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viernes, 7 de marzo de 2014

Primera parte. Ocho. 1

Día ochenta y siete. Habían pasado la noche juntos, en la cama de Bea. Solamente habían dormido. La joven estaba demasiado asustada y sensible para permanecer sola, y le había pedido a Toni que la acompañara. Solo eso. Para Bea era suficiente, y él no tenía pensado en absoluto incomodarla. Al contrario, el joven estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que estuviera en su mano para ahorrarle toda la mierda que pudiera.
El sol alumbró un espléndido y luminoso día de noviembre… En otras circunstancias habría sido estupendo para dar un paseo, o ir a pescar, pero la gente que había en la calle hacía que cualquier plan pasara por contar con ella antes. Toni inspeccionó la casa de nuevo, por si los días anteriores se les hubiera pasado algo por alto. Pero no hubo novedad. Nada reseñable. Y, por supuesto, nada aprovechable. Hizo balance de sus reservas.
–Bueno, no puedo decir que estemos mucho peor que ayer. Si acaso que ya casi no nos queda agua, y apenas unas pocas latas de atún…
Se lamentaba por todo lo que había tenido que dejar en la mochila, y más aún por lo que había en la cochera y en la propia casa, agua y comida enlatada en abundancia, además de un montón de buenas herramientas, de las que solo pudo coger el hacha… Claro que siempre podía volver allí a por algunas cosas… si eliminaba a las decenas de deambulantes que andarían inspeccionando toda la casa y los alrededores.
–¿Qué haremos, Toni?
–¿Qué? Pues lo mismo que ayer: salir zumbando. Solo que hoy sabemos que tenemos un coche que anda. Así que, bien mirado, es toda una ventaja, ¿no?
–Pero casi no nos queda agua ni comida…
Toni reflexionó durante unos instantes. Se rascó la cara, con barba de varios días. No es que fuera especialmente piloso, pero sí tenía la suficiente como para que le picara… En su rostro se dibujó un principio de sonrisa al imaginar cómo se vería con barba y bigote…
–Sí. Y es una lástima. Sólo pensar en todo lo que había allí… Supongo que otros chalés también deben de estar bien surtidos… ¿Tú que crees?, toda esta gente, tus vecinos, digo, eran de pelas, ¿no?
–Pues… –Bea se lo pensó un momento antes de responder. No quería herir los sentimientos de Toni, pero, por otra parte, tampoco estaban en situación de ser hipócritamente educados–. Sí. La verdad es que sí. Aquí nadie estaba descalzo. Quizá mis padres fueran de los más humildes, y ya ves qué casa…
–Pues, entonces, quizá deberíamos dar una vuelta por ahí…
–¿Estás loco? ¿Con esas cosas por todas partes?
–Bueno, no están por todas partes. Además, son más torpes de lo que pensamos. Nos acojona su aspecto, claro, y si nos muerden… vamos jodidos, pero con un poco de cuidado es difícil que te cojan. Lo principal es evitar que te rodeen, porque entonces sí que estás listo…
–¡Uf, Toni! Hablas como si fueran solo muñecos, peleles a los que esquivar… si supieras tan solo cómo me sentí ayer cuando, cuando… Y en Valladolid, durante el trayecto del hospital a la Zona de Evacuación… Fue horrible. No sé cómo puedes decirlo con tanta tranquilidad…
Toni, inquieto, paseaba por el comedor. Habían encendido la chimenea. Total, afuera ya sabían que estaban allí, así que el humo era lo de menos, y no les vendría mal subir unos grados la fría temperatura de la casa.
–No te creas, no estoy del todo tranquilo. Pero ya me las he tenido que ver con ésos bastantes veces en estos meses. Y, créeme, acabas por perderles el respeto, de lo tontos que son… Peligrosos, pero tontos.
En realidad, el chico distaba mucho de sentirse como aparentaba. Él lo sabía, y Bea también lo sabía. Pero ese juego parecía estar dando buen resultado hasta el momento, de modo que Toni prosiguió con su desparpajo y el falso aire de suficiencia que había adoptado. Sabía de sobra que, aunque lentos, no eran precisamente torpes, y el más tonto de los deambulantes podía terminar con su vida en un segundo si le daba la oportunidad. Si uno te atrapaba, era letal.
–¿Y no podríamos, sencillamente, montarnos en el coche y marcharnos? –había un claro tono de súplica en la pregunta de Bea. La joven estaba ansiosa por salir de allí, por alejarse del Coto, de su casa, de su madre…
–Esa es la parte facilona. ¿Por qué crees que dejé el coche así? Pero, si nos vamos con lo puesto, habrá que parar en cualquier otro sitio para conseguir comida y agua, y eso significa exponernos, porque estaremos en inferioridad… En cambio, aquí, a pesar de todo, y de nuestros vecinos, sabemos por dónde nos movemos. Y sabemos más o menos qué podemos encontrar ahí afuera. No. Creo que haré otra excursión…
–Pero, Toni, ¿adónde vas a ir? No pensarás dejarme otra vez sola, ¿verdad?
–No sé, chica. El caso es que entre los dos podríamos coger muchas más cosas… Pero si nos encontramos con algún amigo de esos…, no sé si es buena idea…
Bea pareció encontrar por momentos el coraje del que había carecido hasta ese día. Quizá todo lo que había pasado la había convencido de que no podía seguir siendo, o pareciendo, una señorita bien educada que nunca suelta tacos. Si quería sobrevivir, debía reaccionar. Ahora no estaba en Valladolid, protegida por militares profesionales que sabían su oficio. Toni no era un soldado. Solo era un chico, un adolescente probablemente más asustado que ella misma pero con una gran capacidad de adaptación y, además, con mucho valor. Podía provenir de un origen humilde, incluso puede que fuera un delincuente en potencia, pero era valiente, decidido, y había arriesgado su vida por ella. Y lo sabía. No podía seguir jugando a las muñecas, a médicos y enfermeras. Era una mujer adulta, más que él, al menos, y debía ejercer como tal. Debía colaborar.
–Escúchame, chaval. Vamos a ir los dos, ¿vale?
Toni se sintió sorprendido por la seguridad y el aplomo de la enfermera. El caso es que lo deseaba desde hacía tiempo. No le gustaba el papel de tutor ni el de niñera, y una mujer histérica y asustadiza solo podía causar problemas. Pero ese repentino cambio de actitud… Antes de que pudiera poner objeciones o decir cualquier cosa, Bea continuó hablando con gran resolución.
–Además, yo conozco bien todo esto. Seré tu guía, no un estorbo. Y descuida, que si hay que partirse la cara, te dejaré ser el primero…