en el cartel.
–Ya estamos llegando… –dijo Bea en un susurro. El sol estaba alto, y afuera hacía fresco. Nueve grados, marcaba el termómetro exterior del coche.
Una curva, una cuesta descendente, otra curva, un edificio que había sido un hotel, en cuyo aparcamiento un grupo de deambulantes se desperezaron de su aparente letargo al oír el ruido del vehículo… Demasiado tarde, la comida ya se fue…
Por fin, al fondo, sobre la línea del horizonte, los primeros edificios de Covaresa. Habían llegado a Valladolid.

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