Bea se dio
cuenta de que se había olvidado de coger las garrafas de agua. Dudó entre
volver a la casa o seguir dentro del coche. Tampoco había ningún peligro a la
vista, de modo que, si se daba prisa, en un par de minutos estaría de regreso
con el agua. Repentinamente decidida, abrió la puerta para salir, pero antes se giró hacia el asiento del copiloto y cogió el hacha…
Apenas
puso el pie en el suelo, sintió una tenaza que la aprisionaba por el tobillo, que
tiraba con fuerza de su pierna y que, enseguida, hizo que cayera al suelo. Se
golpeó la cadera con el borde de la puerta y dio de bruces contra el asfalto.
Gritó, histérica, intentando comprender qué pasaba, y entonces le vio, también
en el suelo, a dos palmos de su cara.
El tipo la
tenía bien agarrada por la pierna mientras trataba de morderla. Bea vio sus
dientes negruzcos, incluso podría haberlos contado de haber mantenido la mirada
fija durante unos segundos más… Pero lo que en esos momentos no tenía era tiempo.
Sintió su aliento, que olía a podrido, y tuvo un amago de náusea. El
deambulante extendió el otro brazo hacia ella, intentando cogerla, pero no
tenía mano; en su lugar, un muñón sanguinolento y reseco se agitaba en el aire.
Era el monstruo al que el otro día le había seccionado el brazo al cerrar violentamente
la pesada puerta de hierro. Solo que ahora parecía encontrarse en peor estado,
porque, y eso era una suerte para Bea, se arrastraba por el suelo en lugar de
caminar. Quizá tuviera las piernas rotas, o la columna. La enfermera no lo
había visto cuando subió al coche porque el muerto estaba literalmente debajo y
detrás del vehículo, en el lado opuesto al conductor, y solo al sentir su
presencia y escuchar el ruido de la puerta y del motor parecía haber encontrado
motivos suficientes para intentar comer.
Pese a que
el tipo no parecía en condiciones de poder levantarse, la situación de Bea era muy
comprometida. No encontraba forma de que soltara su tobillo, y la presión iba
en aumento. Lanzó una asustada mirada a su pierna; los dedos del sujeto
parecían cables fuertemente tensados alrededor de su carne, garras de un ave de
presa monstruosa y deforme. Aunque podía mantener alejada de su cuerpo la
cabeza del deambulante, evitando así los mordiscos que le lanzaba, si no se liberaba
pronto de la férrea presión, corría serio riesgo de que su pie dejara de
recibir flujo sanguíneo.
Intentó
golpearlo con su pierna libre, pero el deambulante parecía estar hecho de goma,
porque las patadas no producían el menor efecto en él. Revolviéndose en el
suelo, Bea pudo por fin levantarse. Se dio cuenta entonces de que el hacha seguía
en su mano derecha, y que, en ese momento, ambas, mano y hacha, parecían estar
soldadas, formando una única y mortal herramienta. Miró el hacha como si no la
hubiera visto nunca. La idea que con inusitada insistencia le venía a la mente le
repugnaba, pero sabía que debía hacerlo.
De lo contrario, y si Toni no regresaba ya,
su vida duraría lo que tardara cualquier otro deambulante en aparecer por allí.
Mientras
ponía el pie derecho sobre el cuello del sujeto, apretando con fuerza para
inmovilizarle la cabeza, se inclinó sobre él y descargó un hachazo. Su propio
miedo hizo que el golpe careciera de la fuerza suficiente, y apenas logró
cortar poco más de un centímetro de la dermis. Ni siquiera brotó sangre.
Venciendo su repugnancia, descargó un segundo hachazo. Esta vez tocó el hueso.
Aunque el golpe no había logrado cortar el brazo, y el deambulante ni siquiera había
pestañeado, Bea sintió que la presión sobre su tobillo se relajaba. Sin duda,
el corte había afectado a los tendones de la mano… El tercer hachazo seccionó los
huesos, y dejó el antebrazo del deambulante unido a la articulación del codo
por unos pocos ligamentos y parte de la piel posterior.
Bea dio un
tirón con su pierna y arrastró tras sí el antebrazo, ya completamente
desprendido. Sintiendo un asco inmenso, fue levantando uno por uno los dedos,
que aún la aferraban, ya inermes. El pobre diablo, con ambos brazos amputados,
parecía un muñeco roto retorciéndose en el suelo. No había atisbo de humanidad,
dolor o estupor en su vacía mirada. Tan solo continuaba su agónico arrastrar,
agitando los muñones de sus extremidades superiores, tratando de morder a la
enfermera.
De pie
ante el coche, con el hacha colgando lánguidamente de su brazo, Bea contemplaba
el patético espectáculo. A sus pies había un pequeño charco de sangre formado
por la atroz amputación que había tenido que practicar en tan patético enfermo,
ella, cuya vocación profesional consistía en ayudar a los demás, en aliviarles
el sufrimiento, en colaborar para salvar vidas… Dio un paso hacia atrás y el
deambulante la siguió, realizando inverosímiles contorsiones en el suelo. Pugnaba
por alcanzarla, por clavar sus dientes muertos en su carne viva y caliente.
Con el
hacha en la mano, Bea se volvió e hizo ademán de caminar hacia su casa,
decidida a coger el agua. Sabía que lo más humano
habría sido acabar con el sufrimiento de ese ser, suponiendo que sufriera. Toni
le habría soltado un seco hachazo en pleno hueso frontal, acabando de una vez.
Pero Toni no estaba allí. Ella sí, y era ella quien había tenido que luchar
para salvar la vida. A ella correspondía, por tanto, la decisión. Ya había sufrido
bastante cortándole un brazo…
Entonces,
el motor del coche se paró de repente. Bea, esquivando el cuerpo mutilado que
reptaba por el suelo, se sentó al volante. Todos los indicadores luminosos del
panel estaban encendidos. Apagó el contacto, volvió a darlo, y el motor hizo un
amago, pero no pasó nada más. Lo intentó otra vez, con el mismo resultado. Los
indicadores de batería, aceite y combustible se apagaban, pero, en cambio,
permanecía encendido otro en un tono naranja amenazador que indicaba fallo
electrónico. El coche no iba a volver a andar a menos que un mecánico le
hiciera una visita…
Vaya
mierda. Bea miró a su alrededor, con una mezcla de hastío, cansancio y miedo.
Toni no aparecía, y ya habían pasado bastantes más minutos de los diez que se
dio a sí mismo de plazo. Cogió la mochila, cerró el coche de un portazo y entró
de nuevo en el jardín, cerciorándose de haber asegurado bien la puerta de
barrotes de hierro. Mientras caminaba, dirigió una última mirada al pobre
diablo que desde el suelo, junto al coche, parecía sonreírle con su boca descarnada…