Día ochenta
y seis. Llovía con insistencia, pero eso no parecía importar, ni afectar, a los
deambulantes. A los dos jóvenes, en cambio, la lluvia les había aliviado en
parte su difícil situación. En primer lugar, la humedad mitigaba el hedor de
fondo que impregnaba el ambiente, al tiempo que levantaba frescos aromas de la
tierra mojada, y, en segundo, ambos sentían cierta predisposición natural hacia
el agua, en cualquiera de sus formas y manifestaciones, de modo que
anímicamente, la lluvia también implicaba una mejora.
Además, con
la lluvia, sus reservas estratégicas de agua se habían multiplicado por tres,
de modo que tenían algo más de tiempo para pensar una solución. La comida, por
desgracia, no era un punto fuerte: una lata de atún, dos de guisantes, una
punta de chorizo duro como una roca, un frasco de garbanzos cocidos y una bolsa
de patatas rancias que, poco a poco, parecían ir adquiriendo un repentino e
insospechado frescor ante sus ojos, por más que, hasta entonces, hubieran rehusado
tocarlas.
Finalmente,
Toni había ideado un plan. Con tanto tiempo para pensar, era lógico que algo
manara de su cabeza. No era el mejor plan del mundo. Ni siquiera era un buen
plan, reconoció Toni amargamente, pero era algo que poner en marcha, y eso le
gustaba, se sentía cómodo haciendo cosas, no pensándolas, sino llevándolas a
cabo. Probablemente por eso nunca sería ingeniero. Bueno, eso en el supuesto
estúpido de que, por algún milagro que en esos momentos se le ocultaba, pudiera
ir a la universidad. Pero sí que sería un buen mecánico, no le cabían dudas al
respecto. Disfrutaba arreglando cosas, desmontando aparatos, trastos, cualquier
cosa que tuviera tornillos… Y no se le daba mal.
Cuando se
lo contó a Bea, nada más levantarse de la cama, ella no puso buena cara. En
realidad, pareció enfadarse por las implicaciones que comportaba. No le
apetecía nada quedarse allí sola con su madre mientras él salía. Toni tuvo que
esforzarse en convencerla de que solo así tendrían una oportunidad de escapar.
Y, en el caso «improbabilísimo», dijo
Toni, de que a él le pasara algo, al menos ella tendría el camino despejado
hasta el coche para intentar regresar a Valladolid.
–Verás, la
cosa está así. La única manera que conozco de espantar a ésos de ahí es
haciendo que se vayan a otro sitio. O esperar a que se aburran y se dispersen…
solo que para entonces quizá hayamos muerto de hambre o sed o no nos queden
fuerzas ni para abrir la puerta. Como no creo que los del 112 vengan a
ayudarnos –esbozó una mueca que quiso ser una sonrisa–, hay que distraer a
nuestros vecinos con algo, y creo que el ruido es nuestra mejor opción.
Recuerda lo del autocar la otra noche…
Bea
asintió, a su pesar. Cuando ella estaba bajo el montón de cadáveres, todos los
deambulantes que tenía a la vista, más otros tantos que surgieron de las calles
adyacentes, se dirigieron hacia el autocar en el que Toni había hecho sonar el
claxon. Sin duda la perspectiva de un suculento festín que, de una manera que
ella ignoraba, asociaban al ruido, era suficiente para ponerlos en movimiento.
Toni le
había preguntado adónde conducía el camino que pasaba por la parte trasera de
su chalé. Ella le contó que hacia el sur era más una pista rural que una
carretera, y que se adentraba en los pinares hasta enlazar, pasados unos kilómetros,
con varias carreteras provinciales, mientras que hacia el norte, aparte de conducir
a la entrada a la urbanización justo en la siguiente esquina, en el chalé del
vecino donde habían estrellado el autocar, era la calle que llevaba al centro
del pueblo, donde estaba la farmacia de su padre.
En un
principio, el chaval había pensado en huir por ahí, ya que la calle estaba
completamente despejada de deambulantes. Pero eso implicaba casi con absoluta
seguridad tener que escapar a pie: encontrar un coche que arrancara era como jugar a la ruleta rusa. Y caminando, la
verdad es que no creía que tuvieran ninguna probabilidad de llegar a algún
sitio seguro donde pudieran ayudarles. No. Era preciso acceder al coche de Bea.
Y rezar para que las llaves estuvieran efectivamente en el contacto. De modo
que pidió a la chica que le dibujara un esquema de las calles inmediatas a su
casa, para no perderse mientras llevaba a cabo su plan. Pero, sobre todo, para
saber por dónde podría regresar una vez que los deambulantes hubieran mordido
el anzuelo…
Pero Bea
hizo algo mejor que dibujarle un croquis, le dio un plano perfectamente
detallado de Viana que su padre guardaba en la librería. Toni intentó
memorizarlo tan deprisa como podía, pero tuvo que reconocer que, sin saber por
dónde andaba, y sin haber visto antes de día los alrededores, sería tarea poco
menos que imposible. Así que decidió llevarse el plano, no sin antes echar un
par de vistazos hacia el interior de la urbanización desde una de las ventanas
del piso superior, aunque solo fuera para la primera toma de contacto visual.
–¿Y cómo
piensas obligarlos a que se marchen de aquí?– preguntó Bea.
–Ya te lo
he dicho, con ruido, con mucho ruido, aunque tenga que volar la puta
urbanización entera…
–Que sí…
pero, ¿cómo? –insistió Bea.
En
realidad, Toni no tenía la menor idea de cómo iba a hacerlo. Solo sabía que
debía hacerlo. Salir del chalé, alejarse un par de cientos de metros
adentrándose en El Coto, ya que en esos momentos se encontraban prácticamente
en la salida, y armar tanto jaleo que todos los deambulantes de los alrededores
no tuvieran más remedio que encaminarse hasta allí para ver qué pasaba. Eso es
lo que debía hacer. Cómo lo conseguiría, y sobre todo, cómo se las arreglaría
para volver a casa de Bea justo en sentido contrario al que tomarían cientos de
deambulantes, era algo que no había decidido. Aún.