Le parecía
que una nube de algodón taponaba sus oídos, o que, sencillamente, le habían
cortado las orejas. «¡Qué barbaridad –pensó,
inmerso en un dulce estado de ingravidez–,
eso no puede ser!». Pero la sensación que le embargaba e iba, además, en
aumento por momentos, era precisamente esa, que no tenía orejas, solo dos
agujeros abiertos a ambos lados de la cabeza por donde fluía el algodón, blanco
como la nieve recién cuajada. Al siguiente instante, sin embargo, un rojo
intenso, casi negro, cubría todo el algodón inmaculado. No sabía si era sangre,
y si así era, si era suya…
El ruido
era tremendo en la calle. Muy lentamente recobró la plena conciencia de sí,
pero no aún de dónde o cómo estaba. Sacudió la cabeza y se volvió sobre el
costado derecho, pero un fuerte pinchazo le hizo volver a la postura anterior: además
de las orejas, pareciera que también le habían arrancado el riñón de ese lado.
El dolor le produjo un calambre que le recorrió medio cuerpo hasta llegar justo
al cerebro. Al palparse comprobó que no era tan malo como había pensado, solo
se trataba de una lata de fabada que se había incrustado bajo su costado.
A medio
incorporar aún, apenas pudo ahogar un grito de dolor. Esta vez era el codo
derecho. Bajó la vista... Sangraba. Miró alrededor, ¿dónde mierda estaba? Los
recuerdos comenzaron a venirle a la cabeza, y, de pronto, vio lo que estaba mirando y que tanto ruido hacía.
La calle
estaba completamente plagada de deambulantes. Debían de estar allí todos los
putos muertos de la urbanización… Los había de distinto sexo, edad y aspecto.
Pero todos tenían una cosa en común: sus continuos y escalofriantes gemidos,
que llenaban el aire del mediodía en El Coto. Toni quiso levantarse para tener
mejor perspectiva, pero, de inmediato, se replegó sobre sí mismo. Se había dado
cuenta de que estaba prácticamente en descubierto, y bastaría con que uno solo
de esos monstruos se fijara en él para que todo acabara de una vez.
Al otro
lado de la calle, en el chalé del Mercedes, la tremenda explosión había hecho
desaparecer el coche, llevándose todo el lateral de la casa y gran parte del
vallado que daba a la calle, justo desde donde él estaba a punto de saltar no
hacía ni… ¿cinco minutos? ¿Todo ese tiempo habían tardado los muertos en llegar
desde la casa de Bea? No se explicaba cómo había podido tener tanta violencia
la explosión, no lograba comprenderlo…
Palpándose
brazos y piernas con cuidado, se maravilló de seguir de una pieza, pues debía
de haber volado al menos unos ocho metros hasta aterrizar allí. Había sido una
suerte que el ramaje bajo de los árboles de la parcela adonde había ido a parar,
evidentemente falto de cuidado y poda, hubiera amortiguado el golpe. Al mirar
el muro de apenas un metro de altura que cerraba el perímetro de la parcela, construido
con un zócalo de piedra sobre el que una testimonial verja de hierro se repartía
entre los pilares dispuestos de trecho en trecho, se dio también cuenta de que la
buena suerte seguía de su lado, porque, de haber sido más elevado, como los de la
mayoría de chalés por los que había pasado, probablemente ahora estaría ensartado
en alguno de los afilados barrotes. Pero eso, que le había salvado el pellejo
inicialmente, jugaba ahora en su contra, porque no estaba seguro de que un
parapeto de tan poca altura pudiera detener a los deambulantes si decidían entrar allí.
Apartó un
instante la vista del pavoroso espectáculo: montones de deambulantes se habían arremolinado
en el jardín del vecino en torno a los restos humeantes, y otros muchos
intentaban penetrar a través de la derribada valla, empujando estúpidamente a
los que ya estaban allí. Miró atrás y vio el chalé a su espalda. Volvió a mirar
a la calle. Dudaba. Si se quedaba allí quieto, solo era cuestión de tiempo que
algún deambulante se percatara de su presencia. Al parecer aún no le habían
olido... Pero, si se movía para alcanzar la casa, estaba seguro de que lo
notarían. Estaba casi seguro. Tenía
que intentarlo. Miró de nuevo hacia el chalé. Blanco, dos plantas, porche
delantero amplio…, ¿no habría por
casualidad alguna puerta o ventana abiertas?
