–¡Toni,
Dios mío, Toni! –la joven salió corriendo de la casa y se abrazó al chaval
impulsivamente. Aunque se había quedado pegada a la ventana desde que regresara
de su escaramuza con el deambulante junto al Clío, Toni había llegado justo
cuando ella estaba en el baño, desde donde había podido oír el ruido del coche.
Cuando quiso salir, el de Malasaña ya había saltado el muro, y caminaba hacia
el chalé.
Toni la
dejó hacer, hasta que finalmente optó por darle unas palmaditas en la espalda
para tranquilizarla. De pronto, tuvo la sensación de que era un hombre con un
buen empleo, quizá viajante, al que su esposa recibía cariñosamente después de
varios días de viaje. Y le pareció que los gemidos de los deambulante en la
calle no eran otra cosa que los gritos alegres de sus hijos que jugaban con los
vecinos, alborotando en la cálida tarde de verano. Después de una ducha, ambos,
él y su esposa, se acercarían al club a tomar una copa mientras veían a los
niños chapotear en la piscina para pequeños.
Pero no
era verano, ni los que gemían afuera eran sus hijos, ni estaba casado. Ni siquiera
tenía un trabajo, salvo el de sobrevivir. Y, sobre todo, y era lo que más le
cabreaba en esos momentos, después de todo lo demás, el puto club estaba
cerrado.
–Vamos
adentro, señorita. Creo que tenemos demasiados admiradores aquí fuera…
El fuerte
abrazo de Bea había hecho que Toni se sintiera repentinamente mayor, más
sólido, más seguro. Nunca, en toda su vida, había tenido que cuidar de nadie
que no fuera él mismo, y eso le había dado libertad de movimientos desde que
tuvo uso de razón, pero también le había privado de otro tipo de sentimientos,
le había impedido conocer el sentido de la responsabilidad, ya que en su mundo
cotidiano esa palabra no existía. Por eso precisamente,
después de varias familias fallidas y demasiados colegas fáciles, había
terminado en el centro de menores, bonitas palabras para disfrazar lo que
realmente era: un reformatorio, antesala de la prisión si algún milagro no lo
evitaba. Ese era el destino de quienes, como él, rehusaban adaptarse a las
normas. Pero el milagro sucedió… en
forma de fin del mundo…
Y ahora,
de golpe, o quizá no tanto, y a lo mejor debido a la acumulación de la
experiencia adquirida en los últimos meses, Toni se sintió adulto, y al mirar a
Bea supo que no podría dejarla abandonada nunca. Aunque no sabría explicarlo
con palabras a nadie, sentía que un vínculo de solidaridad le mantenía
indisolublemente unido a la enfermera, a pesar de todas las diferencias, no
solo de edad, que podían existir entre ambos. Y a pesar de que, desde que se
desató el infierno, había ido por libre, sin preocuparse de los demás a su
alrededor más que lo justo para seguir sobreviviendo. Eso era, precisamente, lo
que le había empujado a regresar a la casa, incluso sabiendo que quizá ella ya
no estaría allí. Eso fue lo que le impidió huir en el todoterreno. Después de
todo, esa chica le caía bien; por algo la había sacado de debajo de un montón
de cadáveres podridos…
* * *
Cuando
ambos jóvenes hubieron terminado de contarse cómo les había ido el día, se
quedaron un buen rato en silencio, sentados en el sofá, con las manos en el
regazo y mirando al suelo sin verlo realmente… Bea no se había atrevido al
principio a hablar sobre el incidente junto al coche, pero no le quedó más
remedio cuando Toni se dio cuenta de que el hacha que había dejado junto a la
puerta estaba manchada de sangre.
La madre
de Bea arañaba incansable la madera…Toni pareció despertar de su abstracción.
Miró a la enfermera y señaló con la cabeza en dirección al sofá que tenían
enfrente, bloqueando la trampilla de la bodega.
–¿Piensas
dejarla ahí?
