Páginas

viernes, 28 de febrero de 2014

Primera parte. Siete. 2

Bea se dio cuenta de que se había olvidado de coger las garrafas de agua. Dudó entre volver a la casa o seguir dentro del coche. Tampoco había ningún peligro a la vista, de modo que, si se daba prisa, en un par de minutos estaría de regreso con el agua. Repentinamente decidida, abrió la puerta para salir, pero antes se giró hacia  el asiento del copiloto y cogió el hacha…
Apenas puso el pie en el suelo, sintió una tenaza que la aprisionaba por el tobillo, que tiraba con fuerza de su pierna y que, enseguida, hizo que cayera al suelo. Se golpeó la cadera con el borde de la puerta y dio de bruces contra el asfalto. Gritó, histérica, intentando comprender qué pasaba, y entonces le vio, también en el suelo, a dos palmos de su cara.
El tipo la tenía bien agarrada por la pierna mientras trataba de morderla. Bea vio sus dientes negruzcos, incluso podría haberlos contado de haber mantenido la mirada fija durante unos segundos más… Pero lo que en esos momentos no tenía era tiempo. Sintió su aliento, que olía a podrido, y tuvo un amago de náusea. El deambulante extendió el otro brazo hacia ella, intentando cogerla, pero no tenía mano; en su lugar, un muñón sanguinolento y reseco se agitaba en el aire. Era el monstruo al que el otro día le había seccionado el brazo al cerrar violentamente la pesada puerta de hierro. Solo que ahora parecía encontrarse en peor estado, porque, y eso era una suerte para Bea, se arrastraba por el suelo en lugar de caminar. Quizá tuviera las piernas rotas, o la columna. La enfermera no lo había visto cuando subió al coche porque el muerto estaba literalmente debajo y detrás del vehículo, en el lado opuesto al conductor, y solo al sentir su presencia y escuchar el ruido de la puerta y del motor parecía haber encontrado motivos suficientes para intentar comer.
Pese a que el tipo no parecía en condiciones de poder levantarse, la situación de Bea era muy comprometida. No encontraba forma de que soltara su tobillo, y la presión iba en aumento. Lanzó una asustada mirada a su pierna; los dedos del sujeto parecían cables fuertemente tensados alrededor de su carne, garras de un ave de presa monstruosa y deforme. Aunque podía mantener alejada de su cuerpo la cabeza del deambulante, evitando así los mordiscos que le lanzaba, si no se liberaba pronto de la férrea presión, corría serio riesgo de que su pie dejara de recibir flujo sanguíneo.
Intentó golpearlo con su pierna libre, pero el deambulante parecía estar hecho de goma, porque las patadas no producían el menor efecto en él. Revolviéndose en el suelo, Bea pudo por fin levantarse. Se dio cuenta entonces de que el hacha seguía en su mano derecha, y que, en ese momento, ambas, mano y hacha, parecían estar soldadas, formando una única y mortal herramienta. Miró el hacha como si no la hubiera visto nunca. La idea que con inusitada insistencia le venía a la mente le repugnaba, pero sabía que debía hacerlo. De lo contrario, y si Toni no regresaba ya, su vida duraría lo que tardara cualquier otro deambulante en aparecer por allí.
Mientras ponía el pie derecho sobre el cuello del sujeto, apretando con fuerza para inmovilizarle la cabeza, se inclinó sobre él y descargó un hachazo. Su propio miedo hizo que el golpe careciera de la fuerza suficiente, y apenas logró cortar poco más de un centímetro de la dermis. Ni siquiera brotó sangre. Venciendo su repugnancia, descargó un segundo hachazo. Esta vez tocó el hueso. Aunque el golpe no había logrado cortar el brazo, y el deambulante ni siquiera había pestañeado, Bea sintió que la presión sobre su tobillo se relajaba. Sin duda, el corte había afectado a los tendones de la mano… El tercer hachazo seccionó los huesos, y dejó el antebrazo del deambulante unido a la articulación del codo por unos pocos ligamentos y parte de la piel posterior.
Bea dio un tirón con su pierna y arrastró tras sí el antebrazo, ya completamente desprendido. Sintiendo un asco inmenso, fue levantando uno por uno los dedos, que aún la aferraban, ya inermes. El pobre diablo, con ambos brazos amputados, parecía un muñeco roto retorciéndose en el suelo. No había atisbo de humanidad, dolor o estupor en su vacía mirada. Tan solo continuaba su agónico arrastrar, agitando los muñones de sus extremidades superiores, tratando de morder a la enfermera.
De pie ante el coche, con el hacha colgando lánguidamente de su brazo, Bea contemplaba el patético espectáculo. A sus pies había un pequeño charco de sangre formado por la atroz amputación que había tenido que practicar en tan patético enfermo, ella, cuya vocación profesional consistía en ayudar a los demás, en aliviarles el sufrimiento, en colaborar para salvar vidas… Dio un paso hacia atrás y el deambulante la siguió, realizando inverosímiles contorsiones en el suelo. Pugnaba por alcanzarla, por clavar sus dientes muertos en su carne viva y caliente.
Con el hacha en la mano, Bea se volvió e hizo ademán de caminar hacia su casa, decidida a coger el agua. Sabía que lo más humano habría sido acabar con el sufrimiento de ese ser, suponiendo que sufriera. Toni le habría soltado un seco hachazo en pleno hueso frontal, acabando de una vez. Pero Toni no estaba allí. Ella sí, y era ella quien había tenido que luchar para salvar la vida. A ella correspondía, por tanto, la decisión. Ya había sufrido bastante cortándole un brazo…
Entonces, el motor del coche se paró de repente. Bea, esquivando el cuerpo mutilado que reptaba por el suelo, se sentó al volante. Todos los indicadores luminosos del panel estaban encendidos. Apagó el contacto, volvió a darlo, y el motor hizo un amago, pero no pasó nada más. Lo intentó otra vez, con el mismo resultado. Los indicadores de batería, aceite y combustible se apagaban, pero, en cambio, permanecía encendido otro en un tono naranja amenazador que indicaba fallo electrónico. El coche no iba a volver a andar a menos que un mecánico le hiciera una visita…
Vaya mierda. Bea miró a su alrededor, con una mezcla de hastío, cansancio y miedo. Toni no aparecía, y ya habían pasado bastantes más minutos de los diez que se dio a sí mismo de plazo. Cogió la mochila, cerró el coche de un portazo y entró de nuevo en el jardín, cerciorándose de haber asegurado bien la puerta de barrotes de hierro. Mientras caminaba, dirigió una última mirada al pobre diablo que desde el suelo, junto al coche, parecía sonreírle con su boca descarnada…