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miércoles, 26 de febrero de 2014

Primera parte. Siete. 1

Desde el mismo instante en que Toni salió de la casa, Bea se había colocado al lado de la ventana. Evitaba conscientemente mirar hacia donde estaba la trampilla de la bodega, aunque la alfombra y el sofá la ocultaran. Su madre seguía allí, arañando la madera incansablemente.
En la calle nada había cambiado. Un enjambre de deambulantes, a cual más espantoso, continuaba ocupando aceras y calzada, agarrándose a los barrotes de las puertas, gimiendo mientras se estorbaban unos a otros en su afán por pasar al otro lado. La misma escena se repetía en la valla medianera que separaba su parcela de la del vecino, donde otro numeroso grupo pugnaba por derribarla y traspasar el seto.
Cuando era cría jugaba en ese jardín con Andrés y Eva, los hijos de los Caramazana, sus vecinos. ¿Dónde estarían ahora…? Quizá muertos, o peor, casi muertos, deambulando por las calles donde antes saludaban a todos los que se cruzaban con ellos… Recordaba las tardes agradables del largo verano, cuando repartían su tiempo entre los juegos en la parcela y los baños en la piscina del club, siempre vigilados por la atenta mirada de su madre, su madre… que ahora arañaba la puerta de la bodega a oscuras, sin el menor atisbo ya de humanidad…
Su padre atendía la farmacia sin desfallecer, noche y día. Cualquier vecino del pueblo sabía que siempre estaba dispuesto a ayudar. Si el local estaba cerrado debido a la hora o a que era domingo, no dudaban en acercarse a casa, donde guardaba reservas de medicamentos y otros productos. Ella jugaba, pero se daba cuenta de esos detalles, por eso siempre decía que su papá trabajaba mucho.
Y luego llegaba el otoño, la vuelta a clase, El Coto, que poco a poco se iba quedando vacío… Salvo sus padres y algunas familias más, no muchas, el resto volvía a Valladolid, y solo regresaban algún fin de semana que otro y en verano. Bea pasaba las oscuras tardes de invierno, tras el colegio y las clases de solfeo, estudiando en su cuarto, mientras la casa olía a plancha caliente y su madre ponía invariablemente música de Chopin. También en esos días fríos disfrutaba, aunque no estuvieran ya sus vecinos, porque imaginaba diversos escenarios donde ella, y un valiente galán, eran los protagonistas. No importaba si era al lado de la leñera, cerca de la puerta de entrada de la calle o detrás de la casa, junto al seto de la carretera de Valdestillas, Bea siempre tenía algo que hacer…
Ahora, en cambio, estaba junto a la ventana, inmóvil, sin otra cosa en la cabeza que el inmenso deseo de salir de allí. Cerró los ojos y se imaginó a ese chico tan valiente cruzando las calles del Coto, esquivando a los deambulantes que intentaban matarlo… Rogó para que estuviera a salvo, y, sobre todo, para que la salvara a ella…
Pero los minutos pasaban, y no sucedía nada. El sol asomaba por un instante entre las nubes que se cerraban y volvía a ocultarse, tímido, no queriendo, quizá, ser testigo de tanto infortunio, de tanta miseria… Bea se mordía las uñas y miraba su reloj. ¿Cuánto tardaba? ¿Y si le había pasado algo? Sí, eso debía de ser. Si no, ya habría hecho ruido, como él dijo. Acaso había depositado demasiada confianza en un adolescente de la calle, dejando en sus manos una terrible responsabilidad. Y apenas era poco más que un niño… Quizá ella debió de mostrarse más firme, más enérgica. Quizá debió de aportar su opinión, en lugar de dejarle a él todo el peso de las decisiones…
Ahora era demasiado tarde. fuera lo que fuese que Toni estuviera haciendo, lo hacía solo, mientras a ella le consumía la impaciencia. No oía nada, excepto los arañazos de su madre y los gemidos de los deambulantes, afuera. Se dirigió al pequeño bar y se sirvió una generosa ración de ron. Aunque tenía que conducir, no quedaban ya controles de alcoholemia… Cogió con nerviosismo la mochila con lo poco que habían reunido y se acopló otra vez junto a la ventana. En la mano derecha tenía el hacha que finalmente había aceptado a Toni. Dudaba mucho de que fuera capaz de usarla. Ignoraba incluso si sabría… Pero, de momento, empuñarla le infundía un poco de seguridad, ilusoria, sin duda.
Deseaba con todas sus fuerzas salir corriendo, subir al coche y marcharse. Inmediatamente, sin esperar a Toni. Sabía que no lo iba a a hacer, pero algo en su interior le impelía a ello, el pánico la obligaba... Sin embargo, por suerte, el sentido común también susurraba en su oído, y sin duda era mejor consejero… Debía esperarle. Suponiendo que regresara. Además, antes que todo eso, estaba el asunto de las llaves. ¿Estarían en el contacto, tal como le había asegurado Toni? Ella sabía que solo lo había hecho para tranquilizarla. Y efectivamente lo logró. Pero eso fue entonces. Ahora, lo ponía seriamente en duda. Lo más probable era que se le hubieran perdido en medio de la huida, ya que no aparecían por ningún sitio.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero justo cuando comenzaba a relajarse, y un suave estado de ensueño la invadía, sonó una tremenda explosión que hizo retumbar los cristales de la casa. Dio un bote, sobresaltada. Era la señal.
Pegó la cara ávidamente a la ventana. El efecto había sido inmediato sobre los deambulantes. Aunque en un primer momento parecieron aturdidos o desorientados, de repente, y casi podría decirse que ordenadamente, se pusieron en movimiento hacia el lugar de procedencia de la explosión. Bea no había podido ver nada, pero le pareció que provenía del otro lado del aparcamiento, hacia la derecha, en dirección al pueblo, que era, precisamente, hacia donde se dirigían los muertos.
Dejó pasar un minuto. Se atrevió entonces a abrir la puerta, muy despacio. La calle parecía desierta. Salió al porche. Al otro lado de la valla de los Caramazana tampoco se veía a ningún deambulante. Avanzó unos pasos por el jardín. No vio nada. Corrió entonces hasta la puerta de la calle, con la mochila a la espalda y el hacha empuñada en la mano derecha. Metió la llave en la cerradura y abrió sin hacer ruido. Asomó la cabeza. Todas sus precauciones parecían innecesarias, porque la calle estaba completamente vacía. En tres pasos se plantó delante del Clío azul oscuro. Cerró los ojos y tiró de la manilla. Estaba abierta.
Un relámpago iluminó su cabeza. «Si el coche está abierto, lo más probable es que me dejara las llaves puestas». Miró con aprensión. Allí estaban las llaves, colgando del contacto. Suspiró, dejó la mochila y el hacha en el asiento del copiloto y se sentó al volante. Giró la llave. El motor se resistió a la primera, y a la segunda, pero a la tercera, renqueante, arrancó, soltando una densa humareda por el tubo de escape. Bea mantuvo la presión sobre el acelerador intentando estabilizar el frío motor. Ahora solo tenía que esperar a Toni. Miró su reloj. Empezó a contar los minutos...