El
todoterreno avanzaba despacio por la calle. Toni estaba en tensión, muy atento
a cuanto le rodeaba. Podía abarcar con la vista el amplio espacio que había
entre el club social y el chalé de Bea. Allí seguía el autocar empotrado en el
muro del vecino. Y el otro bus, o sus restos calcinados, en el aparcamiento. No
había deambulantes, a excepción de los que venían tras él.
El chaval
no paraba de devanarse los sesos tratando de explicarse por qué la enfermera no
se había ido… O quizá sí se había marchado, solo que no en su coche,
obviamente. ¿Qué podría haber pasado? Quizá las llaves, después de todo, no
estaban puestas en el contacto. Quizá Bea hubiera tenido un acceso de pánico y
no se había atrevido a salir… Pensaba en todas las posibilidades a la vez mientras
se aproximaba. Aceleró suavemente, y el potente vehículo que conducía respondió
de inmediato al requerimiento de más velocidad.
¿Qué
haría? Cuando llegara delante de la puerta del chalé, ¿qué iba a hacer? Si
salía del coche y saltaba la verja, estaría igual que antes, con un vehículo
aparcado en la calle rodeado por una legión de deambulantes. Si se quedaba en
el interior del todoterreno, ¿cuánto tiempo resistiría, sin agua ni comida? ¿Y
si seguía camino? Podía enfilar la salida de la urbanización, que ya conocía, y
largarse. Coger la primera carretera despejada y… Pero no podía abandonar a la
enfermera. No así, después de haberla salvado de una muerte cierta la otra
noche. Al menos, si es que debía marcharse finalmente, tenía que asegurarse antes
de que no seguía viva…
Esquivó el
Clío. Por el retrovisor vio la comitiva de muertos que le seguía. Estaban a
unos cincuenta metros, pero avanzaban obstinadamente. El todoterreno pasó
entonces por encima de algo, pues la suspensión subió y bajó bruscamente. Toni
ni siquiera miró por la ventanilla o el espejo. No tenía el menor interés en
saber lo que era, ni quería distraerse de la conducción. Se detuvo bruscamente
al pisar el pedal del freno con demasiada intensidad. Ya estaba. A su izquierda
las puertas de hierro del jardín de Bea, una de peatones y otra, más grande,
para el coche. «¿Y ahora, qué?»
No tardó
ni dos segundos en decidirse. Fuera lo que fuese que hubiera pasado, lo que de
pronto tuvo claro es que debía dejar preparada una vía de huida, por si acaso.
Y la mejor manera que se le ocurría era acercar el vehículo todo lo posible a
la puerta grande. Sin perder más tiempo, peleó con la palanca de cambio hasta
lograr meter la marcha atrás. Se arrimó a la verja hasta que la rueda de
repuesto, que estaba adosada al portón trasero, hizo tope. Los deambulantes
estaban ya a tiro de piedra…
Paró el
motor, quitó las llaves, y salió apresuradamente. Trepó por el muro todo lo
rápido que pudo y saltó desde lo alto al interior del jardín, rodando para
amortiguar el impacto con el suelo. Cuando se incorporó, los primeros muertos
se arremolinaban entre el todoterreno y la valla. Apretó el mando de la llave y
el vehículo quedó bloqueado con un parpadeo de los intermitentes.