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sábado, 15 de febrero de 2014

Primera parte. Seis. 1

Le parecía que una nube de algodón taponaba sus oídos, o que, sencillamente, le habían cortado las orejas. «¡Qué barbaridad –pensó, inmerso en un dulce estado de ingravidez–, eso no puede ser!». Pero la sensación que le embargaba e iba, además, en aumento por momentos, era precisamente esa, que no tenía orejas, solo dos agujeros abiertos a ambos lados de la cabeza por donde fluía el algodón, blanco como la nieve recién cuajada. Al siguiente instante, sin embargo, un rojo intenso, casi negro, cubría todo el algodón inmaculado. No sabía si era sangre, y si así era, si era suya…
El ruido era tremendo en la calle. Muy lentamente recobró la plena conciencia de sí, pero no aún de dónde o cómo estaba. Sacudió la cabeza y se volvió sobre el costado derecho, pero un fuerte pinchazo le hizo volver a la postura anterior: además de las orejas, pareciera que también le habían arrancado el riñón de ese lado. El dolor le produjo un calambre que le recorrió medio cuerpo hasta llegar justo al cerebro. Al palparse comprobó que no era tan malo como había pensado, solo se trataba de una lata de fabada que se había incrustado bajo su costado.
A medio incorporar aún, apenas pudo ahogar un grito de dolor. Esta vez era el codo derecho. Bajó la vista... Sangraba. Miró alrededor, ¿dónde mierda estaba? Los recuerdos comenzaron a venirle a la cabeza, y, de pronto, vio lo que estaba mirando y que tanto ruido hacía.
La calle estaba completamente plagada de deambulantes. Debían de estar allí todos los putos muertos de la urbanización… Los había de distinto sexo, edad y aspecto. Pero todos tenían una cosa en común: sus continuos y escalofriantes gemidos, que llenaban el aire del mediodía en El Coto. Toni quiso levantarse para tener mejor perspectiva, pero, de inmediato, se replegó sobre sí mismo. Se había dado cuenta de que estaba prácticamente en descubierto, y bastaría con que uno solo de esos monstruos se fijara en él para que todo acabara de una vez.
Al otro lado de la calle, en el chalé del Mercedes, la tremenda explosión había hecho desaparecer el coche, llevándose todo el lateral de la casa y gran parte del vallado que daba a la calle, justo desde donde él estaba a punto de saltar no hacía ni… ¿cinco minutos? ¿Todo ese tiempo habían tardado los muertos en llegar desde la casa de Bea? No se explicaba cómo había podido tener tanta violencia la explosión, no lograba comprenderlo…
Palpándose brazos y piernas con cuidado, se maravilló de seguir de una pieza, pues debía de haber volado al menos unos ocho metros hasta aterrizar allí. Había sido una suerte que el ramaje bajo de los árboles de la parcela adonde había ido a parar, evidentemente falto de cuidado y poda, hubiera amortiguado el golpe. Al mirar el muro de apenas un metro de altura que cerraba el perímetro de la parcela, construido con un zócalo de piedra sobre el que una testimonial verja de hierro se repartía entre los pilares dispuestos de trecho en trecho, se dio también cuenta de que la buena suerte seguía de su lado, porque, de haber sido más elevado, como los de la mayoría de chalés por los que había pasado, probablemente ahora estaría ensartado en alguno de los afilados barrotes. Pero eso, que le había salvado el pellejo inicialmente, jugaba ahora en su contra, porque no estaba seguro de que un parapeto de tan poca altura pudiera detener a los deambulantes si decidían entrar allí.
Apartó un instante la vista del pavoroso espectáculo: montones de deambulantes se habían arremolinado en el jardín del vecino en torno a los restos humeantes, y otros muchos intentaban penetrar a través de la derribada valla, empujando estúpidamente a los que ya estaban allí. Miró atrás y vio el chalé a su espalda. Volvió a mirar a la calle. Dudaba. Si se quedaba allí quieto, solo era cuestión de tiempo que algún deambulante se percatara de su presencia. Al parecer aún no le habían olido... Pero, si se movía para alcanzar la casa, estaba seguro de que lo notarían. Estaba casi seguro. Tenía que intentarlo. Miró de nuevo hacia el chalé. Blanco, dos plantas, porche delantero amplio…, ¿no habría por casualidad alguna puerta o ventana abiertas?
