–¿Fumas?
Bea movió
la cabeza imperceptiblemente a izquierda y derecha mientras mantenía su mirada
fija en un punto indefinido de la habitación.
Toni abrió
suavemente su Zippo y encendió un arrugado cigarrillo del paquete que cogió en
el todoterreno. Aquél era tan buen momento como cualquier otro, quizá mejor,
ahora que la tensión acumulada durante toda la mañana había finalmente hecho
crisis allí mismo, tan solo un instante antes. Justo cuando vieron el cadáver
del abuelo de Olga sentado en la silla de madera giratoria, tras la mesa de
escritorio, con el cuerpo inclinado contra el respaldo en una incómoda postura y
sus sesos desparramados por la pared que tenía detrás. Parecía evidente que se
había volado la cabeza metiéndose la pistola en la boca. Al menos a Toni se lo
pareció, porque Bea, a pesar de su profesión, estaba tan saturada de sangre y
muerte que parecía en trance.
–Un
disparo infalible… –dijo Toni entre dientes, apenas para el cuello de su
camisa.
Bueno. No
podía decirse que hubieran esperado encontrar otra cosa distinta a lo que
efectivamente había: muertos por todas partes. Pero, de paso, también podían
conseguir lo que habían ido a buscar, armas. De hecho, Toni estaba viendo la
pistola en el suelo enmoquetado del despacho, a muy pocos centímetros de su
mano inerme, junto a un charco de sangre coagulada que había escurrido de la
cabeza del muerto.
La ventana
estaba cerrada, pero la persiana a medio bajar iluminaba nítidamente la
estancia. Toni se agachó al lado del abuelo muerto y cogió la pistola. No tenía
demasiados conocimientos de armas de fuego, sin embargo… La sopesó y apretó el
botón que liberaba el cargador. En su mano izquierda se deslizó el frío
depósito de balas. Pesaba. Buena señal. Con suerte solo faltaba la bala con la
que el abuelo se había saltado los sesos. Miró el cañón. Era una Llama del
calibre 9 mm parabellum. Sacó todas las balas del cargador y las contó. Siete.
Más una, ocho. Bueno. Es lo que había. Volvió a recargar e introdujo de nuevo
el cargador en su alojamiento de la culata. Después, trasteó con la palanca que
supuso era el seguro y, convencido de que lo había logrado poner, se guardó la
pistola en el bolsillo derecho del pantalón,. El arma pesaba más de un kilo, no
había duda…
Se
incorporó y tiró suavemente del brazo de Bea, que pareció por fin reaccionar.
Toni paseó la vista por el despacho. Indudablemente tenía que haber una caja
fuerte en algún sitio… El abuelo era militar, y no dejaría el arma ni la
munición al alcance de cualquiera… En las películas, las cajas fuertes siempre
están detrás de algún cuadro, y Toni estaba mirando en ese instante el que
presidía el despacho, encajado entre las estanterías de madera oscura que decoraban
una de las paredes laterales. Era un soldado de época, que posaba orgulloso
montado en un soberbio caballo con un bucólico paisaje de fondo… Tanteo el
cuadro, pero no vio nada especial, de modo que lo descolgó, esperando encontrar
la famosa caja. Solo se llevó un buen chasco. Detrás del cuadro, la pared
panelada de madera, lisa, cálida… pero nada más.
Toni miró
al viejo muerto con la cabeza abierta. «¿Dónde
está, general?». Volvió a repasar todo el despacho. La pared de la puerta
estaba desnuda, a excepción de la madera que la forraba. Además, el grosor del
tabique no habría permitido camuflar una caja fuerte… De frente estaba la
ventana, que ocupaba gran parte de la pared. Tras tantearla, comprobó que no
había sonidos raros o protuberancias en los paneles de madera. Las otras dos paredes
estaban ocupadas por estanterías que iban desde el suelo al techo, llenas de
libros con lomos de cuero viejo, tanto como el muerto, quizá… Palpó uno a uno
todos los estantes, todos los libros. No vio nada. No notó nada.
Bea había
salido del estupor, pero permanecía inmóvil en el quicio de la puerta,
observando los movimientos del chico.
–¿Qué
buscas?
La mirada
de Toni a la joven fue tranquila, incluso suave. Estaba aprendiendo a convivir
con ella, a tenerla al lado.
–Munición…
¿Me ayudas? –con la cabeza le indicó a Bea la pared que había detrás del viejo,
la única que le quedaba por registrar. La enfermera hizo un gesto de asco al
tener que mirar otra vez hacia los libros salpicados con los sesos y la sangre
del abuelo de Olga. A regañadientes, se dirigió hacia allí.
Para poder
buscar con agilidad, tuvieron que empujar la silla giratoria con el cuerpo,
desplazando ambos desde detrás de la mesa hasta el centro de la habitación. Por
suerte, las ruedas de la silla ayudaron… Toni, pese a todo, estuvo ocurrente.
–No creo
que al juez de guardia le importe…
Cada uno
empezó por un rincón. Pero mucho antes de que tuvieran que mancharse con los
restos de la cabeza del muerto, Bea, pasando las manos por todos los bordes de
los estantes, había accionado un mecanismo que hizo abrirse con un chasquido la
puerta camuflada bajo un panel longitudinal entero de la estantería, que giró
sobre su gozne con todos los libros a cuestas. Y allí estaba la caja. Solo que,
en realidad, no era una caja sino un armero de seguridad enorme, empotrado
perfectamente tras la librería removible. Fácil. Más aún cuando Toni comprobó
que ni siquiera estaba cerrado, a pesar de tener un sistema electrónico de
apertura. Mejor.
Era un armero
grande, de al menos metro y medio de altura, y ocupaba todo el ancho de una
balda, ochenta centímetros por lo menos, calculó. Cabrían muchas cosas allí dentro...
Tiró de uno de los brazos de la palanca de apertura y abrió el cofre del
tesoro. Lo primero que vio fue la fila de rifles y escopetas relucientes, media
docena en total. Había otro espacio del armero dividido en estantes, que
estaban llenos de cajas de munición de distinto calibre. Estaba preparado, el viejo… Encontró también dos archivadores
llenos de papeles, muchos papeles, escrituras de propiedad, testamentos,
documentos que en este mundo de muertos carecían ya de todo valor, legal o
real…
Cuando ya
pensó que había revisado completamente el interior, Bea le indicó una caja en
el último estante, encima de las escopetas. La abrió y apareció otra pistola,
completamente negra y mate, que pesaba bastante menos que la Llama. Era una HK
P30, según rezaba el cañón. Toni no tenía ni idea de qué significaban esas
letras y números, pero cuando hizo inventario de la munición se dio cuenta de
que solo había un tipo de bala para arma corta, de modo que ambas pistolas
debían de tener el mismo calibre. Mejor. Comprobó que la HK admitía 15 balas en
el cargador. Y, aun así, seguía pesando menos que la Llama. Sopesó ambas, una
en cada mano, y le alargó a Bea la HK. Habría preferido quedársela él, porque
le pareció más fiable, pero, por eso mismo, y porque era más ligera, se la dio
a la chica. Además, seguro que tenía menos retroceso… Ojalá no tuvieran que
comprobarlo.
Bea,
reticente al principio, acabó por aceptar el arma. Con ella en la mano, el
hacha al cinto, la mochila a la espalda y el pelo recogido, parecía una versión
moderna de las amazonas griegas, solo que con dos pechos… Puso, no obstante,
alguna excusa.
–No creo
que sepa usarla…
–No te
preocupes, que yo tampoco he disparado nunca.
Toni se
quedó tan tranquilo.
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