Habían
colocado en el vestíbulo todo lo que pensaban llevarse. Toni comprobaba cada
pocos minutos la situación en la calle. El número de deambulantes había
aumentado. No demasiado, pero sí sensiblemente. Ni él ni Bea se explicaban las
causas, ya que ambos habían tenido buen cuidado de no dejarse ver cuando regresaron
a la casa el día anterior, y, desde entonces, no habían hecho el menor ruido
que los pudiera delatar. O eso pensaban.
Sin
embargo, poco a poco, como un goteo, la calle se volvía más y más concurrida.
Probablemente eran los mismos que se habían desplazado a lo largo del recorrido
de los jóvenes, acompañándolos hasta la misma puerta del chalé de los abuelos
de Olga, y que ahora, quizá despistados por la falta de actividad de los chicos
desde hacía horas, habían vuelto al último lugar que probablemente recordaban:
justo enfrente de la casa de Bea. Suponiendo que tuvieran recuerdos. Suponiendo
que tuvieran cerebro. Suponiendo que no fuera todo una maldita casualidad…
–Quizá
deberíamos adelantar la marcha… –dijo Bea después de limpiarse de la comisura
de la boca la marca blanquecina del desayuno: un vaso de leche condensada
diluida en agua y unas galletas.
–Y sin
quizá… ¿No recuerdas que ya teníamos decidido irnos hoy por la mañana? –Toni
sostenía con una mano el HK, y con la otra la escopeta. Aún no tenía decidido
quién se hacía cargo de cada una…
A medida
que pasaba el tiempo desde que se despertó, Bea se había ido sintiendo más
intranquila. En parte por la pesadilla, en parte por la visión de los muertos
que deambulaban alrededor de los coches.
–Digo
ahora mismo, Toni. Si nos retrasamos más, la calle se volverá a llenar de esas
cosas…
Por fin,
Toni se decidió. Entregó a Bea el HK. No habían probado ninguna de las dos
armas largas. Para ser realistas, ni siquiera las pistolas. Pero
creyó que la escopeta tendría mucha más potencia de disparo, y por lo tanto el
efecto del retroceso podía ser excesivo para la resistencia física de la enfermera.
Aunque, bien pensado, «¿acaso una persona
que sobrevive al fin del mundo no se ha ganado los galones de la fuerza, la constancia
y el deseo de luchar?». «Seguro,
seguro, pero, por si acaso, le daré el HK…».
–Toma, Bea
–alargó a la chica el fusil de asalto, que él sostenía con una sola mano.
Bea dudó.
No era ya la enfermera asustada que Toni conoció, eso estaba claro a esas
alturas: lucharía con todas sus fuerzas por ver amanecer el próximo día. Pero
tampoco quería convertirse en una mujer insensible, en un depredador más de los
muchos que había allí afuera… Si había aceptado el hacha y la pistola no fue
tanto por comprender que quizá tuviera finalmente que usarlas como por no
contrariar a Toni, evitando así tensar en exceso la relación entre ellos. Sin
embargo, hacerse cargo de un fusil militar le parecía excesivo incluso en las
duras circunstancias en que se encontraban.
–¿Tú crees
que es necesario… quiero decir, imprescindible…?
Toni
cabeceó afirmativamente. No quería volver a pasar por una negociación que
podría alargarse en exceso. Optó por la sutileza de quien necesita un favor.
–Bueno, no
es para que te pongas a disparar a todas partes…, pero si por lo menos me lo
llevas, tendré más libertad de movimiento que si tengo que cargar con los dos…
Finalmente,
Bea se lo colgó en bandolera cruzando la correa de sujeción sobre su pecho y
ajustándola después. Toni hizo lo mismo con la escopeta. La pistola que
portaba cada uno, y las hachas, así como el puñal del chico, les confería un
aspecto tragicómico que distaba mucho, no obstante, de ser gracioso, por lo
menos a ellos no se lo parecía en absoluto. Sin embargo, cuando se miraron uno
al otro por un instante, no pudieron evitar un amago de carcajada a duras penas
reprimida.
–Nos
piramos –fue todo lo que dijo Toni.
Desde que
regresaran la noche anterior a casa, habían repasado el plan por lo menos media
docena de veces, hasta estar seguros de que habían comprendido los dos cada
movimiento, con objeto de no perder unos minutos que podrían resultarles luego imprescindibles.
Una vez que asomaran la nariz al jardín, no dispondrían de mucho tiempo antes
de que la calle se llenara de deambulantes, porque los que los vieran darían enseguida la voz de alarma. Y
sabían ser especialmente ruidosos cuando el menú estaba caliente.
