Registrar la primera
casa no les ocasionó problemas, pero tampoco les proporcionó nada de provecho
salvo dos garrafas de agua precintadas, que Toni se encargó de dejar caer en el
jardín de Bea desde el otro lado. Así no tendrían que acarrearlas inútilmente.
La siguiente casa estaba cerrada a cal y canto, y tenía rejas en todas las
ventanas. Nada que hacer… El tercer chalé era igualmente inexpugnable, con
todos los huecos enrejados. Toni habría podido entrar por la cochera esforzándose
un poco, pero desistió, entre otras razones porque no quería perder demasiado
tiempo en cada casa y porque podía tener algún encuentro desagradable, y si eso
sucedía y no tenía una vía de escape clara, la cosa se podía complicar mucho.
La valla de la calle no tenía seto, y ambos jóvenes estaban completamente expuestos
a la vista de los deambulantes, que gruñían sin cesar aferrándose a los barrotes.
Toni calculó que, si no todos, al menos gran parte de los que hasta entonces
estaban congregados junto a los dos coches se encontraban ahora allí, frente a
ellos.
En el
cuarto chalé tuvieron más suerte. Aunque les costó saltar la valla, debido a la
altura que había alcanzado el seto, cuando saltaron al jardín se encontraron
con una bonita casa de estilo rústico, con madera en la fachada. No había
ningún deambulante en el jardín, ni muerto ni vivo, ¿vivo?, y además la puerta principal estaba abierta, de modo que
solo tuvieron que recorrer rápidamente todas las habitaciones para comprobar que no
había nada de interés. En la cochera, donde un Mercedes bastante antiguo criaba polvo; tampoco encontró cosa alguna. Tras inspeccionar toda la casa, saquearon
la despensa: media docena de latas de comida, dos paquetes de galletas, una
botella de agua mineral de litro y medio y una caja de cerillas largas de
madera, de las que se usan para encender la chimenea.
Cuando
saltaron la siguiente valla, Toni arrugó la nariz. Sus sensaciones no le indicaban
nada bueno. En realidad no había a la vista cosa alguna que le hiciera recelar,
pero no le gustaba… Bea le dijo que era la casa de los Gallardo, un matrimonio
muy reservado, médicos los dos. Había trabajado con la esposa en el hospital.
Tenían tres hijos pequeños y dos perros grandes, aunque algo de todo eso pudo
verlo Toni por sí mismo al aproximarse. Los restos de dos pastores alemanes
estaban en el interior de la cochera, delante de la puerta, destrozados.
Unos
metros más allá, al volver un recodo de la fachada, una masa informe que quizá
en otro tiempo fue una persona sobresalía apenas de los hierbajos que se habían
adueñado del jardín. Resultaba imposible, incluso de cerca, saber con certeza si
había sido hombre o mujer. Los restos destrozados y sanguinolentos denotaban
una violencia extrema. Quienquiera que fuese, se habían cebado con él.
Se
disponían a saltar la medianera cuando apareció el niño. Surgía de la esquina
de la casa. Quizá el jaleo de los deambulantes le había puesto en aviso… Bea no
pudo evitar un grito apagado. Toni, más rápido, la empujó para evitar que fuera
agarrada por las diminutas manos. Era muy pequeño, ni siquiera tendría cuatro
años, pero su rostro parecía la encarnación de cualquiera de los diablos del
infierno, sobre todo su pequeña boca llena de dientes oscuros… Bea se agarró al
seto y empezó a trepar.
–No mires
–le dijo Toni, sujetando al pequeño con una mano por el pelo al tiempo que se
sacaba el hacha del cinturón. No podía dudar. Aunque hasta entonces todos los
deambulantes a los que había tenido que enfrentarse eran más o menos adultos,
no podía dejar que el tamaño de aquél le desorientara. «Un monstruo es un monstruo». Apretando los dientes, empujó
ligeramente al infante, lo justo para apartarlo medio metro. El filo del hacha
abrió prácticamente el cráneo del niño en dos, trazando en su cabeza una
trágica raya… Restos de sus sesos salpicaron la descuidada hierba. Un golpe
apenas audible contra la maleza que poblaba el suelo fue todo lo que pudo
escucharse. «¿Quién era el monstruo,
ahora? ¿Había alguna diferencia entre ese crío que desparramaba su cerebro por
el suelo y él mismo, vivo pero convertido en un auténtico depredador?».
Una nueva
valla, una nueva casa. Toni pensó fugazmente que le gustaría mucho tumbarse en
un buen colchón, con un cigarrillo. ¿Cuántas
vallas habría saltado desde el día anterior? Estaba cansado de saltar vallas…
En las
tres casas siguientes apenas había nada que les sirviera. Aun así, las dos
mochilas se iban poco a poco llenando con unas cuantas latas de conserva, dos
quesos enteros duros como la piedra y una pastilla de jabón que Bea no quiso
desaprovechar. Toni obtuvo un premio especial. Encontró en la habitación de un
adolescente dos cosas que le hicieron sonreír con amargura: un espléndido cuchillo
de combate KA-BAR y un bate de madera. «Un
chaval aplicado el tío éste», dedujo. Sin pensárselo dos veces, se colgó el
cuchillo en el cinturón y metió el bate en la mochila con el mango hacia fuera.
Nunca había tenido uno, pero en el mundo en que se movía no eran pocos los que
presumían de usarlo para sus trabajos…
A ver si era tan fiable como el mango de un pico…
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