Bea se
sobresaltó al escucharle. Pareció no entender la pregunta. Por un instante dio
la impresión, con la boca abierta, de que iba a contestar. Pero apretó las
mandíbulas, arrugó el ceño y continuó con su momento de concentración. El chico
se encogió de hombros, desistiendo.
–¿Te
imaginas cómo habría sido tu vida si nada de esto hubiera pasado? –Toni volvía
a la carga–. Esta mañana, mientras pensaba que aquel tipo me iba a liquidar allí
mismo, me di cuenta de que en todos estos meses nunca me he parado a echar
cuentas. Quiero decir que, desde el principio, asumí que era lo que había, y
que para qué darle más vueltas. Total, a nadie le importaba una mierda…, y eso
ya desde antes de que todo se fuera a la mierda.
–No te
entiendo… –Bea salió por fin del trance, prestando atención al chico.
–Quiero
decir…, no sé, que hemos admitido toda esta mierda como si nada, como si fuera
lo más normal del mundo… ¡Uf, hay que ver, la gente se muere a millones, se
vuelven a levantar queriendo comerse al vecino y seguimos como si tal cosa! De
locos…
–No creo
que sigamos como si tal cosa, Toni. Todos hemos perdido con esto. Los que
murieron…, míralos, mira a mi propia madre… Son como animales rabiosos, han perdido toda lucidez… Y los que hemos sobrevivido, ¡qué sé
yo! Ahora dudo de que hayamos tenido mejor suerte que ellos. Pero no creo que
estemos viviendo indiferentes a todo. Solo que hay que seguir viviendo, como
sea, al precio que sea, sin importar lo demás… La prueba somos nosotros mismos,
¿no crees?
Toni miró
a la joven. Los ojos de Bea chispeaban. Resultaba evidente que estaba
emocionada. Casi a punto de llorar. Él mismo lo haría, lo habría hecho en más
de una ocasión, de no ser porque, en el fondo, sabía que no servía de nada.
Para desahogarse solo tenía que salir a la calle y empezar a repartir palos.
–No sé… Al
final, supongo que todo es lo mismo, que nada importa, que da igual… ¿Sabes?,
hagas lo que hagas, seguro que lo harás mal, seguro que la cagas. Solo es
cuestión de tiempo… Hoy mismo, ¿qué he conseguido? –le mostró las manos
abiertas a Bea–. Nada. Absolutamente nada. Si acaso que casi me maten, primero
un deambulante y luego el cabrón aquel, que incluso era peor… Pero no he podido
hacer lo que quería. No hemos avanzado una mierda. Seguimos aquí metidos, rodeados de gilipollas de esos… Lo único que he hecho en
todo el día ha sido marearlos, llevármelos de aquí para allá y luego de vuelta
a casa… ¡Hay que joderse!
–No tienes
por qué maltratarte así, Toni. Podría haber sido mucho peor. Yo tampoco me he
lucido, precisamente. He dejado que el coche se parara, y lo de ese pobre
hombre…
–Hiciste
lo que debías, Bea. ¿Crees que habrías podido discutir con el tipo ese lo del
mordisco? Con ésos no te valdrán razones, ni algodón y alcohol. Yo no me separaría
demasiado del hacha, es una buena compañera… Y en cuanto al coche, en fin,
déjalo, no tienes la culpa. Además, tenemos otro mejor, con el depósito lleno y
varios bidones más de gasóleo en el maletero, ¿te parece poco?
–No, no,
Toni, lo que quiero decir es que no sé si podré acostumbrarme a todo esto.
Antes dijiste que hacemos lo que hacemos con la mayor naturalidad, y parece que
es así, pero no sé si conseguiré hacerlo mucho tiempo, aunque sea necesario… Te
juro que no lo sé, te lo juro…
Toni tomó
entre sus manos las de Bea. La mujer temblaba. Le miró fijamente a los ojos,
unos bellos ojos verdes, grandes pero ahora tristes. Apretó suavemente.
–No te
preocupes, yo lo haré por ti. Tú solo mantente viva.