El chalé
de dos plantas que asaltaron después no les inspiró ninguna confianza. Toni
estaba intentando forzar la puerta del garaje cuando Bea le sujetó del brazo,
obligándole a mirar por una de las ventanas. Al otro lado, tres deambulantes
apretaban sus horribles caras contra el cristal, incapaces siquiera de
romperlo, y aunque lo hubieran hecho, la verja les habría impedido salir. Con
lo fácil que les hubiera resultado ir a la puerta y girar la llave… si hubieran
recordado qué era una llave y cómo se usaba.
Con un
suspiro de alivio por haberse dado cuenta a tiempo, saltaron a la siguiente
parcela. Nada de interés. Después, por fin, la última valla, la que les dejaría
en el jardín del abuelo de Olga. Se encontraron frente a una casa de ladrillo de
dos plantas con un amplio porche. Todas las ventanas, incluso la puerta de la
casa, estaban protegidas con rejas. La parcela, aunque descuidada, aparecía con
cierto orden. Era el penúltimo chalé en esa acera. Después, la calle giraba
noventa grados y continuaba con una casa final justo en el rincón tras la cual
se abrían los inmensos pinares. El muro de la calle, de bloques blancos, se
veía bastante limpio… aunque rápidamente se pobló, por la parte de fuera, de
decenas de deambulantes gruñendo. Toni se aseguró de que la calada puerta metálica del muro, que incluía en la misma estructura la entrada de coches y la
de peatones, estaba bien cerrada, y cruzó el jardín tras Bea para buscar la
manera de entrar en la casa…
Comenzaba
a trastear con la reja de una ventana cuando, en la esquina, apareció Bea
enseñándole la llave de seguridad que tenía en la mano.
–¿Cómo…?
–Mi amiga
veía muchas películas americanas, y como no le gustaba llevar nada, nada, cuando íbamos a la piscina del club
a hurtadillas de madrugada, pues guardó una llave bajo el felpudo sin que lo
supieran sus abuelos… Fácil, ¿no?
«Demasiado», pensó Toni al meter la llave
en la cerradura de la puerta blanca, protegida por el acogedor porche. La hizo
girar despacio, procurando no hacer ruido, aunque los gemidos de los
deambulantes en la calle eran ya tan elevados que poco importaría el ruido que
él pudiera hacer…
Entraron a un recibidor
pequeño y oscuro, opresivamente claustrofóbico, que contrastaba con la amplitud
exterior de la casa. Había en el aire un olor fuerte, ácido y empalagoso, cuyo efecto
en las fosas nasales de ambos jóvenes era devastador y les provocaba una náusea
que a duras penas eran capaces de contener.
Continuaron hacia el
interior. Bea le susurró al oído a Toni que estaban en el salón, y el joven,
que apenas podía vislumbrar nada, no tuvo más remedio que creérselo. Toni
sujetó a la joven por el brazo y le puso la mano en la boca. Tras esperar unos
instantes en silencio, completamente quietos, aguzando los oídos para captar el
menor roce, solamente el amortiguado gemir de los deambulantes llegaba hasta
ellos. Poco menos que a tientas, palpando la pared a su derecha, Toni se acercó
a la ventana hasta que dio con la cinta de la persiana. Fue subiéndola lentamente,
sin poder evitar una sucesión de chirridos al deslizarse las lamas por la
obstruida guía.
La luz iluminó a cámara
lenta la tragedia que, no hacía tanto tiempo, se había representado allí. El
horroroso espectáculo de los dos cuerpos apenas identificables tendidos en la
mullida alfombra, entre el sofá de piel marrón oscura volcado y la chimenea,
identificó el origen del olor que les había dado la bienvenida.
Bea se agarró
impulsivamente al chico, suspirando por el impacto que la visión le había
causado. Toni, más firme, parecía ya acostumbrado. Además, no conocía a esa
gente.
–Es Olga…, creo. ¡Oh,
Dios…! El pelo parece suyo, al menos…
Toni se puso el dedo índice
cruzado verticalmente sobre los labios, indicándole que no hablara. Que hubiera
dos cadáveres inmóviles en el salón no significaba que no hubiera más cosas de
esas en el resto de la casa, estuvieran vivas, medio vivas o muertas.
Se acercó a los dos
cuerpos. Parecían dos muñecos hinchados por efecto de los gases. Tenían los
rostros destrozados, y ambos presentaban en la frente sendos agujeros por los
que habían brotado delgados hilos de sangre, ya seca. Uno de los cadáveres
parecía más menudo y tenía el pelo corto y de un chillón color zanahoria; el
otro presentaba una larga melena canosa.
–Su abuela –susurró Bea.
Con la chica pegada a su
espalda, Toni se dirigió al fondo del salón, donde un pasillo forrado de madera
daba paso a la cocina, grande y desierta. Levantó allí también la persiana, y
ante ellos se desparramó la luz del jardín posterior del chalé, al que se accedía,
sin tener que rodear la casa, desde la misma cocina a través de una puerta de
madera maciza, ahora cerrada. Inspeccionó con una rápida mirada el office
contiguo, sin registrarlo, como tampoco la propia cocina. No le interesaban
ahora las latas de atún o las galletas resecas. Habían ido allí a buscar algo
más contundente, y si estaba entrando en todas las dependencias era simplemente
por seguridad, para evitar sorpresas.
El baño de la planta baja
estaba también vacío, al igual que otra habitación amueblada como una salita de
estar. Con el mayor sigilo, comenzaron a subir las escaleras que llevaban al
piso de arriba. La mano derecha de Toni agarraba con fuerza el mango del hacha,
que aún mostraba rastros de la sangre del pequeño… Sus nudillos blanqueaban por
la presión que ejercía. Se detuvieron en el rellano, intentando escuchar algo
distinto de su propia respiración. Nada.
Al llegar arriba parecía
que llevaran horas subiendo. Respiraban con suma agitación. Bea sudaba. Finas
gotas inundaban su frente, mezclándose con el pelo que, rebelde, pugnaba por
escaparse de la goma con la que se lo había sujetado antes de salir de casa.
Frente a ellos, un pasillo abierto protegido con una barandilla de madera, al
que se abrían cuatro estancias. Solo una de las puertas estaba cerrada. Una
tenue luz de mediodía se filtraba por la ventana de la habitación de la
derecha, dando un aspecto irreal al distribuidor y difuminando las sombras del
resto de los cuartos.
Tras revisar rápidamente
las dos habitaciones y el baño, cuyas puertas estaban abiertas, los dos jóvenes
se detuvieron ante la puerta cerrada de la última estancia de la casa que les
quedaba por registrar. Toni miró inquisitivamente a Bea, pero ésta se encogió
de hombros. No sabía, o no recordaba, de quién era esa habitación.
Toni agarró la manilla con
la mano izquierda. Comenzó a bajarla muy despacio mientras preparaba el hacha,
sujetándola con firmeza. Bea se colocó detrás de él, pero no tan cerca como
para estorbarle, si había jaleo. Cuando el picaporte llegó al final del
recorrido, contuvo el aliento y empujó la hoja de madera con fuerza hacia dentro.
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