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domingo, 23 de febrero de 2014

Primera parte. Seis. 5

Era verdad que lo había visto hacer infinidad de veces, y hasta en alguna ocasión había tanteado su funcionamiento, para probar una cosa más de las muchas que llevaba ya en su cuenta. Pero nunca había conducido en serio, nunca más allá de unos pocos metros calle abajo con el coche de algún colega. Y ahora, de pronto, allí estaba, sentado al volante de una máquina de devorar carreteras, un impresionante todoterreno de más de 2000 kg de peso y casi 200 caballos de potencia...
Toni giró un cuarto de vuelta la llave en el contacto. No pasó nada. Miró el tablero. Los indicadores estaban encendidos. La batería, el aceite, el combustible… ¿Qué podía pasar? Quizá no había conectado algún botón… Ese trasto era bastante más complejo que los coches de sus amigos… Levantó la mirada del salpicadero y al otro lado del parabrisas vio los dientes renegridos de un deambulante que se había encaramado al capó y se esforzaba por mantenerse sobre él en un complicado equilibrio.
Cerró los ojos y suspiró hondamente, dispuesto a intentar arrancar de nuevo. Entonces vio el paquete de tabaco asomando por la guantera lateral del coche, y no pudo resistirse. Cogió un cigarrillo y trató de encenderlo, pero ni siquiera acertó a sacar su Zippo del bolsillo. Desistió de fumar. Seguía temblando ligeramente, pero ahora no dudó más. Giró la llave a tope y la máquina rugió con estruendo. Dio un brinco de medio metro hacia adelante, haciendo que el muerto que pugnaba por sujetarse saliera despedido sobre el resto de deambulantes que había alrededor, y el motor se paró en seco. Se había calado.
Toni miró la palanca de cambios. Pisó el embrague y quitó la velocidad. O eso creyó. Volvió a arrancar, y ahora el coche permaneció en el mismo sitio. Pisó el acelerador y las revoluciones subieron, llenado el garaje de gases. Pero eso a los deambulantes no parecía afectarles lo más mínimo. El chaval se armó de valor. Mantenía el cigarrillo colgando de su labio inferior, apenas sujeto por un hilo de saliva reseca. Desembragó, metió una velocidad, y pisó el acelerador.
El todoterreno comenzó a moverse despacio. Toni controlaba el juego de pedales con tiento para no quedarse de nuevo en blanco. No sabía en qué marcha iba, pero el coche andaba. Sufría pequeñas sacudidas a intervalos, como si avanzara sobre baches encadenados. Comprendió que no era otra cosa que los cuerpos de los pobres diablos, que, incapaces de apartarse, caían al suelo bajo las enormes ruedas del vehículo. Mientras iba aplastando huesos, destrozando cráneos, seccionado miembros…, el coche salió al jardín.
Rodeado por decenas de deambulantes que insensibles al atropello trataban por todos los medios de entrar en el vehículo, Toni no supo elegir entre girar sobre el camino empedrado para llegar hasta la puerta que daba a la calle –aunque, de hacerlo, ¿cómo demonios la iba a abrir?– o seguir de frente y arriesgarse a embestir el murete de escasa altura que hacía de valla. Pisó un poco más el acelerador y enfiló directamente la verja. Aunque la velocidad no era elevada, el peso del todoterreno, la fuerza de la aceleración y el colchón de cuerpos que iban cayendo bajo sus ruedas fueron suficientes para que, con un no demasiado contundente golpe, el vehículo arrancara la verja y saltara literalmente a la calle, arrastrando consigo a varios monstruos.
Veía de nuevo la luz del sol. Parecía que no tardaría en ponerse. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que salió esa mañana de casa de Bea? Una eternidad, por lo menos. Recordaba que si doblaba la esquina hacia la izquierda enfilaría una calle que le llevaría derecho hasta la carretera de Valdestillas, y siguiendo por ella un par de cientos de metros estaba la parte trasera del chalé. Pero, ¿qué sentido tenía ir a esas alturas, cuando la chica haría horas que se habría marchado? Tanto daba ir allí como a cualquier otra parte… Sin embargo, cuando llegó a la esquina, vio que al fondo de la calle se levantaba la valla metálica que la cerraba. Recordó entonces que la puerta de peatones estaba abierta, y que una cosa era arrancar una pequeña verja y otra embestir una valla mucho más firme y sólida. Decidió que no se iba a arriesgar a quedar atascado con el coche entre un montón de hierros retorcidos…
Solo le quedaba un camino. Bueno, dos, pero el otro implicaba adentrarse en una urbanización que no conocía y de la que solo tenía un plano… No, tampoco eso. El plano se había quedado en la mochila, junto con su palo y las latas de conserva. Decidió volver al aparcamiento del club social. Aunque intentó acelerar, el vehículo no cogió mucha más velocidad pese a revolucionarse, por lo que dedujo que iba en primera.
Era curioso, pero esperaba encontrar a muchos más deambulantes de los que aparecieron. Estaban, además, dispersos, salvo el grupo numeroso que había invadido la cochera y el jardín y los que aún seguían en la zona de la explosión. Dado que no se atrevía a cambiar de marcha, por miedo a que el motor se calara, tampoco podía ir más deprisa, por lo que resultaba inevitable que un cortejo de muertos le acompañara todo el recorrido. Pero no eran tantos como los que había visto por la mañana, o al menos no se lo pareció.
Al llegar al fondo de la calle, giró a la izquierda. Los deambulantes que se iba encontrando no eran obstáculo para el todoterreno, a cuya deslizante carrocería les era imposible agarrarse; algunos tropezaban torpemente y eran aplastados bajo las ruedas. Una curva a la derecha... Allí estaba el primer chalé que había asaltado, y, al fondo, la explanada del club y… ¡el coche de Bea!