Toni abrió
la puerta de un golpe y se dirigió corriendo a la valla del vecino, donde el
día anterior había dejado caer las garrafas de agua. Mientras, Bea fue hacia la
puerta de la calle con las llaves en la mano. Tenía que abrir la puerta de
coches para que Toni desbloqueara el todoterreno y abriera a su vez el portón
trasero, para así poder meterlo todo y entrar ellos mismos. Sabían que llevaría
tiempo, porque no les iba a resultar tan fácil desenvolverse dentro del
vehículo con todos los trastos que debían cargar.
Bea llegó
a la verja, pero se paró en seco. Los deambulantes que había en la calle se
aferraban a los barrotes, alargando los brazos, tratando de cogerla… Sus
gruñidos ya habían puesto sobre aviso al resto de los que estaban diseminados a
lo largo de toda la calle hasta el chalé de Olga. Sabía que el todoterreno
bloqueaba el acceso de los muertos a la parcela aunque abriera la puerta, pero,
aun así, decidió esperar a que Toni llegara con las garrafas de agua.
–¡Abre,
abre! –le gritó Toni desde apenas cinco metros, mientras él pulsaba el mando a
distancia del coche. Las luces parpadearon y el bloqueo de puertas se
desactivó.
Ahora solo
les quedaba rezar, aunque no fueran creyentes, porque el menor fallo, o algo
que no hubieran sido capaces de prever, daría al traste con sus esperanzas de
huida y con su propia vida. En esos instantes, mientras Bea abría de par en par
la sólida puerta de hierro, Toni pensó que si a uno solo de esos engendros se
le ocurría echarse al suelo y reptar bajo el todoterreno, podían darse por
muertos, porque los deambulantes podían no tener cerebro, pero eran lo suficientemente
inteligentes para saber cómo llegar
hasta la comida, y sería cuestión de segundos que un montón de ellos se
arrastraran bajo el coche para entrar a la parcela. Pidió con todas sus fuerzas,
por si acaso, que ninguno se cayera por casualidad en medio de la avalancha que
ellos mismos generaban, empujándose unos a otros.
–¡Bea,
sube, rápido, ponte al volante! –Toni casi empujó a la chica al interior del
todoterreno mientras le daba las llaves del coche y dejaba caer las garrafas de
agua y su mochila en el maletero–. Yo voy a traer el resto de las cosas…
Toni
sintió en ese momento el roce en el brazo de una mano engarfiada, fría y
áspera. Se volvió y vio cómo un deambulante había logrado meter el brazo entre
el marco de la puerta de acceso a la parcela y el coche, y trataba de agarrarlo.
Aunque estaba asustado, dejó que la rabia tomara el mando, sacó el hacha de su
cinturón y dio dos golpes rápidos sobre el antebrazo del muerto, consiguiendo
prácticamente cercenarlo por encima del codo.
Corriendo
hacia la casa, el joven se dio cuenta de cuán desesperada era su situación. El
aumento por instantes del número de deambulantes, que se concentraban alrededor
de los coches ante la promesa del festín, no era tan preocupante como la
posibilidad de que, fruto por otra parte de ese incremento progresivo, ocurriera
una casualidad. Si bien precisamente su número podía ser un factor a favor de
los dos jóvenes, pues se estorbaban unos a otros y solamente un par de ellos
podían intentar entrar a través del estrecho hueco entre los marcos de la
puerta de hierro y la carrocería del coche, lo realmente preocupante era que
alguno tuviera la suerte de agarrar y accionar las manillas de las puertas del
coche. Ése era el verdadero peligro, porque el bloqueo no funcionaba a menos
que todas las puertas estuvieran cerradas, y el portón trasero debía permanecer
abierto… Un momento… ¿Tenía realmente
que estar abierto? ¿Por qué?
Dio
rápidamente media vuelta y, antes de bajar de un golpe seco el portón, lanzó un
grito por encima de los gruñidos.
–¡Bea,
cuando cierre el portón conecta el bloqueo! Y estate atenta a mi regreso,
porque si no me abres todo se irá a la mierda, ¿vale?
Sin darle
a la chica tiempo a responder, cerró el coche, y vio, aliviado, cómo se
bloqueaban las puertas al tiempo que parpadeaban los intermitentes. Algo más
tranquilo, corrió hacia la casa. Volvió enseguida acarreando otra mochila llena
de comida, una bolsa con todos los medicamentos que habían reunido y cuatro
garrafas de agua. Le faltaban manos y resuello.
Bea, soportando los golpes que los muertos daban
incesantemente a los cristales de las ventanillas, vio llegar a Toni por el
retrovisor y se dispuso a desactivar el bloqueo. En ese instante sucedió lo que
el joven tanto había temido. Justo cuando estaba a punto de llegar al vehículo,
cargado con todo el equipaje, por debajo del coche asomaban dos brazos desnudos, seguidos
de una cabeza calva que había pertenecido a un hombre extremadamente delgado.
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