Día ochenta
y ocho. Se marchaban. Tumbada en la cama, Bea temblaba, arropada por un edredón
relleno con auténticos plumones de oca. Cabeceaba imperceptiblemente mientras
su respiración se volvía más agitada e irregular. Oyó cantar a un gallo. Sus
ojos se abrieron instantáneamente y su mirada se clavó en la ventana, por la
que un débil resplandor de amanecer se abría paso.
De pie,
delante de la cama, Toni la observaba en silencio. Cuando la chica fue
finalmente consciente de que estaba despierta, se ruborizó.
–¿Lo has
oído?
–¿El qué?
–El gallo…
Toni negó
suavemente con la cabeza. Hacía unos minutos se había despertado
sobresaltado al oír unos gemidos. Por un instante le entró el pánico al pensar
que los deambulantes estaban dentro de la casa. Aún era de noche, y la débil
luz nocturna apenas podía disipar el mundo oscuro de las sombras que se
proyectaban en la habitación. Se levantó de un salto y agarró la pistola. Ni
siquiera sabía si tenía puesto el seguro, pero apuntó inconscientemente a todos
lados. Después, sudando, permaneció quieto hasta comprobar que los gemidos
provenían de la habitación de al lado, donde dormía Bea.
Salió al
pasillo y se acercó lentamente a la puerta entreabierta del cuarto de la joven,
metiendo cautelosamente la cabeza entre el marco y el quicio, después de haberla empujado con la pistola. Nada se movía. Solo se escuchaba el gemido, entrecortado pero cadencioso… La
chica tenía una pesadilla. Eso era todo. Antes de que pudiera marcharse o hacer
cualquier otra cosa, Bea abrió los ojos.
–Lo habré
soñado… Pero, era…, parecía tan real –Bea se quedó un momento en suspenso, como
si su mente volara a mucha distancia de allí. Se había sentado sobre la cama, y
rodeaba sus rodillas con ambos brazos entrelazados–. ¿Sabes? Antes de que todo
esto pasara cantaba un gallo realmente. Una vecina anciana, viuda, sentía
añoranza de su pueblo y compró unas gallinas y un gallo. Le destrozaron el
jardín, pero la pobre debía de estar algo pasada
y no le importaba… El caso es que a los vecinos no nos molestaba. Incluso era
agradable oír cantar al gallo anunciando el amanecer… como ahora…
Miró a
Toni. Entraba algo más de claridad a través de la ventana. El chaval estaba casi
desnudo, en calzoncillos, y de su brazo derecho colgaba la pistola, que a Bea
le pareció enorme, infinitamente desproporcionada en relación al tamaño del
chico. Estaría incluso realmente gracioso, de no ser, precisamente, por el
punto de realismo que le proporcionaba el arma.
–¿Y tú,
qué haces ahí, como un pasmarote?
–Pues…
–Toni, de pronto, se dio cuenta de que solo llevaba puestos los calzoncillos, y comenzó a recular para volver
a su habitación–. Oí ruido, gemidos…, y me asusté. Menos mal que solo eras tú,
quejándote en sueños…
Desde el
pasillo, todavía seguía hablando, Bea no sabía si solo o a ella, hasta que oyó
su voz más alta, más timbrada.
–No
tardes, te espero abajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario