Todavía no
se podían creer que hubieran sido capaces de regresar a casa con todo el equipaje que habían encontrado. Lo de
menos eran las latas de conservas, o los paquetes de galletas, o las tabletas
de chocolate que llenaban las mochilas. Si realmente estaban asombrados era por
haber logrado llegar con casi todo el arsenal del abuelo de Olga. La mochila de
Toni debía de pesar al menos veinte kilos a causa de la munición, pero se había
negado a dejarla allí, de modo que cargó con todos los cartuchos que pudo. Bastante frustración le había supuesto
tener que abandonar varios de los rifles. Al final, había seleccionado solo
dos: una escopeta Remington 870 y un fusil de asalto HK G36E, equipado con lanzagranadas.
A pesar de
todo, Toni se arrepintió de haber dejado el resto de las armas. Le había hecho
caso a Bea porque había insistido, y mucho, en que no podrían con todo el peso
que suponían las mochilas, la munición y el juego completo de escopetas.
Demasiado hierro, le dijo. Pero, en realidad, no era tanto el trecho que debían
recorrer, y Toni suponía que incluso a rastras habría sido capaz de llevarlos.
Además, siempre podían haber perdido cinco minutos más en buscar una bolsa lo
suficientemente resistente para acarrear las armas…
Y es que,
en cuanto puso el pie en la parcela de Bea y vio el todoterreno al fondo, al
otro lado de la verja, comprendió que el esfuerzo habría sido únicamente hasta
allí, porque, después, el coche correría con los gastos… Pero ya estaba hecho,
y por supuesto no pensó ni por un momento desandar el camino de nuevo…
La vuelta
había resultado poco menos que un paseo, agobiados por las pesadas mochilas,
pero un paseo. Cuando salieron por la puerta de la cocina al jardín posterior
del chalé del abuelo de Olga, esperaron unos instantes en silencio, escuchando.
Pero solo oían el rumor de fondo de los deambulantes hacinándose torpemente
contra el muro de la calle, al otro lado de la casa. Estaban fuera de su vista,
y con eso habían contado. Saltaron la valla trasera y se encontraron en la
carretera de Valdestillas. A la derecha el camino se adentraba en profundos
pinares. Hacia la izquierda, el pueblo, el chalé de Bea, el camino de regreso…
Y ese
camino no tendría más de trescientos metros en línea recta. Era verdad que estaban
en terreno abierto, sin prácticamente protección en caso de tener un mal
encuentro, pero, por lo que habían visto en los días anteriores, no era una vía
muy transitada, ni por vivos ni por muertos, excepto ellos mismos. Un camino
que a los dos jóvenes se les hizo extrañamente largo, no por el peso sino por
la sensación de vulnerabilidad que les embargaba.
En
cualquier momento, en cualquier punto del recorrido, podía surgir el peligro en
forma de muertos. Estaban armados, pero disparar sería prácticamente un suicidio,
pues en pocos minutos el lugar se llenaría de deambulantes. Y luchar con las
hachas podría ser arriesgado si el número de muertos era elevado... También
contaban, a su favor, con la posibilidad de saltar la valla del chalé más
cercano, pero entonces tendrían que volver a casa cruzando de nuevo todas los chalés
que hubiera en el camino, una decena más o menos, con lo que ello implicaría de
demora y de pérdida del factor sorpresa, porque atraerían de nuevo a todos los
deambulantes al punto de partida, es decir, la casa de Bea.
Tantas
incógnitas, tantas tribulaciones, y al final para nada, porque llegaron a la
parte trasera del chalé sin ningún tropiezo. Fatigados pero de una pieza. Una
vez a salvo, bebieron agua hasta casi ahogarse. Pronto anochecería. Parecía
mentira, pero se les había ido prácticamente el día entero en una excursión de
poco más de medio kilómetro…
Comieron
chocolate y galletas. Tras la excitante jornada, sus cuerpos necesitaban más el
azúcar que las proteínas. Hicieron inventario de todo lo que habían recogido.
Comida suficiente para una semana, al menos, y agua abundante. El botiquín de
Bea se había ampliado con varios complementos, incluyendo un maletín de médico
que habían encontrado en uno de los chalés. Pero, con todo, lo más importante
eran las armas. Contaban con dos hachas, un bate, un puñal, dos pistolas, un
rifle y una escopeta, además de muchas cajas de munición. Todo un arsenal para
dos jóvenes cuya experiencia en armas se reducía a los revólveres que habían
visto en las películas de vaqueros. Si eso servía como manual o experiencia,
entonces podían considerarse unos verdaderos expertos.
Toni
inspeccionó detenidamente las armas largas, pues las pistolas más o menos ya las
controlaba. Se las quedó mirando
fijamente, después de colocarlas cuidadosamente sobre el sofá. La única
escopeta que había disparado en su vida era de perdigones, en la feria. Intentó
hacerse la ilusión de que, con suerte, quizá éstas no fueran demasiado
diferentes… El HK era un rifle de asalto moderno, usado por las Fuerzas Armadas
como arma reglamentaria de combate. Apenas pesaría unos tres kilos y era muy
manejable y cómodo. Contó las balas que cabían en el cargador: treinta. Sería
cuestión de probarlo antes de que tuvieran verdadera necesidad de usarlo,
porque sabía que esos trastos podían disparar en modo semiautomático o en
ráfagas. En fin… Y habría que ver qué retroceso tenía, y qué estabilidad, y
cómo andaban de puntería...
La
escopeta era del sistema de corredera, y cabían siete cartuchos todos seguidos,
según pudo comprobar. Seguro que tenía menor fiabilidad que el fusil, y
bastante más retroceso, también. Pero, en cambio, no era necesario afinar tanto
la puntería. Bueno, ya decidirían quién se hacía cargo de cada arma…
A través
de la ventana, Toni observaba el movimiento en la calle. Apenas media docena de
deambulantes vagaban por los alrededores del todoterreno y el Clío, y otros
pocos estaban de pie, inmóviles, con la mirada vacía colocada en algún lugar
fuera del alcance de sus atrofiados cerebros. En la parcela de los vecinos,
otro grupo pequeño se esparcía por la crecida y descuidada hierba, sin prestar
atención a nada en particular. «Puede que
lo consigamos», pensó el chaval.
La tarde
era tranquila. El sol iniciaba su puesta muy despacio, al otro lado de la
explanada del aparcamiento del club social, sobre la copa de los pinos. La
madre de Bea arañaba incansable la madera de la trampilla de la bodega…
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