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lunes, 17 de marzo de 2014

Primera parte. Nueve. 1

Todavía no se podían creer que hubieran sido capaces de regresar a casa con todo el equipaje que habían encontrado. Lo de menos eran las latas de conservas, o los paquetes de galletas, o las tabletas de chocolate que llenaban las mochilas. Si realmente estaban asombrados era por haber logrado llegar con casi todo el arsenal del abuelo de Olga. La mochila de Toni debía de pesar al menos veinte kilos a causa de la munición, pero se había negado a dejarla allí, de modo que cargó con todos los cartuchos que pudo. Bastante frustración le había supuesto tener que abandonar varios de los rifles. Al final, había seleccionado solo dos: una escopeta Remington 870 y un fusil de asalto HK G36E, equipado con lanzagranadas.
A pesar de todo, Toni se arrepintió de haber dejado el resto de las armas. Le había hecho caso a Bea porque había insistido, y mucho, en que no podrían con todo el peso que suponían las mochilas, la munición y el juego completo de escopetas. Demasiado hierro, le dijo. Pero, en realidad, no era tanto el trecho que debían recorrer, y Toni suponía que incluso a rastras habría sido capaz de llevarlos. Además, siempre podían haber perdido cinco minutos más en buscar una bolsa lo suficientemente resistente para acarrear las armas…
Y es que, en cuanto puso el pie en la parcela de Bea y vio el todoterreno al fondo, al otro lado de la verja, comprendió que el esfuerzo habría sido únicamente hasta allí, porque, después, el coche correría con los gastos… Pero ya estaba hecho, y por supuesto no pensó ni por un momento desandar el camino de nuevo…
La vuelta había resultado poco menos que un paseo, agobiados por las pesadas mochilas, pero un paseo. Cuando salieron por la puerta de la cocina al jardín posterior del chalé del abuelo de Olga, esperaron unos instantes en silencio, escuchando. Pero solo oían el rumor de fondo de los deambulantes hacinándose torpemente contra el muro de la calle, al otro lado de la casa. Estaban fuera de su vista, y con eso habían contado. Saltaron la valla trasera y se encontraron en la carretera de Valdestillas. A la derecha el camino se adentraba en profundos pinares. Hacia la izquierda, el pueblo, el chalé de Bea, el camino de regreso…
Y ese camino no tendría más de trescientos metros en línea recta. Era verdad que estaban en terreno abierto, sin prácticamente protección en caso de tener un mal encuentro, pero, por lo que habían visto en los días anteriores, no era una vía muy transitada, ni por vivos ni por muertos, excepto ellos mismos. Un camino que a los dos jóvenes se les hizo extrañamente largo, no por el peso sino por la sensación de vulnerabilidad que les embargaba.
En cualquier momento, en cualquier punto del recorrido, podía surgir el peligro en forma de muertos. Estaban armados, pero disparar sería prácticamente un suicidio, pues en pocos minutos el lugar se llenaría de deambulantes. Y luchar con las hachas podría ser arriesgado si el número de muertos era elevado... También contaban, a su favor, con la posibilidad de saltar la valla del chalé más cercano, pero entonces tendrían que volver a casa cruzando de nuevo todas los chalés que hubiera en el camino, una decena más o menos, con lo que ello implicaría de demora y de pérdida del factor sorpresa, porque atraerían de nuevo a todos los deambulantes al punto de partida, es decir, la casa de Bea.
Tantas incógnitas, tantas tribulaciones, y al final para nada, porque llegaron a la parte trasera del chalé sin ningún tropiezo. Fatigados pero de una pieza. Una vez a salvo, bebieron agua hasta casi ahogarse. Pronto anochecería. Parecía mentira, pero se les había ido prácticamente el día entero en una excursión de poco más de medio kilómetro…
Comieron chocolate y galletas. Tras la excitante jornada, sus cuerpos necesitaban más el azúcar que las proteínas. Hicieron inventario de todo lo que habían recogido. Comida suficiente para una semana, al menos, y agua abundante. El botiquín de Bea se había ampliado con varios complementos, incluyendo un maletín de médico que habían encontrado en uno de los chalés. Pero, con todo, lo más importante eran las armas. Contaban con dos hachas, un bate, un puñal, dos pistolas, un rifle y una escopeta, además de muchas cajas de munición. Todo un arsenal para dos jóvenes cuya experiencia en armas se reducía a los revólveres que habían visto en las películas de vaqueros. Si eso servía como manual o experiencia, entonces podían considerarse unos verdaderos expertos.
Toni inspeccionó detenidamente las armas largas, pues las pistolas más o menos ya las controlaba. Se las quedó mirando fijamente, después de colocarlas cuidadosamente sobre el sofá. La única escopeta que había disparado en su vida era de perdigones, en la feria. Intentó hacerse la ilusión de que, con suerte, quizá éstas no fueran demasiado diferentes… El HK era un rifle de asalto moderno, usado por las Fuerzas Armadas como arma reglamentaria de combate. Apenas pesaría unos tres kilos y era muy manejable y cómodo. Contó las balas que cabían en el cargador: treinta. Sería cuestión de probarlo antes de que tuvieran verdadera necesidad de usarlo, porque sabía que esos trastos podían disparar en modo semiautomático o en ráfagas. En fin… Y habría que ver qué retroceso tenía, y qué estabilidad, y cómo andaban de puntería...
La escopeta era del sistema de corredera, y cabían siete cartuchos todos seguidos, según pudo comprobar. Seguro que tenía menor fiabilidad que el fusil, y bastante más retroceso, también. Pero, en cambio, no era necesario afinar tanto la puntería. Bueno, ya decidirían quién se hacía cargo de cada arma…
A través de la ventana, Toni observaba el movimiento en la calle. Apenas media docena de deambulantes vagaban por los alrededores del todoterreno y el Clío, y otros pocos estaban de pie, inmóviles, con la mirada vacía colocada en algún lugar fuera del alcance de sus atrofiados cerebros. En la parcela de los vecinos, otro grupo pequeño se esparcía por la crecida y descuidada hierba, sin prestar atención a nada en particular. «Puede que lo consigamos», pensó el chaval.
La tarde era tranquila. El sol iniciaba su puesta muy despacio, al otro lado de la explanada del aparcamiento del club social, sobre la copa de los pinos. La madre de Bea arañaba incansable la madera de la trampilla de la bodega…

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