Desde el
mismo instante en que Toni salió de la casa, Bea se había colocado al lado de
la ventana. Evitaba conscientemente mirar hacia donde estaba la trampilla de la
bodega, aunque la alfombra y el sofá la ocultaran. Su madre seguía allí, arañando
la madera incansablemente.
En la
calle nada había cambiado. Un enjambre de deambulantes, a cual más espantoso,
continuaba ocupando aceras y calzada, agarrándose a los barrotes de las
puertas, gimiendo mientras se estorbaban unos a otros en su afán por pasar al
otro lado. La misma escena se repetía en la valla medianera que separaba su
parcela de la del vecino, donde otro numeroso grupo pugnaba por derribarla y
traspasar el seto.
Cuando era
cría jugaba en ese jardín con Andrés y Eva, los hijos de los Caramazana, sus
vecinos. ¿Dónde estarían ahora…? Quizá muertos, o peor, casi muertos, deambulando por las calles donde antes saludaban a
todos los que se cruzaban con ellos… Recordaba las tardes agradables del largo
verano, cuando repartían su tiempo entre los juegos en la parcela y los baños
en la piscina del club, siempre vigilados por la atenta mirada de su madre, su
madre… que ahora arañaba la puerta de la bodega a oscuras, sin el menor atisbo
ya de humanidad…
Su padre
atendía la farmacia sin desfallecer, noche y día. Cualquier vecino del pueblo
sabía que siempre estaba dispuesto a ayudar. Si el local estaba
cerrado debido a la hora o a que era domingo, no dudaban en acercarse a casa,
donde guardaba reservas de medicamentos y otros productos. Ella jugaba, pero se
daba cuenta de esos detalles, por eso siempre decía que su papá trabajaba
mucho.
Y luego
llegaba el otoño, la vuelta a clase, El Coto, que poco a poco se iba quedando
vacío… Salvo sus padres y algunas familias más, no muchas, el resto volvía a
Valladolid, y solo regresaban algún fin de semana que otro y en verano. Bea
pasaba las oscuras tardes de invierno, tras el colegio y las clases de solfeo,
estudiando en su cuarto, mientras la casa olía a plancha caliente y su madre
ponía invariablemente música de Chopin. También en esos días fríos disfrutaba,
aunque no estuvieran ya sus vecinos, porque imaginaba diversos escenarios donde
ella, y un valiente galán, eran los protagonistas. No importaba si era al lado
de la leñera, cerca de la puerta de entrada de la calle o detrás de la casa,
junto al seto de la carretera de Valdestillas, Bea siempre tenía algo que hacer…
Ahora, en
cambio, estaba junto a la ventana, inmóvil, sin otra cosa en la cabeza que el
inmenso deseo de salir de allí. Cerró los ojos y se imaginó a ese chico tan
valiente cruzando las calles del Coto, esquivando a los deambulantes que
intentaban matarlo… Rogó para que estuviera a salvo, y, sobre todo, para que la
salvara a ella…
Pero los
minutos pasaban, y no sucedía nada. El sol asomaba por un instante entre las
nubes que se cerraban y volvía a ocultarse, tímido, no queriendo, quizá, ser
testigo de tanto infortunio, de tanta miseria… Bea se mordía las uñas y miraba
su reloj. ¿Cuánto tardaba? ¿Y si le había pasado algo? Sí, eso debía de ser. Si
no, ya habría hecho ruido, como él
dijo. Acaso había depositado demasiada confianza en un adolescente de la calle,
dejando en sus manos una terrible responsabilidad. Y apenas era poco más que un
niño… Quizá ella debió de mostrarse más firme, más enérgica. Quizá debió de
aportar su opinión, en lugar de dejarle a él todo el peso de las decisiones…
Ahora era
demasiado tarde. fuera lo que fuese que Toni estuviera haciendo, lo hacía solo,
mientras a ella le consumía la impaciencia. No oía nada,
excepto los arañazos de su madre y los gemidos de los deambulantes, afuera. Se
dirigió al pequeño bar y se sirvió una generosa ración de ron. Aunque tenía que
conducir, no quedaban ya controles de alcoholemia… Cogió con nerviosismo la
mochila con lo poco que habían reunido y se acopló otra vez junto a la ventana.
En la mano derecha tenía el hacha que finalmente había aceptado a Toni. Dudaba
mucho de que fuera capaz de usarla. Ignoraba incluso si sabría… Pero, de
momento, empuñarla le infundía un poco de seguridad, ilusoria, sin duda.
Deseaba
con todas sus fuerzas salir corriendo, subir al coche y marcharse.
Inmediatamente, sin esperar a Toni. Sabía que no lo iba a a hacer, pero algo en
su interior le impelía a ello, el pánico la obligaba... Sin embargo, por
suerte, el sentido común también susurraba en su oído, y sin duda era mejor
consejero… Debía esperarle. Suponiendo que regresara. Además, antes que todo
eso, estaba el asunto de las llaves. ¿Estarían en el contacto, tal como le
había asegurado Toni? Ella sabía que solo lo había hecho para tranquilizarla. Y
efectivamente lo logró. Pero eso fue entonces. Ahora, lo ponía seriamente en
duda. Lo más probable era que se le hubieran perdido en medio de la huida,
ya que no aparecían por ningún sitio.
No sabía
cuánto tiempo había pasado, pero justo cuando comenzaba a relajarse, y un suave
estado de ensueño la invadía, sonó una tremenda explosión que hizo retumbar los
cristales de la casa. Dio un bote, sobresaltada. Era la señal.
Pegó la
cara ávidamente a la ventana. El efecto había sido inmediato sobre los
deambulantes. Aunque en un primer momento parecieron aturdidos o desorientados,
de repente, y casi podría decirse que ordenadamente, se pusieron en movimiento
hacia el lugar de procedencia de la explosión. Bea no había podido ver nada, pero
le pareció que provenía del otro lado del aparcamiento, hacia la derecha, en
dirección al pueblo, que era, precisamente, hacia donde se dirigían los muertos.
Dejó pasar
un minuto. Se atrevió entonces a abrir la puerta, muy despacio. La calle parecía
desierta. Salió al porche. Al otro lado de la valla de los Caramazana tampoco
se veía a ningún deambulante. Avanzó unos pasos por el jardín. No vio nada.
Corrió entonces hasta la puerta de la calle, con la mochila a la espalda y el
hacha empuñada en la mano derecha. Metió la llave en la cerradura y abrió sin
hacer ruido. Asomó la cabeza. Todas sus precauciones parecían innecesarias,
porque la calle estaba completamente vacía. En tres pasos se plantó delante del
Clío azul oscuro. Cerró los ojos y tiró de la manilla. Estaba abierta.
Un
relámpago iluminó su cabeza. «Si el coche
está abierto, lo más probable es que me dejara las llaves puestas». Miró
con aprensión. Allí estaban las llaves, colgando del contacto. Suspiró, dejó la
mochila y el hacha en el asiento del copiloto y se sentó al volante. Giró la
llave. El motor se resistió a la primera, y a la segunda, pero a la tercera,
renqueante, arrancó, soltando una densa humareda por el tubo de escape. Bea
mantuvo la presión sobre el acelerador intentando estabilizar el frío motor.
Ahora solo tenía que esperar a Toni. Miró su reloj. Empezó a contar los minutos...