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martes, 4 de marzo de 2014

Primera parte. Siete. 4

–¡Toni, Dios mío, Toni! –la joven salió corriendo de la casa y se abrazó al chaval impulsivamente. Aunque se había quedado pegada a la ventana desde que regresara de su escaramuza con el deambulante junto al Clío, Toni había llegado justo cuando ella estaba en el baño, desde donde había podido oír el ruido del coche. Cuando quiso salir, el de Malasaña ya había saltado el muro, y caminaba hacia el chalé.
Toni la dejó hacer, hasta que finalmente optó por darle unas palmaditas en la espalda para tranquilizarla. De pronto, tuvo la sensación de que era un hombre con un buen empleo, quizá viajante, al que su esposa recibía cariñosamente después de varios días de viaje. Y le pareció que los gemidos de los deambulante en la calle no eran otra cosa que los gritos alegres de sus hijos que jugaban con los vecinos, alborotando en la cálida tarde de verano. Después de una ducha, ambos, él y su esposa, se acercarían al club a tomar una copa mientras veían a los niños chapotear en la piscina para pequeños.
Pero no era verano, ni los que gemían afuera eran sus hijos, ni estaba casado. Ni siquiera tenía un trabajo, salvo el de sobrevivir. Y, sobre todo, y era lo que más le cabreaba en esos momentos, después de todo lo demás, el puto club estaba cerrado.
–Vamos adentro, señorita. Creo que tenemos demasiados admiradores aquí fuera…
El fuerte abrazo de Bea había hecho que Toni se sintiera repentinamente mayor, más sólido, más seguro. Nunca, en toda su vida, había tenido que cuidar de nadie que no fuera él mismo, y eso le había dado libertad de movimientos desde que tuvo uso de razón, pero también le había privado de otro tipo de sentimientos, le había impedido conocer el sentido de la responsabilidad, ya que en su mundo cotidiano esa palabra no existía. Por eso precisamente, después de varias familias fallidas y demasiados colegas fáciles, había terminado en el centro de menores, bonitas palabras para disfrazar lo que realmente era: un reformatorio, antesala de la prisión si algún milagro no lo evitaba. Ese era el destino de quienes, como él, rehusaban adaptarse a las normas. Pero el milagro sucedió… en forma de fin del mundo…
Y ahora, de golpe, o quizá no tanto, y a lo mejor debido a la acumulación de la experiencia adquirida en los últimos meses, Toni se sintió adulto, y al mirar a Bea supo que no podría dejarla abandonada nunca. Aunque no sabría explicarlo con palabras a nadie, sentía que un vínculo de solidaridad le mantenía indisolublemente unido a la enfermera, a pesar de todas las diferencias, no solo de edad, que podían existir entre ambos. Y a pesar de que, desde que se desató el infierno, había ido por libre, sin preocuparse de los demás a su alrededor más que lo justo para seguir sobreviviendo. Eso era, precisamente, lo que le había empujado a regresar a la casa, incluso sabiendo que quizá ella ya no estaría allí. Eso fue lo que le impidió huir en el todoterreno. Después de todo, esa chica le caía bien; por algo la había sacado de debajo de un montón de cadáveres podridos…
* * *
Cuando ambos jóvenes hubieron terminado de contarse cómo les había ido el día, se quedaron un buen rato en silencio, sentados en el sofá, con las manos en el regazo y mirando al suelo sin verlo realmente… Bea no se había atrevido al principio a hablar sobre el incidente junto al coche, pero no le quedó más remedio cuando Toni se dio cuenta de que el hacha que había dejado junto a la puerta estaba manchada de sangre.
La madre de Bea arañaba incansable la madera…Toni pareció despertar de su abstracción. Miró a la enfermera y señaló con la cabeza en dirección al sofá que tenían enfrente, bloqueando la trampilla de la bodega.
–¿Piensas dejarla ahí?