Pensó,
también, que en lugar de correr hacia la casa podía hacerlo en dirección al
fondo, a la medianera de la parcela, y saltar la valla. Pero eso requería más
tiempo, y tampoco estaba seguro de que el muro del siguiente chalé fuera lo
suficientemente alto y fuerte… Debía decidirse. Con la mirada clavada en los
cogotes de los muertos, notaba, sin embargo, sus ojos vacíos sobre él, como si,
por alguna clase de prodigio temporal, pudiera ver su inminente futuro, nada
halagüeño, en el que aparecía como primer protagonista, a punto de morir a manos
de esos muertos hambrientos... Tampoco se explicaba cómo era posible que no lo
hubieran visto, allí tendido, a medida que se acercaban al lugar de la explosión…
Quizá el frenesí por llegar cuanto antes al origen del ruido hizo que no prestaran
atención a lo demás, o puede que anduvieran algo cortos de vista. En fin, él ya
sabía que esos tipos no eran precisamente los primeros de la clase…
Estaba
volviendo a replantearse la situación cuando uno de los deambulantes tropezó
con el que tenía delante y cayó al suelo. Mientras se levantaba, su mirada
muerta se cruzó con la mirada de Toni, que quiso cerrar los ojos y desaparecer.
Quiso encontrarse a millones de kilómetros de allí, ¿estarían en todo el mundo
como en El Coto? Quiso tener alas, o un cañón…, pero lo que finalmente deseó
más que nada fue poder entrar en esa casa que tenía a su espalda.
Abrió los
ojos. Realmente los había cerrado. El
muerto comenzó a caminar hacia la valla que él sabía demasiado baja para detenerlos.
Toni se levantó de un brinco y, en tres zancadas, salvó la distancia que le separaba
del porche. Tiró del pomo de la puerta. Estaba cerrada. Rompió a sudar pese a
la gélida temperatura del frío día de noviembre. Las ventanas de la casa no
tenían verjas, pero las persianas estaban completamente bajadas. Corrió hacia
la izquierda, porque con el rabillo del ojo vio al deambulante incorporarse de
nuevo, pero esta vez dentro de la parcela donde él se encontraba, y le cerraba
el camino hacia el otro lado. Al intentar saltar el pequeño muro seguramente
habría volcado, pero, aun así, estaba
dentro. Y lo peor de todo era que otros muertos más cercanos, atraídos por el
movimiento del primero, se encaramaban ya sobre el muro.
Toni supo
en ese momento que lo tenía muy jodido. Fue recorriendo el lateral del chalé
hasta llegar a la puerta de lo que supuso era la cocina, al lado de la cochera; también estaba cerrada. Casi podía sentir
el podrido aliento del muerto en su cogote, y entonces sintió algo más. Una
mano helada le agarró por el hombro. Toni no había tenido la precaución de
sacar el mango del pico de la mochila, de modo que solo tenía a mano el gancho…
pero el deambulante estaba prácticamente encima de él, sin dejarle margen para
otro movimiento que no fuera intentar sujetar sus brazos y mantener su
asquerosa boca todo lo alejada que pudiera de su cuello.
El
deambulante mordió el aire con un sonido espeluznante al cerrar la boca en vacío.
Era, o había sido, un hombre fuerte, vestido solo con un bañador a rayas que le
llegaba por las rodillas. No aparentaba tener ninguna herida, tan solo un
rostro desencajado por el afán de hincarle los dientes a algo vivo. Resultaba
chocante ver al tipo vestido solo con un traje de baño en pleno noviembre, y
habría resultado divertido en cualquier otra circunstancia, pero en esos
momentos Toni no le veía la maldita gracia. Desesperado, y sintiendo que cedía
bajo la presión del deambulante, le pisó uno de los pies y le empujó con todas sus
fuerzas violentamente. Por suerte para él, consiguió su propósito, pues el
muerto, sujeto por el pisotón, basculó sobre la pierna aprisionada y cayó hacia
atrás. Toni, con un rápido movimiento, le bajó el bañador hasta dejárselo a
media pierna, logrando así que el tipo quedara trabado en el suelo intentando
torpemente levantarse.
El joven
se llevó la mano hacia atrás, y, agarrando con fuerza el palo, lo sacó de la
mochila y lo descargó sobre la cabeza del monstruo. Sin embargo, solo pudo
alcanzarlo de refilón, y necesitó un segundo golpe para dejarlo definitivamente
fuera de combate. En todo caso, por algún motivo que ignoraba, el cráneo de
esos muertos tenía menos consistencia que el de los vivos, y eso le había sido
de gran ayuda, tanto en esa ocasión como en otras anteriores, pues reducía el
esfuerzo que había que hacer para acabar con ellos...
Se giró, se
agachó y tiró del asa de la puerta de la cochera. «Que esté abierta, que esté abierta…». Con un chirrido, la hoja seccional
comenzó a levantarse. Justo a tiempo: por la esquina asomaba ya un grupo de
putos muertos de mierda.