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viernes, 21 de febrero de 2014

Primera parte. Seis. 4

El ruido era ensordecedor. Y sobre todo atroz. Mientras se contorsionaba para pasar los brazos atados por debajo de las piernas y poder así morder la cuerda que le aprisionaba las muñecas, Toni contemplaba el espectáculo rojo y negro que se desarrollaba a su alrededor. La cochera entera parecía haberse convertido en el escenario de una representación orgiástica de sangre de la que el pobre diablo aquel solo era el primer acto, y él sería el segundo, si no lo evitaba antes.
El garaje se había inundado de deambulantes. Incluso antes de que hubiera tenido tiempo de cerrar el portón del vehículo ya media docena de ellos estaban dentro de la cochera. El tipo no había tenido arrestos para reaccionar. Sencillamente, se quedó inmóvil esperando el ataque, paralizado por el intenso pánico que sentía. ¿Cómo había logrado un tipo así sobrevivir todos esos meses? Sin duda a costa de otros, pensó Toni.
En pocos segundos, una marea de deambulantes se abalanzó sobre él, destrozándolo literalmente. Mientras los muertos se disputaban sus despojos, Toni consiguió por fin liberar las manos rompiendo la fina cuerda con sus dientes. Cogió el hacha, se la metió entre el cinturón y la cadera y se encaramó al asiento del conductor. Ignoraba si los deambulantes sabían que estaba allí dentro. De momento no daban muestras de haberlo localizado. Por eso debía ser cuidadoso. Los cristales del todoterreno estaban tintados, y eso también ayudaba.
Dirigió una mirada inquisitiva hacia el salpicadero. A través del parabrisas solo podía ver una multitud de deambulantes que inundaban la cochera, y había más en el jardín, según pudo comprobar a través de la puerta seccional, casi abierta del todo. Afuera, el sol parecía por fin haberse atrevido a salir, despejando parcialmente el cielo de nubes.
Solo tenía dos opciones: quedarse allí quietecito hasta que la cosa se tranquilizara y se aclarara el ambiente, o probar suerte arrancando el coche, lanzándose a una carrera que no estaba seguro de ganar. Sopesó ambas. Si se quedaba, perdería demasiado tiempo, y debería volver a replantearse todo el plan… Aunque, a esas alturas del día, Bea seguramente ya se habría marchado en su coche. Y no la culpaba. Era justamente lo que él mismo habría hecho y lo que además hizo prometer a la enfermera que haría si pasaban más de diez minutos. La segunda opción era salir zumbando, pero lo más probable era que no llegara muy lejos. Su inexperiencia como conductor estaba en su contra. Se acordaba de lo que les había pasado con el autocar… Además, ¿cómo iba a abrir la puerta de la parcela para salir con el coche a la calle? Por otra parte, seguramente la batería estaría descargada, y entonces ambas alternativas se reducían de golpe solamente a una.
Toni se dio cuenta entonces de que el coche estaba abierto, peligrosamente abierto. Bastaba con que uno de esos muertos se enganchara en la manilla de la puerta para que todo se precipitara. Decidió probar suerte. Muy despacio, avanzó la llave en el contacto hasta la siguiente posición. ¡Los indicativos del salpicadero se iluminaron! ¡Había batería!
Suspiró, escudriñando atentamente por las ventanillas. Los deambulantes parecían ajenos a su presencia, mirando al vacío, entretenidos algunos con los restos del infeliz que hasta hacía unos instantes era un hombre vivo. Pulsó el interruptor del bloqueo de puertas. Lo que sucedió a continuación le heló la sangre. ¡Nunca debería de haber hecho eso, nunca! Con lo que a él le pareció un estruendo de mil demonios, aunque solo se trataba de un leve sonido avisador, las puertas se bloquearon al tiempo que las luces intermitentes del vehículo parpadeaban dos veces seguidas. Estaba perdido. Sus dos opciones se habían reducido definitivamente a una.
Todos los deambulantes del garaje se volvieron hacia el origen del ruido y las luces. Todos los muertos comenzaron a aferrarse a los salientes del coche, a arañar los cristales, a gemir amenazadores… No podían verlo, pero sabían que estaba allí.