Bea se sobresaltó al escucharle. Pareció no entender la pregunta. Por un instante dio la impresión, con la boca abierta, de que iba a contestar. Pero apretó las mandíbulas, arrugó el ceño y continuó con su momento de concentración. El chico se encogió de hombros, desistiendo.
–¿Te imaginas cómo habría sido tu vida si nada de esto hubiera pasado? –Toni volvía a la carga–. Esta mañana, mientras pensaba que aquel tipo me iba a liquidar allí mismo, me di cuenta de que en todos estos meses nunca me he parado a echar cuentas. Quiero decir que, desde el principio, asumí que era lo que había, y que para qué darle más vueltas. Total, a nadie le importaba una mierda…, y eso ya desde antes de que todo se fuera a la mierda.
–No te entiendo… –Bea salió por fin del trance, prestando atención al chico.
–Quiero decir…, no sé, que hemos admitido toda esta mierda como si nada, como si fuera lo más normal del mundo… ¡Uf, hay que ver, la gente se muere a millones, se vuelven a levantar queriendo comerse al vecino y seguimos como si tal cosa! De locos…
–No creo que sigamos como si tal cosa, Toni. Todos hemos perdido con esto. Los que murieron…, míralos, mira a mi propia madre… Son como animales rabiosos, han perdido toda lucidez… Y los que hemos sobrevivido, ¡qué sé yo! Ahora dudo de que hayamos tenido mejor suerte que ellos. Pero no creo que estemos viviendo indiferentes a todo. Solo que hay que seguir viviendo, como sea, al precio que sea, sin importar lo demás… La prueba somos nosotros mismos, ¿no crees?
Toni miró a la joven. Los ojos de Bea chispeaban. Resultaba evidente que estaba emocionada. Casi a punto de llorar. Él mismo lo haría, lo habría hecho en más de una ocasión, de no ser porque, en el fondo, sabía que no servía de nada. Para desahogarse solo tenía que salir a la calle y empezar a repartir palos.
–No sé… Al final, supongo que todo es lo mismo, que nada importa, que da igual… ¿Sabes?, hagas lo que hagas, seguro que lo harás mal, seguro que la cagas. Solo es cuestión de tiempo… Hoy mismo, ¿qué he conseguido? –le mostró las manos abiertas a Bea–. Nada. Absolutamente nada. Si acaso que casi me maten, primero un deambulante y luego el cabrón aquel, que incluso era peor… Pero no he podido hacer lo que quería. No hemos avanzado una mierda. Seguimos aquí metidos, rodeados de gilipollas de esos… Lo único que he hecho en todo el día ha sido marearlos, llevármelos de aquí para allá y luego de vuelta a casa… ¡Hay que joderse!
–No tienes por qué maltratarte así, Toni. Podría haber sido mucho peor. Yo tampoco me he lucido, precisamente. He dejado que el coche se parara, y lo de ese pobre hombre…
–Hiciste lo que debías, Bea. ¿Crees que habrías podido discutir con el tipo ese lo del mordisco? Con ésos no te valdrán razones, ni algodón y alcohol. Yo no me separaría demasiado del hacha, es una buena compañera… Y en cuanto al coche, en fin, déjalo, no tienes la culpa. Además, tenemos otro mejor, con el depósito lleno y varios bidones más de gasóleo en el maletero, ¿te parece poco?
–No, no, Toni, lo que quiero decir es que no sé si podré acostumbrarme a todo esto. Antes dijiste que hacemos lo que hacemos con la mayor naturalidad, y parece que es así, pero no sé si conseguiré hacerlo mucho tiempo, aunque sea necesario… Te juro que no lo sé, te lo juro…
Toni tomó entre sus manos las de Bea. La mujer temblaba. Le miró fijamente a los ojos, unos bellos ojos verdes, grandes pero ahora tristes. Apretó suavemente.
–No te preocupes, yo lo haré por ti. Tú solo mantente viva.