El ruido
era ensordecedor. Y sobre todo atroz. Mientras se contorsionaba para pasar los
brazos atados por debajo de las piernas y poder así morder la cuerda que le
aprisionaba las muñecas, Toni contemplaba el espectáculo rojo y negro que se
desarrollaba a su alrededor. La cochera entera parecía haberse convertido en el
escenario de una representación orgiástica de sangre de la que el pobre diablo
aquel solo era el primer acto, y él sería el segundo, si no lo evitaba antes.
El garaje
se había inundado de deambulantes. Incluso antes de
que hubiera tenido tiempo de cerrar el portón del vehículo ya media docena de
ellos estaban dentro de la cochera. El tipo no había tenido arrestos para reaccionar.
Sencillamente, se quedó inmóvil esperando el ataque, paralizado por el intenso
pánico que sentía. ¿Cómo había logrado un tipo así sobrevivir todos esos meses?
Sin duda a costa de otros, pensó Toni.
En pocos
segundos, una marea de deambulantes se abalanzó sobre él, destrozándolo
literalmente. Mientras los muertos se disputaban sus despojos, Toni consiguió
por fin liberar las manos rompiendo la fina cuerda con sus dientes. Cogió el
hacha, se la metió entre el cinturón y la cadera y se encaramó al asiento del
conductor. Ignoraba si los
deambulantes sabían que estaba allí dentro. De momento no daban muestras de
haberlo localizado. Por eso debía ser cuidadoso. Los cristales del todoterreno
estaban tintados, y eso también ayudaba.
Dirigió
una mirada inquisitiva hacia el salpicadero. A través del parabrisas solo podía
ver una multitud de deambulantes que inundaban la cochera, y había más en el
jardín, según pudo comprobar a través de la puerta seccional, casi abierta del todo. Afuera, el sol parecía
por fin haberse atrevido a salir, despejando parcialmente el cielo de nubes.
Solo tenía
dos opciones: quedarse allí quietecito hasta que la cosa se tranquilizara y se
aclarara el ambiente, o probar suerte arrancando el coche, lanzándose a una
carrera que no estaba seguro de ganar. Sopesó ambas. Si se quedaba, perdería
demasiado tiempo, y debería volver a replantearse todo el plan… Aunque, a esas
alturas del día, Bea seguramente ya se habría marchado en su coche. Y no la culpaba.
Era justamente lo que él mismo habría hecho y lo que además hizo prometer a la
enfermera que haría si pasaban más de diez minutos. La segunda opción era salir
zumbando, pero lo más probable era que no llegara muy lejos. Su inexperiencia
como conductor estaba en su contra. Se acordaba de lo que les había pasado con
el autocar… Además, ¿cómo iba a abrir la puerta de la parcela para salir con el
coche a la calle? Por otra parte, seguramente la batería estaría descargada, y
entonces ambas alternativas se reducían de golpe solamente a una.
Toni se
dio cuenta entonces de que el coche estaba
abierto, peligrosamente abierto. Bastaba con que uno de esos muertos se
enganchara en la manilla de la puerta para que todo se precipitara. Decidió
probar suerte. Muy despacio, avanzó la llave en el contacto hasta la siguiente
posición. ¡Los indicativos del salpicadero se iluminaron! ¡Había batería!
Suspiró, escudriñando
atentamente por las ventanillas. Los deambulantes parecían ajenos a su
presencia, mirando al vacío, entretenidos algunos con los restos del infeliz
que hasta hacía unos instantes era un hombre vivo. Pulsó el interruptor del
bloqueo de puertas. Lo que sucedió a continuación le heló la sangre. ¡Nunca debería de haber hecho eso, nunca! Con lo que a él le pareció un estruendo de mil demonios,
aunque solo se trataba de un leve sonido avisador, las puertas se bloquearon al
tiempo que las luces intermitentes del vehículo parpadeaban dos veces seguidas.
Estaba perdido. Sus dos opciones se habían reducido definitivamente a una.
Todos los
deambulantes del garaje se volvieron hacia el origen del ruido y las luces.
Todos los muertos comenzaron a aferrarse a los salientes del coche, a arañar
los cristales, a gemir amenazadores… No podían verlo, pero sabían que estaba allí.