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viernes, 21 de marzo de 2014

Primera parte. Nueve. 2

Día ochenta y ocho. Se marchaban. Tumbada en la cama, Bea temblaba, arropada por un edredón relleno con auténticos plumones de oca. Cabeceaba imperceptiblemente mientras su respiración se volvía más agitada e irregular. Oyó cantar a un gallo. Sus ojos se abrieron instantáneamente y su mirada se clavó en la ventana, por la que un débil resplandor de amanecer se abría paso.
De pie, delante de la cama, Toni la observaba en silencio. Cuando la chica fue finalmente consciente de que estaba despierta, se ruborizó.
–¿Lo has oído?
–¿El qué?
–El gallo…
Toni negó suavemente con la cabeza. Hacía unos minutos se había despertado sobresaltado al oír unos gemidos. Por un instante le entró el pánico al pensar que los deambulantes estaban dentro de la casa. Aún era de noche, y la débil luz nocturna apenas podía disipar el mundo oscuro de las sombras que se proyectaban en la habitación. Se levantó de un salto y agarró la pistola. Ni siquiera sabía si tenía puesto el seguro, pero apuntó inconscientemente a todos lados. Después, sudando, permaneció quieto hasta comprobar que los gemidos provenían de la habitación de al lado, donde dormía Bea.
Salió al pasillo y se acercó lentamente a la puerta entreabierta del cuarto de la joven, metiendo cautelosamente la cabeza entre el marco y el quicio, después de haberla empujado con la pistola. Nada se movía. Solo se escuchaba el gemido, entrecortado pero cadencioso… La chica tenía una pesadilla. Eso era todo. Antes de que pudiera marcharse o hacer cualquier otra cosa, Bea abrió los ojos.
–Lo habré soñado… Pero, era…, parecía tan real –Bea se quedó un momento en suspenso, como si su mente volara a mucha distancia de allí. Se había sentado sobre la cama, y rodeaba sus rodillas con ambos brazos entrelazados–. ¿Sabes? Antes de que todo esto pasara cantaba un gallo realmente. Una vecina anciana, viuda, sentía añoranza de su pueblo y compró unas gallinas y un gallo. Le destrozaron el jardín, pero la pobre debía de estar algo pasada y no le importaba… El caso es que a los vecinos no nos molestaba. Incluso era agradable oír cantar al gallo anunciando el amanecer… como ahora…
Miró a Toni. Entraba algo más de claridad a través de la ventana. El chaval estaba casi desnudo, en calzoncillos, y de su brazo derecho colgaba la pistola, que a Bea le pareció enorme, infinitamente desproporcionada en relación al tamaño del chico. Estaría incluso realmente gracioso, de no ser, precisamente, por el punto de realismo que le proporcionaba el arma.
–¿Y tú, qué haces ahí, como un pasmarote?
–Pues… –Toni, de pronto, se dio cuenta de que solo llevaba puestos los calzoncillos, y comenzó a recular para volver a su habitación–. Oí ruido, gemidos…, y me asusté. Menos mal que solo eras tú, quejándote en sueños…
Desde el pasillo, todavía seguía hablando, Bea no sabía si solo o a ella, hasta que oyó su voz más alta, más timbrada.
–No tardes, te espero abajo.

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