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martes, 11 de marzo de 2014

Primera parte. Ocho. 3

Registrar la primera casa no les ocasionó problemas, pero tampoco les proporcionó nada de provecho salvo dos garrafas de agua precintadas, que Toni se encargó de dejar caer en el jardín de Bea desde el otro lado. Así no tendrían que acarrearlas inútilmente. La siguiente casa estaba cerrada a cal y canto, y tenía rejas en todas las ventanas. Nada que hacer… El tercer chalé era igualmente inexpugnable, con todos los huecos enrejados. Toni habría podido entrar por la cochera esforzándose un poco, pero desistió, entre otras razones porque no quería perder demasiado tiempo en cada casa y porque podía tener algún encuentro desagradable, y si eso sucedía y no tenía una vía de escape clara, la cosa se podía complicar mucho. La valla de la calle no tenía seto, y ambos jóvenes estaban completamente expuestos a la vista de los deambulantes, que gruñían sin cesar aferrándose a los barrotes. Toni calculó que, si no todos, al menos gran parte de los que hasta entonces estaban congregados junto a los dos coches se encontraban ahora allí, frente a ellos.
En el cuarto chalé tuvieron más suerte. Aunque les costó saltar la valla, debido a la altura que había alcanzado el seto, cuando saltaron al jardín se encontraron con una bonita casa de estilo rústico, con madera en la fachada. No había ningún deambulante en el jardín, ni muerto ni vivo, ¿vivo?, y además la puerta principal estaba abierta, de modo que solo tuvieron que recorrer rápidamente todas las habitaciones para comprobar que no había nada de interés. En la cochera, donde un Mercedes bastante antiguo criaba polvo; tampoco encontró cosa alguna. Tras inspeccionar toda la casa, saquearon la despensa: media docena de latas de comida, dos paquetes de galletas, una botella de agua mineral de litro y medio y una caja de cerillas largas de madera, de las que se usan para encender la chimenea.
Cuando saltaron la siguiente valla, Toni arrugó la nariz. Sus sensaciones no le indicaban nada bueno. En realidad no había a la vista cosa alguna que le hiciera recelar, pero no le gustaba… Bea le dijo que era la casa de los Gallardo, un matrimonio muy reservado, médicos los dos. Había trabajado con la esposa en el hospital. Tenían tres hijos pequeños y dos perros grandes, aunque algo de todo eso pudo verlo Toni por sí mismo al aproximarse. Los restos de dos pastores alemanes estaban en el interior de la cochera, delante de la puerta, destrozados.
Unos metros más allá, al volver un recodo de la fachada, una masa informe que quizá en otro tiempo fue una persona sobresalía apenas de los hierbajos que se habían adueñado del jardín. Resultaba imposible, incluso de cerca, saber con certeza si había sido hombre o mujer. Los restos destrozados y sanguinolentos denotaban una violencia extrema. Quienquiera que fuese, se habían cebado con él.
Se disponían a saltar la medianera cuando apareció el niño. Surgía de la esquina de la casa. Quizá el jaleo de los deambulantes le había puesto en aviso… Bea no pudo evitar un grito apagado. Toni, más rápido, la empujó para evitar que fuera agarrada por las diminutas manos. Era muy pequeño, ni siquiera tendría cuatro años, pero su rostro parecía la encarnación de cualquiera de los diablos del infierno, sobre todo su pequeña boca llena de dientes oscuros… Bea se agarró al seto y empezó a trepar.
–No mires –le dijo Toni, sujetando al pequeño con una mano por el pelo al tiempo que se sacaba el hacha del cinturón. No podía dudar. Aunque hasta entonces todos los deambulantes a los que había tenido que enfrentarse eran más o menos adultos, no podía dejar que el tamaño de aquél le desorientara. «Un monstruo es un monstruo». Apretando los dientes, empujó ligeramente al infante, lo justo para apartarlo medio metro. El filo del hacha abrió prácticamente el cráneo del niño en dos, trazando en su cabeza una trágica raya… Restos de sus sesos salpicaron la descuidada hierba. Un golpe apenas audible contra la maleza que poblaba el suelo fue todo lo que pudo escucharse. «¿Quién era el monstruo, ahora? ¿Había alguna diferencia entre ese crío que desparramaba su cerebro por el suelo y él mismo, vivo pero convertido en un auténtico depredador?».
Una nueva valla, una nueva casa. Toni pensó fugazmente que le gustaría mucho tumbarse en un buen colchón, con un cigarrillo. ¿Cuántas vallas habría saltado desde el día anterior? Estaba cansado de saltar vallas…
En las tres casas siguientes apenas había nada que les sirviera. Aun así, las dos mochilas se iban poco a poco llenando con unas cuantas latas de conserva, dos quesos enteros duros como la piedra y una pastilla de jabón que Bea no quiso desaprovechar. Toni obtuvo un premio especial. Encontró en la habitación de un adolescente dos cosas que le hicieron sonreír con amargura: un espléndido cuchillo de combate KA-BAR y un bate de madera. «Un chaval aplicado el tío éste», dedujo. Sin pensárselo dos veces, se colgó el cuchillo en el cinturón y metió el bate en la mochila con el mango hacia fuera. Nunca había tenido uno, pero en el mundo en que se movía no eran pocos los que presumían de usarlo para sus trabajos… A ver si era tan fiable como el mango de un pico… 

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