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domingo, 2 de marzo de 2014

Primera parte. Siete. 3

El todoterreno avanzaba despacio por la calle. Toni estaba en tensión, muy atento a cuanto le rodeaba. Podía abarcar con la vista el amplio espacio que había entre el club social y el chalé de Bea. Allí seguía el autocar empotrado en el muro del vecino. Y el otro bus, o sus restos calcinados, en el aparcamiento. No había deambulantes, a excepción de los que venían tras él.
El chaval no paraba de devanarse los sesos tratando de explicarse por qué la enfermera no se había ido… O quizá sí se había marchado, solo que no en su coche, obviamente. ¿Qué podría haber pasado? Quizá las llaves, después de todo, no estaban puestas en el contacto. Quizá Bea hubiera tenido un acceso de pánico y no se había atrevido a salir… Pensaba en todas las posibilidades a la vez mientras se aproximaba. Aceleró suavemente, y el potente vehículo que conducía respondió de inmediato al requerimiento de más velocidad.
¿Qué haría? Cuando llegara delante de la puerta del chalé, ¿qué iba a hacer? Si salía del coche y saltaba la verja, estaría igual que antes, con un vehículo aparcado en la calle rodeado por una legión de deambulantes. Si se quedaba en el interior del todoterreno, ¿cuánto tiempo resistiría, sin agua ni comida? ¿Y si seguía camino? Podía enfilar la salida de la urbanización, que ya conocía, y largarse. Coger la primera carretera despejada y… Pero no podía abandonar a la enfermera. No así, después de haberla salvado de una muerte cierta la otra noche. Al menos, si es que debía marcharse finalmente, tenía que asegurarse antes de que no seguía viva…
Esquivó el Clío. Por el retrovisor vio la comitiva de muertos que le seguía. Estaban a unos cincuenta metros, pero avanzaban obstinadamente. El todoterreno pasó entonces por encima de algo, pues la suspensión subió y bajó bruscamente. Toni ni siquiera miró por la ventanilla o el espejo. No tenía el menor interés en saber lo que era, ni quería distraerse de la conducción. Se detuvo bruscamente al pisar el pedal del freno con demasiada intensidad. Ya estaba. A su izquierda las puertas de hierro del jardín de Bea, una de peatones y otra, más grande, para el coche. «¿Y ahora, qué?»
No tardó ni dos segundos en decidirse. Fuera lo que fuese que hubiera pasado, lo que de pronto tuvo claro es que debía dejar preparada una vía de huida, por si acaso. Y la mejor manera que se le ocurría era acercar el vehículo todo lo posible a la puerta grande. Sin perder más tiempo, peleó con la palanca de cambio hasta lograr meter la marcha atrás. Se arrimó a la verja hasta que la rueda de repuesto, que estaba adosada al portón trasero, hizo tope. Los deambulantes estaban ya a tiro de piedra…
Paró el motor, quitó las llaves, y salió apresuradamente. Trepó por el muro todo lo rápido que pudo y saltó desde lo alto al interior del jardín, rodando para amortiguar el impacto con el suelo. Cuando se incorporó, los primeros muertos se arremolinaban entre el todoterreno y la valla. Apretó el mando de la llave y el vehículo quedó bloqueado con un parpadeo de los intermitentes.