Pensó, también, que en lugar de correr hacia la casa podía hacerlo en dirección al fondo, a la medianera de la parcela, y saltar la valla. Pero eso requería más tiempo, y tampoco estaba seguro de que el muro del siguiente chalé fuera lo suficientemente alto y fuerte… Debía decidirse. Con la mirada clavada en los cogotes de los muertos, notaba, sin embargo, sus ojos vacíos sobre él, como si, por alguna clase de prodigio temporal, pudiera ver su inminente futuro, nada halagüeño, en el que aparecía como primer protagonista, a punto de morir a manos de esos muertos hambrientos... Tampoco se explicaba cómo era posible que no lo hubieran visto, allí tendido, a medida que se acercaban al lugar de la explosión… Quizá el frenesí por llegar cuanto antes al origen del ruido hizo que no prestaran atención a lo demás, o puede que anduvieran algo cortos de vista. En fin, él ya sabía que esos tipos no eran precisamente los primeros de la clase…
Estaba volviendo a replantearse la situación cuando uno de los deambulantes tropezó con el que tenía delante y cayó al suelo. Mientras se levantaba, su mirada muerta se cruzó con la mirada de Toni, que quiso cerrar los ojos y desaparecer. Quiso encontrarse a millones de kilómetros de allí, ¿estarían en todo el mundo como en El Coto? Quiso tener alas, o un cañón…, pero lo que finalmente deseó más que nada fue poder entrar en esa casa que tenía a su espalda.
Abrió los ojos. Realmente los había cerrado. El muerto comenzó a caminar hacia la valla que él sabía demasiado baja para detenerlos. Toni se levantó de un brinco y, en tres zancadas, salvó la distancia que le separaba del porche. Tiró del pomo de la puerta. Estaba cerrada. Rompió a sudar pese a la gélida temperatura del frío día de noviembre. Las ventanas de la casa no tenían verjas, pero las persianas estaban completamente bajadas. Corrió hacia la izquierda, porque con el rabillo del ojo vio al deambulante incorporarse de nuevo, pero esta vez dentro de la parcela donde él se encontraba, y le cerraba el camino hacia el otro lado. Al intentar saltar el pequeño muro seguramente habría volcado, pero, aun así, estaba dentro. Y lo peor de todo era que otros muertos más cercanos, atraídos por el movimiento del primero, se encaramaban ya sobre el muro.
Toni supo en ese momento que lo tenía muy jodido. Fue recorriendo el lateral del chalé hasta llegar a la puerta de lo que supuso era la cocina, al lado de la cochera; también estaba cerrada. Casi podía sentir el podrido aliento del muerto en su cogote, y entonces sintió algo más. Una mano helada le agarró por el hombro. Toni no había tenido la precaución de sacar el mango del pico de la mochila, de modo que solo tenía a mano el gancho… pero el deambulante estaba prácticamente encima de él, sin dejarle margen para otro movimiento que no fuera intentar sujetar sus brazos y mantener su asquerosa boca todo lo alejada que pudiera de su cuello.
El deambulante mordió el aire con un sonido espeluznante al cerrar la boca en vacío. Era, o había sido, un hombre fuerte, vestido solo con un bañador a rayas que le llegaba por las rodillas. No aparentaba tener ninguna herida, tan solo un rostro desencajado por el afán de hincarle los dientes a algo vivo. Resultaba chocante ver al tipo vestido solo con un traje de baño en pleno noviembre, y habría resultado divertido en cualquier otra circunstancia, pero en esos momentos Toni no le veía la maldita gracia. Desesperado, y sintiendo que cedía bajo la presión del deambulante, le pisó uno de los pies y le empujó con todas sus fuerzas violentamente. Por suerte para él, consiguió su propósito, pues el muerto, sujeto por el pisotón, basculó sobre la pierna aprisionada y cayó hacia atrás. Toni, con un rápido movimiento, le bajó el bañador hasta dejárselo a media pierna, logrando así que el tipo quedara trabado en el suelo intentando torpemente levantarse.
El joven se llevó la mano hacia atrás, y, agarrando con fuerza el palo, lo sacó de la mochila y lo descargó sobre la cabeza del monstruo. Sin embargo, solo pudo alcanzarlo de refilón, y necesitó un segundo golpe para dejarlo definitivamente fuera de combate. En todo caso, por algún motivo que ignoraba, el cráneo de esos muertos tenía menos consistencia que el de los vivos, y eso le había sido de gran ayuda, tanto en esa ocasión como en otras anteriores, pues reducía el esfuerzo que había que hacer para acabar con ellos...
Se giró, se agachó y tiró del asa de la puerta de la cochera. «Que esté abierta, que esté abierta…». Con un chirrido, la hoja seccional comenzó a levantarse. Justo a tiempo: por la esquina asomaba ya un grupo de putos muertos de mierda.