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sábado, 15 de marzo de 2014

Primera parte. Ocho. 5

–¿Fumas?
Bea movió la cabeza imperceptiblemente a izquierda y derecha mientras mantenía su mirada fija en un punto indefinido de la habitación.
Toni abrió suavemente su Zippo y encendió un arrugado cigarrillo del paquete que cogió en el todoterreno. Aquél era tan buen momento como cualquier otro, quizá mejor, ahora que la tensión acumulada durante toda la mañana había finalmente hecho crisis allí mismo, tan solo un instante antes. Justo cuando vieron el cadáver del abuelo de Olga sentado en la silla de madera giratoria, tras la mesa de escritorio, con el cuerpo inclinado contra el respaldo en una incómoda postura y sus sesos desparramados por la pared que tenía detrás. Parecía evidente que se había volado la cabeza metiéndose la pistola en la boca. Al menos a Toni se lo pareció, porque Bea, a pesar de su profesión, estaba tan saturada de sangre y muerte que parecía en trance.
–Un disparo infalible… –dijo Toni entre dientes, apenas para el cuello de su camisa.
Bueno. No podía decirse que hubieran esperado encontrar otra cosa distinta a lo que efectivamente había: muertos por todas partes. Pero, de paso, también podían conseguir lo que habían ido a buscar, armas. De hecho, Toni estaba viendo la pistola en el suelo enmoquetado del despacho, a muy pocos centímetros de su mano inerme, junto a un charco de sangre coagulada que había escurrido de la cabeza del muerto.
La ventana estaba cerrada, pero la persiana a medio bajar iluminaba nítidamente la estancia. Toni se agachó al lado del abuelo muerto y cogió la pistola. No tenía demasiados conocimientos de armas de fuego, sin embargo… La sopesó y apretó el botón que liberaba el cargador. En su mano izquierda se deslizó el frío depósito de balas. Pesaba. Buena señal. Con suerte solo faltaba la bala con la que el abuelo se había saltado los sesos. Miró el cañón. Era una Llama del calibre 9 mm parabellum. Sacó todas las balas del cargador y las contó. Siete. Más una, ocho. Bueno. Es lo que había. Volvió a recargar e introdujo de nuevo el cargador en su alojamiento de la culata. Después, trasteó con la palanca que supuso era el seguro y, convencido de que lo había logrado poner, se guardó la pistola en el bolsillo derecho del pantalón,. El arma pesaba más de un kilo, no había duda…
Se incorporó y tiró suavemente del brazo de Bea, que pareció por fin reaccionar. Toni paseó la vista por el despacho. Indudablemente tenía que haber una caja fuerte en algún sitio… El abuelo era militar, y no dejaría el arma ni la munición al alcance de cualquiera… En las películas, las cajas fuertes siempre están detrás de algún cuadro, y Toni estaba mirando en ese instante el que presidía el despacho, encajado entre las estanterías de madera oscura que decoraban una de las paredes laterales. Era un soldado de época, que posaba orgulloso montado en un soberbio caballo con un bucólico paisaje de fondo… Tanteo el cuadro, pero no vio nada especial, de modo que lo descolgó, esperando encontrar la famosa caja. Solo se llevó un buen chasco. Detrás del cuadro, la pared panelada de madera, lisa, cálida… pero nada más.
Toni miró al viejo muerto con la cabeza abierta. «¿Dónde está, general?». Volvió a repasar todo el despacho. La pared de la puerta estaba desnuda, a excepción de la madera que la forraba. Además, el grosor del tabique no habría permitido camuflar una caja fuerte… De frente estaba la ventana, que ocupaba gran parte de la pared. Tras tantearla, comprobó que no había sonidos raros o protuberancias en los paneles de madera. Las otras dos paredes estaban ocupadas por estanterías que iban desde el suelo al techo, llenas de libros con lomos de cuero viejo, tanto como el muerto, quizá… Palpó uno a uno todos los estantes, todos los libros. No vio nada. No notó nada.
Bea había salido del estupor, pero permanecía inmóvil en el quicio de la puerta, observando los movimientos del chico.
–¿Qué buscas?
La mirada de Toni a la joven fue tranquila, incluso suave. Estaba aprendiendo a convivir con ella, a tenerla al lado.
–Munición… ¿Me ayudas? –con la cabeza le indicó a Bea la pared que había detrás del viejo, la única que le quedaba por registrar. La enfermera hizo un gesto de asco al tener que mirar otra vez hacia los libros salpicados con los sesos y la sangre del abuelo de Olga. A regañadientes, se dirigió hacia allí.
Para poder buscar con agilidad, tuvieron que empujar la silla giratoria con el cuerpo, desplazando ambos desde detrás de la mesa hasta el centro de la habitación. Por suerte, las ruedas de la silla ayudaron… Toni, pese a todo, estuvo ocurrente.
–No creo que al juez de guardia le importe…
Cada uno empezó por un rincón. Pero mucho antes de que tuvieran que mancharse con los restos de la cabeza del muerto, Bea, pasando las manos por todos los bordes de los estantes, había accionado un mecanismo que hizo abrirse con un chasquido la puerta camuflada bajo un panel longitudinal entero de la estantería, que giró sobre su gozne con todos los libros a cuestas. Y allí estaba la caja. Solo que, en realidad, no era una caja sino un armero de seguridad enorme, empotrado perfectamente tras la librería removible. Fácil. Más aún cuando Toni comprobó que ni siquiera estaba cerrado, a pesar de tener un sistema electrónico de apertura. Mejor.
Era un armero grande, de al menos metro y medio de altura, y ocupaba todo el ancho de una balda, ochenta centímetros por lo menos, calculó. Cabrían muchas cosas allí dentro... Tiró de uno de los brazos de la palanca de apertura y abrió el cofre del tesoro. Lo primero que vio fue la fila de rifles y escopetas relucientes, media docena en total. Había otro espacio del armero dividido en estantes, que estaban llenos de cajas de munición de distinto calibre. Estaba preparado, el viejo… Encontró también dos archivadores llenos de papeles, muchos papeles, escrituras de propiedad, testamentos, documentos que en este mundo de muertos carecían ya de todo valor, legal o real…
Cuando ya pensó que había revisado completamente el interior, Bea le indicó una caja en el último estante, encima de las escopetas. La abrió y apareció otra pistola, completamente negra y mate, que pesaba bastante menos que la Llama. Era una HK P30, según rezaba el cañón. Toni no tenía ni idea de qué significaban esas letras y números, pero cuando hizo inventario de la munición se dio cuenta de que solo había un tipo de bala para arma corta, de modo que ambas pistolas debían de tener el mismo calibre. Mejor. Comprobó que la HK admitía 15 balas en el cargador. Y, aun así, seguía pesando menos que la Llama. Sopesó ambas, una en cada mano, y le alargó a Bea la HK. Habría preferido quedársela él, porque le pareció más fiable, pero, por eso mismo, y porque era más ligera, se la dio a la chica. Además, seguro que tenía menos retroceso… Ojalá no tuvieran que comprobarlo.
Bea, reticente al principio, acabó por aceptar el arma. Con ella en la mano, el hacha al cinto, la mochila a la espalda y el pelo recogido, parecía una versión moderna de las amazonas griegas, solo que con dos pechos… Puso, no obstante, alguna excusa.
–No creo que sepa usarla…
–No te preocupes, que yo tampoco he disparado nunca.
Toni se quedó tan tranquilo.

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