Era verdad
que lo había visto hacer infinidad de veces, y hasta en alguna ocasión había
tanteado su funcionamiento, para probar una cosa más de las muchas que llevaba
ya en su cuenta. Pero nunca había conducido en serio, nunca más allá de unos
pocos metros calle abajo con el coche de algún colega. Y ahora, de pronto, allí
estaba, sentado al volante de una máquina de devorar carreteras, un
impresionante todoterreno de más de 2000 kg de peso y casi 200 caballos de potencia...
Toni giró
un cuarto de vuelta la llave en el contacto. No pasó nada. Miró el tablero. Los
indicadores estaban encendidos. La batería, el aceite, el combustible… ¿Qué
podía pasar? Quizá no había conectado algún botón… Ese trasto era bastante más
complejo que los coches de sus amigos… Levantó la mirada del salpicadero y al
otro lado del parabrisas vio los dientes renegridos de un deambulante que se
había encaramado al capó y se esforzaba por mantenerse sobre él en un
complicado equilibrio.
Cerró los
ojos y suspiró hondamente, dispuesto a intentar arrancar de nuevo. Entonces vio
el paquete de tabaco asomando por la guantera lateral del coche, y no pudo
resistirse. Cogió un cigarrillo y trató de encenderlo, pero ni siquiera acertó
a sacar su Zippo del bolsillo. Desistió de fumar. Seguía temblando ligeramente,
pero ahora no dudó más. Giró la llave a tope y la máquina rugió con estruendo.
Dio un brinco de medio metro hacia adelante, haciendo que el muerto que pugnaba
por sujetarse saliera despedido sobre el resto de deambulantes que había
alrededor, y el motor se paró en seco. Se había calado.
Toni miró
la palanca de cambios. Pisó el embrague y quitó la velocidad. O eso creyó.
Volvió a arrancar, y ahora el coche permaneció en el mismo sitio. Pisó el acelerador
y las revoluciones subieron, llenado el garaje de gases. Pero eso a los
deambulantes no parecía afectarles lo más mínimo. El chaval se armó de valor.
Mantenía el cigarrillo colgando de su labio inferior, apenas sujeto por un hilo
de saliva reseca. Desembragó, metió una velocidad, y pisó el acelerador.
El
todoterreno comenzó a moverse despacio. Toni controlaba el juego de pedales con
tiento para no quedarse de nuevo en blanco. No sabía en qué marcha iba, pero el
coche andaba. Sufría pequeñas sacudidas a intervalos, como si avanzara sobre
baches encadenados. Comprendió que no era otra cosa que los cuerpos de los
pobres diablos, que, incapaces de apartarse, caían al suelo bajo las enormes
ruedas del vehículo. Mientras iba aplastando huesos, destrozando cráneos,
seccionado miembros…, el coche salió al jardín.
Rodeado
por decenas de deambulantes que insensibles al atropello trataban por todos los
medios de entrar en el vehículo, Toni no supo elegir entre girar sobre el
camino empedrado para llegar hasta la puerta que daba a la calle –aunque, de
hacerlo, ¿cómo demonios la iba a abrir?– o seguir de frente y arriesgarse a
embestir el murete de escasa altura que hacía de valla. Pisó un poco más el
acelerador y enfiló directamente la verja. Aunque la velocidad no era elevada,
el peso del todoterreno, la fuerza de la aceleración y el colchón de cuerpos
que iban cayendo bajo sus ruedas fueron suficientes para que, con un no
demasiado contundente golpe, el vehículo arrancara la verja y saltara
literalmente a la calle, arrastrando consigo a varios monstruos.
Veía de
nuevo la luz del sol. Parecía que no tardaría en ponerse. ¿Cuánto tiempo
había pasado desde que salió esa mañana de casa de Bea? Una eternidad, por lo
menos. Recordaba que si doblaba la esquina hacia la izquierda enfilaría una
calle que le llevaría derecho hasta la carretera de Valdestillas, y siguiendo
por ella un par de cientos de metros estaba la parte trasera del chalé. Pero,
¿qué sentido tenía ir a esas alturas, cuando la chica haría horas que se habría
marchado? Tanto daba ir allí como a cualquier otra parte… Sin embargo, cuando
llegó a la esquina, vio que al fondo de la calle se levantaba la valla metálica
que la cerraba. Recordó entonces que la puerta de peatones estaba abierta, y
que una cosa era arrancar una pequeña verja y otra embestir una valla mucho más
firme y sólida. Decidió que no se iba a arriesgar a quedar atascado con el
coche entre un montón de hierros retorcidos…
Solo le
quedaba un camino. Bueno, dos, pero el otro implicaba adentrarse en una urbanización
que no conocía y de la que solo tenía un plano… No, tampoco eso. El plano se
había quedado en la mochila, junto con su palo y las latas de conserva. Decidió
volver al aparcamiento del club social. Aunque intentó acelerar, el vehículo no
cogió mucha más velocidad pese a revolucionarse, por lo que dedujo que iba en
primera.
Era
curioso, pero esperaba encontrar a muchos más deambulantes de los que
aparecieron. Estaban, además, dispersos, salvo el grupo numeroso que había
invadido la cochera y el jardín y los que aún seguían en la zona de la
explosión. Dado que no se atrevía a cambiar de marcha, por miedo a que el motor
se calara, tampoco podía ir más deprisa, por lo que resultaba inevitable que un
cortejo de muertos le acompañara todo el recorrido. Pero no eran tantos como
los que había visto por la mañana, o al menos no se lo pareció.
Al llegar
al fondo de la calle, giró a la izquierda. Los deambulantes que se iba
encontrando no eran obstáculo para el todoterreno, a cuya deslizante carrocería
les era imposible agarrarse; algunos tropezaban torpemente y eran aplastados
bajo las ruedas. Una curva a la derecha... Allí estaba el primer chalé que
había asaltado, y, al fondo, la explanada
del club y… ¡el coche de Bea!