Toni dejó
caer pesadamente todos los pertrechos y tiró del mango del bate, que guardaba
en la mochila que tenía sujeta a la espalda. Lo descargó con inusitada violencia
sobre la cabeza del desgraciado antes incluso de que pudiera verle la cara. El
cráneo se abrió como un melón muy maduro, salpicando de sesos el empedrado del
camino y la alta hierba que avanzaba por él. No pudo descansar, porque otro
brazo asomaba detrás del cuerpo inerte del primer deambulante.
Estaban
jodidos. ¿Cómo iba a mantenerlos a raya, y al mismo tiempo meter en el coche
todas las cosas, sin poner en peligro a Bea? Si uno solo de ellos lograba
introducirse en el coche todo habría acabado.
Cogió el
hacha con la mano izquierda mientras sujetaba aún el bate. En cuanto apareció
la cabeza del deambulante inicio el golpe, pero el muerto, de pronto, se paró.
Forcejeaba con algo, o alguien. Gruñía. Se dio la vuelta y quedó boca arriba,
mirando a Toni, extendiendo su repugnante brazo hacia él. Pero, al mismo
tiempo, algo le impedía avanzar. Toni no se lo pensó demasiado. Sea lo que
fuera que le estaba sujetando, le descargó al tipo un hachazo en medio de la
frente que terminó con sus movimientos. Probablemente sus ropas se habían
trabado con el tubo de escape, o con algún saliente de los bajos, ¿qué
importaba ya?
Esperó un
instante, conteniendo el aliento. No aparecían más muertos por debajo del
todoterreno. Estuvo tentado de coger la pistola. Con ella todo sería más fácil
y rápido, pero pensó que, si no entraban más, tampoco sería preciso hacer
demasiado ruido. Y con el bate y el hacha ya había demostrado su eficacia, no
así con su puntería… aún.
Hizo un
gesto de asentimiento a Bea, que había contemplado toda la escena por el
retrovisor con el corazón encogido hasta el tamaño de una canica. Por fin se dio cuenta
de que podía respirar y activó el desbloqueo. Toni abrió el portón, le dirigió
una mirada apresurada de alivio y colocó todo el material apresuradamente.
–¿Ya está?
–preguntó Bea ansiosamente.
Toni
estuvo a punto de contestar que sí, pero entonces recordó algo. Algo en lo que
había pensado toda la noche. Sabía que iba a ser peligroso, sobre todo ahora
que en cualquier momento podían aparecer más deambulantes por debajo del coche,
pero creyó que merecía la pena. Es más, creía que era su deber.
–No,
todavía me falta una cosa. Bloquea otra vez en cuanto cierre y estate atenta
–hizo el gesto de dar media vuelta, pero todavía le quedaba una recomendación–.
Este es un buen momento para que cojas tu pistola, le quites el seguro y pidas
por lo que más quieras no tener que dispararla…
Cuando Bea
bloqueó la puerta. Echó un rápido vistazo alrededor. Los deambulantes llenaban
ya la calle. Iba a ser complicado maniobrar con el todoterreno en esas
circunstancias… Media docena de brazos asomaban delante de horribles rostros
por el hueco entre la puerta de hierro y el vehículo, pero no parecían capaces
de poder entrar a la parcela. Bajo el coche, los cuerpos destrozados de los dos
deambulantes, quietos, seguramente hacían de tapón a otros posibles intrépidos seguidores.
Sí. Era el
momento. Debía aprovechar ese aparente pequeño respiro. Echó a correr hacia el
chalé. Bea, retorcida en el asiento, con la pistola en la mano derecha, lo vio
entrar en la casa. Pasaron unos segundos infinitos durante los que pareció
detenerse el mundo, mucho más de lo que ya lo estaba. Como un eco que no
provenía de ninguna parte, abriéndose paso hacia su entendimiento, sonó un solo
disparo.
Bea agachó
la cabeza. Una lágrima rodaba por su pálida mejilla.
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